290- Las Aventuras de La Cucaracha 1. Caminos secundarios en Dinosaur National Monument

Dinosaur National Monument. BLM

Para celebrar los primeros 15 años en la ruta, comenzaremos a compartir algunos vídeos de los malos caminos que a veces tomamos. Son las aventuras de La Cucaracha.

No tenemos internet. Nunca planeamos demasiado ni investigamos sobre el camino que vamos a recorrer. Muchas veces la decisión la tomamos en el momento, y cambiamos nuestro recorrido solo porque el instinto nos dice que tenemos que ir por aquí. O por allí.

Ésta vez descubrimos que había otra salida del Dinosaur National Monument, en Utah, donde fuimos a ver una pared llena de fósiles de 100 metros de largo y 15 metros de alto. Llena, es decir poco. Es impresionante.

Y decidimos que, en lugar de pagar 12 dólares por el camping, o dar una vuelta larga hacia el BLM (tierras públicas donde se puede acampar gratis) (socialismo estilo norteamericano, aunque presuman de capitalismo), tomaríamos el camino corto.

Bueno, tardamos más que por el otro lado. Son las aventuras de La Cucaracha.

4 videos tomados con una cámara Muvi que instalamos en el techo de la furgo. Son solo 5 kilómetros, pero tardamos más de una hora.

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217- Lugares para conocer antes de morir: Tierra de Cañones (Estados Unidos)

Los 'Narrows', en el Parque Nacional Zion, Utah

Cuando se habla de cañones lo primero que se proyecta en la cabeza de la gente suele ser el Gran Cañón del Río Colorado. El Gran McDonalds de la naturaleza en Estados Unidos.

Hay que decirlo: Sí, es bonito. Vale la pena. Es cierto, es grande. Si no vas a caminar y te acercas solo a la orilla sur, con un día es más que suficiente. Lo siento mucho por los que fueron a ver el Gran Cañón cerca de Las Vegas: los engañaron. Para ver el Gran Cañón en toda su bestialidad hay que ir al Parque Nacional, a cientos de kilómetros de distancia.

Ya está, ahora puedo hablar del resto de los cañones que hay en el centro de Estados Unidos. Lugares en la sombra para quienes no conocen la variedad que hay entre Utah (principalmente), Arizona, Colorado y hasta New Mexico.

¿Recuerdan la película 127 horas? La historia ocurre en Utah, la auténtica tierra de cañones. El mismo estado donde puedes caminar entre las agujas de cuento de hadas de Bryce Canyon o avanzar por el sendero de agua de los Narrows, dentro del Parque Nacional Zion. Aunque lo verdaderamente recomendable es aparcar a un lado de las rutas vacías que cruzan el sur del estado y perderte por cualquier riera seca. La sorpresa, y la aventura, están garantizadas.

Si estás con un todo terreno y quieres tentar tus límites te recomiendo ir cerca de Moab, al Canyonlands National Park. La pobre Cucaracha lo sufrió y en el camino se transformó en la Cucaracha Voladora.

Si quieres hacer algo más tranquilo, tipo Conde Nast, vete cerca de Page, en Arizona, a ver el Antelope Canyon. En el camino puedes desviarte para ver el Horseshoe Bend. Aparentemente siempre está lleno de turistas japoneses. Y si quieres un poco más de adrenalina, la ruta que avanza hacia el sur pasa por un Slot Canyon, un cañón que no tiene más de un metro de ancho. Son tierras amerindias, y para entrar necesitarías un permiso. Pero…

Otros parques nacionales de la tierra de cañones que valen la pena visitar: Black Canyon of the Gunnison National Park (Colorado), Capitol Reef National Park (Utah), Arches National Park (Utah), Glen Canyon National Recreation Area (Utah), Grand Staircase Escalante National Monument (Utah)…




208- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4 - Around the World in 10 Years

Esta es la segunda parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

Lee la 1ª parte en 3 Gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos

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En Sudamérica los carnívoros son silenciosos

