70- Larva Migrans Cutanea, un parásito de perros | SALUD EN VIAJE

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Siempre hay algo asqueroso que te puede pasar durante un viaje. Después de tantos años, las historias de gusanitos creciendo bajo la piel, principios de tuberculosis, intoxicaciones y picaduras de bichos raros se acumulan como en el Laboratorio del Doctor Infierno.

Aquí va el último descubrimiento, nuestra última compañera de viaje. Señoras y señores, con ustedes, la Larva Migrans Cutanea.

Me la contagié en alguna playa de la selva de Guyana. En un sitio muy bonito, paradisíaco, lleno de perros y arena. Durante la primera semana parece que solo son nuevas picaduras de jején, el más diabólico de los insectos de la naturaleza, también conocido como sun fly, pium o puri puri. Los grandes cabrones siempre tienen muchos seudónimos. Unos días más tarde, las picadas se transformaron en líneas irregulares que comenzaron a crecer.

Podía ser una señal. Me puse místico, pero no me duró mucho. No pasó nada extraordinario. Salvo la picazón en el tobillo que me obligaba a rascarme con saña. Una comezón que arrastraba mi voluntad hacia el peor escenario, hacia la peor de las costumbres, casi una droga: rascarte, rascarte de necesidad y gusto, rascarte sin freno, rascarte por vicio. Y disfrutarlo.

Pero las rayas se pusieron peor, se inflamaron, se llenaron de líquido transparente. Y comenzaron a avanzar en todas las direcciones. Hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, hacia el tatuaje azteca, decididas a estrangular mi pie.

Cuando llegamos al hospital de Lethem, frontera entre Guyana y Brasil, los túneles construidos por eso siguen avanzando a mejor ritmo que cualquier Ministerio de Obras Públicas. Allí, un médico brasilero asegura que tengo Tenia, una infección provocada por hongos. Me receta una crema, una poción en tubo que comienza a despellejarme el tobillo.

La poción mágica mataba todo, menos lo que se alimentaba de mi pierna.

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Una semana más tarde llegamos a Puerto Ordaz, Venezuela. Deisy, la mujer dermatóloga del amigazo Rodolfo, asegura apenas lo ve que eso no son hongos. Que es un parásito de perros con nombre en latín. Larva Migrans Cutanea. Que le gustan los animales y, de vez en cuando, salta y se instala en un ser humano.

Y me recetó el siguiente tratamiento: 2 pastillas de Ivermectina 6mg. una sola vez y una crema tópica cada doce horas.

A la semana, ya estaba practicamente curado y la piel de mi pierna había comenzado a cicatrizar.

La LARVA MIGRANS CUTANEA es un parásito diminuto, una especide de lombriz transparente invisible a los ojos que dibuja líneas varicosas llenas de agua bajo tu piel. No lo ves, pero avanza y retrocede dejando tras de sí un camino de urticaria insoportable. Es horrible, lo sé. Pero si te rascas lo único que conseguirás es lastimarte.

Conclusiones:

  • Rascarse con ganas da gusto.
  • Rascarse con ganas es casi tan bueno como el sexo.
  • Después de dos semanas el tratamiento funciona.

Para más información sobre la Larva Migrans Cutanea, ver

Tratamiento para los hongos: pastilla diaria de Ketorconazole 200 mg. y crema a base de ácido benzoico y ácido salicílico, 3 veces al día.

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¡MÁS DE 15 AÑOS TRABAJANDO DESDE LA RUTA Y VIAJANDO SIN PARAR ALREDEDOR DEL MUNDO EN FURGO 4X4 Y MOCHILA.

El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




69- Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur, Guyana

Kaieteur enorme, brutal. Guyana

(viene de Caminando por la selva de Guyana)

Desde lejos Kaieteur no impresiona. Parece una catarata más, una catarata clásica, de esas de postal, de las que hay en todos los países. De esas. Más de lo mismo, agua que cae de arriba para abajo. Más locales que hablan de su catarata con orgullo, como si fuera la única del mundo.

Pero a medida que caminas sucede algo extraño: no llegas nunca. Te acercas pero no alcanzas la orilla, caminas pero el salto continúa agrandándose, haciéndote sentir cada vez más pequeño. Avanzas, esquivas los brazos verdes de una bromelia, una planta gigante con nombre de tía antigua, una superviviente de la megalomanía biológica. Tentáculos largos, bigotes. Allí delante encuentras un espacio vacío, te asomas al abismo e inmediatamente das un paso atrás: los árboles del fondo parecen repollos enanos.

