179- La ruta hacia el Ártico 4: la Dalton highway

Las distancias son en millas…

Hace poco hubo un momento en que me sentí descorazonado. Fue hace unas semanas, cuando faltaban menos de dos mil kilómetros para alcanzar el extremo norte de Norteamérica.

Me sentí absurdo en esta manía de llegar hasta el final de la última ruta, siempre un poco más allá, siempre con ganas de ver lo que hay al final de la próxima curva. Absurdo, sí, tonto, como si un vendedor ambulante de lociones mágicas me hubiera embaucado para que desenterrara tesoros donde acaba un arco iris.

Porque, ¿qué mérito tiene llegar al extremo de una ruta, por más que esté lejos geográficamente, si en el camino te vas encontrando con una fila inacabable de abuelos en moto que están volviendo de ese mismo lugar?

Abuelos, sí, tiernos abuelos disfrazados de Ángeles del Infierno. Abuelos vestidos con la gorra, el banderín y la cazadora de cuero negro Harley Davidson. El uniforme completo. Ropa completamente legítima, cara y brillante, sin el tono mate que le da el uso auténtico y continuado. Ropa comprada en las tiendas oficiales.

Abuelos que en lugar de conducir un descapotable se compran una Harley.

Y cabalgan hacia el horizonte, hacia Deadhorse, caballo muerto, el pueblo donde deberían morir las viejas motocicletas.

Deadhorse, al final de la autopista Dalton, es la meta de la última gran aventura americana. Por más que la ciática, el reuma y la artritis se confabulen en contra, siempre hay algún abuelete de Michigan, digamos, o de Wisconsin, o de Arizona, dispuesto a la última gran aventura de su vida.

Un viaje por ruta hasta el confín de América.

Aclaremos una cosa: América como seudónimo de Estados Unidos, claro. Porque aquí, eso de ir hacia el sur… son muy pocos los dispuestos a ir más allá de Florida o California, a cruzar la frontera hacia el otro lado del río Grande y entrar a México.

Latinoamérica asusta un poco en este lado desarrollado del mundo.

Pero esa es otra historia. Ahora este es el lugar, este es el sitio. La Dalton Highway, uno de los embudos viajeros del continente americano, donde te encuentras con ciclistas como el andaluz Salva Rodríguez, (www.unviajedecuento.weebly.com) que lleva casi seis años pedaleando a través del globo. O Juan, Juan a secas, un asturiano que tardó un año y medio desde que partió del sur del continente, donde el tsunami de Chile le arrancó la bicicleta en la playa.

Quizás esta sea una de las pocas rutas de Estados Unidos donde las enormes casas rodantes no se atreven a llegar y todo lo que ves son camiones cargados con repuestos gigantes y todo terrenos y motos llenas de barro. Sí, la Dalton Highway. Aleluya.

Los estadounidenses tienen la costumbre de poner nombres grandiosos a cosas normales, pero por más que la llamen highway la Dalton no es una autopista. Es una pista de tierra con parches de asfalto ondulado construida exclusivamente para que las torres de extracción de petróleo de Prudhoe Bay nunca paren de producir. Pura ecuación económica.

Porque por aquí se puede conducir durante todo el año, incluso en los peores meses del invierno, cuando la noche dura veinticuatro horas y la temperatura baja a cuarenta grados bajo cero. Eso es desafío. Eso es aventura. Eso tiene que ser duro.

La Dalton fue extendida a lo largo del territorio salvaje del norte de Alaska a principios de la década de 1970, y recién se abrió al uso público en 1994. Digamos que a pesar de la hospitalidad camionera, esa hospitalidad espontánea que surge en los lugares aislados, es un mal sitio para tener una avería.

