325- ¡OJO! CUATRO SITUACIONES QUE PUEDEN CONVERTIR TU VIAJE A ESTADOS UNIDOS EN UNA PESADILLA.

¡Ojo! Viajar a Estados Unidos para conocer San Francisco, Nueva York, Miami o Nueva Orleans, o para perderte en su impresionante red de parques nacionales, es un sueño que puede convertirse en una pesadilla. Solo hay que tomar una decisión equivocada, tener un día de mala suerte o que los astros se hayan alineado en dirección a un agujero negro para que todo se tuerza. Adiós vacaciones soñadas.

Por eso es necesario prepararse para el viaje. Y no es suficiente con atragantarte de información turística: hay cosas que no aparecen en las guías de viaje ni en los folletos turísticos. Recuerda, la ley es igual para todos y desconocer las reglas y costumbres del país que visitas no te exime de culpa.

 

1- Llegar sin los documentos apropiados.

Suena lógico, pero cuando estés frente al oficial de migración deberás haber completado el ESTA (un formulario obligatorio que se gestiona por internet) y sacado el visado en la embajada de Estados Unidos si tu país no tiene un convenio especial. Tu pasaporte tiene que estar en buen estado y debe tener por lo menos seis meses de validez y suficiente espacio en blanco para que te sellen la entrada.

No intentes hacerte el simpático en el aeropuerto o en la frontera terrestre. No te hagas el gracioso, ni compartas chistes sobre violencia, el nuevo presidente o la situación del mundo. Allí se toman muy en serio todo lo que vayas a decir aunque lo digas en tono de broma. No te hagas el amigo y responde a todas las preguntas del oficial de migración con frases cortas y coherentes, preferentemente en inglés. Esa persona, que puede haber tenido un mal día o una mala noche, puede negarte el ingreso al país y enviarte de vuelta a casa en el siguiente vuelo.

2- Caer enfermo.

Estados Unidos es un mal sitio donde enfermar o sufrir un accidente si no tienes un seguro médico. La factura que llegará a tu tarjeta de crédito puede ser tan abultada como para pagar unas vacaciones en el lugar más caro que puedas imaginar. Cualquier tontería que en tu país se soluciona con una visita rutinaria a un centro de salud gratuito o cubierto por tu seguro, te puede costar un mínimo de cientos de dólares.

Por eso es recomendable viajar con un seguro médico. Nunca nos lo exigieron, pero el primero que te lo puede pedir es el oficial de migración. Si no lo tienes y no das una buena explicación es otro motivo para negarte la entrada al país. Eso sí, una vez dentro, todos los hospitales públicos tienen la obligación de atenderte en urgencias más allá de que puedas o no puedas pagar por el servicio médico. Apenas cruces la puerta y te presentes en recepción te pedirán la tarjeta de crédito, pero puedes decir que la has perdido o que no tienes y te atenderán igual.

Otro dato: los mayores de 65 años tienen asistencia gratuita en los hospitales públicos. De nuevo, es más posible que al entrar al país le pidan el seguro médico de viaje a alguien mayor de 65 años que a alguien de 30.

Una parte del dinero que pagas por el seguro de viaje a través de este enlace llega a nosotros y nos ayuda a seguir adelante, compartiendo historias y datos. Gracias por tu fidelidad y buena ruta!

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SIGUE LEYENDO: CÓMO EVITAR QUE TE COMAN LOS OSOS!

3- Responder de forma equivocada a un policía.

Estados Unidos no es un país latino. Las normas no se negocian, se cumplen. Los policías son muy rígidos y siempre te tratarán de usted. La mejor opción si has cometido un error es aceptarlo y pedir disculpas. Quizás tengas suerte y te dejen seguir adelante con una advertencia.

Una de las normas que seguramente no conoces es que está absolutamente prohibido conducir con botellas de cerveza al alcance del conductor. O sea, no puedes tener ni siquiera una botella en el asiento trasero aunque esté cerrada o vacía. Conducir borracho o con una tasa elevada de alcohol en la sangre es motivo de deportación inmediata.

Tampoco debes bajar de tu vehículo si un coche de policía te ordena detenerte. No hagas movimientos extraños con tus manos ni busques en tus bolsillos; hay demasiadas armas sueltas en Estados Unidos, los policías lo saben, y pueden ponerse nerviosos y dispararte en caso de duda. Por cierto, tampoco se puede fumar, beber alcohol o entrar con una botella de vidrio a ninguna playa de California.

4- Provocar un accidente y no tener seguro.

Estados Unidos es un país legalista y capitalista al máximo. Cualquier situación que haya generado un daño puede ser aprovechada por personas sin escrúpulos capaces de demandar a su madre con tal de conseguir una buena indemnización. Por supuesto, no toda la gente es así, pero los pueblos están llenos de carteles de abogados decididos a llevar a juicio a quien sea: una compañía, el estado o una persona.