Aventura es comenzar algo sin saber dónde vas a terminar. Hoy quiero matar la noche, no sé dónde, no sé cómo, no sé con quién, hasta que la primera luz me deje ciego. Es empezar a escribir caóticamente sin saber qué quieres decir, hasta que las palabras comienzan a encajar. Aventura es adrenalina y una pequeña dosis de miedo, es iniciar senderos nuevos, distintos, propios. Es salir a la naturaleza sin estar completamente preparado. Es renunciar a tu trabajo para iniciar una nueva vida. Aventura es la duda, es abandonar la seguridad, es nacer sin habértelo propuesto, pero dispuesto a que el camino a la muerte haya valido la pena.

A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Las nubes cubren los montes que se levantan sobre la orilla izquierda, de tierra oscura y piedras blancas, pero estamos a mediados de la época seca. Agosto es un buen mes para lanzarse a los ríos de la Amazonia. No, no debería llover. Empujamos el R.M.S. Titanic II al agua y partimos. Que sea lo que Dios quiera.

El primer descubrimiento es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que se mueve al mismo tiempo, pero en otra dirección. ‘Ustedes son unos inconscientes. Con lo que le costó al hombre enviar un todo terreno a Marte y ustedes se van de viaje como si todavía estuvieran en la edad de piedra’ repite una voz interna, familiar. Es el pequeño demonio sedentario que nunca se cansa de meterse en mis asuntos.

Poco a poco nos acomodamos y nos dejamos llevar por la corriente. De vez en cuando damos alguna palada espontánea con los remos para enderezar el rumbo o ganar confianza. Nadie habla, después de los primeros momentos de emoción el silencio es exagerado. Como si hubiéramos entrado en una iglesia antigua, en el templo original y común de todos los hombres.

A los lados, árboles de hojas verdes, amarillas y rojo sangre esconden el resto del mundo tras una muralla de vegetación. Después de la primera línea no se ve nada, solo se oyen las voces de la selva que crecen, varían y se repiten. Son monos aulladores, son pájaros de colores intensos que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. Sin duda, nos estamos metiendo en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el río se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, centro e izquierda. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles; no es tan fácil ponerse de acuerdo.

Entonces el primer rápido se adelanta y se convierte en el grito de un animal salvaje corriendo hacia nosotros. ¿Por dónde lo tomamos? La ruta transparente revela el fondo que se mueve a toda velocidad a pocos centímetros de nuestros pies. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda. Las piedras se suceden en una granizada violenta, horizontal. Evitamos ramas, troncos que sobresalen del agua, remolinos traicioneros, burbujas y espuma envenenada. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. El agua choca contra la proa despareja del Titanic, se repele y estalla. Anna y yo remamos delante, empapados, forzando los brazos para quebrar la corriente. Mauro, instalado detrás, empuja la tangana contra el suelo fugaz intentando enderezar la balsa, que insiste en ofrecer su mejilla. Cantos rodados del tamaño de cráneos sumergidos rozan la madera liviana. La tangana se quiebra, pero estamos fuera.

Entonces me pongo en pie para celebrar, resbalo sobre los troncos mojados y caigo al agua. Todavía no vimos caimanes. Quizás éste sea el momento.

A media tarde, cuatro horas después de partir, nos detenemos junto a la desembocadura de un arroyo seco. Y después de amarrar la balsa en la orilla y armar el campamento lo suficientemente alto como para evitar una crecida repentina, busco ramas para hacer un fuego. No hace frío, pero un café caliente ayuda a secar el alma, húmeda bajo la ropa empapada por el río. Empieza un ritual que durará diez días.

Al atardecer comienza a llover. Nos refugiamos dentro de la tienda, hace calor. ¿No estábamos en la época seca? ¿Crecerá el río? Estamos cerca del Ecuador y el día se reparte equitativamente entre luces y sombras, aunque las noches, llenas de relámpagos y voces en otros idiomas, parecen más largas.

