302- Los 5 lugares más espectaculares de 2015 | NORTEAMÉRICA

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Después de más de 15 años viviendo en la ruta alrededor del mundo, a veces se vuelve un poco difícil encontrar lugares espectaculares, que nos sorprendan. Pero existen, están ahí. Y a veces están más cerca de lo que pensamos.

Por eso junté en un post los 5 lugares más espectaculares donde vivimos o pasamos unas semanas durante 2015. A todos volvería en cualquier momento. Ojalá puedan darse una vuelta y sentir la misma emoción que sentimos nosotros.

1- NEW ORLEANS!

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Durante enero y febrero de 2015 alquilamos una habitación/apartamento en New Orleans. Era la primera vez que nos quedábamos tanto tiempo para descubrir una ciudad tras vivir unos meses en Vancouver en 2011, y lo que encontramos fue emocionante: música, música y más música. Música en el desayuno y la cena, música en la calle y el bar, música todo el día, en cualquier momento, en cualquier lugar. La ciudad me atrapó entre sus calles con casas de madera, su cocina propia, la historia de su vudú, su Mardi Gras, su gente de todos los colores y su jazz. Era algo que no me pasaba desde que mandé a la mierda a mi jefe en Madrid y me enamoré de Barcelona allá por 1995. New Orleans no es Estados Unidos. Es otra cosa, algo mucho más grande.

Lee más sobre New Orleans: Enamorado de una chica llamada Nueva Orleans.

 

2- LOS BOSQUES DE IDAHO

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Más de una vez habíamos cruzado Idaho y todo lo que nos había quedado de recuerdo era una bolsa de cinco kilos de papas. No era algo muy atractivo. Esta vez, camino de Montana, nos dejamos perder por caminos secundarios y descubrimos sus bosques protegidos con campamentos gratuitos como Cedars, (cerca de Missoula) junto a ríos salvajes; la Custer Road, con sus barcos de tierra firme que dragaban los ríos en busca de oro; y el Salmon River, espectacular para bajar en kayak. Tengo que volver y lanzarme al agua. De paso, visitamos la tumba de Hemingway en Ketchum. No se nos había perdido nada por allí, pero tampoco teníamos ganas de irnos.

 

3- BAJA CALIFORNIA

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Lo sé, es un clásico. Es mi cuarta vez en la península más salvaje de México, destino preferido de los overlanders en Estados Unidos. Esta vez nos tomamos casi todo el mes de diciembre para perdernos en playas completamente vírgenes, al final de caminos que tu madre te recomendaría no tomar, donde la avería más absurda te puede dejar días o semanas aislado en medio de la nada. Era el sitio perfecto para desconectar y recuperar fuerzas después de un 2015 muy intenso. Empiezo a entender a los amigos norteamericanos que hablan de Baja como su propio y particular Shangri-Lá.

 

4- EL SUR DE UTAH

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Es mi otro clásico y algo que repetiré mil veces. Utah es precioso y muy poco conocido fuera de Estados Unidos. Utah no solo es un refugio de mormones, también de aventureros que se lanzan a explorar a pie, en moto, bicicleta, kayak, raft o todo terreno alguno de los cientos de cañones grandes, pequeños o estrechos que atraviesan el estado. ¿Recuerdan la película 124 horas? Contaba la historia de un hombre que se había lanzado solo a explorar una zona de cañones y terminó con el brazo atrapado por una piedra. Para salir, se lo tuvo que cortar con una navaja. Sin anestesia, sin agua, y solito. Ocurrió por allí.

Lee más sobre Utah: Tierra de Cañones.

 

5- MI CASA!

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En realidad es un apartamento, pero por primera vez en 15 años recuperé mi pequeño lugar en el mundo y me dediqué a organizarlo como si fuera a vivir en él. No era el plan, pero abrir todas las cajas que había sellado antes de partir de viaje, y encontrarme con aquel Pablo, con aquella vida de oficina, con mis libros de El Corto Maltés y el Eternauta, con aquellas cartas enviadas a Argentina antes de que todos usáramos Internet, fue algo de lo más intenso que me ocurrió durante 2015. Ojalá las cosas vayan bien y podamos conservarlo para reencontrarnos más a menudo con los amigos…

Lee más sobre Barcelona: Lugares para conocer antes de morir.