Por eso, si viajas en coche, nunca olvides comprar tu seguro. La factura del mecánico si provocas un accidente, por pequeño que sea, ¡puede ser estratosférica! Eso sí, por más extraño que nos parezca, en muchos estados del país no está prohibido conducir hablando por teléfono, ni usar casco si viajas en moto.

Ya sabes, antes de viajar a Estados Unidos prepárate. Estarás entrando al cuarto país más grande del mundo. Parece muy igual, pero ciertas normas pueden ser muy distintas. Buena ruta!

 

SIGUE LEYENDO:

12 CONSEJOS PARA CRUZAR LA FRONTERA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2016 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlas y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic de viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream (su primer vehículo para no viajar), con unos amigos en Baja California, México. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona (Estados Unidos) y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




241- Cómo curar mordidas de perro | SALUD EN VIAJE

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Y cuando me estaba acercando a la furgo por el jardín trasero del edificio donde viven unos amigos en Vancouver, un perro de caza marrón y blanco, bastante más grande de lo que me hubiera gustado y con los dientes afilados (no es lo mismo que te ataque un Chihuahua a que te ataque un Pitbull), saltó sobre mí.

Sería el olorcito a asado que llevaba tras un encuentro con argentinos, no lo sé, pero lo que hice después hubiera merecido una foto. Dios, ¡lo que pagaría por esa foto!

Cuando me levanté del suelo tras el ataque el perro se fue corriendo hacia el otro rincón del jardín. Me vio la cara, estaba cabreado. Agarré el machete africano que siempre guardo a mano en la furgoneta y fui a por él. En el camino encontré una silla, mi escudo de cuatro patas. Y vestido como un gladiador comencé a insultar al puto perro en tehuelche, pampa y todos los idiomas que conozco. Como si me fuera a entender.

Por un momento pensé en matarlo, no me faltaban razones, pero entonces apareció la dueña, que me vio levantando una silla y un machete contra su lindo perrito, y comenzó a gritarme en hebreo y arameo.

La historia es larga. Al final vino la policía y fichó al perro. Creo que no se animaron a tomarle las huellas de las patas. La dueña enseñó una medalla conforme el perro estaba vacunado contra la rabia. Y siguió mirándome mal, como si su puto perro fuera un santo y yo lo hubiera provocado.

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Canadá suele tener unas ciudades muy civilizadas. El griterío atrajo a los vecinos, que trajeron vendas, pomadas y desinfectantes de distintos colores. Pero no quería limpiar la herida con cualquier cosa. No tenemos seguro médico, suele ser caro si estás todo el año viajando. Por eso decidimos no enfermarnos y asumir el coste si teníamos que pasar por un hospital de pago. La estrategia, después de 13 años de viaje, viene funcionando bien.

Lo primero que hicimos fue llamar a Christine, una amiga canadiense que tiene buenos conocimientos de primeros auxilios. Y seguir sus instrucciones.

1-      Límpiate bien la herida con mucha agua y jabón

2-      Presiona para que salga sangre.

3-      Corta los pedazos de piel muerta con una tijera desinfectada (esta es de mi cosecha personal)

4-      Desinfecta UNA SOLA VEZ la herida con agua oxigenada-H2O2 (una sola vez, porque el agua oxigenada mata no solo las bacterias malas, sino también aquellas que ayudan a la cicatrización)

5-      Consigue una pomada cicatrizante como Polysporin (en Canadá) (contiene un 0,13% de Sulfato de Polimixcina B, un 0,79% de Bacitracina con Zinc, un 0,03% de Gramicidina y 5% de Lidocaína) y aplícala en la zona lastimada. Según el médico que consulte al día siguiente la herida cicatriza mejor cuando está húmeda que cuando está seca.

6-      Ponte una venda que te cubra la herida.

7-      Repetir la limpieza con agua y jabón, la aplicación de pomada cicatrizante y la venda 3 veces por día durante una semana.

8-      Darte una vacuna antitetánica.

El mayor peligro en estos casos es que el perro no esté vacunado. Los primeros síntomas de la rabia, que se notan pocas horas después de la agresión, es dolor en la mandíbula y en la zona mordida. También hay que vigilar el color que toma la piel alrededor de la zona afectada durante 72 horas, que es el período de mayor riesgo.

Esto ocurrió durante un domingo por la tarde. El lunes por la mañana me acerqué a un centro de atención médica básica muy pequeñito de la zona de Kitsilano, que atiende a jóvenes y personas que viven en Vancouver y no tienen seguro médico. Se llama Pine Free Community Health Youth Clinic. Allí revisaron la herida, me dieron la vacuna antitetánica y una palmadita en la espalda. No me cobraron nada. Tremendamente amables (¡Muchas gracias!).

