271- Cómo Conseguir un Repuesto cuando estás Lejos: Breve Historia Social de una Avería en Otro Fin del Mundo 3

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(viene de Los Newfies: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo)

Llevábamos seis días varados en Saint Anthony, un pueblo de diez mil habitantes tan al norte de la isla de Terranova que incluso se ven icebergs en verano. La barra de torsión izquierda se había partido tras un salto a 80 kilómetros por hora en un desnivel invisible del asfalto, dejando en el camino un sonoro CLONG y un pedazo de metal roto. Sin el repuesto, lo único que podíamos hacer era dar media vuelta y buscar lentamente un rincón tranquilo, como hacen los perros atropellados.

Y esperar, esperar con calma y paciencia lamiéndonos las heridas con una sola convicción: volvíamos a estar en problemas.

No era la primera vez que nos quedábamos cojos en la ruta. Comparado con la rotura de motor en medio del Sahara en Sudán, con los 800 kilómetros que tuvimos que hacer para encontrar un mecánico decente en Kenia (más los 800 kilómetros de vuelta) o la experiencia de forzar un motor congelado en el Altiplano Boliviano hasta que se rompe una válvula, esto solo parecía un inconveniente. Estábamos en un sitio civilizado, la gente nos entendía cuando hablábamos, teníamos internet.

Tarde o temprano, siete o veinte días, si no se rompía nada nuevo, saldríamos de allí y seguiríamos adelante. Y si no, bueno, si no salíamos antes de que comenzara el invierno, pediríamos la residencia en Canadá.

Sabíamos también que la mala suerte se ceba con aquellos que se quejan demasiado. Lo habíamos sufrido personalmente en el desierto de Atacama, donde conocimos al Peor Mecánico del Mundo, título oficial. Era un hombre grande y bruto, de esos que saben desarmar motores pero no saben volverlos a armar. Puteamos tanto por nuestra mala suerte, que terminamos pasando 70 días de taller en taller.

Por eso debíamos aceptar lo que el destino nos había traído y limitarnos a buscar soluciones. Quizás debíamos rompernos para cruzarnos con alguien que nos enseñaría algo nuevo, alguien que cambiaría algo esencial en nuestro futuro, algún gesto contaminado, algún tic viejo. Todavía no lo sabíamos. Y comenzamos a buscar una solución.

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Poco a poco fuimos asumiendo que no podíamos pedir una barra de torsión a Mitsubishi porque nunca habían importado nuestro modelo a Canadá. Además, no había concesionaria Mitsubishi en Saint Anthony. No podíamos conseguir el repuesto de Hyundai o Kia porque tampoco habían importado el Porter o el H100, que usan exactamente la misma barra pero en el lado derecho. Tendríamos que pedir la pieza a Vancouver, a seis mil kilómetros de distancia, o en Estados Unidos, con una aduana de por medio.

Fuera cual fuese la decisión que tomásemos, la barra de torsión tardaría en llegar por lo menos una semana. Había que tener paciencia porque, pensándolo bien, habíamos tenido buena suerte.

La barra podría haberse roto cinco días atrás en medio de la ruta Trans Labrador, lejos, donde encuentras un pueblo cada trescientos o cuatrocientos kilómetros. Eso hubiera sido feo. No solo por las distancias y el aislamiento sino por que por allí, en lugar de estar en un pueblo rodeados de personas, hubiéramos estado en la taiga rodeados de mosquitos y moscas negras. Y eso hubiera sido desesperante.

En cambio, la barra de torsión se había roto a solo dos kilómetros del pueblo más grande de la región. Si habíamos tenido suerte, esta vez había sido de la buena.

Y para conservar esa buena suerte, debíamos pedir la barra de torsión a Vancouver para evitar la posibilidad, remota, de que pudiera ser retenida por la aduana de Canadá. Era más cara, y era de segunda mano, pero también era lo que teníamos que hacer.

La barra llegó más rápido de lo que esperábamos. Estuvimos un día y medio tomando decisiones y cinco días esperando el correo. Y después de hacerme un tajo profundo en un dedo mientras instalaba la barra de torsión, y de que nuestro amigo Alexis me cosiera, pudimos volver a la ruta.

Conclusión: que la próxima avería, seguro que habrá más, sea como esta.

