202- El viajero del piano

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4

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Uno de los personajes más interesantes que conocimos durante el último año fue el Viajero del Piano. Coincidimos poco tiempo, solo un rato, pero fue suficiente como para confirmar que cuando hay ganas de viajar y cambiar de vida, nada es imposible.

Este buen hombre vivía en algún sitio de la costa este de Estados Unidos. Trabajaba tocando el piano, siempre la misma música, las mismas canciones para bodas, fiestas y funerales. Supongo que un día se rompió algo, un día dijo basta, un día se sentó e hizo las cuentas consigo mismo. Llevaba por lo menos un par de décadas trabajando para los demás. Y eso no era justo.

Le costó tiempo tomar la decisión, no es fácil romper con la vida acostumbrada de siempre y comenzar algo nuevo. Pero no quería renunciar a hacer lo que le gustaba, no quería renunciar a seguir tocando el piano, solo quería ser libre. Y un día lo decidió: rechazó todas los contratos para seguir tocando en bodas, fiestas y funerales, vendió su casa y se compró una camioneta.

El plan era montar un piano en la caja trasera, subir a su perro en el asiento del copiloto y viajar, viajar por Estados Unidos y Canadá. Y comenzó a tocar gratis en la calle, a invitar a tocar el piano a la gente que pasaba a su lado. Casi todos se excusaban diciendo que no sabían tocar. Entonces encontró su misión en la ruta: reparar el daño psicológico infligido por las clases de música de la escuela.

Viajero del Piano: Viajo tocando mi piano. Empecé tocando diez minutos al día, durante cinco años. En algún momento mi alma empezó a expresarse por sí misma y me dí cuenta que la música no es un talento, es un lenguaje.

Mujer que pasaba por allí: Yo estuve tomando clases de blues durante muchos años. Pero no me vuelve a la memoria ahora…

Viajero del Piano: Sí, bien, verás, yo no tengo memoria. Cada nota que toco no la puedo repetir de nuevo. Nunca sé lo que voy a tocar…

Viajero del Piano: El hecho es que cinco años atrás no solo no podía hacer esto, sino que jamás lo hubiese hecho. Porque yo sabía tocar bien el piano, pero no era capaz de tocar y disfrutar el sonido de una simple nota. Y cuando aprendí a hacerlo fue como si no hubiese tenido sexo en 50 años. De repente me sentí parte de algo, no estaba fingiendo, así que ahora cuando quiero lo comparto con el mundo. Y por eso lo hago. Hay mucha gente que tiene miedo de tocar y esto es solo un piano. Y luego mira lo que me ha pasado a mí luego de cinco años.

Viajero del Piano: Tocaba a tiempo completo en este camión, una hora por función. Así que si tenía un evento que duraba  ocho horas, eran ocho veces al día tocando las mismas veinte canciones, hahaha, durante veinte malditos  años. Y luego cumplí cincuenta, y me dije, vas a morir. Y estaba ganando mucho dinero, tenía una casa, dos coches, pero estaba muriendo. Y luego la encontré, la nota. Y volví a lo simple y mi vida se abrió. Y vendí mi casa y me deshice de todo. No acepto propinas. Solo estoy viviendo mi vida en el mundo, compartiendo, y tú eres una entre las más de 30.000 personas que se ha encontrado con este piano. Uno a uno, sin multitudes, sin actuaciones, sin nada. Y quiero llegar también a Alemania. Hahaha.

Pablo: OK  It’s my time, or no?

Viajero del Piano: Quieres subir aquí, rápido, venga,  venga. Sube. Cuántas veces vas a tener la oportunidad de tocar el piano?

Turista que pasaba por allí: Ya voy.

Viajero del Piano: Sí.

Turista que pasaba por allí: Pero qué tengo que hacer. Yo no sé tocar.

Viajero del Piano: Esto es para gente que ha sido traumatizada psicológicamente con clases de música, y luego un día vuelven a querer tocar el piano, y esto es para estos casos. Yo te muestro, listo. Solo siéntate aquí, pon tu pie en el pedal, no pienses, toca una nota y mantenla presionada, así es, y ahora escucha esto. Esto es música y tu estás tocando el piano. Toca una nota con esta mano. No pienses, solo toca una nota. Así es, bien, bien, así vas bien. Hazlo de nuevo, toca una nota del otro lado, esto es, estás creando windchops, notas aleatorias, notas aleatorias de música en la calle, bien. 60 segundos, 59, 58, 57, 56, 55, 54…47, perfecto, 45, 46, 44, 43…18,

Voz: No parece molestarle a tu perro, verdad?

