182- La ruta hacia el Ártico 7: Fotografías de la Dalton Highway

Motociclista en la Dalton Highway, final de la Ruta Panamericana en Alaska, Estados Unidos.

Esta es la segunda parte de las fotografías acerca de la Dalton Highway, la ruta que llega más al norte de todo el continente americano.

A solo 1.300 kilómetros del Polo Norte.

Va desde la salida de Coldfoot hasta la tundra que rodea Deadhorse, el pueblo industrial que rodea la producción petrolífera de Prudhoe Bay, base de la economía de Alaska.

Para leer la historia que acompaña a estas fotos ve a La ruta hacia el Ártico 5: Y aquí termina América.

El próximo domingo, como todos los domingos, más fotos, más textos, más historias de La vuelta al mundo en 10 años.

Año 11.




181- La ruta hacia el Ártico 6: Fotografías de la Dalton Highway

Barro en la Dalton Highway, Panamericana, Alaska

Lo prometido siempre es deuda.

Aquí van 25 fotos de la ruta Dalton, que se extiende entre Fairbanks y Deadhorse. Sí, la ruta que llega más al norte en todo el continente americano.

A solo 1.300 kilómetros del Polo Norte.

Y esta es solo la primera entrega, hasta Coldfoot, primeros trescientos cincuenta kilómetros, mitad de camino. Estas fotos acompañan a la historia La ruta hacia el Ártico 4: La Dalton Highway

El próximo domingo, como todos los domingos, más fotos, más textos, más historias de La vuelta al mundo en 10 años.

Año 11.




180- La ruta hacia el Ártico 5: Y aquí termina América…

End of the Dalton Highway

La Dalton es la última ruta de América del norte. La que se estira más que ninguna otra hacia el océano Ártico, hacia el norte más lejano.

Comienza a un poco más de 100 kilómetros al norte de Fairbanks, Alaska, después del desvío que lleva al pueblo de Livengood (Buena Vida), y se extiende sobre taiga, montes cubiertos de bosques de abetos, y tundra llana e infinita por unas 414 millas.

Busco la calculadora y multiplico por 1,61. Son 666 kilómetros de grava y asfalto hasta los pozos de petróleo de Prudhoe Bay.

Sin duda, más de un personaje de la ruta diría que el número 666 no es casualidad. Que es una señal de Dios, una señal que identifica al petróleo con el demonio, un aviso divino que anuncia que la Dalton es una ruta maldita.

Alejaos, oh pecadores.

Como contaba en la historia anterior, las primeras 175 millas (282 kilómetros) te dejan en la parada de Coldfoot (Pies Fríos) después de cruzar el puente inclinado sobre el río Yukón y la línea imaginaria del Círculo Ártico. (Ver La ruta hacia el Ártico 4: La Dalton Highway)

Hace frío, llueve. Es un verano normal.

A partir de aquí y hasta llegar a Deadhorse/Prudhoe Bay se acabaron las gasolineras. Se acabaron los moteles levantados con viejos contenedores pintados y los restaurantes con café-cama-comida donde perder el tiempo y unos dólares en souvenirs absurdos. Se acabaron las bolitas de caca de alce plastificada.

No hay más rodajas de cuernos de los renos de Santa Claus.

Adiós a los pelos de mamut que podrían ser pendejos de oso.

Después de Coldfoot solo queda Wiseman, el único pueblo auténtico de la Dalton. Una reliquia fundada en 1908 durante una de las tantas carreras por el oro que se dieron en Alaska y Yukón hace poco más de cien años. Pero Wiseman todavía permanece vivo, silencioso y aislado, quieto, detenido en el tiempo, congelado como un Walt Disney ártico. Tiene un pequeño aeródromo de tierra, una avioneta y treinta casas de madera decoradas con astas de alces. Una capilla cristiana que permanece abierta las veinticuatro horas y jardines llenos de motores, coches, máquinas mineras y tractores antiguos convertidos en macetas de verano.

Wiseman es la última pausa relativamente civilizada en este peregrinaje personal hacia los extremos. Después solo quedan unas pocas estaciones de bombeo del oleoducto que acompaña los 384 kilómetros de ruta que restan hasta el Ártico. Algún ciclista temerario; más motociclistas; un par de caravanas pequeñas conducidas por jubilados intrépidos; pocos 4×4; y muchos camiones brutos.

Camiones de casi veinte metros de largo y nueve ejes que arrastran cerca de cuarenta ruedas. Eso es grande y te aseguro que impresiona. Sobre todo cuando te cruzas con ese que avanza a toda velocidad descendiendo sin miedo una colina, un Charles Bronson que dispara piedras que atraviesan parabrisas.

