78- ¿Cuál es tu tribu? | SUDÁN

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Cada mañana, Mohajir espera sentado junto al muro de la mezquita a que abramos la puerta de nuestra casa para llevarnos a la suya. Casa, la furgo, rota en medio del Sahara de Sudán, con el Nilo a un kilómetro y Jartum a trescientos o cuatrocientos.

Cada mañana, Mohajir despliega la hospitalidad tradicional musulmana, aquel recuerdo de mi casa es tu casa, pero dicho en árabe. Todos los días nos ofrece té, café, desayuno, comida, cena y calor, nada que ver con la inmisericordia todopoderosa del sol, con la crueldad de un amarre flojo que dejó ir la tapa del filtro de aire. Y el motor, que se llenó de arena.

Todas las mañanas nos espera Mama Taiba, su madre, la madre de todos, con el desayuno listo. Mama Taiba es una abuela entrañable de apenas metro cincuenta, metro cuarenta y menguando. Hoy, cuando trae el té, me animo a preguntarle por las marcas que lleva en la cara. Son tres líneas verticales en cada mejilla, escarificaciones de algún rito de su tribu, de cuando nació hace mil años. Mohajir traduce.

– Ella ocho años. Tomar piel. Cortar –dice con voz tranquila, sin temblores, mientras se levanta el pellejo de la pierna con la punta de dos dedos y ensaya un tajo rápido con una cuchilla invisible. Mohajir habla con el cuerpo, sus gestos son palabras. –Después cortar más piel a cada lado. Cortar en pecho y piernas. Mi madre, acostar boca arriba, diez días no mover. Y curar.

– ¿Y de qué tribu es mama Taiba? –pregunto.

– Shamaliyah. Abu Dom es Shamaliyah. Dóngola a Meroe Shamaliyah. Aquí todo Shamaliyah

– Tú ¿qué tribu? –interrumpe Mama Taiba mirándome a los ojos.

– ¿Yo? Yo soy de dos tribus. Espani y Argenti.

– Espani, Argenti –se queda pensando la abuela. Y eructa, como si eructar fuera el acento de un hallazgo. Se puede pertenecer a más de una tribu.

                       Extracto del libro Por el mal camino, sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años




48- África comienza en Sudán (Historia para la revista SoloAuto4x4)

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(Artículo para la Revista SoloAuto4x4, publicado en el número del mes de abril de 2008)

El puerto de Wadi Halfa es una pendiente suave de desierto duro y pedregoso. Nada más. No hay muelle, ni grúa, ni oficinas de administración ni otros barcos en condiciones de navegar sobre el agua que se mece en paz. Cualquier lugar es bueno para encallar. En tierra solo se distinguen unos pocos cobertizos de paja rodeados de curiosos y militares de Sudán que observan las maniobras del capitán Dahab entre dos cascos oxidados.

Ya llevamos seis meses en la ruta, seis meses desde que abandonamos Barcelona con la intención de llegar al sur de África. El camino había sido relativamente sencillo, sólo nos habían robado una vez y cada día aprendíamos un poco más de árabe. Con Anna nos acostumbramos a vivir en un espacio pequeño y, a pesar de compartir las 24 horas del día, cada semana, aún no nos hemos matado.

Finalmente la proa del pontón se clava en la orilla de un nuevo país, Sudán. Inmediatamente dos militares trepan para revisar nuestro 4×4, aunque se fijan más en nuestros pasaportes. Les importa especialmente saber si hemos rozado suelo israelí. Un tercer hombre vestido de civil, o sea con galabiya, trae la lista con los impuestos que debemos pagar: derechos de aduana, permiso de circulación de personas y permiso para sacar fotografías, aparte del visado que ya pagamos dos países atras, en Jordania.

El sol de Wadi Halfa, implacable en invierno, calienta las sombras hasta quemarlas. Los niños juegan en el mercado con mazorcas de maíz, neumáticos viejos o haciendo correr coches fabricados con latas de tomates. Los hombres, casi todos vestidos de blanco, exhiben sus mejores sonrisas y se saludan dándose un golpe suave en el pecho con la mano abierta como anunciando ‘ey estoy aquí’. Luego se abrazan y se besan en ambas mejillas. Pero son las mujeres, con el rostro descubierto y vestidas con tobes de colores en lugar del negro o azul habituales en Egipto, quienes anuncian un cambio de cultura. Esto es África. Egipto era Arabia.

Llenamos todos los tanques con ciento cuarenta litros de diesel y, dos días más tarde, desaparecemos en el Sahara nubio tras una nube de polvo. La ruta que acompaña la orilla del Nilo es un espejo de la desolación. Después de los primeros kilómetros el camino de tierra se transforma en una sucesión de baches destroza-carrocerías y serruchos afloja-tornillos. Hasta los burros tienen que pasarlo mal recorriendo estos senderos.