Uno de los datos curiosos que me contaron allí es que (por lo menos en Vancouver, o Canadá), solo el 20% de las mordeduras de perro derivan en infecciones cuando el 100% de las mordeduras de gato se infectan.

Ya sabes: si te vas de viaje y no tienes seguro médico, no te enfermes ni dejes que te muerda un perro. Y si un perro te mira fijamente, con la boca abierta, la lengua afuera y los dientes húmedos de saliva, prepárate: puede que tenga hambre. Y tú tienes muchos huesitos.

ENLACE RECOMENDADO

Cómo curar una mordedura

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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218- Cómo eliminar un coágulo de sangre bajo una uña | SALUD EN VIAJE

...hasta que de repente saltó un chorrito de sangre. Salud en ruta

Hace unos días fui atacado por una Cucaracha gigante. Una Cucaracha desagradecida.

Intentaba aflojar una tuerca de mi furgo 4×4, ajustada por miles de kilómetros de malos caminos, cuando mi mano resbaló y el dedo pequeño se estrelló contra el hierro de la carrocería. Con el paso de las horas el dolor comenzó a aumentar. No lo tenía roto, aunque se estaba formando un coágulo de sangre bajo la uña.

A la mañana siguiente mi dedo hinchado y caliente latía con vida propia, como si tuviera un pequeño corazón agitado. Ya no podía doblarlo y, si quería seguir trabajando, necesitaba encontrar una solución.

No tenía muchas opciones:

  • La opción A era la más lógica: ir a un centro médico para que me hicieran un agujero en el dedo con un taladro quirúrgico. Era un poco truculento y corría el riesgo de cruzarme con un sádico de bata blanca. Pero no tenía seguro médico y, con los costes de la sanidad en Canadá (y sobre todo en Estados Unidos), la tontería me podía costar unos 1000 dólares. De momento, eso dolía más que el dedo.
  • Opción B: yo me había desarreglado solito. Ahora tenía que aprender a arreglarme.

Primero intenté atravesar mi uña con un alfiler al rojo vivo. Según el saber popular eso debería funcionar, pero la presión y el calor del alfiler hacían que el dedo doliera más. Para sufrir menos tenía que ser un poco más radical.

La Dremmel es una pequeña herramienta multiusos muy práctica para llevar en una furgo. La utilizan los artesanos para tallar, pulir y agujerear piedras, caracoles, maderas o vidrio. Más de una vez la había utilizado en la furgo. Aunque esta vez, la iba a utilizar en mi cuerpo. Me iba a taladrar una uña.

Busqué la punta más delgada, la esterilicé en alcohol y la acoplé a la Dremmel. Coloqué mi mano derecha sobre la mesa, sobre una servilleta de papel capaz de absorber sangre, y con mi mano izquierda (la torpe, la que tiembla) apoyé la punta de la herramienta sobre mi uña. Luego, apreté el botón de encendido.

El zumbido me hizo recordar a mis peores días de terror en el sillón de un dentista. Pero esta vez yo tenía el poder. Era algo intrínsecamente masoquista, fascinante. El taladro que sostenía con mi mano avanzaba lentamente, perforando mi uña hacia el interior de mi dedo.

A mi lado, Christine, una amiga de Vancouver, Canadá, observaba en silencio, sacando fotos. De repente hubo un estallido silencioso y mi uña se cubrió de sangre espesa y tibia.

Guau!!! -dije levantando mis ojos abiertos hacia Christine. –You got it?

Yes, I have several photos… that was amazing!! -respondió todavía sorprendida.

Mi dedo dolía menos, el tratamiento había sido rápido, casi indoloro y barato. Pero sobre todo, había sido emocionante.

¿Tienes un martillo? -le pregunté. ¡Quiero hacerlo de nuevo!

Comprobado. Una Dremmel no solo sirve solo para arreglar la furgo.

Espero que nunca me falte un amigo dentista…

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81- Saqueo en la ruta.

Saqueo después de un accidente en la ruta Táchira Caracas de Venezuela.

–          La moral es una galleta –aseguró mi abuelo el día que me acompañó a buscar un maniquí al negocio de un amigo suyo, que me lo iba a prestar no sé para qué.

Tampoco sé a cuento de qué venía la parábola, solo recuerdo que los dos caminábamos por la avenida 9 de Julio sin prisas. Entonces todavía lo quería por la cáscara, porque era el abuelo José, el que hacía los asados los domingos, el que tuvo aquel Peugeot 404 blanco con un maletero que terminaba en punta, como el coche de Batman. Y era el mismo abuelo, el único que me quedaba, que era terrible cuando se enojaba. Eso me lo contaron muchos años más tarde.