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Consigue los libros de Pablo Rey con las historias de casi 20 años viviendo en la ruta, en las mejores librerías de viaje de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




165- Las tres guerras de México y la legalización de las drogas (1ª parte)

La Vuelta al Mundo en 10 Años - @viajeros4x4x4

Amo a México. Ya lo dije y lo repetiré las veces que sean necesarias y ante el juez que lo requiera. Tiene una gastronomía espectacular y única, algunos de los sitios arqueológicos más interesantes del mundo, culturas propias y playas desoladas. Me gusta especialmente el norte con su gente más abierta y espontánea y sus corridos alegres que ensalzan la mala vida.

Pero hay momentos en que quiero irme, escapar. Sobre todo cuando vuelvo a reconocer en el arcén de la ruta un cartel que dice: DISMINUYA LA VELOCIDAD. PUESTO DE CONTROL MILITAR OBLIGATORIO.

– Es así –aseguran los compadres mexicanos. –Tendrás que acostumbrarte.

Pero no hay caso, no me acostumbro, no me amaestro a estos estados policiales causados por las guerras no declaradas. Guerras, sí, guerras. Porque en México no hay una guerra. Hay tres guerras.

La primera guerra mexicana del siglo veintiuno enfrenta al gobierno con los cárteles del narcotráfico y la sufren todos los mexicanos. La presión de los militares que nunca saben muy bien quién es bueno y quién es malo se traduce en bajas inocentes y controles militares constantes que en ocasiones permiten cometer abusos con la excusa de la guerra. Todos los civiles son sospechosos de portar armas o de tráfico de drogas: hombres, mujeres, niños, ancianos, minusválidos, nacionales, extranjeros, perros, gatos y vacas. Y no es broma.

En el año 2001 el gobierno de Honduras anunció que había descubierto vacas destinadas a Estados Unidos con los genitales rellenos de bolsas de cocaína.

A pesar del esfuerzo oficial anunciado en todos los medios, el final de la guerra contra el narco sigue sin aparecer en el horizonte. Las operaciones tienen que ser siempre secretas debido a los chivatazos constantes de gente comprada o amenazada y la búsqueda de los jefes de los cárteles han convertido el centro de algunas ciudades en escenarios de batallas campales al estilo del viejo y salvaje oeste. Sí, caen tipos pesados cuyo rostro aparecerá tachado como un nuevo logro en los carteles de se busca vivo o muerto, pero siempre son reemplazados rápidamente por subalternos más inteligentes, más ambiciosos y con menos escrúpulos.

Por eso los periódicos amarillos no necesitan inventar historias macabras: casi todos los días hay gente sin brazos ni piernas colgada de puentes en la ruta. Cadáveres sin corazón pero con palillos clavados en los ojos. Cuerpos amontonados en fosas naturales. Balaceras en el centro de ciudades que permanecen aisladas por narcobloqueos provocados con camiones atravesados. Hombres apaleados hasta la muerte en un sótano. Mujeres desaparecidas. Muertos sin cabeza, cabezas sin lengua, manos sin dedos. 72 migrantes de Centro y Sudamérica asesinados en Tamaulipas que ya pasaron al olvido.

La máquina que crea poderes paralelos sigue funcionando y el dinero del narcotráfico sigue comprando la protección de políticos importantes, de policías y militares de todos los rangos y, como ya ocurrió una vez, hasta al propio fiscal nacional antidroga. Y cualquiera de ellos puede dar el chivatazo, el aviso de la operación en marcha que permita a los jefes volver a escapar.

Y si los narcos pueden comprar gente que ya tiene dinero y poder, imagínate la de gente normal, gente que apenas tiene para comer que se incorpora en las bandas como sicarios, mulas y vendedores callejeros. Gente que toma decisiones arrastrada por una conclusión muy sencilla: tiene más sentido vivir seis meses como rey que toda una vida de esclavo.

170-Guatemala-Chichicastena

La segunda guerra mexicana del siglo veintiuno se desató hace años entre los cárteles del narco por el control de zonas donde trabajar sin competencia. Regiones importantísimas para el tráfico de drogas por mar y aire como las penínsulas de Baja California o Yucatán y para el tráfico por tierra como las zonas fronterizas con Guatemala (Chiapas, Tabasco) o Estados Unidos (Baja California, Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua). Allí sí que cae gente. Y sin duda, la guerra también se desarrolla en las grandes ciudades como el Distrito Federal o Acapulco donde varias bandas se disputan el control de la distribución de heroína, cocaína, marihuana o metanfetaminas.