Es parte de la naturaleza salvaje del norte. Hace treinta años estos camioneros barbudos conducían motos Harley Davidson por las rutas polvorientas del sur de Estados Unidos al mejor estilo Easy Rider. Avanzaban sin destino, solo por el placer de hacer kilómetros en contra del viento. Solo por estar en el camino.

Solo por estar en el camino.

Hoy, el espíritu marginal de la ruta está en el norte, uniendo pozos de petróleo desterrados con la vida confortable de las ciudades. Manejando sobre carreteras larguísimas y aisladas en verano. Y más lejos, sobre los ríos helados en invierno. Ellos, los barbudos que se sientan al volante, son auténticos Hulk del norte: asesinos de la ruta con licencia o humanos tremendamente hospitalarios si tienes una avería en este territorio de montañas y arroyos sin nombre.

A ellos les pasó.

Saben que es duro, que no hay señal en el teléfono, que aquí es más barato abandonar el vehículo que llamar a una grúa.

Que es cuestión de vida o muerte.

Pero ahora nada es tan grave. Estamos en verano, una de las tres estaciones que se suceden durante quince semanas frenéticas entre junio, julio y agosto. Esto se llama primavera-verano-otoño a toda velocidad, la época donde la tierra se convierte en un enorme tapiz verde, violeta y amarillo cubierto plantas y flores que aprovechan para tomar un poco de ese sol que ahora ilumina las 24 horas del día.

Porque la noche no se pone nunca. Y el cuerpo se da cuenta de ello. Por eso alarga los días y tu ritmo biológico cambia, se estira y pasa a tener veintiséis horas. Y de repente te das cuenta que terminas de conducir a las dos de la madrugada, con el sol de medianoche en el horizonte.

Que poco a poco los abetos se volvieron más delgados y los montes que escoltan la ruta se convirtieron en montañas, en la cadena de Brooks. Y cuando observas un mapa recuerdas que estás avanzando entre parques nacionales. A la izquierda está Gates of the Arctic, a la derecha el Refugio de Vida Salvaje del Ártico. Detrás, los refugios de Kanuti y de Yukon Flats, donde los únicos que tienen derecho a cazar son los inuit y los colonos que viven todo el año más allá de los límites de la ruta, en tierra feroz, tierra de nadie.

Esa es, también, una vida más salvaje.

Cuando cruzas el paso Atigun y dejas atrás el último árbol ya no hay vuelta atrás. Delante queda la inmensidad plana de la tundra. Y si te tocan días de lluvia y nubes intentarás estirar el brazo para tocar el cielo porque la atmósfera se estrecha en los polos, las nubes descienden y sientes que te aplastan.

Entonces, el paisaje solo es apto para fotos panorámicas, siempre te sobra espacio arriba y abajo.

Luego del paso la temperatura desciende demasiado rápido y eso se nota. La capa de permafrost, suelo congelado, que se encuentra a pocos centímetros de la superficie y se extiende hasta los 600 metros de profundidad, actúa como un refrigerador intenso.

Por eso, y porque el Polo Norte está a menos de mil quinientos kilómetros, aquí hace frío incluso a fines de julio, pleno verano septentrional. El único que parece que no se entera es el mosquito, pájaro oficial de Alaska, que siguen revoloteando a tu alrededor en nubes densas, como si estuvieran abrigados con chaqueta de cuero.

Y sin darnos cuenta que estábamos llegando al final de la última ruta de América, aparece una torre en el horizonte. Y más edificios construidos con contenedores pintados. Y estacionamientos para vehículos pesados. Grúas con ruedas tipo oruga. Gigantescos galpones con chimenea montados sobre esquíes.

Y un cartel que dice Happy Horse.

Pero no, Happy Horse no existe. Esto es Deadhorse, y se nota.

Por fin, después de 4 años, 6 meses y 25 días desde que abandonamos Buenos Aires, llegamos al extremo norte de América.




179- La ruta hacia el Ártico 4: la Dalton highway

Las distancias son en millas…

Hace poco hubo un momento en que me sentí descorazonado. Fue hace unas semanas, cuando faltaban menos de dos mil kilómetros para alcanzar el extremo norte de Norteamérica.

Me sentí absurdo en esta manía de llegar hasta el final de la última ruta, siempre un poco más allá, siempre con ganas de ver lo que hay al final de la próxima curva. Absurdo, sí, tonto, como si un vendedor ambulante de lociones mágicas me hubiera embaucado para que desenterrara tesoros donde acaba un arco iris.