Básicamente, porque en medio de esos ochocientos kilómetros que hay entre Fairbanks y Deadhorse no vive casi nadie. Técnicamente, solo hay tres paradas donde recargar combustible: en Deadhorse, en el río Yukón y en Coldfoot, dígase PiesFríos en cristiano. Y poco más. Algún taller mecánico de precios astronómicos; alguna posada construida con contenedores acoplados; un par de puestos de información donde el empleado habla despacio para que no le abandones; y un puñado de locos solitarios o aventureros o contratados dispuestos a vivir en un sitio que en invierno te recordará la Luna: blanca, fría y vacía, como ausente.

Junto a la Dalton corre la serpiente de acero de Alaska. Un oleoducto de 1400 kilómetros que atraviesa la península de norte a sur transportando el petróleo extraído en el océano Ártico, alimento principal de la economía del estado número 49 de Estados Unidos. Y no hay caminos secundarios. Esta es la única franja de tierra ligeramente domesticada del norte auténtico de Estados Unidos. Alrededor quedan las montañas, los bosques y los animales salvajes, que evitan el contacto con el hombre.

El primer gran hito de la ruta es el cruce del río Yukón en la milla 56, por un puente inclinado que desciende desde un monte hasta la orilla contraria. Allí solo hay comida, un hotel chato armado con contenedores, combustible a precios de rutas lejanas y una casilla de información turística. Y lanchas, que llegan arrastradas por camionetas hasta la orilla. Porque los ríos son las grandes autopistas de Alaska. Líquidas en verano, heladas en invierno, es la superficie ideal para buscar sitios aislados para acampar, pescar y cazar río abajo, o río arriba. Hasta donde dé el tanque de combustible.

Allí nos encontramos con Chris, un alemán que lleva años bajando el río Yukón en kayak durante el verano (www.long-expeditions.de). Sus historias de zozobras y encuentros con osos y la hospitalidad de los campamentos inuit que en verano se dedican a pescar y ahumar salmón sacuden las ganas de recuperar aquel viejo sueño: bajar el río Yukón desde Whitehorse hasta la desembocadura en el estrecho de Bering. Un viaje de unos dos mil kilómetros que lleva tres meses… ¿Y si volviera costeando?

El siguiente hito es la línea imaginaria del Círculo Polar Ártico, en la milla 115. Solo hay paneles informativos, pero cuando te detienes y observas el mapa te das cuenta que el desafío no está en la Dalton, esa ruta plana, casi sin baches. El desafío está en la cabeza, en la resistencia, en la curiosidad insana, en esas mismas ganas absurdas de llegar lo más lejos posible, hasta donde se acaben las rutas.

Por eso, antes de llegar a Coldfoot en la milla 175, con su restaurante, su hotel, su gasolinera y su centro de información del Ártico, empezó a ocurrir. Fue natural, comencé a conducir más despacio de lo normal. Sesenta, setenta, ochenta kilómetros por hora máximo. Como si no quisiera llegar, como si no quisiera que esta parte del viaje acabe jamás.

Todavía quedaba la mitad de la Dalton, pero América se estaba acabando.




178- La Ruta hacia el Ártico 3: En algún lugar, llegando a Prudhoe Bay, Alaska

www.viajeros4x4x4.com

No sé dónde estaremos hoy.

No sé si ya habremos llegado al extremo norte y transitable por ruta del continente americano. No sé si ya habremos llegado a Deadhorse, a Caballomuerto.

Un nombre que suena lejos. Más o menos, tan lejos como Nanuk el esquimal.

Tan lejos que durante ochocientos kilómetros de ruta solo hay dos paradas donde recargar combustible. Y poco más. Algún taller mecánico de precios astronómicos; alguna posada construida con contenedores acoplados; un par de puestos de información donde el empleado habla despacio para que no te vayas; y un puñado de locos solitarios o aventureros o contratados dispuestos a vivir en un sitio que puede estar tan aislado como la Luna.

Porque Deadhorse está realmente lejos, y no sé si un oso nos habrá comido por el camino. Ni si habrá internet por allí arriba como para enviar un mensaje. Seguro no hay McDonalds. Ni Starbucks. Ni Walmart.

