139- Cómo salir de Ecuador con el visado vencido

ATENCIÓN: La ley que dictaba que los extranjeros con el visado vencido que querían salir de Ecuador debían pagar 200 dólares ha sido derogada durante 2010. Buenas noticias.

Aquí encontrarás datos que no están en ninguna guía, sobre todo, porque rozan o entran en el terreno resbaladizo de lo que podría ser ilegal. Son trucos, trampas que vamos descubriendo en el camino, grietas en las normas establecidas que juegan a nuestro favor, el de todos los viajeros. Que aproveche.

Uno de los errores más tontos y evitables que se pueden cometer durante un viaje es olvidar el día que vence tu visado.

Estás de vacaciones, estás viajando, en realidad quieres olvidar las fechas y los compromisos, vivir una vida prestada, más cercana a lo que soñaste una tarde mientras escuchabas la radio. Fue un momento de inspiración, decidiste renunciar, tomar una excedencia, robarle unos días más a la rutina. Perderte un rato.

(Recuerdo mis primeras vacaciones fuera de Argentina. Fui a Brasil y me reincorporé a mi trabajo de mensajero una semana más tarde de lo que debía. Había sufrido una enfermedad tremendamente común llamada no quiero volver, aunque el certificado médico expedido por un licenciado benevolente decía que había sufrido mareos, vómitos, escalofríos y altas temperaturas) (Al día siguiente me echaron del trabajo, pero me dio igual)

Por eso, cuando estás en el cielo es posible que olvides la fecha que vence tu visado. Es fácil, es lo que les pasó a unos amigos en Ecuador. Sabían que la multa que te ponen en Perú es de un dólar por día, más que asumible. Lo que no sabían es que en Ecuador la multa por tener tu visado vencido es fija: da igual si te pasaste un día o cien, hay que pagar 200 (doscientos) dólares por pasaporte.

Desencantados con la mala nueva decidieron pedir consejo a los gurús de la frontera, los cambistas colombianos de moneda extranjera. Esos tipos siempre saben todo lo que se cuece por allí.

–          Ya sé paisa –debe haberles dicho, casi como si me lo repitiera al oído. –Tienen que pagar doscientos dólares para conseguir el sello de salida de Ecuador, sino no les sellan en Colombia.

–          Sí.

–          Y doscientos dólares es mucho dinero.

–          Sí.

–          Y quieren encontrar un camino alternativo.

–          Sí.

–          Síganme a mi oficina.

La historia era larga y mi amigo se cebaba en los detalles y los miedos pero resumo. Resumo: el cambista colombiano les podía conseguir el sello de salida a cambio de ciento cincuenta dólares gringos que terminaron siendo cien. Lo harían a primera hora del día siguiente.

Y ese mediodía siguiente fue el peor momento, porque ya habían pasado tres horas desde que habían entregado sus pasaportes al cambista (que se había ido o huído en una moto) para que les consiguiera el sello de salida de Ecuador. Y el cambista no aparecía.

Tres, cuatro horas esperando en un aparcamiento colombiano para camiones de carga, suelo de tierra, perros con ganas de morder, baños de Auschwitz ¿Qué pasaría si el cambista no volvía? ¿Qué pasaría si no recuperaban sus pasaportes?

¿Cómo explicaban a la policía que les habían robado los documentos? Estaban en Colombia, cinco kilómetros tierra dentro, y no habían sellado la entrada al país ni la salida de Ecuador. Y encima, uno de los perros salvajes había ganado el asedio, había mordido un tobillo.

No dolía mucho, pero jodía.

Entonces los amigos comenzaron a hacer una lista de mentiras imposibles. Un ovni los había abducido en Ecuador y los había escupido en Colombia. Negar siempre todo, no saber nada, no recordar nada. Reír, decir que el acelerón del motor fue tan potente que los impulsó al otro lado y el pasaporte salió volando. Hablar en ruso, en un idioma inventado para que te deporten al país que siempre quisiste visitar. Quizás la explicación más razonable sería negar la evidencia que estaban en Colombia, asegurar que todavía estaban en Ecuador. O en Indochina. Todo es discutible, aunque no creo que los policías colombianos hubieran reído mucho.

