251- Los vendedores invisibles del Río Grande (1ª parte).

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El río siempre había sido una carretera sinuosa a través del paisaje seco y montañoso del desierto. A pesar de que nadie recordaba cuadrillas de obreros armadas con picos y palas ni explosiones de dinamita, el agua había conseguido atravesar piedra, roca y todos sus sinónimos hasta quedar encajonada entre los muros verticales de un cañón formidable. Allí, de pie frente a una historia imposible de comprender con nuestros parámetros mortales, el Cañón de Santa Elena me recordaba a una sucesión de viejos libros de tapa dura, ocre, gastados, que se mantenían en pie solitos. Alguien había robado el libro del medio, el que contaba la historia detallada de la Tierra, y nadie se había dado cuenta.

El agua se había colado por allí. Su trabajo fue arduo y dolorosamente lento. Había tardado tanto que ni los sapos primero, ni los humanos después, se habían percatado de su avance, de la demolición perezosa de esas montañas que millones de años atrás habían llegado a contener un océano. Los únicos testigos que podían dar testimonio eran los caracoles atrapados en la piedra, pero los fósiles apenas sugieren algo. El agua parecía trabajar para la misma empresa de obras públicas que llevaba más de cien años levantando el templo de la Sagrada Familia en Barcelona, la misma que se empeñaba en cortar la luz y agujerear permanente las calles de Buenos Aires.

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Un año más tarde vimos a un grupo de migrantes (con su coyote) cruzar por este sitio…

En los últimos doscientos años, aquel rincón de lo que el hombre había determinado como frontera entre las entidades artificiales llamadas Estados Unidos y México, el agua también había servido de medio de comunicación. Las chozas y casas de adobe habían guarecido a personas que en algún momento precisaban algo y no tenían miedo en pedirlo prestado: una herramienta para la mina, un caballo huido, un trago de aguardiente, un amigo, una prostituta, una taza de azúcar para un bizcocho de cumpleaños. Aquellos eran otros tiempos, cuando el agua era uno más entre comanches, españoles, mexicanos, anglos y negros liberados, un participante más en esta mezcla de orígenes, intenciones y necesidades.

‘La comunidad que se había formado era natural. Aquí no había países, había personas’, me explicó un jubilado de Ohio, que cada invierno migra a este sur huyendo del invierno para trabajar como voluntario en el Parque Nacional del Big Bend. Estamos en Texas, donde la frontera con México sigue la curva pronunciada del Río Grande. Puro desierto montañoso.

‘Cambiaron tantas cosas en mi país después del 11 de septiembre de 2001, que a veces no lo reconozco… Antes, la gente de Boquillas, Santa Elena o San Vicente cruzaba a este lado del río para vender sus artesanías y al atardecer volvía a sus casas. Con tantas nuevas medidas de seguridad ya no pueden comerciar, ya no pueden cruzar a este lado para comprar provisiones ni para visitar a sus amigos o buscar un caballo huido. Las fronteras en el Big Bend están cerradas para todos los extranjeros. En los últimos diez años los pueblos mexicanos de ahí enfrente se despoblaron. Y las comunidades unidas por el río se separaron. El río sigue igual de estrecho, pero la gente se alejó.’

‘En realidad’ continúa luego de un momento, ‘los mexicanos siguen cruzando a este lado del río. Pero ahora son invisibles. Ya lo verás cuando te acerques a Boquillas’, afirma sonriendo con complicidad, mientras me extiende el pase para acampar válido por los próximos diez días.

(Continúa en Los vendedores invisibles del Río Grande, 2ª parte)

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3 Comments on “251- Los vendedores invisibles del Río Grande (1ª parte).”

  1. El efecto del odio creado que vuelve como un boomerang al que lo inicio, ha creado tantos efectos y de manera tan disimil que cuesta dimensionarlo… quien pensaria que la caida de las torres hubiera afecto la artesania de los habitantes de boquillas y con ello a quienes, ajenos a todo ese odio, podamos algun dia pasar por ahi.
    Gracias.

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