257- Lugares para conocer antes de morir: Nueva Orleans, Luisiana, Estados Unidos

Música en la calle en Nueva Orleans. Second Line.

Una de las consecuencias de vivir mucho tiempo en la ruta, moviéndote, buscando y a veces encontrando, es que pierdes algo de la capacidad de sorpresa. Mucho de lo que ves ya lo viste en otro lugar. Las ciudades coloniales de México dejan de ser especiales después de recorrer hasta el último callejón de Antigua, Oaxaca, San Cristóbal de las Casas y el Distrito Federal; las cascadas no provocan desvíos a no ser que sean cataratas; los arcos de piedra se convierten en agujeros después de Utah y las grandes ciudades de Norteamérica… bueno, ¿para qué?

Exactamente hoy, llevamos 13 años y 9 meses de viaje, sin contar las vacaciones en nuestra vida anterior. Y eso es mucho tiempo.

El encuentro con Nueva Orleans fue algo completamente inesperado. Y no, no estoy hablando de la arquitectura del French Quarter, distinta, que es lo primero que te llena los ojos, o de los letreros en el sitio más inesperado escritos con gracia, rima y tono de negra de voz aguda. No men, no-no-no.

Hablo de algo más profundo, del arte en la vida cotidiana. La vida con música en cada esquina. El silencio de las calles vacías y antiguas roto por una guitarra. Un violín electrónico frente a la puerta lateral de una iglesia. Bares donde todavía se puede fumar, calles en las que todavía se puede beber. Artistas de la vida, buscavidas de todos los colores, vagabundos educados, músicos callejeros lanzando el anzuelo de una canción.

Nueva Orleans me recuerda a mi Barcelona de los 90, cuando tocar en la calle era un acto espontáneo y no había que pedir permiso al Ajuntament. A mi Buenos Aires que ya no existe, esa ciudad de conventillos y habitaciones inundadas de ideas, donde cualquier cosa podía suceder.

Supongo que al final Nueva Orleans es Nueva Orleans, ese lugar nuevo y viejo al mismo tiempo, esa sorpresa inesperada, ese sitio que no solo hay que visitar antes de morir. En Nueva Orleans hay que vivir antes de morir, sobre todo, antes de que cambie.

Antes de que se llene de casinos, música envasada y cosas que ya viste en otros lugares. Y se pierda para siempre.

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226- Vancouver, la ciudad más británica de América

Trekking en Cypress. Vancouver, British Columbia. Canadá. Árboles. Caminata

Antes de comenzar esta historia debo aclarar que soy un adorador del sol. No soy de aquellos que se despachurran sobre la arena como una morcilla en la parrilla, pero sé, y Anna también lo sabe, que una semana seguida de días nublados terminan influyendo en mi sentido del humor. No es que mi humor se ponga más ácido, no. Es que lo pierdo.

Vancouver es una de esas ciudades que uno ama durante el verano y odia durante el resto del año. Necesitas un largo período de adaptación para encontrar un punto medio. Solo los canadienses y los que nacieron con aletas en los pies son capaces de disfrutar un sitio donde comienza a llover a principios de otoño, continúa en invierno y recién termina en primavera. El cielo se viste de un color gris blanquecino permanente durante ocho meses, el aire se carga de agua y el suelo se congela recordando por momentos al permafrost ártico. Hay luz durante seis o siete horas al día, pero nunca ves el sol.

Sin duda, puedes hacer otras cosas. Siempre puedes esquiar, hacer macramé, snowboard, teñirte el pelo de azul o hibernar como un oso. O sentarte a escribir un libro, comer mucha comida china y sumar capas de grasa, como hice a finales del 2011.

Los primeros europeos que llegaron a Vancouver fueron españoles. En 1791, el explorador José María Narváez atracó en una playa del Océano Pacífico que hoy se llama Spanish Banks, el único recuerdo que queda de aquellos aventureros. Esos eran los últimos años del dominio español en el continente americano. Los rusos se establecían en Alaska, las colonias independientes de Estados Unidos comenzaban su avance imparable hacia el oeste y en la América que terminó siendo Latina los criollos empezaban a revolverse contra las leyes proteccionistas de Madrid.