–          Y fue en ese momento, el instante en que me di cuenta que la habíamos cagado –seguían contando los amigos –cuando el cambista volvió a aparecer con su moto en la puerta de ese aparcamiento de mierda. Sonreía con los pasaportes sellados en la mano. Pero quería el dinero, antes de dármelos quería el dinero. Con billetes, hasta el último comunista se convierte en un capitalista.

Un par de meses después el ejército colombiano bombardeó un campamento de la guerrilla de las FARC en territorio ecuatoriano y la frontera se calentó. Y          la historia del cruce de la frontera se convirtió en un recuerdo permanente de que siempre hay un plan B, siempre hay otra manera de hacer las cosas. Sólo hay que tener los ojos abiertos y lanzarse sin maldad, preguntar a quien más sabe, al que vive en la calle, al especialista, al gurú. En las fronteras, al tipo que te cambia dinero. En los puertos pequeños a los estibadores, en las ciudades a los taxistas y en las rutas a los camioneros.

Por lo general, la gente si puede ayudar, ayuda. Y si saben que te pueden hacer ahorrar un dinero y ellos ganarse unos pesos, el mundo comienza a moverse. Y Dios se reencarna en camionero, taxista, estibador, cambista de frontera…

 

HAZ ALGO ILEGAL. Descubre como aprovechar otras grietas en las normas y ahorrar mientras viajas:

  1. Cómo cruzar la frontera entre Guyana y Surinam sin visado
  2. Cómo cambiar dinero en el mercado negro de Venezuela
  3. Cómo pasar los peajes sin pagar (en Colombia funciona)
  4. Cómo cambiar dinero en el mercado negro de Argentina
  5. Cómo conseguir que la entrada a Tikal te cueste la mitad (o menos)




108- Cómo identificar dólares falsos

Cómo identificar un billete falso de 20 dólares

La industria de la falsificación en Sudamérica vive sus momentos más brillantes.

En Paraguay puedes encontrar montones de zapatillas Adidos y Mike, relojes Relox y radios Soni. Perú es el paraíso de la duplicación de películas: los dvd vienen con un impresionante menú desplegable y todas las opciones del original, todo por menos de un solitario dólar. Shrek 3, por ejemplo, llegó a los Polvos Azules de Lima antes de su estreno internacional. Y ni hablar de los medicamentos truchos que inundaron las obras sociales argentinas durante el 2009…

La especialidad de Colombia parece ser la falsificación de dólares estadounidenses. Llegaron tantos a Ecuador, donde circula como moneda oficial, que los comercios se niegan a aceptar billetes mayores a 20 dólares. Si quieres usar los de 50  o los de 100, tienes que cambiarlos en el banco.

Pero al final da igual, porque en Ecuador circulan montones de billetes falsos de 20 dólares. Nosotros tenemos cuatro.

Nos los pasaron mientras vendíamos libros en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Nosotros buscábamos el relieve con la uña, y estos, los dólares colombianos, lo tienen. Sus fallos son otros:

  • El papel es ligeramente más duro.
  • El hilo plateado de seguridad no está integrado en el grosor del papel, por lo que en esa zona el billete es curiosamente más grueso.
  • El número 20, que debería ser de un verde reflectante, sólo es verde y a veces parece sucio.
  • Seguro que hay otros pequeños detalles, los número de serie se repiten, falta la imagen invisible que sólo se ve a trasluz o en lugar del político gringo de turno está el ratón Mickey…

¿Qué hacer con esos billetes? Si los llevas a un banco, te los retienen para destruirlos sin compensación alguna. Podríamos volverlos a circular, pero eso sería joder a alguien que no te hizo nada. Y las cosas malas siempre terminan volviendo.