En ese momento no hubiera creído una sola palabra mala del abuelo José, que avanzaba de marrón y blanco antiguo a mi lado, con la sonrisa tranquila de los veteranos que ya no tienen nada que perder, ajeno a la expresión tonta que se le instalaría en la cara cuando el Alzheimer, el primitivo, okupó todas las habitaciones de su memoria. Entonces al abuelo José solo le quedaría el cuarto de los niños.

–          No, no, qué palabra. ¡Moral! Las personas, las personas son las galletas –corrigió mientras continuaba pensando en voz alta. –Pocos consiguen ser como esas galletas viejas que te parten los dientes, duras como una roca. No, casi todas las personas son galletas de agua.

Seguía sin entender nada. No sabía dónde quería ir el abuelo José. ¿Moral? Amar a Dios sobre todas las cosas, no matar, no hurtar, no levantar falso testimonio, ni mentir. Fornicar todavía no me quitaba el sueño, así que la moral se limitaba a una lista de diez mandamientos aplicables a todos los momentos de la vida. Un Corán para chicos de catorce años.

–          Eso que los chicos nacen con un pan bajo el brazo, ¿sabés?, es mentira. Los chicos nacen con un bollo crudo de masa de galletas pegado en la planta de cada pie –dice antes de detenerse en la esquina. El semáforo está rojo, el cielo azul. –Te hablo en serio, la vida es una cocina. Palos, moldes, horno, asfixia, calma, hasta que de tanto arrastrarse y caminar, la masa crece y se convierte en la galleta. Cada chico, cada viejo que ves, está rodeado de una galleta de agua redonda, cuadrada o quebrada, con forma de estrella fugaz, de Ava Gardner o de mancha. No hay dos iguales, todas las galletas son distintas, pero sólo las galletas duras sobreviven el test de la almohada.

–          ¿El test de la almohada?

–          Sí, la cama es el mejor sitio donde conversar solo, sobre todo las noches que no podés dormir.

Tengo que admitirlo, a veces me parecía que mi abuelo no estaba bien, pero en esa época todavía dormía en su cuarto. Era dueño de su propia vida.

–          Si querés ver la galleta de una persona, tenés que aprender a percibir cosas que se sienten, que a veces no se ven con los ojos. Algunos lo llaman aura, yo lo llamo galleta.

Todavía no entendía mucho de metáforas y símbolos. Mi cabeza no se enloquecía buscando otras maneras de contar lo mismo. O sea, con suerte entendía el cinco por ciento, la última letra de lo que el abuelo José intentaba explicarme. Me gustaba el fútbol, los cómics, los cromos y los libros de aventuras de Julio Verne. ¿Qué hubiera hecho el Corto Maltés al encontrarse con un policía boliviano que quiere una coima por una infracción que nunca cometió? ¿Y Sandokán, frente a un elefante inquieto en la entrada de la cueva donde duerme el ébola? ¿Qué era todo ese barullo?

Entonces se hizo el silencio. Bocinas, motores, frenos, voces agudas, voces graves, un chillido, una risa, viento, el silbato de un policía, frenos. Pero silencio, el abuelo se había callado.

Era así. Nunca sabías cuando iba a terminar. A veces cortaba una frase y dejaba pasar el tiempo. Y esa frase quedaba incompleta, medio volando en el aire. El abuelo José confiaba en que algo de lo que decía prendiera en sus genes, que le escuchaban a medio metro de distancia. Supongo que a fuerza de machacar, como las canciones de la radio, algo queda.

–          Sabés, dentro de la multitud, todos somos chinos. Cuidá tu galleta, que sea dura y leal, que no se te rompa y sobre todo, que sea tuya. No te vendas ni dejes que te laven la cabeza. ¿Entendiste?

En ese momento no comprendí nada. ¿Que el aura es una galleta? ¿Que mirando se aprendía a descifrar a la gente? A esa edad todavía tenía la cabeza en el lugar de las tripas. Lo que más brillaba era lo más sencillo, el final, su no te vendas ni dejes que te laven la cabeza. Eso lo había dicho antes.

En la ruta de San Antonio de Táchira a Caracas, Venezuela, nos encontramos con una retención. A cien metros, la gente bajaba de sus coches y corría hacia algún lugar ubicado en el arcén. El accidente debía ser terrible.

Una camioneta volcada acababa de desparramar decenas de planchas de aluminio que refulgían como manchas de mercurio sobre el pasto. No había muertos, no había heridos, no parecía. No sé. ¿Nadie se fijó? Sólo vimos a Juan, María, Braian, Yenifer o como sea que se llamaran, ama de casa, taxista, empleado, oficinista, personas normales al fin, que detuvieron su coche nuevo o viejo, su camioneta destartalada o bronca, su taxi, su camión, su autobús, y corrieron a saquear. A llevarse una maldita plancha de aluminio para casa.

Y que reían, como si nunca hubieran entendido nada.

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