No sé si la furgo habrá aguantado el envite de llevarnos hasta el océano Ártico y volver. Hace años seguía la tradición de romperse lejos. Allí donde no había mecánicos. Allí donde no había rutas. Allí donde no había hospitales.

Lo único que sé es que si decidimos pagar los 45 dólares por cabeza que cuesta tomar el tour para pasar la alambrada de la petrolera que compró el acceso al océano Ártico, seguro me zambullo a pesar del frío. Brrrr. En ese momento, habrán pasado cuatro años y siete meses desde que abandonamos Buenos Aires para llegar hasta aquí arriba.

Donde ahora deberíamos estar.

(Imagina: tundra, camino de tierra, lagunas permanentes y otras alimentadas por el leve deshielo del permafrost, pocos montes, algunos osos blancos, un doctor en Alaska y una furgoneta Mitsubishi L300 4×4 con un cartel que dice LA CUCARACHA al frente levantando polvo).

(Por cierto, ¿la furgo debería llamarse DON QUIJOTE?)

Es el segundo continente cruzado de extremo a extremo. Primero fue África. Ahora, América.

Ya toca arrancar despacito y con placer el ploteo que dice VAMOS HACIA ALASKA… ya estamos en Alaska…

La pregunta es ¿dónde iremos, después? A pasar el invierno en Quebec vía Vancouver. ¿Y después de después? ¿Cuál será la próxima aventura?

Todavía tenemos que atravesar Asia para llegar a Finisterre-Barcelona por tierra. Seguramente bajaremos hasta México. ¿Y después?

Lo único que sé, es que si no nos comieron los osos, todavía quedan muchas historias por compartir.

Abrazo desde algún lugar del norte, cerca del Océano Ártico.




176- La ruta hacia el Ártico 1: A un millón de años luz de casa

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En el norte del norte de América, los mosquitos tamaño buitre pueden volverte loco.

Zumban a tu alrededor como una jauría descontrolada, aturdiendo tus sentidos con susurros agudos, hambrientos y desesperados. El llamado es constante, el único refugio posible es sellar tus oídos con tapones de cera o poniendo la música a todo volumen.

La otra opción es acostumbrarte al sonido, como te acostumbras al ruido de los neumáticos en el asfalto o a la vibración de los cables eléctricos.

La salvación de tu cuerpo depende de las mangas largas y los litros de insecticida que dejan en los labios un sabor ácido y contaminante. Es el final triste de los besos perdidos en la mejilla, de los besos caóticos que suben por los brazos. Besos asesinados por culpa del repelente de insectos.

Ahora mismo, 9 de julio, en un pequeño pueblo del norte de Canadá llamado Dease Lake, somos una carreta rodeada por una turba salvaje que solo busca sangre. La nuestra, la más rica, la más exótica sangre posible en tierras lejanas y despobladas. En tierras de osos, montañas, tótems y glaciares.

En tierras de mosquitos.

Todavía faltan unos tres mil kilómetros para llegar a Prudhoe Bay, el extremo septentrional de la ruta que cruza el continente americano. Alaska. El nombre, solo el nombre, Alaska, crea torbellinos en el estómago que se disputan mi estabilidad emocional.

Porque estos días están ocurriendo muchas cosas. Una es: por fin estamos aquí, después de cuatro años y medio avanzando en círculos desde la partida de Buenos Aires, enero de 2007. Ya era hora de llegar.

Pasaron cinco días casi sin noches desde que salimos de Vancouver. Mil kilómetros de llanura boscosa teñida con todos los tonos de verde y quinientos kilómetros de montañas coronadas por una capucha blanca. Cada día que avanzamos hay menos opciones, menos caminos laterales, menos casas, menos puestos de auxilio, menos gasolineras, más osos negros comiendo a los lados de la ruta. Cada día estamos más lejos.

Es verano, pero la temperatura duda entre los quince y veinte grados centigrados y el cielo permanece casi constantemente nublado. De a ratos, todos los días, cae sobre la tierra una lluvia que siembra charcos proclives a convertirse en una guardería transitoria de mosquitos bebé sanguinarios. Los lagos son tantos que los mapas deberían estar cubiertos de círculos azules irregulares.