Entonces nos quedan dos opciones:

  • Coimear a algún policía corrupto con un billete falso, justicia poética.
  • Venderlos: VENDO BILLETE FALSO DE 20 DOLARES A COLECCIONISTAS DE MONEDAS Y CURIOSIDADES. EN PERFECTO ESTADO. PRECIO: 30 DÓLARES. LOS INTERESADOS PUEDEN ESCRIBIRNOS A…




Historias para viajar por Ecuador

  1. El Anticristo llega a Ecuador
  2. En la frontera del caos. Paso Huaquillas, frontera entre Perú y Ecuador
  3. Cómo identificar dólares falsos
  4. A las islas Galápagos, como sea
  5. A las islas Galápagos en un barco de carga
  6. HAZ LO CORRECTO: Cómo salir de Ecuador con el visado vencido (y sin pagar los 200 dólares de multa)
  7. La Vuelta al Mundo en la III Feria Internacional del Libro de Guayaquil
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  16. Gracias Ecuador!
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54- A las Islas Galápagos en un barco de carga | VIAJES EN BARCO

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(viene de A las Islas Galápagos, como sea)

A mí me gustaba el arroz.

No tanto como para comerlo blanco, pero me gustaba. Una buena cucharada de arroz ahogado en cualquier salsa, en yema de huevo amarilla y pegajosa, o mezclado con cebollitas picadas, ajos, especias y aceite de oliva podía ser una buena comida allí donde un paralelo y un meridiano nos ensartaran. Y eso que sólo hablo del arroz. La paella, lejos del Mediterráneo, es un sueño que provoca que uno termine mojando la cama. No, la cama no. La almohada, pobre, queda llena de babas.

Podría ser una paella como la que Jordi, el alma mater de Catering Cufí, me preparó hace un año en su casa de Granollers. Con langostinos gigantes, almejas, gambas, mejillones, sepia… Inmediatamente, ahora, las glándulas salivares comienzan a trabajar como locas esperando que yo cumpla con el deseo. ¡Una paella! Chas! ahí la tienes, así funciona la sociedad de consumo.

Pero estamos a un océano de distancia. Se necesita demasiado arroz para absorber tanta agua.

No comprendo esta pasión por el arroz. Me miro al espejo, no tengo los ojos rasgados. Y no me imagino a mi santa madre flirteando con el chino del nuevo minimercado del barrio. Pero preguntabas ¿arroz o pasta? y sin duda era arroz.

Y así fue hasta que el Comandante Donoso, segundo de la Dirección de la Marina Mercante de Ecuador, rompió las normas escritas y nos permitió viajar en un barco de carga a las islas de Colón, más conocidas como las islas Galápagos.

Dos días más tarde abordamos el Paola, un buque de carga comandado por el capitán Franco que lleva víveres al paraíso cada tres semanas.

Un día después entramos en el Mar de la Paciencia.

¿De qué otra manera se puede llamar a esa superficie llena de, de, de océano que separa el Ecuador continental de las islas Galápagos? Eso es la nada, el hiperespacio, el interior de una lavadora, el sitio donde las estrellas descansan cuando se hace de día. El vacío. El estómago convulso de un borracho.

Durante la travesía, que dura más días que los tres que marca la bitácora, no hay nada que hacer. Incluso los marineros se estiran en sus camas y dejan pasar el tiempo abotargados por el aburrimiento. El cerebro activa el control automático. Se desayuna arroz las seis, se come arroz a las doce y se cena arroz a las seis. El resto del tiempo se dormita.

O se lanzan sedales esperando que pique algún dorado de más de un metro.

O se cocina plátano verde en la chimenea caliente del barco.

O se asesinan cucarachas que caminan por tu pecho mientras duermes.

O se releen periódicos viejos, noticias de hace una semana que envuelven la foto enmarcada de la familia. Noticias de un viaje anterior. O de más lejos.

El hombre llega a la luna. Cae el muro de Berlín. Se desmorona la Unión Soviética. El Atlético de Madrid se proclama campeón de liga. En el Mar de la Paciencia no transcurre el tiempo, al buque Paola no llegan las noticias del día. No hay un bar en la esquina donde ignorar el noticiero para escuchar los comentarios de los parroquianos. En el Paola el alcohol no es necesario, el mar se encarga de marearte.

Entonces haces lo que no puedes hacer en tierra firme.

Mirar el cielo.

Esperar la próxima gaviota.

Contar las olas que rompen contra la quilla.

Escribir con las letras de la sopa: QUE, MAREO, JODER, CUANDO, LLEGAMOS.

Buscar un pelícano en la soledad del océano.

O una ballena enamorada que se ponga a lanzar chorros de vapores húmedos a nuestro lado.