Recuerdo África. Sí, de noche extraño el ronquido de los hipopótamos. Faltan los rugidos de los leones acorralando una cría de elefante que berrea desesperada junto a su madre. Faltan las risas histéricas de las hienas. En Sudamérica los carnívoros son silenciosos.

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El último refugio de los incas

Media hora antes del amanecer suena el despertador natural de la selva. Los pájaros presienten la salida del sol y comienzan a piar y cantar en un coro que crece y se multiplica. Los monos se desperezan a los gritos. Pronto, la naturaleza entra en ebullición, CU-CU, A-AH, y llega a su éxtasis cuando los primeros rayos de luz pálida atraviesan las ramas.

Salgo de la tienda y estiro los brazos. Anoche llovió, pero el río continúa en su sitio. No hay plásticos a la vista. Junto a mis pies hay huellas frescas de gato. Otorongo, tigre, jaguar, da igual como lo llamen: son huellas de un carnívoro grande.

A partir de las diez de la mañana el sol pega fuerte y los insectos se multiplican buscando su desayuno. Hay una mosquita blanca casi invisible que siente una debilidad casi fetichista por la piel de los brazos de Anna. También hay mosquitos y jejenes, pequeños dráculas chupadores de sangre, los espantas pero nunca se dan por vencido. En medio de una calma del río aparece una araña caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. En la orilla un tapir gordo y perezoso, perfecto para un asado, atraviesa un cañaveral y se esconde tras la primera línea de vegetación. La selva es una muralla formidable.

Por más que el río corra sobre nuevos rápidos, el avance es lento. Un peque-peque, una canoa larga con tres pasajeros y algo de carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. Acaba de dejar la orilla derecha, donde los barriles de petróleo vacíos se acumulan como una señal de vida.

En algún lugar situado una hora después está Shipitiari, una aldea nativa donde todavía hablan machiguenga. Permanece escondida en el interior de la selva, el único sitio donde se pueden mantener las tradiciones. Allí está la casa de Noemí, una pequeña salvaje de siete años que conocimos en Salvación. Es una niña hermosa e hiperactiva de dientes desparejos, capaz de trepar árboles y personas por el frente y descender por el otro lado cabeza abajo, sin caerse. Sus compañeros de escuela dicen que su padre, el chamán de la aldea, le dio sangre de oso cuando era pequeña. Y que ella heredó su fuerza.

Un poco más adentro está el Manu, uno de los parques nacionales más impresionantes de Sudamérica. Es un paraíso denso y primitivo creado en 1973 que protege dieciséis ecosistemas distintos, declarado Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biósfera. Allí, sepultada bajo montañas de vegetación, aguarda la ciudad dorada de Paititi. El último refugio de los incas continúa esquivando arqueólogos y buscadores de tesoros, perdido en algún lugar de ésta selva impenetrable.

Tres gringos atrapados en el medio del río

Cuarto día de río. El cuerpo, acribillado de ronchas, picaduras rojas y pequeños arañazos, resiste emocionado. En este momento no cambiaría este cansancio por nada del mundo a pesar de que algún tipo de insecto invisible se instaló en mis testículos. No puedo dejar de rascarme. Este regreso a la naturaleza me está convirtiendo en un chimpancé.

El nombre de nuestra nave está casi borrado. Titanic se desdibuja, la madera absorbe agua pero continúa flotando, anónima, como si la suerte hubiera vuelto a echar las cartas y los augurios ahora fueran optimistas. Recuerdo la seguridad de nuestra casa con ruedas. Recuerdo, sobre todo, la sensación de viajar seco. En una balsa te mojas más que conduciendo una moto durante un huracán en Florida.

A la izquierda se abre un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua transparente del Alto Madre de Dios se confunde y se mezcla con el trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte cargado de sedimentos.

–         ¡Áaar-boool! –grita Mauro de repente, de pie en la popa, devolviéndonos a la realidad.