En aquella época los territorios españoles en Norteamérica no terminaban en México, sino que en algún momento llegaron a alcanzar hasta la frontera actual de Canadá. Es parte de la historia que no enseñan ni en España.

Sesenta años más tarde de aquel desembarco se establecieron los británicos de la Hudson Bay Company, que vieron las nubes que cubrían la zona que hoy se llama Vancouver y se sintieron como en casa. Oh… that lovely London fog…

Después se arrimaron los estadounidenses, que arrebataron lo que hoy es el estado de Washington a los ingleses (que a su vez lo habían tomado de los nativos) y después, los chinos. Primero como mano de obra barata. Luego, como destino de los nuevos ricos de Hong Kong. Y la demografía de Vancouver volvió a cambiar convirtiéndola en una de las ciudades con más habitantes chinos de América.

Hoy Vancouver es una ciudad moderna y liberal rodeada de brazos de mar. La mejor forma de apreciar su belleza es llegar en verano y encontrar amigos que tengan un barco o una lancha y te lleven a recorrerla desde el agua. Lo juro: nunca pretendimos quedarnos más de un par de días. Pero hicimos nuevos amigos y la furgo, nuestra Cucaracha, se encariñó con sus calles: Vancouver era el primer sitio desde Chile y Perú donde era fácil encontrar repuestos.

Estas son algunas fotografías de Vancouver en verano, una de las ciudades más limpias, organizadas y civilizadas que encontramos en el viaje. Una de las pocas, junto a Nairobi, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Cusco y Santiago de Chile, donde nos quedamos a vivir una temporada…

Running en English Bay. Vancouver, British Columbia. Canadá.
English Bay (busca el árbol en la azotea del edificio)

QUÉ HACER EN VANCOUVER

  • Caminar por alguno de los innumerables senderos abiertos en los bosques que rodean la ciudad.
  • Buscar alguna fiesta gótica e intentar salir sin que te muerda un vampiro.
  • Visitar alguno de los laberintos que se podan cada verano dentro de los campos de maíz.
  • Recorrer a pie o en bicicleta todos los rincones del Stanley Park.
  • Seguir la carrera de bañeras que se realiza cada año a finales de julio en la ciudad de Nanaimo, en la isla de Vancouver.
  • Tomar el ferry que va hacia el norte hasta Prince Rupert y recorre los canales estrechos de la costa Pacífica canadiense.
  • Entrar en la página de Craiglist para conseguir objetos de segunda mano gratis o a precios irrisorios.



165- Las tres guerras de México y la legalización de las drogas (1ª parte)

La Vuelta al Mundo en 10 Años - @viajeros4x4x4

Amo a México. Ya lo dije y lo repetiré las veces que sean necesarias y ante el juez que lo requiera. Tiene una gastronomía espectacular y única, algunos de los sitios arqueológicos más interesantes del mundo, culturas propias y playas desoladas. Me gusta especialmente el norte con su gente más abierta y espontánea y sus corridos alegres que ensalzan la mala vida.

Pero hay momentos en que quiero irme, escapar. Sobre todo cuando vuelvo a reconocer en el arcén de la ruta un cartel que dice: DISMINUYA LA VELOCIDAD. PUESTO DE CONTROL MILITAR OBLIGATORIO.

– Es así –aseguran los compadres mexicanos. –Tendrás que acostumbrarte.

Pero no hay caso, no me acostumbro, no me amaestro a estos estados policiales causados por las guerras no declaradas. Guerras, sí, guerras. Porque en México no hay una guerra. Hay tres guerras.

La primera guerra mexicana del siglo veintiuno enfrenta al gobierno con los cárteles del narcotráfico y la sufren todos los mexicanos. La presión de los militares que nunca saben muy bien quién es bueno y quién es malo se traduce en bajas inocentes y controles militares constantes que en ocasiones permiten cometer abusos con la excusa de la guerra. Todos los civiles son sospechosos de portar armas o de tráfico de drogas: hombres, mujeres, niños, ancianos, minusválidos, nacionales, extranjeros, perros, gatos y vacas. Y no es broma.

En el año 2001 el gobierno de Honduras anunció que había descubierto vacas destinadas a Estados Unidos con los genitales rellenos de bolsas de cocaína.