La tripulación usa el tiempo perdido en el limbo, en el Mar de la Paciencia, para hablar sobre los dos gringos que duermen en la enfermería.

– ¿Gringo? Gringo es papito Bush –repito. –Soy blanquito, pero vengo del sur.

Y se ríen, menos mal.

Mientras atravesamos el Mar de la Paciencia, los marineros, maquinista y estibadores que no trabajan se esconden en su camarote a ver una película de artes marciales o se juntan en la popa a tomar café pasado. Esperan, aguantan, persisten, se detienen. Estar en un barco es vivir una pausa. Todavía falta un rato para que Enrique, el cocinero, prepare más arroz.

– Chinos, ¡parecemos chinos! ¡Si hasta pasamos los días viendo películas de Bruce Lee! –sueltan por turnos, repiten un chiste gastado.

Allí están: Juanito, Clay, Fausto, Tomás (que me recuerda a mi hermano Diego), Italo, Johnny, Pastor, Nicar, Murillo, Jaime, Francisco y Floresmilo. Falta Xavier, el administrador, que no sale de tierra firme.

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– Sácale una foto a él, ¡sácale una foto! ¡Dale! –avisa Fausto. -¡Es King Kong! ¡Hace 10 años que lo conozco y es el tipo más feo del mundo!

Entonces Floresmilo ríe, no tiene vergüenza en enseñar el hueco gigante que hay entre sus colmillos. Por ahí pasa más de una papa frita. Hace unos años salvó la vida de Frank, el patrón del barco, cuando tres tipos armados con cuchillos fueron a buscarlo a primera hora de la mañana. Hay que estar desesperado para salir a robar tan temprano. El muelle estaba vacío y Floresmilo saltó desde la cubierta del barco con una barra de hierro. Los molió a palos.

Floresmilo es el tipo que uno siempre quiere tener de amigo.

Su madre lo parió en Esmeraldas, costa norte de Ecuador, tierra de esclavos libres. Lo parió, sí, porque en esa época por allí no se nacía. Después de gritar e insultar a ese renacuajo negro que ya la estaba haciendo sufrir durante el parto, la buena señora se preguntó qué nombre le pondría a la pequeña bestia. Llevaba varios meses con una inflamación importante en el vientre pero todavía no había pensado en ese detalle. Miró a su alrededor. En la habitación había flores y una lata de Milo, ese sucedáneo de café.

– Ya sé cómo le vamos a llamar.

Floresmilo. Mandahuevos.




¿Quién no soñó con dar la vuelta al mundo? | REVISTA VIVA

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Hace unos meses, y a través de la amigaza Cristina Herdoiza, la revista Viva de Ecuador nos pidió un artículo sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años. Salió publicado en junio de 2008. 

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¿Quién no soñó alguna vez con dar la vuelta al mundo? Dicho de otra manera ¿quién no deseó alguna vez comenzar una nueva vida, más cercana a los sueños y menos a la realidad?

Parece inevitable, hay que trabajar, hay que tomar cada mañana el bus a la misma hora. O conducir en medio de un atasco, escuchando siempre la misma radio, con la misma cara de rutina. Hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el agua, los pañales, la escuela de los hijos, la hipoteca o el alquiler. Es posible que durante la semana entres a la oficina con la primera luz del día y, cuando vuelvas a salir, observes con indiferencia que se está poniendo el sol.

Sentada a mi lado, Anna se revuelve escéptica. Después de nueve meses haciendo dibujos en el aire, no está segura que esto sea la ruta. Gira la cabeza, me mira, sonríe y se muerde los labios. Luego se estira y observa los árboles que pasan por encima de la furgoneta, mientras los olores de las rutas estrechas entran filosos por la ventana. Está inquieta. Todavía es posible que esto sea otro sueño y que, en cualquier momento, volvamos a despertar.

– Pellízcame.

Pero no, no es un sueño, duele. Estamos en la ruta. Cambiamos nuestra casa de cemento por una casa con ruedas de cinco metros cuadrados, la seguridad de un trabajo estable por una vida más inestable, pero más intensa. Uno sólo puede arrepentirse de lo que no hizo, jamás de lo que intentó aunque no haya funcionado.