Entonces algo te paraliza sobre una piedra que se estira desafiando la ley de gravedad. Estás en medio de la selva, sobre el mirador del Tarzán de Johnny Weismuller. Parpadeas, te has convertido en una hormiga. Una pequeña garrapata entre las grietas de la piedra más vieja del mundo.

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Dicho de otra manera: al lado de Kaieteur, eres insignificante.

El agua, mucha agua, demasiada agua, pierde el equilibrio junto a tus pies y cae 226 metros hasta reventar contra las rocas escondidas del abismo. Doscientos veintiséis metros. Allí hay una explosión permanente, un big bang de agua pulverizada despedida a la velocidad dolorosa de la confusión. Estás allí, existe, pero todavía necesitas que alguien te patee el culo para asegurarte que esto no es un sueño. Que estás despierto.

Arriba, ranas doradas que viven en un estanque natural dentro de la misma bromelia. Y gallitos de las rocas, rojos como chavistas venezolanos, como neocomunistas melancólicos entre las ramas de un mundo verde.

Abajo, al fondo de la grieta, un enorme arco iris se levanta en el aire para saltar las orillas con los colores más hippies de la naturaleza. Y en el medio estás tú, sentado en la orilla del mundo, con los pies colgando que se balancean con el viento.

El espectáculo es hipnótico, un circo natural que te llama, que te ata una cuerda invisible en las tripas y te pide que saltes, con la certeza que el vapor detendrá la inercia y podrás volar. Acompañar a los pájaros que se lanzan en un vuelo kamikaze, suicida, perpendicular, hacia una caída vertiginosa siguiendo la corriente del agua.

Y a mitad de camino las aves vuelven a sorprender, a quebrarse en un nuevo ángulo recto y a sumergirse en el hueco oscuro que aguarda detrás de la catarata. Sí, la misma catarata desbordante de taninos que continúa cayendo, para volver a acumularse, extenuada y llena de moretones, toda negra y encauzada, en el fondo del valle. Allí, a doscientos veintiséis metros.

De todas las grandes cataratas del mundo, Iguazú, Victoria, Niágara y Nilo Azul, Kaieteur es la gran desconocida. La única en donde puedes permanecer en la más absoluta soledad durante varios días. Sin ruidosos grupos turísticos. Sin puestos de Coca Cola. Sin souvenirs de plástico. Solos en la naturaleza, como debió ser en el principio de todo.

No hay ruta para llegar a Kaieteur. Sólo puedes acercarte caminando en un trekking a través de la selva (4 días), en bote con motor desde Pamela Landing (1 día), o en avión (1 hora). Los precios para este viaje espectacular los podrás encontrar en www.rftours.com

Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

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68- Caminando por la selva de Guyana.

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Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

(viene de Hasta el final del último camino)

El río Potaro baja calmo, ancho y negro, rodeado por paredes de árboles que apuntan al cielo. Es una garganta sin piedras, un cañón verde y espeso, el único claro en medio de la selva. El río Potaro es una de las autopistas que comunican los pueblos interiores de Guyana, el país de muchas aguas.

Su corazón, un músculo blanco y elástico de 226 metros de alto y 60 metros de ancho, bombea con fuerza hacia el Océano Atlántico desde el centro del pequeño país. No es un salto de agua más, es una catarata gigantesca escondida por la vegetación enmarañada de árboles, lianas, arbustos y plantas. Un monstruo atronador que quita el aliento, que provoca hiperventilación.

En algún lugar hacia el norte, está Kaieteur.

Tony Melville es un amerindio mitad Patamuna y mitad Carib. Mide un metro setenta, es moreno, tiene unos cuarenta y cinco años y el pelo crespo. Nació en un poblado cercano a las cataratas Kaieteur. ‘Antes ese era nuestro territorio, ahora es del Parque Nacional’, explica con naturalidad. Entre octubre y diciembre, meses secos, se interna en la selva para criar músculo buscando oro y diamantes con un detector de metales. Casi todos los días se encuentra algo, unos gramos amarillos, unos carats transparentes. El resto del tiempo guía turistas indefensos a través de la selva. Dos alemanes, dos finlandeses, nosotros.