Y remamos, remamos duro intentando vencer a la corriente que nos lleva hacia los brazos abiertos de un árbol hundido y muerto. Hacia nuestro Moby Dick de la selva. No hay fondo, y el golpe es fuerte. Nuestro Titanic se inclina, tiene ganas de darse vuelta y arrojarnos al río. Encallamos contra un arrecife de madera y no tenemos bote salvavidas. Bueno, sí, estamos en el bote salvavidas.

Mauro clava la tangana en el agua buscando un apoyo para estabilizar la balsa. Anna salta sobre el árbol hundido y con medio cuerpo bajo el agua sostiene la balsa para que no vuelque. Yo me pongo en pie, enciendo la cámara de video y comienzo a filmar. Me quieren matar.

Treinta segundos después, cuando Anna amenaza con ahogarme si salimos de esa, busco el machete africano comprado en Uganda que nos acompaña a todos lados y corto una de las ramas. Pero el río no nos suelta, seguimos atrapados. Agarro una cuerda que llevamos atada a la balsa y salto al agua. Me afirmo sobre otra rama y comienzo a tirar de la cuerda para enderezar la balsa. Anna empuja el pedazo de madera que nos detiene en el centro del río.

Tres niños observan sorprendidos desde la orilla. La novedad no es el riesgo ni el peligro del río, son los tres gringos solos, allí, sin guía. Porque por más que hayamos nacido en Europa o Sudamérica somos blancos, somos gringos. Diez minutos más tarde conseguimos liberar la balsa, que se escurre entre los árboles muertos como una ramita arrastrada por el agua.

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Los mineros, el Salvaje Oeste y una cerveza

Adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera levantadas sobre calles de tierra vacías, un par de almacenes con comida, aguardiente capaz de arrancar motores y calma, mucha calma. La calma de aquellos pueblos aislados donde no hay mucho que hacer más que acostarte en una hamaca y dejar pasar las horas observando la danza, el suave volar de las moscas.

Aquí comienza el tramo más pesado del viaje. El río se ensancha y aumenta el caudal, pero va más despacio. Hay que remar durante meandros eternos, círculos casi perfectos que terminan varios kilómetros después a cien metros del inicio de la curva. El tiempo se estira, pero en distancia real no has avanzado nada.

A simple vista la selva amazónica parece espesa y vacía, pero todos los días traen sorpresas. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, cruza el cielo sobre nuestra cabeza. Un martín pescador pasa a toda velocidad buscando comida. Hay garzas apalancadas sobre los juncos y plantas que se cierran al tacto de mis dedos. Una tortuga nos adelanta. Junto a la balsa queda la base hundida de un árbol con forma de cola de avión, timón recto, alas desplegadas, como si Jimmy Angel también se hubiera estrellado aquí.

Día ocho. Hoy vimos los primeros buscadores de oro en la orilla del río. Tenían dragas, bombas de agua y cintas transportadoras. Ni siquiera percibieron nuestro paso. Al atardecer acampamos bajo un árbol gigantesco, mientras el río avanza como un mercenario silencioso.

Día nueve. Durante los últimos días estuvimos bebiendo el agua deliciosa pero turbia del río Madre de Dios. Cuando la hervimos adopta un sorprendente sabor a humo. Pero a partir de ahora deberemos buscar agua en otro lado: estamos entrando a la zona minera de Colorado y los equipos comienzan a ocupar largas extensiones de orilla desnuda. Pequeñas canoas y botes viajan a lo largo del río llevando provisiones y trabajadores. Queríamos descubrir algo de la vida en la selva amazónica y durante los últimos días vimos como el paraíso que nos rodeaba se fue transformando en un infierno contaminado.

El mismo Colorado es un recuerdo de los pueblos del Salvaje Oeste, enclavado en el fondo de una selva sudamericana. Tiene calles sin asfaltar, casas de madera cruda, negocios de compra/venta de oro las 24 horas del día, polvo levantado por los acelerones de los tuk tuks, puestos de Inka Cola y el mordisco de la prostitución que se asoma cuando se pone el sol. Hombres y mujeres llevan la camiseta gratuita del partido político que une a los mineros, caucheros, madereros y granjeros. Gente que solo quiere extraer los recursos de la selva y dejar poco más que basura tóxica y deforestación.