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270- Los Newfies: Breve Historia Social de una Avería en Otro Fin del Mundo 2

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(viene de Dale 15: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo)

Nos habían hablado bien de los Newfies, el mote que reciben los habitantes de Newfoundland, la isla que ocupa el mismo espacio que Terranova en nuestros mapas en español. Que la gente era amable. Que los robos no existen. Que los osos polares llegan montados en icebergs a sus costas. Que en invierno te cagas de frío.

Nos acostumbramos rápido a nuestra propia rutina en Saint Anthony. Nos conectábamos a internet en la cafetería Tim Hortons o en la biblioteca pública. Ya teníamos un pescador que nos vendía filetes de bacalao, el más fresco con el que hayas podido soñar, por seis dólares canadienses (cuatro euros) el kilo; nos habíamos hecho amigos de Natalia y Alexis Caro, la única pareja que hablaba castellano a cientos de kilómetros a la redonda, dos colombianos que nos habían ofrecido su casa, su ducha, su nevera y su amistad; y habíamos conocido a la bibliotecaria suplente, una señora que se había encargado de difundir la noticia de nuestra avería mejor que cualquier periódico de la isla. El boca en boca había hecho el resto y a los dos días ya nos saludaba hasta la punki del pueblo, la chica de pelo rojo que levantaba el cartel de STOP para detener el tráfico durante las obras en la calle principal.

Pero era extraño, todos saludaban de lejos. Nadie se acercaba a conversar, nadie detenía su vehículo atraído por la curiosidad. Solo los que no vivían allí aparcaban su rutina junto a nuestra furgo en problemas para charlar un rato. Eran casi todos de Quebec, jubilados en casas rodantes que nos acribillaban a preguntas sobre nuestro estilo de vida y un par de parejas jóvenes con hijos a quienes se les encendía la mirada cuando les contábamos alguna historia. La segunda noche llegó Cemil Alyanak, un fotógrafo y ex publicista que había tenido su mega agencia en Suiza y venía de la ciudad de Washington en motocicleta. Nos invitó a cenar y resultó ser un conversador genial que llenó de humor nuestras aventuras y desventuras. Pero era extraño, los locales no se acercaban.

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Anna y Natalia, que con Alexis nos sacaron de paseo por los alrededor de Saint Anthony mientras esperábamos la barra de torsión

No sé por qué. Nunca supe por qué. Quizás era el espíritu del pueblo, que se mantenía vivo solo para ellos, porque por allí no había ni siquiera un bar o taberna donde los extranjeros pudiéramos espiar la vida local cuando se toma unas cervezas. Podía aproximarme a cualquier persona y pedir la cosa más sorprendente que, estoy seguro, intentarían conseguirla de donde fuera para ayudarnos. Pero ellos no daban el primer paso, mantenían las distancias. Nos miraban de lejos.

En una tienda de herramientas desembalaron una prensa nueva para que pudiera sacar unas tuercas que no querían moverse. La encargada del correo recordó que estábamos en el parking del supermercado cuando llegó la nueva barra de torsión y nos la acercó personalmente con su coche. Me hice un tajo profundo en un dedo que requería algún punto de sutura y me atendieron en el hospital local sin hacer demasiadas preguntas ni pedir tarjetas de crédito. Los amigos del pescador señalaron su casa cuando nos vieron entrar en su calle, sin darnos tiempo a preguntarles dónde vivía. Luego nos invitaron a un par de cervezas, hicieron tres preguntas no demasiado personales y, sin profundizar demasiado, seguimos bebiendo juntos.

Me sentía dentro de la película La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (The Invasion of the Body Snatchers), donde los seres humanos son reemplazados por extraterrestres que actúan de manera correcta hasta que el protagonista comienza a sospechar, a preguntar demasiado.

– Fue extraño, amable pero extraño –le dije a Robbie Hickey unos días más tarde, que nos había invitado a la casa de sus padres en el Parque Nacional de Gros Morne.

– Quizás tenían algo de miedo –respondió.

– ¿Miedo? ¿De nosotros?

– Eran extraños. En un vehículo extraño con una matrícula extraña.

– Pero esto es Canadá –le dije. –Acá no pasa nada. Recuerdo un día en Vancouver, la gran noticia del periódico era que un perro había mordido a una mujer.

– Quizás no querían molestarnos –sugiere Anna. –Ya sabes cómo son los anglos, si nos preguntan por el viaje no se quedan media hora. A los cinco minutos te agradecen y se van. No quieren invadir tu intimidad. No quieren molestar.