La influencia del narco es tan importante que hay regiones enteras donde la policía no existe y el control del gobierno mexicano es nulo. La economía de estos lugares depende del cultivo o la elaboración de drogas, como en el triángulo entre Sinaloa, Durango y Chihuahua donde se produce goma de opio y amapola (¿creías que todo venía de Afganistán?); o los pueblos del desierto del norte donde nadie quiere tener el honor de ser el próximo comisario asesinado; o las regiones de Oaxaca habitadas por los campesinos indígenas olvidados que son tentados por pequeños ejércitos irregulares que sueñan con convertirse en el Sendero Luminoso de México.

Son los estados paralelos del narcotráfico.

Ningún extranjero que llegue en avión notará que acaba de aterrizar en un país en guerra. Desembarcas, te revisan el equipaje, sales a la calle, tomas un taxi y todo parece normal. La gente camina por las aceras, los negocios permanecen abiertos, los edificios siguen intactos, los semáforos funcionan, los vehículos son nuevos y viejos y los periódicos amarillos vocean noticias sangrientas. La vida se desarrolla como si no pasara nada.

Y lo más curioso, lo más raro, es que es así. Solo los que viven en el país y se interesan por las noticias, saben algo de lo que está pasando en México. Y solo es algo, una porción, porque lo que aparece en los periódicos es una parte mínima de lo que realmente sucede. Y si eres extranjero y viajas en avión por unas pocas semanas, repito, no te enteras de nada.

La vida en México continúa a pesar de las guerras no declaradas que se cobran alrededor de 10.000 muertes violentas al año, más o menos las mismas que en Irak.

(continúa en Las tres guerras de México y la legalización de las drogas)




164- Sueños de Tijuana Dreams

Cruce de frontera en Tijuana, México, con Estados Unidos. Sombras

Cada día, cientos de miles de personas de cinco continentes, se acercan a la frontera entre México y Estados Unidos en busca de una oportunidad. Muchos se estrellan, muchos lo consiguen, muchos se quedan y continuarán haciendo planes durante el resto de su vida.

Tijuana se ha convertido en el ícono de la frontera de los sueños. De los  buenos sueños, y de las pesadillas. Welcome to Tijuana.

(Gracias a Isabella Soltani por escribirnos, recibirnos y guiarnos por algunos de los laberintos de Tijuana…)




128- Frutas raras: las bananas con hueso de Uruápan

La Banana con semillas de Uruápan, Michoacán, México

Hace tiempo que escribo acerca de frutas sorprendentes, sabores que no hay en la frutería del barrio, cerca de tu casa, porque afortunadamente la globalización todavía no consiguió entrar en lo más profundo de la selva. O porque Mr. Jones o Mr. Dole o Mrs. Chiquita Brands todavía no se interesó en estas frutas raras.

Esto que encontramos cerca del corazón de México es más raro que el final de Lost. Sí, bananas con hueso, con semillas, con carozos.

La historia dice que no son originarias de México. Que Lázaro Cárdenas, el presidente que nacionalizó el petróleo, que dividió y repartió grandes parcelas de terrenos privados entre los campesinos, el que transformó en cooperativas a muchas industrias y acogió a los republicanos derrotados en la Guerra Civil Española, trajo las semillas de la India. Otros dicen que vienen de Etiopía. Y que sus palmeras sólo crecieron aquí, en Uruapan, en el Parque Nacional Barranca de Cupatitzio,  probablemente el parque nacional más pequeño del mundo.

Por fuera tienen la forma, la textura y el color de los plátanos isleños peruanos o ecuatorianos. Algo irregulares, piel delgada y pequeños nódulos que se sienten apenas los agarras. Son las semillas negras, que crecen rodeadas de una pulpa delgada de color anaranjado casi imposible de comer. Me habían dicho que sabe a papaya, pero la verdad, hay tan poca carne que no le encontré sabor.

Lo compramos en la puerta del Parque Nacional Barranca de Cupatitzio, y el vendedor me regaló un papelito que cuenta las bondades terapéuticas del brebaje que se prepara con las semillas. Claro, pulpa no tiene, así que para algo tenía que servir la banana mutante con hueso.

