260- La vuelta al mundo a los 70 años. Entrevista a José Antonio Rodríguez.

La Vuelta al Mundo en 10 Años

La vida puede ser emocionante hasta el final. Tiene que serlo.

No me entra en la cabeza la posibilidad de que algún día se convierta en una sucesión de imágenes que llegan a mis ojos a través de la ventana de una casa, o desde la pantalla de un televisor. Nunca, jamás. Yo quiero morir con las botas puestas, en la ruta.

José Antonio Rodríguez, que ahora tiene 78 años, se fue a dar la vuelta al mundo en solitario, en un 4×4, a los 70. Y volvió para contarlo.

Yo, cuando sea grande, quiero ser como José Antonio.

La ruta de su vuelta al mundo

¿Se jubilan los viajeros?

La muerte en la ruta.

Preparando nuevos viajes a los 77 años.

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29- ¡Hay música en la calle! | Lima, PERÚ

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7 años, 4 meses y 10 días de viaje.

Los viajes son épocas de descubrimientos. Uno abandona su refugio y, por el motivo que sea, se siente más libre para ir más lejos, romper límites y hacer cosas que no suelen hacerse en el barrio. Basicamente, un viaje es una vida prestada, sobre todo cuando se trata de vacaciones. Es lo más cercano a la vida soñada, uno se saca la piel de todos los días y, por lo general, deja de mirarse un poco el ombligo para observar lo que sucede afuera.

Cada uno tiene un motivo distinto para sentirse entusiasmado por un viaje. Están los que sólo etenden descansar y los que retornan más cansados que cuando partieron. Los que aman observar las piedras antiguas o el arte, y quienes mueren por mezclarse entre la gente. Unos nos arriesgamos más de lo necesario y otros se mantienen en los caminos seguros. No existe una verdad, todo es válido.

En este caso has viajado a Perú. Da igual por qué, pero te has parado frente a un mapa y has dicho: ¿por qué no?. Cuando llegas encuentras muchas cosas nuevas: el sabor de la comida, la mezcla de razas y colores de la gente, los edificios que son más o menos antiguos o descuidados. La forma de vender, el movimiento de las mareas humanas, la manera de mendigar al extranjero, de mirar, la simpatía y la hospitalidad individual, y la agresividad de los taxis… Avanzas por la calle y tu pecho se hincha, todo lo que entra por los ojos se queda en el corazón.

Pero cuando tu pecho se hincha también entra la contaminación que te lleva a fumar sin encender un cigarrillo. Esquivas un puesto de jugos de naranja exprimidos al momento y dudas, tienes hambre pero el carrito que vende sandwiches de cerdo no parece muy higiénico. Los fabricantes de películas tienen todo: de Fellini a Scorsese pasando por Buñuel y el Hombre Araña, por menos de un euro. Te deslizas en una galería, el Hueco, por ejemplo, y encuentras medicamentos falsificados de venta al público. Esto es un caos. Un hombre que camina rápido te golpea el hombro y sientes una mano buscando la entrada a tu bolsillo. Cuando te das vuelta, ya no hay nadie.

Vuelves a la calle, caminas esquivando cuerpos y sales a un claro. Respiras, a veces la marea es agobiante. En el medio hay dos niños bailando. No se mueven torpemente como lo haríamos nosotros, o yo por lo menos. Se agitan con suavidad, estiran los brazos para hipnotizarte como pequeños demonios recién liberados. Y te das cuenta, reconoces, que bailan al ritmo de un cajón y dos botellas de plástico golpeadas contra el suelo. Nada más. La mujer que está atrás debe ser su madre, delgada y descuidada, que saca música africana del asfalto. En Sudamérica.

Ese es otro viaje.

(Aquí va un vídeo de unos niños negros peruanos bailando en la calle. Fue un momento increíble, hermoso, ya que se movían como pocos adultos son capaces de hacerlo. Ellos desataron nuestra admiración incondicional. Por algún motivo estúpido, YouTube lo borró de su archivo, diciendo que infringe sus normas. Es como decir que ‘la vida en la calle infringe sus normas’ o ‘la cultura popular infringe sus nomas. O, peor, ‘la pobreza infringe sus normas’. Absurdo.)