Después de encontrar un hostal buscamos un bar para brindar con unas cervezas heladas. Hablamos acerca de los caminos que hay que tomar para que los sueños se vuelvan realidad. Acerca de la gente que quiere vivir aventuras pero tiene miedo de asumir riesgos. Quince días atrás no sabíamos que esta historia estaba escrita en nuestro destino. ¿Un viaje en balsa por un río del Amazonas? Sí, claro.

Ahora debemos encontrar una ruta para salir de Colorado. La Cucaracha Libre, nuestra casa 4×4, debe estar ansiosa por reemprender el camino hacia el norte por la ruta Panamericana hacia Deadhorse, Alaska. Aquí no hay buses ni taxis, la única forma de salir parece ser una larga combinación de camión-bote-camioneta que finalmente nos acerque hasta un autobús.

–          O -digo antes de tomar un trago de cerveza helada -podríamos volver al río Madre de Dios y comenzar a remar en contra de la corriente. Yo, el mono blanco, con mis amigos y los jejenes chupadores de sangre…

Entonces Anna apoya su botella de cerveza helada sobre la barra y entrecierra los ojos. Me lee, sabe que estoy a punto de comenzar a pensar en voz alta de nuevo.

–          ¿Y si…?

 




138- Insectos comestibles: los Chapulines mexicanos

Chapulines, insectos comestibles. México

(Dedicado especialmente a todos los latinoaméricanos que crecimos viendo al Chapulín Colorado en la televisión. Esto era un chapulín)

Y hablando de experiencias, antes de meternos a bucear en los cenotes de la península de Yucatán pasamos por Oaxaca. Veníamos de Antigua, en Guatemala, y la comparación era inevitable. A primera vista, a pesar de los tesoros escondidos entre los pasajes de Oaxaca, Antigua salía ganando.

Entonces decidimos perdernos (es la mejor manera de sorprenderte) y las curvas de las calles nos llevaron a la puerta del mercado. Entre los pasillos oscuros, después de la carne degollada, la ropa de niños y las cestas de mimbre hay una señora sentada sobre una banqueta. Sobre sus piernas hay una fuente llena de algo marrón. Algo con patas.

Proteínas.

Chapulines. Saltamontes. Una botana, un pica pica mexicano, ideal para los ratos libres y el hambre de media mañana. Las patatas fritas del sur. Es fácil, te meten cien, doscientos gramos en una bolsita de plástico y paseas desmembrando y devorando insectos por la calle.

–      Se comen enteritos –me dijo la señora. –Que no lo vea tirar cabezas por ahí.

A ver: no saben mal, no saben a insecto. Como las patatas fritas, vienen en sabor limón y sabor picante. El problema ocurrió días más tarde.

Mientras tanto, una receta fácil para aquellos amigos que tengan una red y grandes cantidades de saltamontes cerca de casa.

CHAPULINES AL MOJO DE AJO

Ingredientes: Chapulines (saltamontes), ajo picado, aceite de oliva, sal y pimienta.

Preparación: Sumerja el ajo picado en el aceite de oliva hasta que se macere; una vez que el ajo esté blando, exprímalo sobre los chapulines y posteriormente fríalos en el aceite. Agregue sal y pimienta al gusto.

El problema no fue de antenas. Ni de patas o alas. Ya lo dije, los chapulines no saben mal, es más saben bien. A limón. A algún otro picante fuerte que recuerdas durante un buen rato. El problema ocurrió el día que decidí investigar.

Tomé uno de esos insectos que venía devorando sin piedad como una nueva y curiosa rutina excéntrica y lo partí al medio. No debí hacerlo.

El interior, una masa espesa y negra del tamaño del hueso de una aceituna, fue cambiando de formas irregulares entre mis dedos. Tripas, corazón, pulmones, carne quemada, todo se reducía a esa masa espesa, negra y modeable que me parecía rico. Conclusión: si algo te parece rico, no investigues de qué está hecho.