– Aquí, sí, hay anacondas y pumas y jaguares. Y son peligrosos. Pero sobre todo hay que tener cuidado donde pisas. Si pateas una serpiente se va a enojar, tú también te enojarías si alguien te patea.

Habla pausado y sabe cómo mantener tu atención.

– Por la mañana, cuando se levanten, no olviden sacudir las botas y los pantalones. Están en la casa de serpientes, arañas, escorpiones y otros insectos raros.

Tony es el jefe y nadie lo discute. Aparte de conocer los senderos, de saber sobre árboles, plantas y animales, es quien nos tiene que sacar de aquí.

Aquí, es la selva. Senderos delgados cubiertos de hojas muertas, descompuestas por la humedad. Tierra rica, pero podrida. Caminos oscuros empapados en agua e insectos, atravesados por troncos que se deshacen en pedazos vegetales, en termitas hambrientas. Es la belleza de uno de los últimos rincones vírgenes del planeta.

Bajo los árboles comienza a llover diez minutos más tarde que en el río. Los niños de los poblados Patamuna, Arawak, Wai-Wai, Makushi, Carib, juegan con arcos y flechas. La rama en la que te sostienes puede estar erizada de espinas. O ser fría como una Bush Master, una serpiente tan venenosa como tu vecina.

Sí, esa, ya sabes de cuál hablamos.

En las noches sin luna, las orillas del río Potaro son líneas irregulares que cortan el cielo con el trazo más negro que te puedas imaginar. El ruido del motor sólo es interrumpido por la lluvia torrencial, que comienza a dar la razón al negro Noé. Entonces intentas cubrirte con algo, evitar sentir la humedad en tus calzoncillos, en esas braguitas tan monas que te llevaste a la selva por si aparecía Tarzán.

Una hora más tarde llegas a Amatuk, una isla de arena y rocas en medio del río. Te instalas en una hamaca bajo un techo de madera y plástico y recuerdas los privilegios de la civilización mientras las tormentas se intercalan con períodos de silencio y calma extrema. Ni siquiera el aire se atreve a moverse entre las hamacas tensas, gordas como el estómago de una boa que acaba de cenar. Alguien cambia de posición y el poste que nos sostiene a todos, vibra. Anna estira el pie y me balancea.

– Che… ¿Estás dormido?

No. No puedo.

El fuego muere cerca. Los murciélagos vampiro no se acercan a la luz. O eso es lo que dice Tony, nuestro gurú salvaje.

Sólo en la oscuridad absoluta se atreven a arrojarse sobre tus pulgares para chuparte la sangre. Tu sangre, que mana con calma y suavidad, sin el obstáculo de las plaquetas, y sólo se coagula como un guante bermellón cuando te cubre la mano y llega a tu muñeca.

Al día siguiente llegamos a las explotaciones de diamantes abandonadas.

Allí comienza una falsa llanura blanca salpicada de colinas pálidas levantadas por una excavadora. Sin árboles. Con esqueletos de casas de madera dibujados por un niño pequeño, pocos hierros retorcidos, barriles de petróleo oxidados y algunos cadáveres de plástico. La erosión de la tierra removida enseña pequeños picachos afilados. Lagunas de agua estancada. Criaderos de mosquitos hambrientos.

Es la tierra abandonada después del paso del hombre.

Luego, el sendero vuelve a perderse, se rebela, se encadena en una maraña de piedras, lianas y troncos revueltos. Eres parte del primer grupo después de varios meses y hay que abrir camino con el machete. Es el caos, la auténtica selva, el dominio de los animales más silenciosos del reino. La pantera negra, la serpiente coral, el águila harpía. Todos, nombres de luchadores mexicanos, carnívoros.

El tema importante es: ¿dónde te encontrarás en el momento del ataque?. Indefenso dentro de la hamaca, inclinado en el baño, caminando por un sendero, con un rifle cargado, con una navaja suiza, con alguien más débil a tu lado que sirva de cebo.

Cuando encontramos el sendero, Tony corta árboles jóvenes, los pela y empieza a repartirlos.

Les servirán de bastón. Cruzaremos torrentes de piedras resbalosas y, aunque nos sacaremos las botas para caminar con calcetines, es mejor avanzar con cuidado. Esta madera se llama Muro… Ese árbol, que crece allí, es el Green Heart, una de las maderas más caras que existen.

Camina unos pasos y corta una liana, que comienza a sangrar un líquido transparente.