Después de 8 días voluntariamente abandonados en una balsa de troncos, el río Madre de Dios nos escupe a la civilización. Del pueblo minero de Colorado viajamos en camión y en bote a motor y descubrimos un pueblo soso. Mazuko, en la ceja de selva, en el límite con los Andes, no parece muy interesante. El mercado se desborda como siempre en la calle y es curioso, la fruta es más cara que en Cusco. También deben sobrar árboles, será por eso que pasan tantos camiones cargados de troncos, será por eso que desangran la selva y los matan tanto. Nada, aquí no pasa nada.

Esperamos aburridos en una plaza, en cuatro horas sale una camioneta que cruzará la Cordillera de los Andes. Viajar en la caja es más barato que en un asiento mullido. Los paseos se repiten. Los niños salen de la escuela. Ya leí cien páginas del libro de Orhan Pamuk. Entro a la iglesia con una estaca de madera, parece que fueras a matar a alguien, a Cristo o al Anticristo, dice Anna cuando vuelvo a la plaza. Busco tapas de botellas raras en la tierra, pero todas son iguales. Entonces aparece un vendedor ambulante, pregonero de los churros calientitos, cantante de la selva.

Domingo en Lima. ¿Vamos a pasear a Rimac? El barrio queda al otro lado del río, cruzando el centro de la ciudad, y nuestros amigos recomiendan ir con cuidado. Subimos una cuesta y, después de pasar frente a decenas de casas descompuestas, llegamos a un pequeño mercado. Tomamos una moto taxi hasta un convento y decidimos no entrar. Ya visitamos demasiados museos religiosos. Volvemos hacia el río a través de una alameda desprovista de álamos. Compramos dos sobres de desodorante en una farmacia. Adelante, la calle está cortada. Una procesión avanza lentamente frente a un supermercado hacia un cartel de cerveza. Los fieles oran, cantan y conversan alternadamente. La banda de música camina detrás de la Virgen, que no tiene prisa.

Hoy es domingo, no hay mucho que hacer.




16- Por el mal camino 3: Ratones en la furgoneta

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(viene de la historia anterior: Por el mal camino: Fantasmas)

– Anna, despierta… despierta… –susurro. –Hay algo dentrode la furgoneta…Siento movimientos, bolsas de plástico que crujen, risas agudas y excitadas en un idioma extraño. Sospecho, deseo que no, pero enciendo la luz del techo y me siento sobre la cama intentando vencer la repugnancia. Junto a la cesta de los libros, a escasos treinta centímetros de mi cabeza, un ratón explorador se esconde bajo el asiento del copiloto.Sacudo el brazo de Anna, que se resiste a despertar. No, no es un sueño, no posee las orejas negras y redondas del ratón Mickey ni tenemos a un gato gringo que persiga a un Jerry de dibujos animados capaz de sostener una sartén. Lo que tenemos es un pequeño huésped de cuatro patas, mejor dicho, un pequeño okupa ruidoso, rápido y chillón.

– ¡Es nuestra casa! ¡Vete o alquilamos un gato! –digo estirando mi mano, que golpea las etiquetas de cerveza africanas pegadas en la puerta.

Pero no me hace caso.El ratón no tendrá más de cinco centímetros, mucho menos que los dos ingleses con los que compartimos unas horas de ron dentro de la furgo una noche fría en el sur de Chile. Entonces amanecimos bloqueando el surtidor de una gasolinera entre empleados extremadamente educados que no querían despertarnos. Y fuimos cinco en Etiopía cuando llevamos a dos policías y a un detenido a una comisaría en Addis Abeba.Pero no, esta vez nadie pidió permiso, nadie golpeó a la puerta, toc toc, y hay tantos recovecos que temo que sea imposible atraparlo. Cierro la conservadora donde guardamos el queso y las frutas y recuerdo que estoy desnudo. Un poco por pudor y otro poco por instinto de conservación me pongo el calzoncillo. Los ratones, por más que sean pequeños, tienen dientes. Pueden ser peligrosos.