– ¿La Vuelta al Mundo? ¿Cómo? ¿Con qué dinero? ¿Hacia dónde? ¿Cuándo? ¿Con qué te golpeaste la cabeza? –a medida que avanzamos recuerdo el rostro confuso de Anna como si fuera ahora.

– ¿Por qué no? Juntamos los ahorros de los dos, alquilamos el apartamento para pagar la hipoteca, compramos una furgoneta usada pero en buen estado para vivir dentro y buscamos algo de trabajo para hacer por el camino. Sí, es una locura, pero será una locura por lo inusual, no por lo imposible.

A la media hora dijo que sí. Entonces ya le había contado mis descubrimientos frente a un mapa: que era posible cruzar el sur de Europa hasta Oriente Próximo y bajar África de norte a sur; que después podríamos atravesar el Océano Atlántico hasta Sudamérica en un barco, llegar al último extremo de Alaska y volver a Barcelona a través de la autopista Siberia-Finisterre. La autopista no existía, pero eso no se lo dije.

Todos tienen un sueño, y todos los sueños son válidos: algunos quieren una casa, otros una familia, terminar los estudios o empezarlos, cambiar de sexo, tener unos pechos más grandes, ir a vivir a otro país o buscar una nueva pareja. ¿Por qué no intentarlo? ¿Cuándo, si no es ahora? Yo quería viajar, volver a sorprenderme, encarar un nuevo desafío sin miedo a lo que pudiera suceder, alcanzar mi límite y cruzarlo. Sentirme vivo y que mis sueños no fueran sólo sueños.

‘La vida es todo aquello que nos pasa mientras hacemos planes’decía un papel arrugado que llevaba en el bolsillo. La frase era de un tipo de boca muy grande llamado John Lennon, a quien habían matado de un tiro una inesperada tarde soleada. Se acabó, a mitad del espectáculo le bajaron el telón.

Partimos, y sin darnos cuenta los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Atravesamos el orden de Francia y Suiza, las calles inundadas de Venecia, el caos inimaginable de Nápoles y cruzamos en ferry a Grecia a través del mar Adriático.

El primer enemigo del viajero es el miedo. Hay miedo a que te roben, miedo a que te asalten, a que te disparen, a que nadie te dispare a ti pero a que el disparo llegue hasta ti; miedo a desaparecer, miedo a la desilusión y al veneno en la sangre; miedo a no volver a tener un buen trabajo, a enfermar de malaria, a no ser comprendido; a los policías que se inventan cargos en tu contra, a los fanáticos religiosos, a los accidentes y a chocar con un camión de Coca Cola en algún rincón perdido de África. De todas las muertes posibles, esa sería la más estúpida.

Pero no se puede viajar con miedo, hay que confiar. Cruzamos Estambul, visitamos las casas trogloditas de Capadocia, volvemos al Mar Negro y penetramos en el Kurdistán, primer territorio en guerra, hasta la frontera entre Turquía e Irán. Hay que confiar, dejarse llevar a veces por desconocidos a lugares físicos o mentales adonde nunca llegaríamos solos. Confiar. Sólo dejando que otros lleven el timón se pueden descubrir sitios que no sospechábamos que existían. La confianza y la curiosidad abren puertas y permiten compartir comidas Babilónicas junto al río Eufrates en Siria; o el café espeso con cardamomo servido en pequeños pocillos bajo una tienda beduina perdida en el desierto; o almorzar a la puesta de sol durante Ramadán con trabajadores sudaneses en las playas del Sinaí. Confiar.

En los países árabes la curiosidad se satisface conversando con los viajeros que llegan desde lejos. Para quien no ha salido del desierto, el mundo es como se ve en la televisión: una sucesión de escenas melodramáticas en casas de telenovela mezcladas con la emoción de una serie de policías en Miami, donde se ven unas cuantas chicas en bikini. En el intermedio, alguien hablará de los millones que cobra en Europa un futbolista nacido en Guinea Conakry y de una máquina a la que hablas y te hace caso. Desde el desierto es otro planeta, Star Trek por lo menos.

