230- Sincronicidad

La Vuelta al Mundo en 10 Años - www.viajeros4x4x4.com

(Viene de El retorno a los malos caminos)

Con la oscuridad, El Desemboque se convierte en un pueblo habitado por fantasmas. El alumbrado público no existe, las farolas no funcionan, las calles de tierra están iluminadas por las luces de las casas y de los pocos coches que avanzan levantan una capa delgada de polvo. Los enjambres de sombras que flotan sobre la tierra agujereada se giran al escuchar el chillido de los bujes secos de la furgoneta, que continúan quejándose. Ya no es el eco de una tarde calurosa dedicada al sexo sobre un colchón de muelles viejos, ñic-ñic, ñic-ñic. El atardecer convierte a la suspensión en el grito desesperado de un coro de grillos, torturados por una cocinera de Oaxaca que amenaza con convertirlos en chapulines sabor limón. Criic-criic! Criic-criic! Los rostros que nos escuchan, y luego nos observan, enseñan una mueca torcida, extrañada, curiosa o sorprendida.

Como siempre, avanzamos buscando. Casi nunca tenemos una idea clara de adónde nos dirigimos, de dónde vamos a dormir. Doce años después de atravesar el desierto de Wadi Rumm, en Jordania, el destino sigue siendo una sorpresa. Hay cosas que no cambian a pesar de los casi 300.000 kilómetros de ruta.

Frente a la mitad de las puertas de El Desemboque hay botes de unos ocho o diez metros de eslora pintados de blanco. La popa está vacía, los motores duermen en otro lado. La calle toma un desvío leve hacia la izquierda, luego gira hacia la derecha y comienza a bordear la línea de casas y chabolas levantadas frente al mar. En algún sitio estará el lugar donde dormiremos esta noche, donde nadie nos espera.

Vuelvo a elevar una plegaria a la Sincronicidad. Sincronicidad, ¿sigues ahí?

– ¿Y si no está? –pregunta mi demonio. –¿Dónde dormiremos entonces?

Pasamos frente a un expendio de cervezas con un gran cartel de Tecate. La puerta está abarrotada de hombres que beben en la calle. Todos se giran para observar la aparición de un grillo sexual y gigante que avanza quejándose. Criic-criic. Criic-ñiic. La oscuridad desdibuja las formas de la furgo, que solo se ilumina de lado al pasar frente a una ventana iluminada. Entonces aparece el camino ESTAMBUL-EL CAIRO-NAIROBI-CAPE TOWN-BUENOS AIRES. Es la historia, del presente o el futuro todavía no hay noticias.

Casi al final del pueblo, después de un desvío confuso marcado por un penetrante aroma a perro muerto, aparece un patio iluminado frente a un mar invisible. Una bombilla amarilla cuelga sobre la cabeza de dos hombres sentados. Están comiendo algo que sacan de una cacerola. Me detengo, pongo el freno de mano y desciendo. El motor continúa en marcha. Cuando estoy lo bastante cerca, saludo.

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– Hola, buenas noches –digo con calma, como si estuviera a la vuelta de casa, en Caballito, Congreso, el Raval o la Barceloneta, el barrio de siempre. –Buen provecho.

Están cenando patas de jaiba, una especie de cangrejo. Levantan la cabeza y me observan con curiosidad.

– Si gusta… –ofrece uno de ellos señalando la cacerola humeante, mientras rompe otra coraza. –Son de hoy, las levantamos con la red.

– Bueno, gracias –respondo mientras estiro la mano para tomar una pata. Mi cerebro vuelve a dar vueltas a la idea de imaginarme en un nuevo lugar: levantando redes con los pescadores del Golfo de California.

Hace tiempo que no como cangrejos. Solía hacerlo en la costa de Chile y Perú, donde me encaramaba a las rocas de la costa y les clavaba el machete africano entre los ojos.  Luego, todavía ensartados, los levantaba, los metía en una bolsa y cuando juntaba unos cinco o seis volvía a la furgo, donde Anna había puesto una olla llena de agua de mar al fuego. Así no había que echarles sal.

– ¿De dónde viene? ¿De Texas? –pregunta uno de los hombres, el mayor, que tendrá unos 40 años.

– ¿Texas? No, ahora venimos de California. Pero no soy del norte, soy del sur.

El hombre levanta la vista por un momento y me observa. Primero mi rostro blanco, luego mi lucha con la pata de cangrejo. Él es indudablemente mexicano, rostro redondo, tez morena, bigotes. Tiene el cuerpo rectangular pero no es gordo. Me recuerda a mi compadre de Morelia, el Chava Vital.

– ¿Y qué hacen por aquí?

– Estamos viajando, conociendo México.

El hombre asiente. Yo continúo luchando con mi pata de cangrejo. Anna sigue en la furgo.

– Se nos hizo de noche y estamos buscando un lugar donde estacionar para dormir. ¿Es seguro el pueblo?

– Bueno… sí, –vuelve a observarme. –Ponga el carrito ahí y apague el motor, que hace mucho ruido. ¿Quiere una cerveza?

– Sí, por qué no.

Mete la mano en una hielera y me pasa una lata. Tecate Light. La abro, tomo un trago y obedezco, estaciono la furgo donde me dice. Tomo otro trago, esto no es cerveza, esto es un refresco. Las microcervecerías de Estados Unidos ya quedaron atrás. Anna se baja y me acompaña a la mesa. Cuando llego estiro mi mano derecha en su dirección.

– Me llamo Pablo.

– Yo soy Pedro –dice el hombre.

Anna, que nos escucha mientras sigue acercándose, también estira su mano.

– Y yo soy Vilma –dice riendo.

Levanto la cabeza y la observo extrañado.

– ¿Vilma? ¿Y con quién estuve todos estos años?

– No me digas… Pablo, Pedro… Solo faltaba que yo me llamara Vilma… Con esas patas de cangrejo en la mano parecen Los Picapiedra.

3 Comments on “230- Sincronicidad”

  1. Cuando llegará la continuación de este post? o ya llegó y soy tan guey que no la encuentro ? :/ estoy intrigado jejejeje saludos que estén de lo mejor 😀

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