– Esta es la Cuffa. Dentro tiene agua buena, se puede beber. Esas semillas rojas que hay por el suelo son de Wallaba, y dan buena suerte. Aquel árbol es Yari Yari, su madera es muy flexible, la gente sólo los corta cuando quiere hacer una caña de pesca.

Hay Leopard Wood, que sirve para hacer arcos y flechas. Y montones de árboles desconocidos, siempre de nombre inglés, como Purple Beat, Crabwood y Silver Valley.

Cuando llega la segunda noche dormimos en Waratuk, en la puerta del parque nacional de Kaieteur.

A la mañana siguiente volvemos a subir por el fondo de la garganta del río Potaro en un bote a motor, comandados por el capitán Rudolph, y rodeados de árboles majestuosos y paredes verticales de roca prehistórica. Falsos tepuyes. Bromelias gigantes que crecen colgadas de las ramas. De algún lugar de la espesura surgen los gritos rítmicos de los monos araña. Primos lejanos del mono que mordió la mano de Anna en Ecuador. Parecen pájaros chillones.

Desembarcamos junto a un sendero, que lleva hasta Tukai, campamento de la tercera noche. Las raíces de los árboles cortan la tierra cubierta de hojas caducas, verdes, marrones y luego negras. Las botas, que llevan dos días sin secarse completamente, salpican en charcos poco profundos de lodo, o resbalan sobre piedras cubiertas de musgo verde. La caminata no es agotadora, lo que mata es la humedad. Cuando te acercas al punto del cansancio, siempre llegas a una cascada, a un arroyo fresco con agua recién salida de un comercial de televisión.

Al anochecer, el capitán Rudolph y su hijo salen a pescar. Nadie como él para evitar los obstáculos sumergidos del Potaro. Llevan el bote, una linterna potente para iluminar el agua y un machete. Cuando algún pez se acerca atraído por la luz, se encuentra inesperadamente partido en dos. Y flota unos segundos antes de ir a parar al fondo de la barca. Antes de ir a parar a la sartén. Media hora más tarde solo quedan espinas en un plato.

Después de cenar Tony cuenta historias a la luz de una lámpara de kerosén. Está acostumbrado a los grupos extraños. Gente demasiado civilizada con ganas de volver a los orígenes, en medio de la selva. Gente con ganas de llegar a algún extremo. Entonces decide ponernos a prueba.

 Por aquí, lo más desagradable son unos mosquitos gigantes que no pican. No, no pican. Sólo esparcen sus huevos mientras vuelan. Si caen sobre tu piel provocan mucho escozor. Entonces te rascas y sin darte cuenta introduces los huevos bajo la piel, donde comienzan a crecer. Y se convierten en larvas que se devoran entre sí hasta que queda sólo una, la más fuerte, que comienza a alimentarse de tu carne.

Tony se detiene y vuelve a observarnos. Todos aguardamos en silencio a que continúe. Las historias de sangre y carroña son atractivas, sobre todo cuando son reales.

– Y la larva, que se transforma en un gusano, forma un túnel. Y se acostumbra, y amplia su casa bajo tu piel. Se siente cómodo. Y cálido. Bien abrigado y alimentado. El gusano es un compañero fiel que te acompaña mientras crece y te hace cosquillas, muchas cosquillas. En el brazo, en el hombro, en el pecho, la pierna o la cabeza.

Hace rato que las chicas pusieron cara de asco. Los finlandeses sonríen divertidos y encienden otro cigarrillo, el segundo paquete del día. La pareja de Alemania, bancarios, hacen preguntas numéricas: cuánto tarda en crecer, cuan grande llega a ser, qué beneficio obtienes tú en esa relación. Yo me deleito con el asco que puedo provocar en una historia.

– La única manera de echarlo –continúa Tony –es asfixiándolo. Pones una tira de cinta adhesiva sobre el agujero de tu piel y, cuando el gusano sale a respirar, se queda pegado.

Kaieteur es un Dios griego. Un trueno con rayo, un personaje mitológico escondido en Sudamérica. Perdido voluntariamente, que es la mejor manera de perderse.

Kaieteur, es un gigante blanco que se exilió hace mucho tiempo y colocó el letrero no molestar en la puerta de su selva.

Kaieteur es ElDorado, el último tesoro escondido de Sudamérica.