Porque, ¿qué mérito tiene llegar al extremo de una ruta, por más que esté lejos geográficamente, si en el camino te vas encontrando con una fila inacabable de abuelos en moto que están volviendo de ese mismo lugar?

Abuelos, sí, tiernos abuelos disfrazados de Ángeles del Infierno. Abuelos vestidos con la gorra, el banderín y la cazadora de cuero negro Harley Davidson. El uniforme completo. Ropa completamente legítima, cara y brillante, sin el tono mate que le da el uso auténtico y continuado. Ropa comprada en las tiendas oficiales.

Abuelos que en lugar de conducir un descapotable se compran una Harley.

Y cabalgan hacia el horizonte, hacia Deadhorse, caballo muerto, el pueblo donde deberían morir las viejas motocicletas.

Deadhorse, al final de la autopista Dalton, es la meta de la última gran aventura americana. Por más que la ciática, el reuma y la artritis se confabulen en contra, siempre hay algún abuelete de Michigan, digamos, o de Wisconsin, o de Arizona, dispuesto a la última gran aventura de su vida.

Un viaje por ruta hasta el confín de América.

Aclaremos una cosa: América como seudónimo de Estados Unidos, claro. Porque aquí, eso de ir hacia el sur… son muy pocos los dispuestos a ir más allá de Florida o California, a cruzar la frontera hacia el otro lado del río Grande y entrar a México.

Latinoamérica asusta un poco en este lado desarrollado del mundo.

Pero esa es otra historia. Ahora este es el lugar, este es el sitio. La Dalton Highway, uno de los embudos viajeros del continente americano, donde te encuentras con ciclistas como el andaluz Salva Rodríguez, (www.unviajedecuento.weebly.com) que lleva casi seis años pedaleando a través del globo. O Juan, Juan a secas, un asturiano que tardó un año y medio desde que partió del sur del continente, donde el tsunami de Chile le arrancó la bicicleta en la playa.

Quizás esta sea una de las pocas rutas de Estados Unidos donde las enormes casas rodantes no se atreven a llegar y todo lo que ves son camiones cargados con repuestos gigantes y todo terrenos y motos llenas de barro. Sí, la Dalton Highway. Aleluya.

Los estadounidenses tienen la costumbre de poner nombres grandiosos a cosas normales, pero por más que la llamen highway la Dalton no es una autopista. Es una pista de tierra con parches de asfalto ondulado construida exclusivamente para que las torres de extracción de petróleo de Prudhoe Bay nunca paren de producir. Pura ecuación económica.

Porque por aquí se puede conducir durante todo el año, incluso en los peores meses del invierno, cuando la noche dura veinticuatro horas y la temperatura baja a cuarenta grados bajo cero. Eso es desafío. Eso es aventura. Eso tiene que ser duro.

La Dalton fue extendida a lo largo del territorio salvaje del norte de Alaska a principios de la década de 1970, y recién se abrió al uso público en 1994. Digamos que a pesar de la hospitalidad camionera, esa hospitalidad espontánea que surge en los lugares aislados, es un mal sitio para tener una avería.

Básicamente, porque en medio de esos ochocientos kilómetros que hay entre Fairbanks y Deadhorse no vive casi nadie. Técnicamente, solo hay tres paradas donde recargar combustible: en Deadhorse, en el río Yukón y en Coldfoot, dígase PiesFríos en cristiano. Y poco más. Algún taller mecánico de precios astronómicos; alguna posada construida con contenedores acoplados; un par de puestos de información donde el empleado habla despacio para que no le abandones; y un puñado de locos solitarios o aventureros o contratados dispuestos a vivir en un sitio que en invierno te recordará la Luna: blanca, fría y vacía, como ausente.

Junto a la Dalton corre la serpiente de acero de Alaska. Un oleoducto de 1400 kilómetros que atraviesa la península de norte a sur transportando el petróleo extraído en el océano Ártico, alimento principal de la economía del estado número 49 de Estados Unidos. Y no hay caminos secundarios. Esta es la única franja de tierra ligeramente domesticada del norte auténtico de Estados Unidos. Alrededor quedan las montañas, los bosques y los animales salvajes, que evitan el contacto con el hombre.