Viajero del Piano: No, le encanta. Escucha los sonidos, escucha el sonido de la montaña, escuchalo en este bonito lugar en el que estás, y aún te quedan 20 segundos, 19, 18, 17…10, 9… Le encanta ¿bromeas? Estos sonidos son lindos, 8, 7, 6… dame una mirada, bien, mírame, 3, 2, 1, Gracias. Fue solo un minuto, bien, 60 segundos

Turista que pasaba por allí: Gracias! Fue un minuto bien largo

Viajero del Piano: Escríbeme un email y te envío las fotos.

 

Para saber más sobre El Viajero del Piano visita la página The Travelling Piano. Está en inglés




201- La vuelta al mundo en bicicleta. Entrevista a Salva Rodríguez.

furgo, La Vuelta al Mundo en 10 Alos

Salva es un viajero andaluz que lleva más de 6 años dando la vuelta al mundo en una bicicleta casera. Una bicicleta normal, de marca desconocida y bolsas recosidas veinte veces. Tiene un sillín que le costó un dólar en China y cuando nos encontramos llevaba en el manillar un arbolito llamado Juan, que le acompañaba desde Alaska.

Salva vive con 5 dólares al día y no necesita más. Salva es un viajero de corazón que no esperó a tener la mejor bicicleta del mundo para cumplir su sueño de conocer nuestro planeta.

Salva partió de Granada hacia el sur de África por la costa oeste y luego decidió subir por la costa este y entrar en Asia. Llegó hasta Indonesia, cruzó China y Siberia en invierno y paró unos cuantos meses en Japón para trabajar y ahorrar antes de empezar a bajar América, desde el norte de Alaska hasta el sur de Tierra del Fuego. Como todo auténtico viajero, tiene montones de historias sorprendentes y un corazón de oro.

Supimos de él hace muchos años, cuando todavía estaba en Malawi. Alguien nos compró el libro azul con Historias de Asia y África en las calles de Cusco, Perú, y se lo llevó de viaje al continente negro. Y allí cayó en las manos de Salva. Desde entonces nos escribimos, esperando el momento de encontrarnos en la ruta.

Ese día ocurrió en un pueblito de Canadá llamado Dease Lake, cuando avanzábamos hacia el norte de Alaska. Esta es una entrevista que desnuda el corazón de todos los viajeros. Tiene las preguntas que nadie te hace jamás, porque los que viajamos preguntamos otras cosas. Y esto, fue parte de lo que pasó.

Puedes seguir el viaje de Salva en www.unviajedecuento.weebly.com.




98- El abuelo ciclista | VIAJEROS

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No existen límites para viajar. Uno es el peor enemigo, uno impone las reglas, tu yo cómodo, o tu yo aventurero es el que declara así quiero viajar, así no quiero viajar. Pero viajar, todos podemos viajar.

Unos días después de encontrarnos con Javier, el viajero de la silla de ruedas, conocimos a Rubén. Había apoyado su bicicleta junto a una pared de la ciudad amurallada de Cartagena, Colombia, y estaba aprendiendo a trenzar pulseritas. No se le daba muy bien pero tenía que hacer algo: unas semanas atrás, en Riohacha, le habían robado dos de los cuatro bolsos de su equipaje. Y lo habían dejado medio en bolas y sin dinero.

Rubén tiene 68 años.

Algo le tuvo que haber pasado hace dieciséis años cuando abandonó su rutina en el pueblo de Los Andes, Chile, en la ruta internacional que une Mendoza con Santiago. Algo, pudo ser una sucesión de ciclistas extasiados por haber cruzado la cordillera de los Andes a puro pedal. No se les entendía mucho porque hablaban idiomas distintos y un castellano agringado, tan raro como su chileno cocinado con cachais. Pero seguro que notó que todos esos ciclistas deshilachados llegaban volando, sus ruedas no tocaban el asfalto. Había algo, paz, karma, esa sonrisa estúpida que llevan tatuada los budistas aunque les estén pateando la cabeza con una bota.

Esa misma expresión, todo está siempre bien,que todos envidiamos tanto.

Entonces Rubén contó su platita, tomó su bicicleta y se fue a viajar por Latinoamérica. Subió, bajó, volvió a su casa, compartió, reemprendió el camino, pinchó. Y hoy, con las piernas flacas y su mirada pícara, está volviendo a su Chile para juntar más platita y seguir viajando.

–          En bicicleta poh, sino me tendría que quedar en mi casa.

Rubén, el abuelo de todos los viajeros, tiene 68 años.