En realidad los extraterrestres éramos nosotros y lo que ocurría era una mezcla de todo. Saint Anthony está en el extremo de una península lejana de Terranova, que es casi tan grande como España pero sigue siendo una isla. Una isla lejana. Y por más que algunos habitantes tengan apellido francés ya son todos anglos, no fueron educados para expresar sus emociones de forma tan abierta como los latinos.

Los hombres y las mujeres se dan la mano y los abrazos suelen ser superficiales, con palmadita rápida en la espalda. Te dejo acercarte a mi espacio personal pero no quiero que tu calor y mi calor lleguen a fundirse más de lo adecuado, que es aproximadamente una décima de segundo. Sería embarazoso. Alguno de mis amigos canadienses odia que le dé un abrazo, y cada vez que lo veo lo martirizo a conciencia.

Quizás por eso el hombre de la gasolinera sonríe y le dice a su hijo que nos dé quince dólares de cambio, en lugar de los diez que tocaban, sin que antes hayamos intercambiado una palabra. No era un error, era su forma de expresarse.

(Continúa en Cómo conseguir un repuesto cuando estás lejos: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo).

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269- Dale 15: Breve Historia Social de una Avería en Otro Fin del Mundo 1

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– Dale 15 –le dijo el hombre a su hijo.

El hijo se sorprendió, no eran las matemáticas que había aprendido en la escuela. ¿Por qué debía dar 15 dólares de cambio si el total eran 90 dólares y le habían pagado con un billete de 100? El cliente, ese tipo de pelo largo y despeinado, que había pasado una semana durmiendo en el estacionamiento del supermercado, había comprado 65 litros de diésel, no 60, o 58, o los que fuesen.

– Fifteen –quince, repitió el padre.

Entonces el hijo abrió la caja registradora, sacó dos billetes distintos y me los alcanzó. Yo miré al hombre con una ligera sorpresa. Unas cuantas veces me habían entregado dinero de más en una tienda y se lo había dicho a la persona que me daba el vuelto. Y muy pocas veces habían agradecido el detalle. Básicamente, tomaban el dinero que les devolvía con una expresión estúpida en el rostro, bajaban la cabeza como si admitir el error fuera humillante y se dirigían al siguiente cliente, como autómatas, como si realmente no les hubiera importado que me lo quedase.

Fue así hasta que un día dije: que se jodan.

Nunca volví a devolver dinero a un comercio. Solo continué haciéndolo con las personas. Y con las abuelas que siguen tras el mostrador. Pero esta vez era distinto. El hombre era consciente del error.

– ¿Así está bien? –le dije al padre levantando los dos billetes distintos.

El hombre sonrió y asintió con la cabeza. Le agradecí el gesto con una nueva sonrisa y un leve movimiento de cabeza, abrí la puerta y me dirigí a la furgoneta.

Nadie nos había presentado, no habíamos intercambiado una sola palabra ni nos habíamos cruzado nunca por las calles de Saint Anthony, el pueblo de la isla de Terranova donde habíamos esperado el repuesto durante una semana. Pero aquello era exactamente eso, un pueblo, y por más que nadie se acercara espontáneamente para saber qué se nos había roto por aquel rincón del mundo o por qué no nos movíamos de nuestra plaza de estacionamiento junto al supermercado, todos sabían quiénes eran esos extraños que llevaban una semana durmiendo allí.

Darme dinero de más en el vuelto era la forma de ese hombre de decir que le gustaba lo que estábamos haciendo.

(Continúa en Los Newfies: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo)

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265- El predador más sanguinario de Norteamérica.

El mosquito es el animal más sanguinario de América del Norte

Las imágenes de personas atacadas por leones, aplastadas por hipopótamos o tragadas de un solo bocado por boas gordas y satisfechas (que suelen hacer la siesta bajo una palmera) ocupan un lugar destacado entre las alucinaciones más horribles del ser humano. Yo, cuando tengo pesadillas, sueño con el ataque de los mosquitos gigantes.

No me malinterpretes: no es una fobia irracional como la que provoca el escándalo y los gritos agudos de damas y elefantes que se encuentran con un ratoncito de campo. Tampoco siento la repulsión que causan las cucarachas que se cuelan en tu casa en busca de calor, amor y comprensión, ni la repugnancia instintiva a una araña inofensiva (¡mátala! ¡mátala!), que solo ocupa su rincón como una mascota bien educada. Es cierto, son bichos que provocan asco, tan feos que ni los chinos se los comen.