En el norte de Canadá solo hay dos caminos para llegar por tierra hasta Alaska: la autopista Stewart-Cassiar y la autopista de Alaska, construida a través de Canadá por el ejército estadounidense en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Sin duda es una historia que merece formar parte de la determinación humana: los militares solo tardaron ocho meses y medio en abrir un camino de casi 2.500 kilómetros que uniera Alaska con Estados Unidos.

¿Por qué? Porque los japoneses, además de Pearl Harbor en Hawaii, también habían atacado y en este caso ocupado las islas Aleutianas, justo delante de la Norteamérica continental. Y eso era demasiado cerca. Demasiado.

En nuestro camino, la autopista de Alaska y la Stewart-Cassiar se juntan en Watson, nuestro próximo destino. La ruta vuelve a separarse cuatrocientos kilómetros después en Whitehorse, en un juego de encuentros y desencuentros que termina inevitablemente camino al océano Ártico. Y eso es lejos.

Hacía tiempo que no nos enfrentábamos a una ruta sin fin. Desde la Patagonia, desde la ruta Transamazónica, desde el mismísimo Sahara de la desolación, cuando seguimos el curso del Nilo en Sudán y rompimos el motor de la furgoneta en medio de la nada. Algo parecido a lo que ocurrió cerca del final de la ruta 3 en Tierra del Fuego, donde nos quedamos clavados sin embrague, o en medio de la Transamazónica brasileña, donde comenzó a fallar la bomba hidráulica, la que te ayuda a girar el volante.

Cruzo los dedos. Todos. Los dedos de las manos y los dedos de los pies.

Esto vuelve a ser lejos. Más o menos, a un millón de años luz de casa.

Termina el turismo, comienza la aventura.

Esto vuelve a ser días eternos de ruta sin fin, una peregrinación al sagrado norte de los extremos.

 




171- Guía para casarte en Las Vegas

Anillos de boda en Las Vegas. Casamiento Estados Unidos. La Vuelta al Mundo en 10 Años

– Yo quiero que nos volvamos a casar –le dije a Anna al día siguiente de habernos casado en Las Vegas.

Y no era porque había faltado el pastel de tres pisos, o porque todo había salido mal, o porque las fotos salieron oscuras o porque faltaron los amigos y la familia. No. Lo dije y lo repito aquí, ante el mundo: si casarse es eso que hicimos en Las Vegas, quiero casarme una vez al año.

Nunca habíamos estado en Las Vegas, pero la fama de libertad (y libertinaje) que arrastra la ciudad de los casinos nos hacía soñar con una boda que pudiéramos asumir. Más allá del dinero, lo que había que asumir era el compromiso formal de casarse. Yo no me quería casar vestido de pingüino. Y Anna no quería casarse vestida de Cenicienta.

– Yo quiero vestirme de Elvis, ¿y vos? –le preguntaba a Anna.

– Yo de cowgirl.

– Mmmm, cuero blanco… ¿Y si me visto de patata frita y vos de donut? ¿Y te persigo por la calle?

– ¿Crees que conseguiríamos los trajes?

– No, a no ser que los pidamos prestados en un fast food…

Básicamente, esos eran nuestros planes y preparativos cuando hablábamos de boda. Lo clásico, vamos, de lo que se preocupa toda pareja estándar que se va a casar.

Sabíamos que los trámites eran pocos. Sabíamos que podíamos tener un Elvis cantando para nosotros. Sabíamos que podíamos vestirnos como quisiéramos. Sabíamos que podríamos contratar una limusina negra de diez metros de largo pero, ¿para qué queríamos una limusina si ya teníamos la nuestra?

Cuando llegó el momento el único preparativo que hicimos fue avisar a los pocos amigos que podrían escapar de su vida cotidiana. Pero había que meter algo de presión.

