Gracias Canadá!

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En realidad, nuestros agradecimientos son más que una mera formalidad. Cuentan historias de hospitalidad, de encuentros con desconocidos que se convierten en amigos o que, por lo menos, sacan la cabeza de entre la multitud.

  • Gracias a TardisDeli, Christine Lambert & Jay Willoughby, en Burnaby, Vancouver, por recibirnos en su casa y dejarnos las llaves cuando se fueron a navegar en canoa durante una semana. Gracias a Christine por preocuparse por Anna cuando tuvo que ir al médico por una gastritis histórica. Gracias a Jay por ponerse a trabajar en la furgo como si fuera suya. Gracias por la bomba de agua y las conexiones para que tengamos… ¡una ducha! Gracias por abrirnos la puerta de su casa cada vez que volvimos a Vancouver. Gracias por ofrecernos ese inodoro de camping, pero… no, es demasiado grande… O entra el inodoro o entramos nosotros.
  • Gracias a Laurentius Ersek, en Vancouver, por la enorme ayuda que nos está dando para dejar a la Cucaracha mejor que nunca. Lo llamé por primera vez una tarde que me había puesto a desarmar el tren delantero para cambiar los guardapolvos. Llegué hasta donde pude, luego tuve que llamar a la caballería. Lauren vino a la mañana siguiente y a partir de ese día empezó a meterle mano a la Cucaracha… Está quedando mejor que cuando empezamos la vuelta al mundo…
  • Gracias a Joaquín Ayala en Vancouver por ofrecerse a traducir El Libro de la Independencia al inglés. Es la persona ideal. Joaquín es un artista de la vida: es pintor, músico, poeta y constructor de intrumentos  musicales medievales. Es un español que vive en Canadá desde que comenzó a hablar y tiene la sensibilidad y el amor por las palabras necesario para transmitir el ritmo de las primeras historias de la vuelta al mundo. Apareció. Sinchronicity, as we call it.
  • Gracias a Falco Columbarius, Paul Puleston, por pescarnos de internet e invitarnos a la reunión ese sábado en el taller CVI. Gracias por las Delicamisetas, por contactarnos con los mecánicos, por recibirnos en su casa, y por dejar todo a un lado para ayudarnos a conseguir las cosas que necesitábamos durante los primeros días en Vancouver.
  • Gracias a Richard Dagenais en Vancouver, por reconstruir los muebles de la furgo en menos de una semana. La verdad, el día que los ví no sabía cómo decirles que podía arreglarles los muebles. Comenzamos sacando dos maderitas y terminamos sin cama, sin armario y con todas las cosas de la furgo repartidas en cajas dentro de un sótano. Espantoso. Angustiante. El resultado, espectacular. Tenemos para once años más de viajes por el mundo.
  • Gracias a todos los fans de las furgos Delica en Vancouver, furgo hermanas de nuestra L300, que nos recibieron con entusiasmo durante estos primeros días en Canadá. A nosotros no nos importa que tengan el volante del otro lado, a la derecha.
  • Gracias a Jessie por el calentador de agua que conectamos al circuito de la furgo para instalar… ¡la ducha!. Histórico. Ahora nos falta una antena satelital para ver los partidos del Barça.
  • Gracias a Felix, el alemán perfeccionista de Vancouver, por las luces traseras nuevas para la furgo. Buen viaje hacia el sur, te esperan muchos kilómetros…