Pero no necesitas saber karate para matar una araña, y el manual de instrucciones básico solo recomienda estar calzado para aplastar una cucaracha. Al ratón le pones una trampa y te armas de paciencia, o le pides prestado el gato a tu vecina y ya está. En cambio a los mosquitos hay que cazarlos. Hay que perseguirlos en 3D dando manotazos en el aire, las paredes y el techo. Hay que acabar con ellos pasando por encima de la cama, la mesa y el sofá. Hay que exterminarlos sin piedad. No solo te zumbarán en los oídos para que no puedas dormir, sino que pueden matarte. Y esto sí que no es una exageración.

El mosquito del norte de Norteamérica no es un insecto, es un ave.

En la búsqueda de las carreteras más remotas decidimos tomar la James Bay Road, una ruta larga, solitaria y sin salida que desemboca en la Bahía de Hudson, al norte de Quebec, Canadá. Lejos, muy lejos. Es un sitio extraño: en invierno la noche parece eterna y la tierra aguanta cubierta por una espesa capa de nieve. En verano el sol se resiste a ocultarse, los lagos salpican el paisaje y el suelo, mullido, permanece constantemente húmedo. También es uno de los sitios preferidos por los mosquitos para irse de vacaciones. Hay millones.

Soñábamos con avistar grandes animales en libertad, osos, caribúes y, con un poco de suerte, algún par de lobos. Pero solo nos cruzamos con ardillas salvajes, alguna liebre cobarde y mosquitos enormes que deberían ser clasificados como aves. Apenas dejamos atrás el pueblo de Matagami empezaron a convertirse en una auténtica plaga bíblica. Fue emocionante, nos dieron una bienvenida multitudinaria. Estaban tan contentos de que estuviéramos por allí, que vinieron todos a saludarnos.

Los mosquitos son insectos sociales, les gusta la compañía, por lo menos la nuestra. Suelen llegar al amanecer para compartir el desayuno y en ocasiones al mediodía, sobre todo si es un día caluroso y el aire no se mueve. Al atardecer aparecen sin avisar acompañados de sus amigas las moscas negras, los tábanos con hambre u otros insectos voladores no identificados que se apuntan al pica-pica vespertino. Y pueden ser tantos, al mismo tiempo, que, si no tienes cómo protegerte, te darán ganas de empezar a gritarles ‘¡cobardes! ¡vengan de a uno!’.

Sin duda es una experiencia que templa el carácter, que te destroza los nervios o, si consigues soportar el zumbido constante en tus oídos, te convierte en un estoico del siglo veintiuno, en una especie de Buda viviente. En un Karate Kid que caza mosquitos en el aire sin mirarlos, que aplasta bichos golpeándose el pecho con la mano derecha mientras sigue escribiendo con la mano izquierda, sin quitar la vista de la pantalla del ordenador. En este momento, entre palabra y palabra, estoy llevando a cabo una masacre.

No sé si los mosquitos la recordarán en sus libros de historia, pero te aseguro que yo no los voy a olvidar.

Con el paso de los días dejas de llamarlos por su nombre y solo con decir ‘ya están aquí’ todos sabrán a qué te refieres. Aprendes a imitar el zumbido de los machos para atraer a las hembras  y molestar a tu pareja, los preparas dentro de guisos (ellos se tiran solos) o te los comes crudos cuando bajas la ventanilla de la furgo. Algunos estudiosos excéntricos los coleccionan para buscar diferencias entre unos y otros y les ponen nombres en latín. Otros los adoptan como mascotas, los encierran en amplias jaulas especialmente diseñadas para recrear su ambiente natural y diariamente les dan a comer del mismo dedo. Son personas que se encuadran dentro del ecologismo fundamentalista, veganos a ultranza incapaces de matar un maldito insecto porque son seres vivos o porque trae mal karma cósmico.

Yo, personalmente, los mato, los reviento, los aplasto sin piedad. Y entre los viajes por Alaska, Yukón y el norte de Quebec, he completado un doctorado Honoris Causa en la caza de insectos molestos que pican o te chupan la sangre. Aplaudo a las moscas cuidando de que su cuerpecito quede entre la palma de mis manos y aprieto los tábanos entre el pulgar y el índice hasta que escucho un crujido. Sí, los tábanos crujen. Incluso comencé a guardar cadáveres en una caja para tomar una fotografía de una montaña de mosquitos muertos. Seguía las indicaciones de un amigo editor de una revista, que me aconsejó ser creativo con las imágenes. Pero a los tres días aquello comenzó a oler tan mal que decidí buscar la originalidad por otros caminos.