A pesar del esfuerzo oficial anunciado en todos los medios, el final de la guerra contra el narco sigue sin aparecer en el horizonte. Las operaciones tienen que ser siempre secretas debido a los chivatazos constantes de gente comprada o amenazada y la búsqueda de los jefes de los cárteles han convertido el centro de algunas ciudades en escenarios de batallas campales al estilo del viejo y salvaje oeste. Sí, caen tipos pesados cuyo rostro aparecerá tachado como un nuevo logro en los carteles de se busca vivo o muerto, pero siempre son reemplazados rápidamente por subalternos más inteligentes, más ambiciosos y con menos escrúpulos.

Por eso los periódicos amarillos no necesitan inventar historias macabras: casi todos los días hay gente sin brazos ni piernas colgada de puentes en la ruta. Cadáveres sin corazón pero con palillos clavados en los ojos. Cuerpos amontonados en fosas naturales. Balaceras en el centro de ciudades que permanecen aisladas por narcobloqueos provocados con camiones atravesados. Hombres apaleados hasta la muerte en un sótano. Mujeres desaparecidas. Muertos sin cabeza, cabezas sin lengua, manos sin dedos. 72 migrantes de Centro y Sudamérica asesinados en Tamaulipas que ya pasaron al olvido.

La máquina que crea poderes paralelos sigue funcionando y el dinero del narcotráfico sigue comprando la protección de políticos importantes, de policías y militares de todos los rangos y, como ya ocurrió una vez, hasta al propio fiscal nacional antidroga. Y cualquiera de ellos puede dar el chivatazo, el aviso de la operación en marcha que permita a los jefes volver a escapar.

Y si los narcos pueden comprar gente que ya tiene dinero y poder, imagínate la de gente normal, gente que apenas tiene para comer que se incorpora en las bandas como sicarios, mulas y vendedores callejeros. Gente que toma decisiones arrastrada por una conclusión muy sencilla: tiene más sentido vivir seis meses como rey que toda una vida de esclavo.

170-Guatemala-Chichicastena

La segunda guerra mexicana del siglo veintiuno se desató hace años entre los cárteles del narco por el control de zonas donde trabajar sin competencia. Regiones importantísimas para el tráfico de drogas por mar y aire como las penínsulas de Baja California o Yucatán y para el tráfico por tierra como las zonas fronterizas con Guatemala (Chiapas, Tabasco) o Estados Unidos (Baja California, Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua). Allí sí que cae gente. Y sin duda, la guerra también se desarrolla en las grandes ciudades como el Distrito Federal o Acapulco donde varias bandas se disputan el control de la distribución de heroína, cocaína, marihuana o metanfetaminas.

La influencia del narco es tan importante que hay regiones enteras donde la policía no existe y el control del gobierno mexicano es nulo. La economía de estos lugares depende del cultivo o la elaboración de drogas, como en el triángulo entre Sinaloa, Durango y Chihuahua donde se produce goma de opio y amapola (¿creías que todo venía de Afganistán?); o los pueblos del desierto del norte donde nadie quiere tener el honor de ser el próximo comisario asesinado; o las regiones de Oaxaca habitadas por los campesinos indígenas olvidados que son tentados por pequeños ejércitos irregulares que sueñan con convertirse en el Sendero Luminoso de México.

Son los estados paralelos del narcotráfico.

Ningún extranjero que llegue en avión notará que acaba de aterrizar en un país en guerra. Desembarcas, te revisan el equipaje, sales a la calle, tomas un taxi y todo parece normal. La gente camina por las aceras, los negocios permanecen abiertos, los edificios siguen intactos, los semáforos funcionan, los vehículos son nuevos y viejos y los periódicos amarillos vocean noticias sangrientas. La vida se desarrolla como si no pasara nada.

Y lo más curioso, lo más raro, es que es así. Solo los que viven en el país y se interesan por las noticias, saben algo de lo que está pasando en México. Y solo es algo, una porción, porque lo que aparece en los periódicos es una parte mínima de lo que realmente sucede. Y si eres extranjero y viajas en avión por unas pocas semanas, repito, no te enteras de nada.

La vida en México continúa a pesar de las guerras no declaradas que se cobran alrededor de 10.000 muertes violentas al año, más o menos las mismas que en Irak.

(continúa en Las tres guerras de México y la legalización de las drogas)