El primer gran hito de la ruta es el cruce del río Yukón en la milla 56, por un puente inclinado que desciende desde un monte hasta la orilla contraria. Allí solo hay comida, un hotel chato armado con contenedores, combustible a precios de rutas lejanas y una casilla de información turística. Y lanchas, que llegan arrastradas por camionetas hasta la orilla. Porque los ríos son las grandes autopistas de Alaska. Líquidas en verano, heladas en invierno, es la superficie ideal para buscar sitios aislados para acampar, pescar y cazar río abajo, o río arriba. Hasta donde dé el tanque de combustible.

Allí nos encontramos con Chris, un alemán que lleva años bajando el río Yukón en kayak durante el verano (www.long-expeditions.de). Sus historias de zozobras y encuentros con osos y la hospitalidad de los campamentos inuit que en verano se dedican a pescar y ahumar salmón sacuden las ganas de recuperar aquel viejo sueño: bajar el río Yukón desde Whitehorse hasta la desembocadura en el estrecho de Bering. Un viaje de unos dos mil kilómetros que lleva tres meses… ¿Y si volviera costeando?

El siguiente hito es la línea imaginaria del Círculo Polar Ártico, en la milla 115. Solo hay paneles informativos, pero cuando te detienes y observas el mapa te das cuenta que el desafío no está en la Dalton, esa ruta plana, casi sin baches. El desafío está en la cabeza, en la resistencia, en la curiosidad insana, en esas mismas ganas absurdas de llegar lo más lejos posible, hasta donde se acaben las rutas.

Por eso, antes de llegar a Coldfoot en la milla 175, con su restaurante, su hotel, su gasolinera y su centro de información del Ártico, empezó a ocurrir. Fue natural, comencé a conducir más despacio de lo normal. Sesenta, setenta, ochenta kilómetros por hora máximo. Como si no quisiera llegar, como si no quisiera que esta parte del viaje acabe jamás.

Todavía quedaba la mitad de la Dalton, pero América se estaba acabando.




178- La Ruta hacia el Ártico 3: En algún lugar, llegando a Prudhoe Bay, Alaska

www.viajeros4x4x4.com

No sé dónde estaremos hoy.

No sé si ya habremos llegado al extremo norte y transitable por ruta del continente americano. No sé si ya habremos llegado a Deadhorse, a Caballomuerto.

Un nombre que suena lejos. Más o menos, tan lejos como Nanuk el esquimal.

Tan lejos que durante ochocientos kilómetros de ruta solo hay dos paradas donde recargar combustible. Y poco más. Algún taller mecánico de precios astronómicos; alguna posada construida con contenedores acoplados; un par de puestos de información donde el empleado habla despacio para que no te vayas; y un puñado de locos solitarios o aventureros o contratados dispuestos a vivir en un sitio que puede estar tan aislado como la Luna.

Porque Deadhorse está realmente lejos, y no sé si un oso nos habrá comido por el camino. Ni si habrá internet por allí arriba como para enviar un mensaje. Seguro no hay McDonalds. Ni Starbucks. Ni Walmart.

No sé si la furgo habrá aguantado el envite de llevarnos hasta el océano Ártico y volver. Hace años seguía la tradición de romperse lejos. Allí donde no había mecánicos. Allí donde no había rutas. Allí donde no había hospitales.

Lo único que sé es que si decidimos pagar los 45 dólares por cabeza que cuesta tomar el tour para pasar la alambrada de la petrolera que compró el acceso al océano Ártico, seguro me zambullo a pesar del frío. Brrrr. En ese momento, habrán pasado cuatro años y siete meses desde que abandonamos Buenos Aires para llegar hasta aquí arriba.

Donde ahora deberíamos estar.

(Imagina: tundra, camino de tierra, lagunas permanentes y otras alimentadas por el leve deshielo del permafrost, pocos montes, algunos osos blancos, un doctor en Alaska y una furgoneta Mitsubishi L300 4×4 con un cartel que dice LA CUCARACHA al frente levantando polvo).

(Por cierto, ¿la furgo debería llamarse DON QUIJOTE?)

Es el segundo continente cruzado de extremo a extremo. Primero fue África. Ahora, América.

Ya toca arrancar despacito y con placer el ploteo que dice VAMOS HACIA ALASKA… ya estamos en Alaska…

La pregunta es ¿dónde iremos, después? A pasar el invierno en Quebec vía Vancouver. ¿Y después de después? ¿Cuál será la próxima aventura?

Todavía tenemos que atravesar Asia para llegar a Finisterre-Barcelona por tierra. Seguramente bajaremos hasta México. ¿Y después?

Lo único que sé, es que si no nos comieron los osos, todavía quedan muchas historias por compartir.

Abrazo desde algún lugar del norte, cerca del Océano Ártico.