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  • Gracias a Mardy Uy, de Amazing Auto Import, Vancouver, por ofrecernos su ayuda para cuando necesitemos cruzar hacia Japón. Gracias por su amabilidad, su ayuda en su taller mecánico para Delicas y por regalarnos las bisagras de las puertas delanteras (entre otros repuestos usados) que ahora… ¡cierran como nuevas!
  • Gracias a Butch (Antonio) Inducil, especialista en Mitsubishi Delicas/L300 del taller mecánico CVI Automotive, por los filtros que nos regaló el día de nuestra llegada a Vancouver. Gracias también por dejarnos sacar piezas de una Delica que tiene estacionada frente al taller! Arrasamos con ella.
  • Gracias a Sabbir Sadeque de Maximum Overdrive Auto Importers, por devolverme el dinero de las piezas que ya le había pagado cuando comenzamos a charlar y empecé a contarle historias de la vuelta al mundo.
  • Gracias a Lauren, el mecánico rumano que fabrica piezas para helicópteros, por su ayuda de emergencia para reparar la furgo cuando me lancé a cambiarle los guardapolvos y no sabía por dónde continuar.
  • Gracias a Catherine ‘Joy’ Bouman, ministra de la comunidad cristiana Living Waters, por abrirnos las puertas para descansar en Dease Lake, British Columbia, y organizar la primera presentación de La vuelta al mundo en 10 años en inglés. Fue el sitio donde nos encontramos con Salva Rodríguez, el ciclista viajero andaluz.




177- Cómo evitar que te coman los osos

– ¿Sabes cuál es la mejor manera de evitar que te coma un oso? -me preguntó Anna poco después que ahuyentara mi primer oso negro amenazándole con una cuchara y la taza plateada del café con leche.

– A ver… contame…

– Para evitar que te coma un oso hay que salir a caminar en grupo… y correr más rápido que el más lento. Ahí seguro que no te come.

La auténtica Anna, de espíritu sagaz y levemente malvada, volvía a salir a la superficie.

– Qué… ¿quieres echarte una carrerita?

Nunca me dijo que sí, pero empezó a correr.

Esta vez detrás no había ningún oso. Y si estaba observándonos escondido entre los matorrales del Yukón, tenía más curiosidad que hambre.

Hacía tiempo que no veíamos animales salvajes. Hablo de esos que te pueden comer, claro. Habíamos visto montones de llamas, ciervos, choiques, camioneros, serpientes, taxistas y hasta algún cocodrilo por Sudamérica. Incluso un oso hormiguero gigante en Guyana o monos, perezosos y conductores de autobús en Centroamérica. Pero auténticos osos, osos negros o grizzlies, solo en los zoológicos.

Y eso, el riesgo de estar caminando por un bosque mano a mano con la vida más salvaje, hace del norte del continente americano una zona especialmente atractiva. Pura adrenalina.

Por eso, a medida que devorábamos kilómetros por ese túnel verde que es la ruta que asciende hacia el Ártico por la Columbia Británica y Yukón, Canadá, comenzamos a levantar todos los folletos que encontrábamos que no fueran listas de hoteles o campings. Hay tantos y tantos papeles y revistas gratuitas con indicaciones fiables que comprar una guía ya no es imprescindible.

Si un oso se te acerca gruñendo y salivando es porque está estresado. Lo que tienes que hacer es plantarle cara.

El que escribió ese folleto todavía debe estar riéndose en su oficina… eso solo lo puede decir un oso infiltrado en el sistema o alguien que sale a caminar por el bosque con galletitas para osos.

Te pones en pie sobre una roca o un tronco caído y mueves despacio los brazos hacia arriba y hacia los lados mientras le hablas al oso en tono suave y amistoso.

– Eeyy maan, toodooo bieeen. Paaz, paaz y amor. Yo voy por mi lado, tu vas por el tuyo, y como si no nos hubiéramos visto. ¿Okay? ¿Entiendes? No me jodas, espero que sí, porque si tengo que decirte todo esto en inglés  no me sale ni la mitad con estos nervios…

Si en ese momento el oso corre hacia ti lo más probable es que sea una carga defensiva para amedrentarte y se detenga a pocos centímetros de tu cuerpo. Tienes que aguantar tu posición ya que si corres tienes miedo. Y si tienes miedo, eres una presa.