Varias veces he intentado escapar volando de los mosquitos, pero solo he conseguido correr. Después de muchos intentos y golpes desafortunados contra el suelo decidí bañarme diariamente en lagos de agua helada con el propósito de despistar a los insectos, que suelen ser atraídos por el mismo olor a sudor del que huye la mayoría de tus amigos. Tampoco funcionó. Coloqué trampas pegajosas y hasta pensé en adoptar una iguana o por lo menos un lagarto cualquiera de lengua larga. ‘Estaría bueno uno de esos que cambia de color, sería cool’ le dije a Anna, utilizando palabras en inglés, que por algo estábamos en Norteamérica. Pero no quiso.

Después de un tiempo y una buena dosis de frustración y paranoia me di cuenta que, en cuestión de mosquitos, lo único que sirve es la prevención. Es indispensable usar ropa de mangas largas, rociar el interior de tu vehículo con insecticida y tu piel con repelente de insectos con un alto porcentaje de DEET. Si viajas por zonas donde la malaria sea común, es recomendable tomar algún coctail de pastillas que refuerce tus defensas. En nuestro caso, mientras cruzamos África, tomamos una mezcla de Paludrine (compuesto: Proguanil) y Malarone (compuesto Atovacuona y Clorhidrato de Proguanil). En realidad, nos atiborramos de ellas durante 18 meses. Es posible que hoy exista alguna otra combinación más eficaz, la medicina avanza.

Ya sabes, si te vas de viaje y no quieres terminar con el cuerpo cubierto de marcas como los brazos de un yonki, o hirviendo de fiebres como un zombi pálido que duda de qué lado está, protégete de los mosquitos. Y si eres un machote o una amazona y te gusta jugar a la ruleta rusa ponle mucho picante a la comida. Quizás, tras chuparte la sangre, los mosquitos exploten en el aire.

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250- Doce consejos para cruzar la frontera con Estados Unidos y Canadá

Después de varios años entrando y saliendo de Estados Unidos y Canadá con la furgo, uno termina dándose cuenta de una serie de detalles que pueden simplificar el fastidioso cruce de la frontera. Siempre será molesto, pero si sigues estas reglas sencillas, la posibilidad de una mala experiencia es mucho menor.

Estos tips sirven para todos, pero principalmente para aquellos que viajan sobre cuatro ruedas, en furgoneta, todo terreno, coche o limousine.

Ten en cuenta que los agentes de migración son seres humanos que se dejan llevar por sus impresiones para intentar adivinar tus intenciones. ¿Viste alguna vez la serie de televisión Lie to me, acerca de un tipo que lee las expresiones del rostro para saber qué ocultas, qué estás pensando? Bueno, pues eso.