(continúa en Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur)

GRACIAS A RAINFOREST TOURS POR SU APOYO DURANTE NUESTRA VISITA A GUYANA.

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67- Hasta el final del último camino

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(viene de Guyana, lo mejor de África en Sudamérica)

Hoy es un día extraño. No llueve.

Enero siempre fue un mes seco, un buen mes para recorrer por tierra el escudo de las Guayanas. Guyana, Surinam, el sur de Venezuela, el norte de Brasil y hasta el territorio colonial de la Guyana Francesa, que aparece en todos los billetes de euros a pesar de encontrarse en América. La tierra emergida más antigua del planeta. El Mundo Perdido de Arthur Conan Doyle y la teoría de que en la cima de algún tepuy aún quedan dinosaurios aislados. Rugiendo, esperando al próximo turista para el almuerzo.

Enero siempre fue un mes seco, pero todo está cambiando. A mediados de diciembre el cielo comenzó a desbordarse en auténticas cataratas de agua. Los días se sucedían iguales, doce horas de lluvia, once horas de nubes y cincuenta y seis minutos de sol. Alguien olvidó cerrar el grifo y todos terminamos chapoteando de cansancio. Quizás Dios había decidido cortarse las venas en la bañera de pura impotencia.

Porque en Gaza seguía muriendo gente. En Darfur seguía muriendo gente. En Zimbabue seguía muriendo gente. En Irak seguía muriendo gente. En el Congo seguía muriendo gente. Y no era la enfermedad, ni la vejez. En el 2009 la vida y la muerte continuaban igual de peleados que durante el 2008. Nada había cambiado.

A pesar de la lluvia, en Guyana los caminos seguían sorprendentemente abiertos. Firmes, con poco lodo y más pozos, pero transitables. La gente nos rodeaba de curiosidad y calor. Pocos extranjeros deciden tomar sus vacaciones en el único país anglófono de América del Sur. Ya habíamos visto monos, osos hormigueros gigantes, nutrias, unas ratas enormes de culo rojo, un mapache que parecía un perro, un perezoso sonriente y todos los modelos de aves conocidas. Sólo faltaba Noé, un hombre negro empeñado en construir un barco en medio de la selva.

– No lo molesten. Es un visionario, un místico –diría su mujer, hinchada de maíz y casaba (o mandioca, o yuca, que es lo mismo).

– Es un tarado –diría un vecino. –No tiene sentido construir un barco tan grande lejos del mar.

Hoy no llueve. Y en Guyana el universo brilla con la pureza de los inicios, cuando no existían las botellas de plástico ni los tetrabriks. Es la naturaleza virgen, el vacío provocado por las estadísticas: hay más guyaneses viviendo en el extranjero que dentro del país.

Tres nubes de Botero cubren el horizonte con su cuerpo de agua frappé. Sobre tu cabeza el universo azul de todos los días, lleno de planetas y estrellas invisibles.

Hoy es el primer día sin lluvia en muchas semanas y los hombres del pueblo siguen bajo el techo del bar cerrado. Las costumbres se vuelven pegajosas. Los periódicos no hablan del final de esta estación húmeda extraordinaria, nadie se atreve a dar un veredicto. Si hay que apostar nadie arriesga, todos se deciden por la continuidad.

El capitán de la aldea, la máxima autoridad amerindia, sólo tiene que esperar a que los días secos comiencen a repetirse uno detrás del otro. Entonces se convertirán en una rutina distinta, tan absoluta como los días húmedos.

Hoy no llueve y después de 35 días cruzando el sur de Venezuela y toda Guyana bajo una cortina de agua, parece un milagro.

Podría ser el día número uno.

El loco Noé podría ser el único cuerdo.

Al final de la mala ruta que llega a Pamela Landing, quince kilómetros o una hora después de Mahdia, centro geográfico de Guyana, está el río Potaro. Cincuenta metros antes está el almacén-bar de Mr. Godfrey Welcome, un descendiente de hindúes que aprovisiona de gaseosas, cervezas, galletas y aguardiente a los mineros de la zona. Bienvenido señor Welcome, ¿cómo está señor Welcome? Yo quiero tener ese apellido.

Todos hablan el inglés cerrado del interior de Guyana, el creole, el inglés criollo. Para un extranjero suena más difícil que el acento australiano, como si el alcohol o una mueca extraña te hubieran dejado la lengua con dolor de cuello. Complicado. Sólo entiendes la mitad, el resto es una suposición.

