253- Félix. Cuando los vendedores invisibles se hacen visibles.

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(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

‘¡Hello! ¡Hello Mister!’, escuché que me saludaban a los gritos. Y sí, era a mí, aparte de Anna no había nadie más caminando hacia la entrada del Cañón de Boquillas. Y Anna no era un míster, eso lo tenía claro.

También sabía que el hombre que saludaba a los gritos no hablaba inglés. O hablaba muy poco inglés. Y me hablaba en inglés porque yo era blanco, y los blancos a este lado del río, el lado de Estados Unidos, hablan inglés. Un prejuicio amable que detesto.

‘¡Hello Mister!’ repitió en voz alta.

Su rostro moreno me observaba desde atrás de unas gafas de sol grandes, capaz de proteger los ojos, los párpados, las ojeras y las arrugas que crecen a los lados de la cara. No había una huella clara sobre la arena y las piedras, el sendero era este y aquel. Podría haber cambiado de rumbo, ignorarlo definitivamente, dirigirme hacia uno de los caballos jóvenes que pastaban sueltos veinte metros más arriba. Pero no lo hice.

‘¿Cómo Hello Mister? Si me hablas en inglés no te voy a entender nada’ le respondí en castellano, mientras continué avanzando río abajo.

‘I have stones’ continuó, sordo.

‘Pues vamos mal. Primero porque no hablo inglés. Y si me hablás en inglés no te voy a entender’ mentí.

Me siento tremendamente orgulloso de mi castellano, que mezcla palabras argentinas, españolas, catalanas, chilenas, peruanas, venezolanas, colombianas y mexicanas. Y, por más que mi inglés sea bastante bueno después de tantos años en la ruta, siempre prefiero hablar en mi idioma.

Me identificaron tantas veces como gringo por el color de mi piel durante el viaje por Latinoamérica que llegué a enojarme. Gringo tu puta madre, le respondí a más de uno, dejándolo descolocado.

‘¿En serio que no habla inglés?’

‘No. Bueno, un poco. Pero si me seguís hablando en inglés sigo adelante y no te escucho.’

Andale. Como es tan güero… ¿Y de dónde es, si se puede saber, que habla tan bien el español?’

‘De Argentina’ respondí. A veces digo que soy de España, a veces que soy de varios países. A veces me invento países. Hoy mi humor dice que soy de Argentina.

‘Mire jefecito, que tengo unas piedras para vender. ¿Quiere verlas?’

‘Es que soy mal comprador, amigo. Te voy a hacer sacar todo y después no te voy a comprar nada’ le dije. ‘Yo te aviso, si querés sacarlas, sacálas.’

Abrió una bolsa raída y sacó cuatro piedras casi tan grandes como un puño, traslúcidas, con un tono azulado, y una mucho más grande, blanca y llena de puntas triangulares.

‘Usted me da lo que quiera’ me dijo.

Es una técnica de venta que funciona muy bien con cosas que valen muy poco. Nosotros lo hacemos con las postales que imprimimos con fotografías del viaje. La gente suele dar mucho más de lo que vale una postal.

‘Pero te dije que soy mal comprador. Vivo en una van, no tengo espacio para andar llevando piedras’.

‘Pero mire que bonita es esta’ dice levantando la piedra más grande. ‘Está buena para ponerla sobre el televisor’.

‘En serio, que no tengo televisor. Que vivo en una furgoneta. Y si la llevo en la van es un riesgo. Imagínate que un día me peleo con la patrona y me revolea la piedrota esta.’

Por primera vez le arranco una sonrisa.

‘¿Y no tiene alguna gorra? Le cambio alguna de las piedras por una gorra, mire cómo está de rota la que tengo en la cabeza. O un abrigo, mire este, está todo roto.’

‘Es que… no tenemos un guardarropas en la furgo. Viajamos con poca ropa. Lo siento’, le digo, mientras empiezo a pensar qué le podemos dar.

‘¿Y un diccionario de inglés? Para nosotros, para los chamacos… también les vendrá bien a ellos. O algo para comer, que llevamos todo el día a este lado y no trajimos comida’

‘Mira’ le dije, ‘algo de comer seguro que te podremos dar. Pero dejame pensar mientras vamos hacia el fondo del cañón. Nos vemos acá en 10 minutos’.

Mientras caminaba me di cuenta que algo había cambiado. La realidad, esa compañera cruel que a veces olvidamos mientras disfrutamos del viaje, nos había llamado y le habíamos respondido. Ya no podía disfrutar del cañón como un turista o un viajero anónimo. El hombre le había puesto rostro a los Invisibles.