    1. Lleva tu vehículo ordenado. Si van a revisar tu vehículo y se encuentran con que está lleno de basura o cubierto hasta el tope de cajas o maletas, es posible que te lo hagan vaciar completamente. Es lo que le pasó a Zulema, una abuela argentina que hace unos años realizó el viaje hasta Alaska con su perro. Llevaba tantas cosas en su todo terreno que no era posible revisar lo que había detrás de la primera línea de cajas. Todavía recuerdo sus puteadas por internet.
    2. Habla en inglés. No importa que la identificación del agente que te atiende diga que se apellida López, Martínez o Pérez. Dentro de lo posible hay que entrar al país hablando el idioma local. Sobre todo en Estados Unidos y Canadá.
    3. No te hagas el simpático, ni el gracioso, ni el amigo. No intentes hacerte amigo del inspector de aduanas o del agente de inmigración. Primero, porque ellos ya tienen sus propios amigos. Segundo, porque por más que creamos que el mundo no debería tener fronteras, ellos se toman su trabajo muy en serio. Y su trabajo es guardar las fronteras de su país. Solo puedes aflojar el rictus formal si ellos comienzan una conversación informal. También son humanos, y puede que les guste viajar.
    4. La primera o segunda pregunta suele ser ‘¿qué viene a hacer a nuestro país?’, o ‘¿adónde se dirige?’. Es tu oportunidad para dejar claro que hace X meses o años que estás viajando y que tu intención es hacer turismo, conocer su país, llegar hasta Alaska o hasta donde quieras. Apréndete 10 lugares por los que puede que vayas a pasar y se los recitas. Tampoco te pases de la raya y les des una lección de geografía.
    5. Ten siempre a mano una dirección en Estados Unidos o Canadá. No importa que no conozcas a la persona que vive allí, para ellos es una casilla importante que hay que rellenar. Además, una dirección en Estados Unidos te ayudará a conseguir el seguro para tu vehículo. Sin dirección es más difícil conseguir un seguro, aunque seas extranjero.
    6. Los agentes de inmigración y aduanas más puñeteros/quisquillosos son los principiantes y aquellos que nacieron en otro país, que inmigraron a Estados Unidos o Canadá y consiguieron su nacionalidad después de muchos años de trabajo. Si sigues las tres recomendaciones anteriores y cruzas la frontera por un paso importante, los blancos suelen plantearse menos dudas que los latinos (nos tocó al entrar la primera vez a Canadá), filipinos (la segunda) o pakistaníes (la tercera, entre Point Roberts y Vancouver, British Columbia).
    7. Nunca cuestiones sus órdenes. Si te dicen que aparques en un sitio determinado, lo haces sin preguntar. Y lo dejas exactamente ahí. Si te piden que abras una puerta, abres esa puerta. Si preguntan qué hay en una caja, les dices lo que hay en la caja. Lee atentamente los carteles que te rodean, en algunos lugares tienes que permanecer dentro de tu vehículo o detenerte en una línea o con una orientación determinada. No llames la atención más de lo indispensable, no vale la pena.
    8. Si tienes un pasaporte por el cual no necesitas un visado previo, no olvides llenar la ESTA por internet. Es un formulario donde das todos tus datos antes de viajar a Estados Unidos. Hace unos meses Anna renovó su pasaporte en España y debería haber vuelto a rellenar el formulario antes de entrar a Estados Unidos. Pero no lo hizo. Ups… Afortunadamente el agente de inmigración tenía un buen día y le permitió rellenar el ESTA en la frontera terrestre con Canadá.
    9. El visado definitivo te lo dan en la frontera, más allá que hayas sacado la visa en tu país de origen o que no necesites una visa previa. El agente que te atiende en la frontera es quien tiene la última palabra. Se amable y paciente. La impaciencia en las fronteras no te lleva a ningún lado.
    10. Si estás viajando, lleva siempre documentos que confirmen tu historia. Puede ser la dirección de una página web o blog donde vas contando tu viaje a medida que avanzas, un resumen relativamente actual del dinero que tienes en tu banco en tu país o el seguro de tu vehículo válido para recorrer Estados Unidos o Canadá. Siempre ayuda tener nombres de ciudades, de países, banderas o mapas en el exterior de tu vehículo.
    11. No vistas como un vagabundo. Sé que la ropa que utilizamos forma parte de nuestra personalidad, pero es importante que esté limpia, que no huela mal. Intenta parecerte a ellos.
    12. Intenta cruzar siempre por pasos importantes. En la frontera entre Estados Unidos y México están acostumbrados a los viajeros, pero no ocurre lo mismo entre Estados Unidos y Canadá. Hay pasos pequeños, casi vecinales, donde siempre les parecerá sospechoso que quieras cruzar por allí. Recuerda que los buenos agentes de frontera están en los pasos importantes, y los malos, los tontos y los inexpertos están en los pasos secundarios. Si tienes todo en orden, estos son los que te pueden crear problemas.

TE VA A INTERESAR: CÓMO EXTENDER LA VISA DE ESTADOS UNIDOS SIN SALIR DEL PAÍS. 

Ahora prepara tu mejor cara de póker y buena ruta. Estados Unidos y Canadá están llenos de lugares increíbles que vale la pena recorrer. ¿Otro consejo? Olvídate de las ciudades, compra el pase anual de Parques Nacionales y salta de Parque Nacional en Parque Nacional sin pagar entrada.

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– ¡OJO! 4 SITUACIONES QUE PUEDEN CONVERTIR TU VIAJE A ESTADOS UNIDOS EN UNA PESADILLA

– DOCUMENTOS PARA VIAJAR POR ESTADOS UNIDOS

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Nuestra casa con ruedas se mete por todos lados y parece capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic sobre viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream su primer vehículo para no viajar, junto a unos amigos de Ensenada, Baja California. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

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