No hay casas, no hay chozas, no hay nada, sólo campos de rocas negras y arena gris. No hay nadie, en todo el día sólo nos cruzamos con un camión destartalado cargado de gente con el rostro tan cubierto como la momia de Ramsés. El Nilo, que se prende fuego con la última luz que llega del oeste, es el testigo de la transformación del viaje. Esto deja de ser turismo.

A medida que avanzamos hacia el sur las distancias entre los pueblos se acortan. Pasamos Sonki, Kosha y Abri, con sus casas rectangulares vertebradas como una culebra delgada que acompaña al Nilo. Las fachadas, marrones o blancas, están decoradas con formas geométricas de colores. Un grupo de hombres jóvenes fuma un narguile frente a una puerta. Ninguno habla inglés, pero después de cambiar algunas sonrisas y palabras en árabe, sacamos nuestra pipa y nos sentamos a su lado. Están arreglando el hogar de una pareja que se casa dentro de un mes.

-Por tradición, todo aquel que llega y golpea a la puerta es recibido, alimentado y cobijado durante el tiempo que desee quedarse -invita Hassan, el único que habla algo de inglés. -¿Sabes que los lingüistas siguen hurgando en el pasado en busca de la palabra ‘gracias’, que no existe en el idioma nubio?

Asiento y vuelvo a sonreír. ¿Cómo le das las gracias a alguien que no quiere recibirlas? Sudán, uno de los supuestos enemigos de la paz y la convivencia, nos recibe con los brazos abiertos.

A la mañana siguiente, mientras organizamos nuestra casa para partir, descubro trazos árabes sobre la suciedad del vidrio trasero.

– Son los nombres de algunos niños del pueblo, Ashefé, Hamara, Gasim, Tarik, Salim –explica Hassan. –Ellos no pueden viajar, pero sus nombres sí pueden hacerlo.

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Al quinto día en Sudán llegamos a Dóngola y volvemos a convertirnos en la atracción del mercado. La gente vuelve a rodearnos para observar lo que hacemos con curiosidad. Algunos rostros parecen decir pobrecitos… son blancos, y con este sol… Tienen razón, el calor aprieta, hace meses que no debe pasar una nube por el cielo. Nosotros debemos decidir si continuamos junto al Nilo o atravesamos el desierto hasta Karima.

Nilo. Cruzamos el río en una barcaza y después de cincuenta kilómetros de asfalto con una raya pintada cada treinta metros, el camino se hunde en la arena. Bastantes kilómetros más adelante surge otra hermosa franja asfaltada interrumpida por una barrera. Hay que pagar peaje, pero no tenemos suficientes dinares sudaneses.

– ¿Aceptan dólares? -pregunto.

– No.

El hombre me observa unos segundos desde el interior de su caseta, suspira, y finalmente mueve la mano con impaciencia. Nunca existimos. A los dos kilómetros termina el asfalto y vuelve la arena. ¿El peaje era un espejismo?

Hacia el sur, hacia Debba, el camino se divide en huellas malas que se separan y multiplican, casi todas corren paralelas. Los que dibujaron la ruta asfaltada del mapa Michelin nunca estuvieron por aquí. En medio del campo estéril encontramos una parada de camioneros, un oasis perdido de tres tenderetes de paja donde beber té con sombra. Los motores de los camiones se enfrían a ralentí mientras los conductores ajustan la carga de frutas, dátiles y bidones de plástico vacíos.

– ¿Adónde van? -preguntan desde una camioneta.

– a Jartum -responde Anna. -Pero no estamos seguros qué camino tomar.

-Si quieren pueden seguirnos -responde con amabilidad.

Cuatro días más tarde llego a Jartum. Pero llego solo. Anna y la furgo siguen en el desierto. Perdimos la tapa del filtro de aire y el motor se llenó de arena. Se detuvo frente a una mezquita, junto a la casa de otro Mohammed que, al vernos en problemas, nos abrió sus puertas. Ahora hay que buscar un camión y volver a rescatarles, pero esa es otra historia.