En la reja cubierta de alambre tejido que separa la barra de las mesas de madera del almacén-bar-cine de Mr. Welcome, hay carteles que recomiendan el uso de condones junto a otros que recomiendan el uso de Guiness. En los países de influencia caribeña, poblados casi exclusivamente por gente de piel oscura, se bebe mucha cerveza negra.

Eso es autoafirmación. Orgullo racial instintivo.

Alrededor del almacén-bar-cine-discoteca de Mr. Welcome vagan hombres gastados. Los tuertos, los mancos y los nuevos se mezclan con los desdentados que, a pesar del calor, sonríen exhibiendo sus coronas de oro. Negros, hindúes, amerindios y unos pocos blancos, todos con el cuerpo esculpido en piedra, sin un gramo de grasa, con los pectorales de Brad Pitt.

Todos los demás somos vulgares oficinistas. Gordos y sonrosados cerditos de matadero.

Amigos, es sencillo: para tener un cuerpo escultural, no hay que hacer régimen ni ir al gimnasio. Hay que convertirse en minero.

Ellos, auténticos modelos 100% fibra y 0% grasa, los porkknockers, buscadores informales de oro y diamantes, persiguen la veta escondida que los proclame Rey de la Capital.

Alcohol, putas de lujo, coches caros, casas grandes, el sueño americano pero descarnadamente sincero.

El sueño americano sin maquillaje, sin el pellejo decorado que lo hace vistoso. Un sueño de carne color canela y olor a ron. Sexo y comodidad. El mismo sueño en todos los arrabales del mundo: Guyana, Estados Unidos, Buenos Aires, México, Moscú, Kuala Lumpur, Japón, Nairobi, Hospitalet.

Alcohol, putas de lujo, coches caros, casas grandes. El deseo original, globalizado antes que alguien inventara la globalización.

Estamos en Pamela Landing, esperando a dos alemanes, dos finlandeses y dos guías de Guyana para iniciar el camino hacia las cataratas Kaieteur. Son cuatro días a pie y en un bote a motor a través de la selva para llegar a la joya menos conocida de la naturaleza sudamericana. Un espectáculo que promete compararse con Iguazú, con los Lençois Maranhenses, con el Salar de Uyuni, la Patagonia, el desierto de Atacama, el derrumbe del glaciar Perito Moreno o el canal de Beagle.

Sitios de naturaleza abrumadora, que te dejan atontado, paralizado, deseando no haberlos conocido nunca porque siempre soñarás con volver.

Y de momento no hay mucho por hacer. Sólo esperar.

Y escribir todo lo que me pase por la cabeza.

De algún lugar llega el ruido del progreso: una excavadora levanta la tierra que rodea un árbol gigante y luego lo empuja. Se hace deforestación selectiva. Hay que matar a los viejos. Sin el sostén de las raíces, los árboles más grandes caen como astillas, con las piernas quebradas por otro defensor vasco.

Un minero que sólo habla portugués sonríe descarado cuando le digo bon día, boa sorte. Es el amuleto del gringo. Donde todos hablan inglés, donde estoy mudo, donde nadie me entiende, un nuevo extranjero me habla en el idioma de mi tierra.

Hoy es el primer día sin lluvia en muchas semanas y los mineros, y los leñadores, y los extranjeros, se juntan a celebrar en un rincón perdido, al final del último camino de Guyana.

 

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66- Guyana, lo mejor de África en Sudamérica

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– ¿No te parece impresionante lo que está pasando?

– ¿A qué te refieres?

– A esto… A los cazadores que acaban de invitarnos a un pedazo de ciervo tibio, al descendiente de hindúes que nos contó la historia de su familia en media hora, a los amerindios que nos recibieron en Iwokrama.

– Y la camioneta que se cayó al río cinco minutos antes que cruzásemos el puente…

– Sí… ¿crees que la caída era nuestra? ¿Que nos tocaba a nosotros?

– Prefiero no imaginarlo… Todo pasa por algo. Si no nos hubiésemos detenido para ayudarles, no hubiéramos conocido al hindú, ni a los amerindios… ni al ciervo.

– Ni hubiéramos encontrado los 1000 dólares de Guyana que pagan estas cervezas…

– Cierto. Salud por el tipo que perdió el dinero.

– Eso.

– ¿Viste al chino? Lleva horas sentado en la misma silla, dormitando frente a la barra del bar.