Al día siguiente cambié de rutina excéntrica. Me fui a buscar botellas antiguas por los negocios más viejos de la ciudad.

Chapulines en el mercado de Oaxaca, insectos comestibles. México
Chapulines en el mercado en Oaxaca




26- Los mineros del Amazonas | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS

Viaje en balsa de troncos por el río Madre de Dios, Perú. Pablo Rey y Mauro Zunino

(viene de Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 4: Encallamos

Cuando uno va a bailar tiene que bailar. Uno no puede salir de noche y negarse a saltar a la pista porque la pareja que te toca no tiene ojos azules. Si uno va a bailar, baila, aunque sea con la más fea.

 ¿Terminaste de filmar? –pregunta Mauro. –Creo que ya no tengo sangre. Se la llevaron los mosquitos.

 Sí, ya está –digo guardando la cámara dentro de tres bolsas.

Anna, con miedo a las boas y los caimanes, se mete lentamente en el agua bajando los escalones de los árboles sumergidos. La corriente empuja, hay que agarrarse para no ser arrastrados por el río. Me enrollo al brazo la cuerda que mantiene el remo en la balsa y me meto en el agua buscando a tientas con los pies una rama donde pararme. Me afirmo y comienzo a tirar de la cuerda para enderezar la balsa mientras Anna intenta hundir el pedazo de madera que nos detiene en el centro del río. Pero es inútil, apenas se mueve, la corriente es fuerte.

 Joder, que no pasa nada –suelta Anna.

– Paciencia, de a poco –le digo. –Voy a pasar al otro lado para tirar desde la punta del tronco.

Tres niños observan sorprendidos desde la orilla. No gritan. La novedad no es el riesgo ni el peligro del río, son los tres gringos solos, allí, sin guía. Después de diez minutos conseguimos enderezar la balsa, que se escurre entre los árboles muertos como una ramita arrastrada por el agua del bordillo de una calle.

Al poco rato llegamos a Boca Manu, el pueblo más importante, la mitad del viaje. Un grupo de locales nos ve atracar y, sin observar nuestra piel, ya sabe que somos extranjeros: nos acercamos en diagonal a la orilla y lentamente la corriente del río nos hace girar como un trompo hasta que tocamos tierra marcha atrás. No es la mejor manera, pero funciona.

 ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Cuánto costó la balsa? –pregunta una mujer.

 Pablo –me susurra Anna, –son las mismas preguntas que nos hacen sobre la furgo…

 La compramos en Shintuya y queremos venderla en Colorado –responde Mauro. O cambiarla por algunas botellas de cerveza.

 ¿Y creen que alguien la va a comprar? –dice riendo a carcajadas de nuestra ingenuidad.

Tiene razón… ¿Quién va a comprar una balsa, cualquier cosa que flote, llamada Titanic?

 ¿Han pescado? –pregunta un hombre.

 No… mojarritas… Nosotros sólo alimentamos a los peces…

 Pero si sólo tienen que tirar el anzuelo, ¡y pican solos!

 Eso hicimos, ¡pero nada!

 ¡Pero hay peces de veinte kilos!

 De esos no queremos, gracias… ¡A no ser que vayan río abajo!

Ahora comienza el tramo más lento y pesado del viaje. El río se ensancha y aumenta el caudal, pero va más despacio. Hay que remar. Remar durante curvas y curvas eternas, porque en la selva los ríos forman círculos casi perfectos que uno recorre durante una hora hasta casi tocar nuevamente el inicio de la curva. El problema es que todas son iguales. Giran y giran para un lado y para el otro, rodeadas de árboles verdes y frondosos por un lado y de playas de piedras grises por el otro. Avanzas, pero en distancia real, no has adelantado casi nada

Buscando un sitio dónde acampar

Cosa rara, cómo cortan leña los uruguayos

Siguiendo las huellas de un otorongo (un jaguar) durante, bueno, la larga distancia de 5 metros

Cuando vivía en la ciudad solía pensar que los mejores sitios para ir de vacaciones eran aquellos de donde era más difícil volver. No era una cuestión de distancia ni de comodidad, sino de aislamiento. Hay rincones de los Pirineos desde donde necesitas cuatro días para volver a Barcelona. Imagínate volver desde el sur del Desierto Libio, desde la Península Antártica, desde un barco en medio del océano o desde un pueblo cualquiera al oeste de China. O quizás, desde un río de la Amazonia peruana, desde el Madre de Dios por ejemplo, a varios días en balsa de la primera huella mala de tierra.