RECETA DEL HUESO DE PLÁTANO DE URUÁPAN: para diabetes, colesterol, buena circulación, alta o baja presión, nervios alterados y riñon. Procedimiento: se rompen tres huesos, se ponen a cocer en un litro de agua y se deja hervir hasta que el agua pinte como la canela. Tome un vaso en ayunas frío o caliente, y el resto del agua como agua de tiempo.

 

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

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Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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05- Bolivian Vibrations

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Después de destrozar los oídos de unos cuantos paraguayos inocentes tomamos la ruta que nos recomendaron evitar, el camino de cornisa que une Villamontes y Tarija en seis horas no aptas para enfermos del corazón. En cualquier momento, en cualquier curva, puede aparecer un camión y en muchos tramos no hay espacio para dos vehículos. Entonces el más débil, nosotros, deberá estacionar con las ruedas a centímetros del barranco que acaba en un río a cien, quinientos o mil metros abajo. La caída hipnotiza, es extraño, da miedo pero también atrae.

Hoy es domingo y los amigos estarán contentos de saber que hay pocos vehículos en la ruta. Pasamos Tarija, dejamos atrás las cruces que anuncian los últimos metros de José, Juan y María de tez morena y seguimos ascendiendo hacia Villazón. Regresamos a Bolivia buscando una revancha. Dos años atrás recorrimos el país de norte a sur y nos fuimos con el sabor amargo del rechazo. Un policía que nos dice que no deberíamos estar en su fiesta popular, el recepcionista de un hotel que se niega a abrir la puerta de una ducha y quiere pelea, un taxista que desea atropellarnos por accidente, horas bajo el sol del altiplano a 4500 metros de altura con el motor roto y nadie es capaz de detenerse a ayudarte. A ayudarnos. No, los bolivianos no pueden ser así. Por eso volvemos a Bolivia.

Volvemos a respirar sobre 4000 metros de altura, a sentir la ausencia de oxígeno, los cactus, el camino de tierra, los locales ensimismados, el humo negro que sale por el tubo de escape por la mala combustión del diesel, la vida sin emoción que pasa al otro lado de las ventanas y se limita a terminar cada día como si jamás hubiera empezado, como si la carne no fuera capaz de criar gusanos. En una de las tantas curvas cerradas la bocina deja de funcionar, se habrá desconectado de nuevo. Y de repente, en medio de tanta belleza apática, se apaga el motor.

El envión nos deja en un ensanchamiento de otro camino de cornisa. Es hermoso, está vacío. Intento arrancar pero el único ruido proviene del viento que nos ignora. No funcionan las luces. Abrimos el motor, no puede ser un cortocircuito. Anna chequea la batería, está descargada, es el alternador. La única manera de intentar arrancar es poner segunda y dejar caer la furgoneta por la pendiente con el contacto puesto. Si no arranca, estamos jodidos. De nuevo.

Pero arranca. Es casi de noche cuando llegamos sin luces a las afueras de Villazón, a tres mil setecientos metros de altura. Aparcamos junto a una estación de servicio y preparamos un poco de pan con queso y aceite de oliva para cenar.

–     Era un tío tan gafe tan gafe tan gafe, que se presentó a un concurso de gafes y quedó segundo –dice Anna.

Nos reímos de la mala suerte que intermitentemente nos persigue y nos acomodamos a oscuras sobre el colchón. Que el alternador no funcione no es tan grave. Tener dos baterías y que las dos estén descargadas, es raro. Que el turbo haya dejado de silbar después de Villamontes ya está asumido. ¿Serán las Bolivian Vibrations? Lo importante es que conseguimos volver a la civilización. Boliviana, pero civilización. Mañana será otro día.

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Al amanecer, a veinte metros, hay un camión cruzado sobre la carretera con el eje roto.

–     ¿Ves? –le explico convencido a Anna. –Si cuando llega la mala suerte no le damos bola, ¡se aburre y se va con otro!

Tomamos un café e intentamos arrancar cuesta abajo pero no, el motor está apunado, frío y sin batería. Desistimos al tercer intento, la bajada termina a veinte metros en un puente. Los camiones aprovechan la pendiente y pasan a toda velocidad junto a la furgoneta haciendo sonar su bocina de tren. Los autobuses se ladean hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia la derecha. No me gustaría ser un pasajero en Bolivia. A los diez minutos de esperar junto a la ruta pasa el primer 4×4. Se detiene.