Mar, Enric, amigos, nos casamos dentro de dos meses en Las Vegas. Sería importante que vinieran sobre todo porque necesitamos testigos. Y si no vienen no solo nadie nos va a creer, sino que tendremos que pagarle algo a un par de borrachos para que sean nuestros testigos de boda. Y ya saben, a los borrachos, por más que digan la verdad, no les cree casi nadie.

Mar y Enric vinieron. Los fuimos a buscar en nuestra limusina al aeropuerto y comenzamos a averiguar los pasos para casarnos. No solo parecía sencillo, sino que lo era. Te cases donde te cases siempre hay que sacar una licencia de matrimonio (dígase Marriage License en gringlish ), que cuesta 60 dólares y se consigue en la Oficina Municipal de Licencias de Matrimonio (Clark County Marriage Licence Department) en el 201 de East Clark Avenue (ver MAPA), a unos 100 metros de Las Vegas Bulevar y a unos 500 metros de la calle Fremont.

La oficina abre todos los días del año de las 8 de la mañana hasta medianoche y puedes casarte allí mismo en una ceremonia civil sencilla y rápida. Eso significa entras soltero y sales casado en menos de media hora (supongo que los divorcios pueden ser así de rápidos también pero eso no lo preguntamos). Aparte del dinero, todo lo que la pareja tiene que llevar es un documento con foto que demuestre que son ellos mismos los que se casan y que son mayores de dieciocho años.

Y ya está.

Lo que viene después es un menú a gusto del consumidor. Cualquier cosa. Lo que quieras. Esto es Las Vegas.

¿Quieres entrar a la capilla por el pasillo central sentado en una Harley Davidson mientras haces rugir el motor? No problem. ¿Quieres que te case un ministro vestido de Elvis y te cante un par de canciones entre y también? No problem. ¿Quieres que la ceremonia se transmita en vivo por internet? No problem. ¿Quieres casarte vestido de vampiro? No problem. ¿Quieres casarte en un helicóptero, a caballo, en un globo aerostático? No problem.

¿Quieres tener una boda normal y naïf, con flores, música y vestido de novia largo y blanco estilo Blancanieves? No problem.

Esto es Las Vegas, mientras lo puedas pagar, todo es posible.

 

UNA BODA 4X4X4

LA IGLESIA: Nosotros decidimos casamos sentados dentro de la furgoneta 4×4 con la que venimos recorriendo el mundo durante los últimos once años. No podíamos hacerlo de otra manera. Era una cuestión de respeto. Nuestra Cucaracha se merece eso y mucho más.

Para ello elegimos la capilla A Special Memory Wedding Chapel, que tiene un pasaje privado con ventana tipo Drive Thru de McDonalds por donde hacer tu pedido: marche una boda para dos, con patatas fritas, por favor.

Coste: 25 dólares por el uso de la ventana y 40 dólares de propina para el ministro (que en lugar de ser el gordo barbudo que habíamos visto por la mañana resultó ser una rubia muy simpática llamada Jamie Firzlaff) (para más detalles de la rubia, ver las fotos).

LA ROPA: Para casarnos hicimos lo que hace todo el mundo: comprar ropa que solo usaremos una vez en la vida. Para ello fuimos al Savers Thrift Shop, un negocio de ropa usada que queda en la Main St. con la calle 10 de Las Vegas.

Anna eligió un conjunto rojo típico de los años setenta, con velo blanco, una bufanda de plumas blancas, gafas desplegables multiuso (para el día y la noche), un sombrero blanco liviano, un bolsito de falso cuero rojo y zapatos de plástico transparente.

Yo compré un insípido pantalón negro estilo viejo camarero de bar, zapatos de golf blancos y negros, una camisa que encontré en la sección de mujeres con cierre y estampado de corazones rojos y la palabra love repetida cientos de veces y gafas color caramelo con un pequeño corazón incrustado en cristales transparentes. Very charming.

Coste: todo el vestuario para la boda, aproximadamente unos 60 dólares.