El que no viaja es porque no quiere.

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97- El viajero de la silla de ruedas | VIAJEROS

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Imagina que avanzas por la ruta a 90 kilómetros por hora, escuchando algo tipo Red Hot Chilli Peppers, La Cabra Mecánica o la Bersuit Bergaravat. Cantas a grito pelado y sin complejos, sabes que quien está a tu lado ya te escuchó desafinar en situaciones mucho más comprometidas. A través de la ventana se sucede la vida normal del mundo, los pajaritos cantan, la gente se levanta y crees que lo que estás haciendo es algo excepcional. Que la felicidad es tomar este volante y pisar el acelerador. Y sentir el viento que entra a través de la ventana baja y te despeina. Dubidu-du-du.

Entonces ves un punto que se destaca junto a la línea del arcén, que no existe. Algo que rueda y avanza levantando una bandera colombiana que flamea al viento. Primero no descifras lo que ves. Luego no comprendes. Finalmente, aceptas la última verdad: el que no viaja es porque no quiere.

Delante de la furgoneta, un hombre joven empuja las ruedas de su silla, colina arriba, con las manos desnudas. Avanza y se detiene, avanza y se detiene, medio metro cada vez. La pendiente es pronunciada pero no importa. Tampoco importan los autobuses que adelantan a toda velocidad, haciendo sonar una bocina de barco que se escucha en toda la región como una amenaza. Ni los taxis, eternos buscadores de camorra, insultantes por su actitud de chulo raquítico, en sus cochecitos de juguete de bajo consumo. Nada de lo que hay afuera importa. Sólo importa lo que hay dentro.

Realmente, no importa nada. Nada.

Luis Javier es colombiano. Tiene 29 años y desde los 18 vive sentado. Explica que sus banderas reivindican la libertad de los soldados secuestrados por la FARC y a los niños que trabajan desde que aprenden a hablar. Pero esas son excusas.

No lo dice, pero su mayor reivindicación es otra. Quizás no lo sabe, pero su actitud, al lanzarse a recorrer las rutas en una silla de ruedas, habla de libertad.

Se acabaron las lamentaciones y la época en que el mundo, la sociedad, eran los responsables de la infelicidad, de los sueños rotos. Se acabó el esperar desde atrás de una ventana. Se acabó el llorar la realidad de uno como una desgracia inevitable. Se acabó el echarle la culpa de todo a las crisis. Se acabó.

Luis Javier Galvis Hernández vive en una silla de ruedas. Igual se fue a la ruta y en tres meses atravesó las montañas de Colombia desde Ipiales hasta Cúcuta, donde las autoridades fronterizas venezolanas le prohibieron el paso. Quizás, su bandera colombiana era demasiado grande. Probó en la frontera de Maicao pero tampoco tuvo suerte. Lo encontramos cerca de Cartagena, a casi 500 kilómetros de Venezuela, con menos de cinco euros en el bolsillo.

No sabía dónde iba a dormir. Ni de dónde iba a sacar el dinero para comer. No importaba, porque todos los días ocurría un milagro para seguir adelante.




84- Los cuatro extremos de América del Sur.

Punta Gallinas, extremo NORTE de Sudamérica. Colombia. Alta Guajira

Hace unos días alcanzamos el punto más al norte de las rutas sudamericanas. Bueno, rutas… En este caso, senderos de arena y pozos poco recomendados para vehículos que no sean 4×4.

Sí, llegamos a Punta Gallinas, en la Alta Guajira colombiana.

¿Problemas? Mucho calor, muchísimo viento, no hay carteles en los caminos y es bastante sencillo perderse. Pero eso es parte de la aventura, de la historia que empezaremos a contar dentro de un par de semanas.

Como dice la publicidad de turismo de Colombia, de momento, aquí el riesgo es que nos queramos quedar….

Estos son los puntos GPS de tres extremos de Sudamérica a los que llegamos por tierra.

Extremo norte: Punta Gallinas, Guajira, Colombia, N 12º27512 O 71º40111.

Extremo sur: Destacamento Moat, Tierra del Fuego, Argentina, S 54º58547′ O 66º44669′.

Extremo este: Joao Pessoa, Paraíba, Brasil, S 07º09298′  O 34º47582′

Extremo oeste: Punta Pariñas, Piura, Perú. Aquí pasamos de largo, teníamos la cabeza en otro sitio, pero seguro hay alguna huella que te dejará en el extremo oeste de Sudamérica, frente al Pacífico.

Ahora, ¿quién se atreve a unir los cuatro puntos?