– ¡Eres tú o yo, y dudo que esas patitas lleguen al acelerador! ¡Vete! –repito cuando vuelve a aparecer junto a Anna, que abre una puerta y hace ruido para ahuyentarlo.

Afuera el cielo está estrellado y las olas que se estrellan contra esa playa del centro de Perú continúan autistas. La luz que unas horas antes nos había inquietado se muestra negra mientras el viento remece las cruces mohosas del cementerio. Es en vano, nadie se levanta. El ratón tampoco escapa, se debe sentir a gusto. Y ahora, ¿qué hacemos?

Entonces aparece un recuerdo brillante: me pongo una bolsa de plástico en la mano y, con la luz tenue de una linterna con poca pila enfocada en ningún lugar, me concentro recordando al Karate Kid. Si él fue capaz de atrapar una mosca con dos palillos, yo podré agarrar un ratón con la mano.

– ¿Qué haces? –pregunta Anna, confusa.

– Voy a intentar atraparlo.

Conozco esa mirada, pero cuando la lógica se acaba igual hay que hacer algo, aunque parezca imposible. O estúpido.

– Aquí –dispara Anna.

Y sin darme cuenta activo una parte antigua de mi memoria genética olvidada desde el advenimiento de los supermercados. Mi brazo se convierte en un látigo y antes de darme cuenta siento la piel de un peluche tibio. Tengo al ratón encerrado en mi mano… ¿Qué hace ahí?

– ¡Abre la puerta! ¡Abre la puerta! –repito incrédulo antes de convertir un ratón explorador en ratón volador. Super Ratón. No veo donde cae, pero espero que no vuelva.

Es difícil volver a dormir. Cada tanto aparece una araña o alguna abeja perdida que se desvía de su ruta para entrar a la furgoneta por una ventana abierta como un proyectil. Son momentos raros, de frenar rápido y detenernos en el arcén para evitar una picada dolorosa a noventa kilómetros por hora. Pero esto, esto es un ratón.

¿Cuál es el mejor vehículo para dar una vuelta al mundo? Observo las estrellas acostado, a través del techo de la furgoneta. ¿Un camión blindado 4×4? No, demasiado pesado. ¿Un buggy? Demasiado inseguro, demasiados espacios abiertos. ¿Nuestra Cucaracha?

Jodido ratón. El viento sopla con un poco más de fuerza en dirección al cementerio y mueve nuestra cama y nuestra casa. Quizás… sí, ¿por qué no? Un coche fúnebre, un coche fúnebre 4×4 con un ataúd en el techo para guardar lo más valioso. Negro, por supuesto, un viejo Valiant negro de tres puertas. Levantado, casi una limousine deluxe. Sonrío, esa es buena.

Nadie intentaria robar un coche fúnebre.

El cuerpo se relaja, estoy a punto de morir por unas horas cuando un ruido vuelve a alertarme.

– ¿Estás despierta?

– Sí –responde Anna.

– ¿Acabas de buscar algo en una bolsa?

– No.

– ¿Los ratones son animales sociales?

– No sé. ¿Por qué?

– Me parece que no era un ratón. Era una familia. Y sólo echamos a uno ruidoso.

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Enciendo una luz y allí está, de pie sobre sus patas traseras. Solo le falta saludar. Y vuelvo a intentarlo, me siento en la postura de Buda, tomo la bolsa de plástico, aguardo con paciencia y estiro mi brazo una y otra vez. Pero el espíritu indomable del Karate Kid ha desaparecido. Sólo consigo acariciarles la cola. A las cinco de la mañana, una hora antes del amanecer, Anna se tapa con una sábana blanca.

– Vamos a dormir –sugiere.

– ¿Con un ratón dentro?

– ¿Le tienes miedo?

– No, pero… es que no estoy acostumbrado a dormir con ratones.

Al amanecer observamos la cocina con esperanza. Nuestros nuevos inquilinos no prepararon el desayuno.

Rompieron bolsas, se excitaron con el pan y cagaron en los asientos. Limpiamos los restos de la fiesta y nos despedimos del cementerio sin saber si los ratones continúan con nosotros. Vaya nochecita.