LA CENA: Esto fue bastante más sencillo y espontáneo. Fuimos al buffet libre del hotel casino Excalibur. Había buena carne, sushi… Aunque otro día fuimos al buffet del Spice Market de Planet Hollywood y resultó mucho más interesante. Depende del día, y la suerte.

Coste buffet para 4 personas, con propina: 90 dólares.

NOCHE DE BODAS: Con el pasaje, Mar y Enric habían comprado seis noches en el hotel casino Stratosphere, uno de los nuevos íconos de Las Vegas. Las primeras tres noches dormimos en la furgoneta, como siempre, en el estacionamiento del hotel. A partir del día de la boda pasamos otras tres noches en el hotel.

Coste de la reserva por internet, tres noches durante días laborables, todos los gastos incluidos: 72 dólares

Capilla para casarse en Las Vegas. A Special Memory
Calle de los Amantes

CAPILLAS DONDE CASARTE EN LAS VEGAS.

Todas tienen servicio de limusina, flores, Elvis cantándote alguna canción, alquiler de trajes, fotos, video, peluquería, pasteles, abrazos, besos, felicitaciones, etc…

  • A Special Memory wedding chapel: bodas en español, en alemán, en francés, en helicóptero, en globo aerostático, a caballo, drive thru… www.aspecialmemory.com
  • Sin City wedding chapel: especializados en bodas para fanáticos de la motos…
  • Viva Las Vegas wedding chapel: aquí te casa Elvis y te canta algunas canciones románticas durante la ceremonia. Si quieres transmiten tu boda por internet y ponen el nombre de la pareja en el cartel luminoso de la capilla… www.vivalasvegas.com o www.theelvisweddingchapel.com
  • Wee Kirk o’the Heather wedding chapel: una de las primeras capillas especializadas en las bodas rápidas de Las Vegas. Abierta desde 1940… www.weekirk.com
  • Otras capillas: Vegas Adventure wedding chapel, Allure wedding chapel, Heavenly Bliss Chapel, The Fast Lane Chapel, Vegas Wedding Garden, etc…

Ya está. Ahora te toca a vos, a ti, a usted. Como sea.




169- Lugares para conocer antes de morir: Las Vegas, Nevada, Estados Unidos

Venecia en Las Vegas, gondoliero haciendo el payaso

Odio Las Vegas. Pero la verdad, me encanta.

En realidad debería decir que odio el espacio que Las Vegas ocupaba en mi cabeza. En mi imaginación era una sucesión de gigantescos casinos donde abuelitas, incautos y pequeños ciudadanos eran desplumados por corporaciones del juego hasta quitarles el dinero, la dignidad y los calzones.

Sí, vi abuelitas enamoradas de una máquina, con la tarjeta de crédito agujereada para poder pasarle un cordel y llevarla atada de la muñeca para que no se pierda. Para que no se quede enganchada en una máquina.

Las Vegas también es eso. Una ciudad alimentada por millones de perdedores potenciales que se turnan en la fantasía de convertirse en ganadores por un día. En realidad, a la gente no piensa en que puede perder si cree que tiene alguna posibilidad de ganar.

Pero nadie, jamás, gana a largo plazo en un tragamonedas. Si tienes bastante suerte y un método hay un poquito más de posibilidades de ganar en la ruleta, y más aún si te sientas en una mesa abierta de póker, donde el casino solo hace de árbitro. Pero la regla básica por la que un grupo de empresarios o una tribu decide construir un casino es porque los dueños ganan mucho dinero y la enorme mayoría de los clientes lo pierden. Es así de sencillo.

Olvidando los casinos, lo que me gustó de Las Vegas, lo que me encandiló, me hizo cambiar de opinión y me llevó a una sorpresa detrás de la otra, es que la ciudad es mucho más que juego.