Eso, que sepan quién es el jefe. Como en África, si ibas caminando por la selva y veías un león tenías que quedarte quietito y esperar a que se levantara y se fuera. Eso al mediodía, que es la hora de la siesta. Si es al amanecer o al atardecer, lo único que puedes hacer es volverte invisible. Lo sugestionas diciendo soy un arbusto, soy un arbusto y no me ves porque soy un vegetal y los leones no son vegetarianos…

Si el oso solo quiere hacerte saber quién manda, tendrás tu oportunidad de comenzar a moverte despacio y alejarte. Eso sí, nunca le des la espalda.

Recuerda que lo tienes resoplando a menos de un metro de distancia. Si aún no te has cagado encima, eres mi héroe.

En cambio si el oso te mira fijamente sin quitarte los ojos de encima y mantiene sus orejas erguidas eso ya no es una carga defensiva. Prepárate para defenderte.

Eso, tú mírale las orejas. Todo el rato. Y si las tiene tiesas, recuerda que los osos no solo comen frutas silvestres. También necesitan proteínas. Cazan ganado, cabras salvajes, alces, ciervos y, ¿cómo era que te llamabas?

En este caso tienes que pelear por tu vida. Lo mejor es dejarte la mochila puesta para que te proteja la espalda y preparar el aerosol anti osos, que debe estar dirigido siempre a la altura del suelo porque los osos cargan corriendo a cuatro patas. Nunca lo tires en contra del viento.

Mierda, tendría que haber comprado el aerosol anti osos aunque costase treinta dólares…

Si no tienes aerosol y te ataca un oso negro, dirige tus golpes a su cara y sus ojos. Si el que te ataca es un grizzlie, hazte el muerto, déjale que te zarandee un rato hasta que se aburra y se vaya.

El folleto, muy bien impreso por la gobernación del territorio de Yukón, no aclara que hacer en caso de un ataque de un oso blanco. Se dice que son los peores.

Por lo general si te encuentras un oso negro o un grizzlie y ha percibido tu presencia, te mirará desde lejos un momento y volverá a meterse en el bosque. Para ellos el ser humano también es peligroso. Si estás en su camino tienes que dejarle espacio para que pase. Bastante espacio. Pero si tienen hambre o te perciben como una amenaza para ellos o sus crías, prepárate.

Vuelve a la página uno.

De momento, aparte del encuentro con el oso negro en el campamento de Yukón cuando íbamos a empezar a cocinar, solo vimos osos a través de la ventana de la furgo, junto a la carretera. En la Columbia Británica eran todos osos negros solitarios y hembras pacíficas con crías curiosas. En Yukón fue más mezclado, osos negros y grizzlies con crías. En Alaska, osos grizzlies pescando salmón.

¿La ruta? Bien, gracias.

En realidad, hermosa y aburrida. El camino hacia Fairbanks, por la autopista de Alaska que comienza en Canadá, está rodeado casi permanentemente de bosque cerrado. De a ratos aparecen decenas y decenas de lagos llenos de mosquitos hambrientos muy interesantes, algún río caudaloso que a mediados de julio todavía arrastra restos de hielo y montañas que esconden glaciares a su espalda.

Sin duda, es tierra todavía salvaje, bastante virgen, con poblaciones aisladas y cientos y cientos de kilómetros de ruta monótona e interminable.

–          ¿Como la Patagonia? –me preguntó un amigo el otro día por internet.

–          No, peor. De Buenos Aires a Ushuaia habrá poco más de tres mil kilómetros de llanura abierta. Aquí, desde Vancouver hasta Prudhoe Bay hay como cinco mil kilómetros sin contar los desvíos.

Y eso es mucha, mucha, mucha ruta.




176- La ruta hacia el Ártico 1: A un millón de años luz de casa

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En el norte del norte de América, los mosquitos tamaño buitre pueden volverte loco.

Zumban a tu alrededor como una jauría descontrolada, aturdiendo tus sentidos con susurros agudos, hambrientos y desesperados. El llamado es constante, el único refugio posible es sellar tus oídos con tapones de cera o poniendo la música a todo volumen.