‘Hagamos una cosa’ le dije sacándome las gafas de sol, que hoy pega fuerte, cuando volvimos a su lado. No me gusta hablar con la gente sin verle los ojos. No me gusta hablar con la gente sin que me vea los ojos. ‘Vente dentro de diez minutos al estacionamiento donde está nuestra van. Tenemos algunas naranjas.’

‘Pero… ¿quiere cambiarme las piedras por un par de naranjas?’, dijo con un tono algo desilusionado.

‘No, no. Guarda las piedras. Las naranjas te las regalo para que comas algo. Vente dentro de diez minutos, seguro que encontraremos algo más que te pueda servir.’

Mientras caminamos hacia la furgo empezamos a hacer una lista mental. El diccionario, ¿dónde está el diccionario inglés-castellano que habíamos comprado en Zimbabue y que jubilamos hace unos meses? ¿Y la aquella gorra con linterna y el logo de Jeep que nos habían regalado en Guadalajara? Uff, seguro que está todo en el techo de la furgo. ¿Vendrá? No parecía muy entusiasmado por las naranjas… Quizás le podríamos dar también una de esas botellas de vino peleón que nos regalaron en California…

Diez minutos más tarde el hombre apareció sobre un promontorio, montado en su caballo. Su perfil, recortado contra el cielo azul y la tierra seca, parecía sacado de un álbum de cromos. Le hice señas para que se acercase, pero continuó rebuscando en el paisaje. No, no se ve ningún vehículo de Parques Nacionales, ni de la Migra.

Yo ya estaba en el techo de la furgo. Había sacado la lona y buscaba entre las cosas que habíamos decidido llevar a Barcelona mientras Anna revolvía en los armarios. Un par de minutos más tarde, volví a hacerle señas para que bajase. Avanzó sobre su caballo hasta el inicio del sendero.

Solo cuando empezamos a caminar hacia él con la botella en la mano se relajó un poco, bajó la guardia, dejó de buscar policías.

‘¿Es tequila?’ preguntó primero. ‘¿Mescal?’ dijo después, sin esperar la respuesta.

‘No, es vino, de California. Estuvimos trabajando un mes en una granja y el dueño nos regaló un montón de botellas. Toma, aquí está el diccionario, y la gorra, y las naranjas. Y unos tuppers para que cambies ese donde llevas las piedras, que está todo roto.’

‘Pero… ¡gracias! Toma estas piedras’ respondió sorprendido con un brillo nuevo en los ojos. No esperaba tantas cosas.

‘Bueno… Gracias, me ayudarán a recordarte.’

‘¿Quieres más?’

‘No no no no. Así está bien. Sabes, nosotros vivimos en esa van. Y también recibimos cosas de la gente en la ruta. No necesitas darnos nada más.’

‘¿Quieren cruzar al otro lado? Yo los cruzo en el caballo, no hay problema. Y tengo lugar, se pueden quedar a dormir. No les costará nada. Y allí no tienen que preocuparse de la comida.’

‘Gracias’ le respondí. ‘Pero no podemos cruzar. Es ilegal y nos podríamos meter en un problema. Y este no es momento de meternos en problemas.’

‘Mira que no pasa nada, yo voy y vengo a cada rato…’

‘Me encantaría, pero no, en serio. Gracias.’

‘Pues cuando quieran se vienen. Me buscan y se quedan en mi casa, o en el hotel, que es de un amigo. Yo los llevo a pasear a caballo. Allí no se tienen que preocupar por el dinero.’

Sonreí. La ruta es así de agradecida.

‘¿Cómo te llamas?’ le pregunté estirando mi mano abierta hacia él, que seguía sentado en su caballo. Los Invisibles se habían vuelto visibles y sonreían con una bolsa en la mano. No era Navidad, pero parecía.

‘Félix.’

‘Yo soy Pablo. Y ella es Anna.’

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5 Comments on “253- Félix. Cuando los vendedores invisibles se hacen visibles.”

  1. Escribo mejor en ingles que en español porque me crie en Estados Unidos, pero quisiera decirles que esto me lleno el corazón, muy dulce. Muy importante también darle voz a los seres invisibles.
    Gracias,
    Brenda

  2. Simplemente lindo si se le puede calificar así… es bonito ver como las personas hace amistades y sale a relucir el ser social que llevamos dentro. Damos sin esperar nada y quedan tan agradecidos que de alguna manera te lo quieren devolver… Lindo.

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