Avanzamos. Desde el río los paisajes se ven diferentes. Junto a la balsa pasa la base hundida de un árbol con forma de cola de avión, timón recto, aletas desplegadas. Una flecha plateada salta en el agua dejándonos con cara de hambre. Una tortuga, lenta, es la última en escapar de nuestros ojos. Cada brazo que se abre es una incógnita. ¿Será el correcto? ¿Será una cocha? ¿Habrá menos palizadas por aquí o por allá?

Las aves, ocultas por el follaje espeso, cantan burlándose de nuestras limitaciones. Si pudiéramos volar las descubriríamos, si tuviéramos ojos más precisos las veríamos, si trepáramos como monos las ahuyentaríamos. Íamos, hay demasiados condicionales en nuestras vidas. Pero no volamos ni tenemos vista de jaguar ni brazos que trepan hasta la copa de los árboles. Somos humanos y, como mucho, imaginamos.

A medida que nos alejamos de Boca Manu desaparecen los peque peques con motor y carga de turistas sonrosados que destrozan la virginidad aparente de la selva. Casi todos viajan tiesos, arropados por un chaleco salvavidas, demasiado duros para responder espontáneamente a esos tres náufragos inesperados que reman sobre una balsa de seis troncos. Algunos sacan fotos y filman sin darse tiempo a pensar en lo que está sucediendo. Es el ritmo del tour, y el tour es el ritmo de la ciudad. Cuando se sorprenden, ya estamos lejos.

          Che, ¿y si les hacemos algún baile tradicional? ¿Y si nos ponemos a bailar cualquier cosa y después pasamos la gorra? –sugiero.

          Yo podría hacer algún instrumento tradicional con una lata de leche vacía… –dice Mauro.

Al final de cada día estamos cansados. Después de horas de remar y apostar buscando una corriente más rápida, nos equivocamos. Esquivo la rama de un árbol hundido que va directa hacia Anna, que la sostiene con los brazos y la empuja contra el portaequipajes, que se dobla hacia un lado. Mañana, antes de zarpar, habrá que desarmar las varillas y volverlas a asegurar.

En el campamento el fuego se eleva rojo, pero sólo ilumina y evapora la ropa mojada. El pescado que comimos en la cena venía enlatado. Los brazos, cansados, siguen moviéndose a pesar de que lo único que desean es caer, dejarse estar, no seguir ni el ritmo de los pasos, descansar muertos junto al cuerpo que se seca frente a las llamas.

Se hace de noche. Alimentamos el fuego con todas las ramas que encontramos en esta playa abandonada. Hoy vimos a los primeros buscadores de oro en la orilla del río. Tenían cintas transportadoras para las piedras y ni siquiera percibieron nuestro paso. Nos repartimos las últimas bananitas del racimo de Leoncio mientras acabamos la botella de ron, escuchando los gritos de la selva y el murmullo del río que avanza como un mercenario silencioso. Hace días que bebemos deliciosa agua turbia hervida, con sabor a humo.

Tengo ganas de estar en la balsa, esto es impresionante. Pero ante todo, hoy tengo ganas de llegar. Pero eso toca mañana, día de la cerveza fría en un pueblo minero. Hoy es el séptimo día del Titanic en el río y los insectos jamás habían llegado tan lejos: tengo picadas hasta en los huevos. ¡Qué estúpida es ésta felicidad!

Y al amanecer del octavo día…

Cerveza fría, cerveza fría!!

Llegamos!!!

Arriando la bandera