La otra opción es acostumbrarte al sonido, como te acostumbras al ruido de los neumáticos en el asfalto o a la vibración de los cables eléctricos.

La salvación de tu cuerpo depende de las mangas largas y los litros de insecticida que dejan en los labios un sabor ácido y contaminante. Es el final triste de los besos perdidos en la mejilla, de los besos caóticos que suben por los brazos. Besos asesinados por culpa del repelente de insectos.

Ahora mismo, 9 de julio, en un pequeño pueblo del norte de Canadá llamado Dease Lake, somos una carreta rodeada por una turba salvaje que solo busca sangre. La nuestra, la más rica, la más exótica sangre posible en tierras lejanas y despobladas. En tierras de osos, montañas, tótems y glaciares.

En tierras de mosquitos.

Todavía faltan unos tres mil kilómetros para llegar a Prudhoe Bay, el extremo septentrional de la ruta que cruza el continente americano. Alaska. El nombre, solo el nombre, Alaska, crea torbellinos en el estómago que se disputan mi estabilidad emocional.

Porque estos días están ocurriendo muchas cosas. Una es: por fin estamos aquí, después de cuatro años y medio avanzando en círculos desde la partida de Buenos Aires, enero de 2007. Ya era hora de llegar.

Pasaron cinco días casi sin noches desde que salimos de Vancouver. Mil kilómetros de llanura boscosa teñida con todos los tonos de verde y quinientos kilómetros de montañas coronadas por una capucha blanca. Cada día que avanzamos hay menos opciones, menos caminos laterales, menos casas, menos puestos de auxilio, menos gasolineras, más osos negros comiendo a los lados de la ruta. Cada día estamos más lejos.

Es verano, pero la temperatura duda entre los quince y veinte grados centigrados y el cielo permanece casi constantemente nublado. De a ratos, todos los días, cae sobre la tierra una lluvia que siembra charcos proclives a convertirse en una guardería transitoria de mosquitos bebé sanguinarios. Los lagos son tantos que los mapas deberían estar cubiertos de círculos azules irregulares.

En el norte de Canadá solo hay dos caminos para llegar por tierra hasta Alaska: la autopista Stewart-Cassiar y la autopista de Alaska, construida a través de Canadá por el ejército estadounidense en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Sin duda es una historia que merece formar parte de la determinación humana: los militares solo tardaron ocho meses y medio en abrir un camino de casi 2.500 kilómetros que uniera Alaska con Estados Unidos.

¿Por qué? Porque los japoneses, además de Pearl Harbor en Hawaii, también habían atacado y en este caso ocupado las islas Aleutianas, justo delante de la Norteamérica continental. Y eso era demasiado cerca. Demasiado.

En nuestro camino, la autopista de Alaska y la Stewart-Cassiar se juntan en Watson, nuestro próximo destino. La ruta vuelve a separarse cuatrocientos kilómetros después en Whitehorse, en un juego de encuentros y desencuentros que termina inevitablemente camino al océano Ártico. Y eso es lejos.

Hacía tiempo que no nos enfrentábamos a una ruta sin fin. Desde la Patagonia, desde la ruta Transamazónica, desde el mismísimo Sahara de la desolación, cuando seguimos el curso del Nilo en Sudán y rompimos el motor de la furgoneta en medio de la nada. Algo parecido a lo que ocurrió cerca del final de la ruta 3 en Tierra del Fuego, donde nos quedamos clavados sin embrague, o en medio de la Transamazónica brasileña, donde comenzó a fallar la bomba hidráulica, la que te ayuda a girar el volante.

Cruzo los dedos. Todos. Los dedos de las manos y los dedos de los pies.

Esto vuelve a ser lejos. Más o menos, a un millón de años luz de casa.

Termina el turismo, comienza la aventura.

Esto vuelve a ser días eternos de ruta sin fin, una peregrinación al sagrado norte de los extremos.