Entonces nos giramos sin piedad, sin vergüenza de ser vistos. Debe ser japonés, los chinos sólo viajan en grupo.

– He is Jackie Chan –interrumpe el encargado, un hombre negro y delgado, especialista en interpretar miradas, tonos y palabras sueltas. El vocabulario silencioso del cuerpo.

Sólo pasaron menos de cuarenta horas desde que entramos en Guyana, y los sentidos acaban de explotar con una efervescencia que no sentíamos desde hace mucho tiempo. ¿Desde África? Sí, quizás, desde África.

Eso fue hace mucho tiempo, pero todavía arrastramos el olor, las buenas cicatrices, la tierra impregnada bajo las uñas. Todo se acumula bajo esta corteza de pan blanco oscurecida por el sol. Y en Guyana, inesperadamente, nos reencontramos con África. Sí, faltan los elefantes, pero hay jaguares, antílopes y tapires. Y gente de todos los colores.

Descendientes de esclavos negros y trabajadores de la India, pocos carapálidas europeos, algunos comerciantes de la China (estos no cuentan, chinos hay en todos lados) y supervivientes de las tribus originarias dispersos en la naturaleza.

Niños que juegan con arcos y flechas junto al camino de tierra roja.

En el sur de Guyana la presencia humana es tan sutil, tan invisible, que la naturaleza virgen aún ocupa su lugar original. La sabana despeja el horizonte de árboles y matorrales enredados para diseñar una Pampa suave de pastos altos moteada de termiteros. Es Masai Mara, es Serengeti, y temo y espero que en cualquier momento aparezca un león.

Pero sólo veo pájaros, montones de pájaros.

Y algo enorme, ágil como fuego negro, que se mueve sobre la hierba. Eso que parece un ala es una cola peluda. Eso que parece otra ala es una nariz larga y delgada. Un oso hormiguero gigante de pelo largo, de dos metros, busca la merienda. Nos ignora. No somos su menú de hoy.

El 80% de Guyana es selvas, y bosques, y ríos. Sin latas de conserva, sin tetrabriks, sin bolsas de supermercado, sin bocinas, sin stress. Un territorio del tamaño de Inglaterra habitado por el 5% de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires.

Y por Jabirús grandes como pterodáctilos.

Halcones reencarnados levitando en el aire.

Garzas blancas y grises que tiñen el arcén de nubes frágiles y tormentosas.

Bandadas de perdices que abandonan los arbustos un segundo antes de alcanzarlos con la furgoneta. Antes de caer en la olla.

Pájaros más pequeños, cazadores de todos los colores especializados en moscas y mosquitos.

Pájaros más grandes, negros como el bosque cerrado, y con coquetos rizos de peluquería sobre la cabeza. Alguien les avisó que llegábamos. Guyana se había preparado para nuestra visita.

Después de diez días recorriendo la Gran Sabana de Venezuela, el mundo volvía a la normalidad. Allí sólo habíamos conseguido ver ranas. Nada más. El paisaje era impresionante, pero el silencio se convertía en una roca aún más densa que los tepuyes que se adivinaban cuando las nubes despejaban el cielo.

Todos los pájaros que habían huido de las parrilladas y los motores de los 4×4 venezolanos se habían refugiado en el sur de Guyana.

¿Qué demonios hay en Guyana? La poca información que habíamos conseguido en el camino ya era atractiva. Nadie sabía nada. Y lo poco que decían, estaba equivocado.

– La ruta de Lethem a Georgetown no existe.

– Hay una huella, pero con estas lluvias, se la deben haber devorado los pantanos.

– Se quedarán enterrados en el barro. No podrán salir.

– Hay bandas armadas, tengan cuidado.

– La policía es demasiado corrupta.

La única verdad, era que llovía demasiado. La policía es igual que en Argentina, Perú, Venezuela, Brasil o Bolivia. Y que la excentricidad de Guyana no era sólo un sueño. Un país de Sudamérica donde el idioma oficial es el inglés. Con la mayoría de sus habitantes de origen asiático o africano. Con más templos de nuevas formas viejas que sobrias iglesias católicas.

Seguimos en Sudamérica. O no, quizás volvimos a Africa. O nos perdimos en algún laberinto donde todos los colores son bienvenidos.

Lo único seguro es que, por fin, abandonamos Latinoamérica.

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