256- Travesía en kayak por los Everglades de Florida | ESTADOS UNIDOS

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Y pensar que el día anterior Eli nos había dicho no una, sino dos veces, ‘salgan temprano, que la travesía es larga.’ La segunda vez recalcó, ‘Dubi, que no les pase como cuando fuiste con Edgar, que se les hizo de noche y casi se quedan a dormir en el pantano’.

‘Sí, sí’ respondió Dubi, un profesor de matemáticas que vive con el pelo enmarañado, como si su cabeza necesitara ese caos superficial antes de intentar ordenar todo en el lado de adentro.

La palabra temprano tiene muchas interpretaciones y para nosotros significaba levantarnos tranquilos, a las 8, 8 y media de la mañana. Demasiado tarde

Apenas nos conocíamos. Dos días atrás habíamos caído en su casa en Miami gracias a Juan y Graciela, dos amigos argentinos recién jubilados que habíamos conocido en Perú. Es lo que ocurre cuando viajas mucho, terminas juntando tres países en una misma frase de forma natural, sin hacer una lista.

Entre todos los juguetes deportivos de Dubi hay dos kayaks. Y volvió a ocurrir, una frase llevó a la otra como un vaso de vino lleva al siguiente, y terminamos con un plan. Nos habíamos metido en una travesía de entre 6 y 8 horas por el Río Turner, un viaje sobre agua que comienza en la Reserva Nacional Big Cypress y termina en la isla Chokoloskee, dentro del Parque Nacional Everglades. Una ruta a través de un pantano lleno de cocodrilos.

Los Everglades es una región enorme y pantanosa que los folletos recomiendan visitar en la época seca, de noviembre a mayo. A partir de entonces comienzan las lluvias y la temporada de engorde de mosquitos. Hay un par de caminos transitables todo el año, pocas zonas de acampada y montones de caimanes y cocodrilos que esperan inmóviles a que metas la pata; algunos pumas, algunos osos negros, y un laberinto de canales donde es muy fácil perderse. A Dubi y Edgar se les hizo de noche porque tomaron el desvío equivocado y se perdieron un rato. Aquello podía ser una aventura.

Entramos al agua a las once y media de la mañana, todavía más tarde de lo que habíamos planeado. El ruido de los coches que pasan a toda velocidad se aleja zumbando en el aire mientras avanzamos por el Río Turner. A pocos metros del asfalto el paisaje es salvaje, brutal. Mangles retorcidos que zigzaguean y se anudan dejando abierto un túnel que a veces no es más grande que una cloaca pequeña. El cielo apenas se deja ver sobre un techo verde y gris y el olor a metano del follaje pudriéndose llega y se va como un capricho. Dubi va en un kayak, Anna y yo en otro.

El primer cocodrilo aparece inmediatamente, a la izquierda. Parece un submarino varado en puerto. Pasamos a unos tres metros y no se inmuta. Es una buena señal. Señal de que estamos flacos, señal de que no somos apetecibles, señal de que los cocodrilos raramente atacan a los humanos. Eso dicen.

Las ramas verdes se abren y vuelven a cerrarse intermitentemente. No hay que hacer mucho esfuerzo para tocarlas; extiendes un poco la mano y están allí, las hojas suaves, las ramas flexibles colgando a tu alrededor. A veces se estiran e intentan sacarnos un ojo para comprobar si somos parte del lugar. Entonces dejamos los remos a un lado y nos impulsamos con las manos. El camino se convierte en otro túnel verde y oscuro que debe tener menos de medio metro de profundidad. Debajo es puro fango. Esto no es un río, ni siquiera es un arroyo, es un caño por donde el agua avanza lenta hacia el Golfo de México. Estamos en otro mundo.

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De repente a la derecha aparece otro cocodrilo. Tendrá unos dos metros de largo y está cerca, tan demasiado cerca, quizás a poco más de un metro, que ni nos detenemos a sacarle una foto. Sigue sigue.

El resto del camino, incluyendo una parada en una pequeña isla para comer algo, es una repetición constante de naturaleza virgen en estado puro. Si lo olvidaba, podía imaginar que estábamos lejos de Estados Unidos, viviendo otra aventura con poco equipaje en cualquier lugar de la Tierra. En África, en Asia, en el Amazonas. Cada tanto saco la tableta para comprobar que seguimos en el Río Turner, Everglades, Florida, Estados Unidos, Planeta Tierra, que no tomamos un desvío improvisado que desemboque en aguas calmas y sin salida. Las horas pasan y, aparte de un grupo guiado por un guardaparques y una pareja en canoa que llegó al sur huyendo del frío del norte y sus vórtices polares, no nos cruzamos con nadie.

Absolutamente nadie. Paz, silencio verde y azul. Algún chapoteo aislado. Remamos, avanzamos despacio, seguimos remando y empujando las ramas con las manos. Algunas aves, pocas, nos sobrevuelan camino de otra rama. Aquí la armonía es verde y parece infinita.

Cuando salimos del tubo y entramos en los canales de entre cinco y diez metros de ancho, comienza a subir la marea. Habíamos olvidado las mareas. Hay que remar más duro, contracorriente, si queremos llegar a Chokoloskee antes de que caiga el sol.

Una de mis cuentas pendientes es recorrer los caminos del agua. Lanzarme a viajar con un kayak y descender ríos en Alaska, la Patagonia o el corazón de África. Ir de A hasta B pasando por todo un abecedario de islas en las costas frías del Océano Pacífico. Sé que algún día lo haré, serán el futuro de mis viajes cuando jubile a La Cucaracha y mi carne sea despreciada por los animales carnívoros. Mientras tanto me lanzo, nos lanzamos a vivir estas pequeñas aventuras que nos regalan los amigos que conocemos en la ruta. Encuentros provocados, encuentros accidentales y encuentros de carambola.

Gracias Juan y Graciela, Dubi y Elly, por ayudarnos a fabricar nuevos recuerdos.

Extras

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