–     Me quedé sin batería y no funciona el alternador –le digo. –¿Me podrías dar chispa, por favor?

–     Ahorita no puedo porque lo voy a lavar –dice abandonándonos con la boca abierta.

Otro asegura que su pick up no tiene batería. ¿Funcionará a cuerda? Intento detener un camioncito Ford y el tipo que conduce ríe y hace gestos flamencos hacia arriba con una mano. Sigue de largo. ¡Olé! ¡Y que viva Bolivia!

Media hora más tarde saco la batería y me subo a un minibús. Nadie está dispuesto a detenerse cinco minutos para ayudarnos. Me bajo frente a un taller de electricidad del automóvil. La calle es de barro y el interior del local es un desorden oscuro y cubierto de grasa. Da miedo.

Recuerdo experiencias frustrantes de motores desarmados sobre callejones diseñados accidentalmente como túneles de polvo. Mi estómago se rebela, Diego de Almagro, Chile, el viejo culeao que desarmó el motor en dos días y luego no supo volverlo a armar. El Peor Mecánico del Mundo, con mayúsculas. El motor duró doscientos kilómetros antes de fundirse. Ernestro González, un nombre que en mi tripa suena tan mal como George Bush u Osama Bin Laden. pero no, esto es Bolivia, amabilidad altiplánica nula, palabras que surgen con esfuerzo, cortadas con cuchillo.

Dejo la batería cargándose en el taller y salgo a buscar otro sitio donde arreglar el alternador. Cruzo la frontera hacia Argentina entre mulas bolivianas, hombres y mujeres que por monedas van y vuelven contrabandeando sobre sus espaldas sacos de harina, cajas de cerveza y paquetes de tetra brik de vino blanco dudoso. Es odioso, pero una manada de vacas no sería más sumisa ante los gendarmes que hacen la vista gorda.

–     Tienen tres horas, de lunes a viernes, para pasar todos los alimentos que necesiten. Es una gentileza del gobierno argentino, ya que no pagan aduana –dice el policía que me atiende.

Las mulas son un tropel permanente que avanza sobre las vías del ferrocarril desmantelado, toman sobre sus lomos encorvados la carga que los distribuidores sueltan y doblan un poco más las rodillas. Bajan el terraplén, retoman el asfalto, se apiñan sobre el carril derecho amontonándose, atascándose, corriendo para dejar su bulto a trescientos metros y volver, volver a cruzar la frontera, volver a Argentina y volver a sentir la espalda doblada bajo un sistema económico que los ignora.

Será por esto que ríen cuando un blanco hace señas en la ruta pidiendo ayuda. Será su pequeña venganza.

En La Quiaca tampoco encuentro un electricista de automóviles y vuelvo a entrar a Bolivia. Nadie pregunta dónde voy ni de dónde vengo. Junto a la puerta del taller donde recojo la batería están descargando docenas de botellas de Coca Cola. Un perro pasajero levanta la pata y vacía la vejiga en el montón. ¿Recuerdan Blade Runner? Es el mismo caos, pero en el presente. Busco un taxi y vuelvo hasta donde espera Anna. El conductor me cuenta de otro electricista, más caro pero más prolijo.

Monto la batería y el motor arranca. Buscamos al electricista caro y al poco rato ya tiene el alternador afuera. Lo desarma, cambia los carbones, con la punta de un cutter levanta el plástico que proteje un rulemán y sentencia que está malo. Vuelve a montar el alternador pero no funciona. Comienza a hacerse de noche. Once insoportables horas más tarde abandonamos el taller con ganas de entrar en Argentina, pero es medianoche y la frontera está cerrada.

A la mañana siguiente, después de los trámites migratorios y aduaneros, nos detenemos en la estación de servicio de Repsol/YPF que está en La Quiaca, a doscientos metros de la frontera. Cuando el empleado se acerca para atendernos con una sonrisa, no puedo evitar darle un abrazo.

–     Hermano, ¡no sabés cuánto te extrañé!

–     Qué, ¿acaban de salir de Bolivia? -pregunta sin soltar la sonrisa, sin poder deshacerse del abrazo de un desconocido.

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