Paseando por la calle puedes encontrar la Torre Eiffel (casino Paris), la Estatua de la Libertad (casino New York), una gigantesca pirámide de cristal (casino Luxor) y hasta los canales de Venecia (casino Venetian), con su respectivo gondolieri remando en una piscina entre la torre de la plaza de San Marcos y el puente de Rialto. Todo en el mismo sitio, en la misma ciudad: Las Vegas

Cada casino viene con su hotel y su centro comercial adosado, y unos cuantos son auténticas obras de la imitación del arte. En realidad, convierten a la ciudad en un gigantesco parque de atracciones para adultos donde pasear por la calle se convierte en una sucesión interminable de estímulos. Consumir, ver, sorprenderte, consumir, jugar, beber, ahí va otro Elvis más gordo, mira esas esculturas basadas en movimientos de los artistas del Circ du Soleil, ¡mira! ¡las orejas originales de Mister Spock en un anticuario, junto a una carta de Charles Darwin y la muñeca de la Mujer Maravilla en su caja original! ¡Y los malabares de los barmans con botellas y vasos! Sin duda, es divertido y extravagante, una caja de sorpresas descomunal.

En el Venetian puedes adquirir auténticos trajes clásicos del carnaval veneciano, perfectos para un baile de máscaras del siglo XIX. En el Caesar’s Palace puedes comprar colmillos de mamut tallados por artistas chinos que murieron cientos de años atrás. En el Paris todos los negocios comienzan con Le: Le Bistró, Le Burguer, Le Café, Le Restaurant… y no solo eso, también puedes conseguir el champagne más caro de Francia y antigüedades romanas a precios de nuevo rico. Y siempre, paseando por galerías comerciales cerradas con los techos pintados como cielos celestes apenas nublados teñidos por la luz del atardecer.

El momento perfecto, en cualquier lugar del mundo, para salir de compras.

Además de cabarets y espectáculos de strip tease, Las Vegas tiene shows de comediantes, magos, hipnotizadores, teatro, imitadores, músicos que viven de sus éxitos del pasado (Barry Manilow, Celine Dion, ¿no se cansan de cantar siempre lo mismo?) y hasta circo. Sí, Las Vegas es el centro de operaciones del Cirque du Soleil, que tiene montados en la ciudad casi una decena de espectáculos distintos.

Las Vegas, Las Vegas, Las Vegas. Las Vegas es una ciudad donde no se cumplen las reglas normales de la sociedad. Una ciudad sin relojes, que no duerme, donde puedes encontrar un café, una cena, una manicura, un supermercado, una frutería, un espectáculo en vivo, una limusina y alguien que te case a cualquier hora del día y de la noche.

En la calle hay cientos de Elvis entre quienes es posible que aún se esconda el original. Hay parques de atracciones con montañas rusas que vuelan entre los edificios y montañas rusas ensambladas bajo cúpulas de cristal. Está la pantalla de proyecciones más grande del mundo, que cubre con leds más de 300 metros lineales y continuos de la calle Fremont y durante la noche se enciende en collages de luces con canciones de los Doors, Queen y otros grupos de los años setenta y ochenta.

En Las Vegas está el Caesar’s Palace, donde se celebraban los combates de boxeo por el título del mundo. Está el museo del Pinball (también llamado Flipper en Argentina o Millón en España), con más de doscientas máquinas de todas las épocas donde puedes jugar insertando los correspondientes 25 centavos. Está la pepita de oro en exhibición más grande del mundo, la fuente de chocolate más grande del mundo, colecciones de máquinas de coser antiguas, de bates de béisbol, motos que solo podría haber imaginado la mente enferma y loca de Dalí.

Ufff, Las Vegas. Vegas es mucho Vegas, por eso nos casamos allí después de casi once años en la ruta. Por eso volvimos allí para otra semana un mes más tarde. Las Vegas es el arte para atraer a la gente en espacios públicos y de paso. Las Vegas es la ciudad de los estímulos, de las flores gigantes de cristal abiertas como paraguas en el lobby del Bellagio. Es la ciudad de la magia, de los shows de David Copperfield, de los buffets libres más extravagantes que puedas imaginar. De los mendigos con carteles que dicen I don’t want money. I want whisky.

Las Vegas es una ciudad inventada en medio del desierto. Por eso, temo que sea un espejismo.