Gracias Sudán

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  • A Midhat Mahir de Wadi Halfa, por solucionar los engorrosos trámites de entrada a Sudán, por invitarnos a dormir entre cocodrilos y escorpiones y por el pastel de cumpleaños para Anna. En 2011 volví a entrar en contacto con Midhat. Sigue viviendo en Wadi Halfa y ahora tiene una agencia de turismo con la que no solo sigue ayudando a los viajeros a cruzar la frontera, sino también a conocer Nubia, el norte de Sudán, como nadie más puede hacerlo. Su sitio en internet es Mashansharti
  • A Hassan Mohammed Halil, de Sorta, por su casa junto al Nilo y todo lo que nos enseñó acerca de Nubia. Por las largas noches de shisha y bango.
  • A Mohajir Mohammed El Agip, de Abu Dom, y a su madre Taiba, madre nuestra durante una semana. Por acogernos en su casa cuando la furgoneta entró en coma profundo en medio del desierto. Por tratar de ayudarnos a pesar de su inglés y nuestro árabe, por cuidar de Anna cuando tuve que ir a Khartoum a buscar ayuda y un camión.
  • A Mutaz El Abbas, el ángel de la guarda de Omdurman, por ayudarme a buscar soluciones y un camión, por organizar la operación de rescate cuando tuvimos problemas con el camionero (sábados de super acción), por alojarnos en su casa y prestar su patio como taller mecánico. En fin, por muchas cosas.
  • A su familia por acogernos. A Jallaf Allah, por llevarnos hasta Mutaz.
  • A Imat, por dejarnos el motor a punto y acudir al rescate con Kemal (policía que provoca al camionero), Jafar (mecánico ayudante) y Magdi (grandote que quiere arreglar la situación con un maletín lleno de dinero).
  • Al aduanero gordo de Gallabat, frontera con Ethiopia, por invitarnos a dormir en su casa, con televisión y telenovela incluídos.

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Más historias sobre Sudán en http://www.4x4x4continentes.com/sudan.htm (extracto del libro TODAS LAS VIDAS DEL MUNDO)

 




Documentos para viajar por África y Oriente Próximo

Furgo para dar la vuelta al mundo

ATENCION: Lamentablemente los requisitos para viajar a cada país dependen del pasaporte con el que vayas a cruzar. Muchos países tienen acuerdos bilaterales que facilitan el cruce de la frontera, otros no. Nosotros sólo te podemos ofrecer la información básica sobre los papeles mínimos que te pedirán en las fronteras de los países que visitamos. Todo lo que sabemos está aquí. Por eso, para información más detallada, recomendamos consultar a la página del Ministerio de Relaciones Exteriores del país que quieras visitar, o su consulado.

  • Pasaporte: nuevo, válido por varios años. Uno sabe cuando sale, pero no exactamente cuando vuelve. Si quieres saber si necesitas un visado para viajar a cualquier país del mundo, entra en la página Do you need visa (en inglés).
  • Carnet de conducir internacional: en muchos países no es indispensable, aunque sí es recomendable. Es válido por un año, aunque eso aparece impreso sólo en castellano, ¡y casi nadie habla castellano en Africa!
  • Cartilla de vacunación: fiebre amarilla, tétanos y hepatitis A + B. Ver Vacunas
  • Carnet de Passage en Douane: es el pasaporte de la furgoneta, se tramita en el Automóvil Club de tu país y es indispensable para viajar por África y Asia. Siempre va acompañado por los documentos originales del vehículo.
  • Tarjeta verde con el listado de los países incluidos en el seguro que tengas en tu país de origen. En cada país es posible comprar un seguro. Probablemente sólo te sea válido para que la policía no te exija una coima por no tener seguro, pero siempre, siempre, es mejor tener algo que no tener nada.
  • Carnet de estudiante (auténtico o falso) para obtener descuentos en museos, sitios arqueológicos y transportes.
  • En algunos países (Siria, Jordania…) solicitan una carta de recomendación de tu embajada para darte el visado de entrada al país.
  • En Siria, al momento de cruzar, cobraban una tasa de 100 dólares semanales a todos los vehículos con motor diesel, aparte de un seguro que se vende en la frontera. Ahora, ya está fuera de toda posibilidad de viaje. La guerra ha cerrado el país.
  • En Egipto la tasa por importación temporal de vehículos, más seguro, alquiler de matrícula local y varios extras, es de aproximadamente 300 euros.
  • En todos los países que recorrimos del este de África se cobra algún tipo de tasa o impuesto: por el uso de las carreteras, por sacar fotografías (Sudán) y por los trámites hechos en la frontera. En Mozambique nos cobraron más por cruzar la frontera durante el fin de semana.
  • Si entras en Israel no te dejarán entrar en Siria, aunque no tengas el sello de migración israelí en tu pasaporte. Si vas hacia el sur, tampoco podrás entrar en Sudán. Podrás pasar horas hablando, discutiendo y seduciendo, pero no te dejarán entrar.
  • Las visas para Jordania, Egipto, Sudán, Etiopía, Kenia, Tanzania y Mozambique no se pueden sacar en la frontera. Recomendamos sacar la visa para Sudán fuera de Egipto o Etiopía, donde la espera puede ser eterna.

Si tienes alguna propuesta o te han pedido algún documento extra, por favor escríbenos para actualizar estos datos.

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