Por eso, cuando abandonas los sitios turísticos como Petra en Jordania o las pirámides junto al Nilo y te internas en el Sahara de los oasis o en los pueblos perdidos de Sudán, es lógico recibir la hospitalidad desinteresada de quienes sólo quieren oír historias del mundo de donde vienes: ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? ¿Eres de los que se hacen la señal de la cruz? ¿Cómo es tu casa? ¿Tienes fotos? ¿De qué trabajas? ¿Cuánto ganas? ¿Tu familia es muy grande? ¿Tus padres están vivos? ¿Cuánto te costó la furgoneta?

Viajar es un sueño que a veces se convierte en una pesadilla. Tuvimos problemas, sí, nos siguieron, asaltaron, dispararon y robaron, tuvimos que pelear, huir de una manada de elefantes enojados y rescatar nuestra furgoneta, nuestra casa rota del medio de un par de desiertos. En Etiopía, luego de visitar las iglesias subterráneas de Lalibela, nos persiguieron dos hombres armados en una moto asegurando que habíamos matado una vaca y teníamos que pagarla. En Kenia tuvimos que hacer ochocientos cincuenta kilómetros de ida para encontrar un mecánico y otros tantos de vuelta para llevarlo hasta nuestra casa. En Zimbabwe nos persiguió una manada de elefantes porque estaban con sus crías y nos habíamos acercado demasiado. ¿Qué sería de las historias si no hubiera dificultades en el camino? Sin duda, serían terriblemente aburridas.

Con los kilómetros vividos y el tiempo recorrido nuestros ojos comenzaron a descubrir ventanas abiertas en paredes cerradas. No se puede dejó de ser una respuesta válida y fue reemplazado por un Nada es imposible optimista. Y sin darnos cuenta la vuelta al mundo dejó de ser un viaje para convertirse en una manera de vivir.

Rodeamos el lago Victoria por Uganda y Tanzania y llegamos a Mozambique. De allí cruzamos a Zimbabwe y finalmente, dos años después de partir, la ruta nos dejó en Ciudad del Cabo. A pocos kilómetros está el Cabo de Buena Esperanza, donde terminan todos los caminos de África.

El que busca casi siempre encuentra. Teníamos poco dinero y necesitábamos cruzar a Sudamérica. Entonces nuestro camino se cruzó con el del director de una empresa pesquera española que estaba enviando tres barcos a Argentina. Un mes más tarde desembarcamos al inicio de la Patagonia.

Desde entonces nos detuvimos varias veces a trabajar en el camino y conocimos personas increíbles en lugares inesperados. Escribimos un libro, fuimos camareros, vendedores ambulantes de historias, editamos postales, desenterramos objetos antiguos y aprendimos que siempre, cuando necesitas una mano, aparece un ángel de carne y hueso.

En el camino recorrimos casi toda Sudamérica, desde Ushuaia a Belem, en la desembocadura del río Amazonas. Se nos congeló el motor en el Altiplano boliviano y tuvimos que pelear en la costa de Brasil: si te ponen un cuchillo en el cuello y no te dicen lo que quieren, puedes esperar lo peor. Lo que ellos no esperaban eran nuestras ganas de vivir, y la fuerza de mis dientes para morder en los brazos armados.

Miro hacia atrás y no puedo evitar una sonrisa llena de orgullo. Nuestro hogar es una casa de gitanos, un refugio de vagabundos, una caravana nómada y solitaria aparcada bajo el farol de una calle anónima. Tenemos un trastero en el techo, armarios en el dormitorio y un baño tan grande como el campo. Las ventanas cambian casi todos los días de paisaje. Y tienen cortinas. La biblioteca es una cesta detrás del asiento del copiloto, el agua potable surge por los grifos de bidones de plástico de veinte litros y la cocina es una hornalla pequeña sobre una bombona también pequeña de butano. Todo, en cinco metros cuadrados. Esto sí es un auténtico micropiso.

Ahora, ocho años después de iniciar el viaje, recuerdo todo lo que dejamos atrás y mi corazón vuelve a latir con fuerza. Lo único que extraño es el momento mágico, inolvidable, histórico, en que tomé la decisión de cambiar de vida. Esa revolución en el estómago, ese miedo a lo desconocido mezclado con una declaración de independencia, el instante en que le pregunté a Anna: ¿Quieres venir a dar la vuelta al mundo conmigo?

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