212- ‘¡El trabajo te hará libre!’, decían los nazis. Y repite tu jefe…

La vuelta al mundo había comenzado en Barcelona como parte de un ritual obligado, una purificación indispensable después de años de trabajo encerrado en una oficina. Viajar había sido un sueño postergado por la necesidad urgente de producir. De hacer algo de dinero para tener un apartamento bonito donde morir cada noche, de completar un buen trabajo cada día como uno de los pocos caminos a la satisfacción. Arbeit macht frei, el trabajo te hará libre gritaba el sistema.

Y todos creímos que era cierto.

Cada día alimentaba mi mascota personal, ese pequeño animalito interior llamado ego, con un nuevo pedazo de carne cruda. A veces exigía solo un dedo o una punta de uña; pero otras veces demandaba un doloroso carpaccio de mejilla, un steak tartar de nalga o un ceviche preparado con mi propio corazón. Día tras día me transformaba en un caníbal de mis propios sueños e ideales, y lo que quedaba después de la digestión era una cosa distinta.

A veces tenía la sensación de que no me estaba transformando en una mariposa, sino que terminaría convertido en una oruga. Sin duda, sería una oruga muy civilizada.

Con los años había ido olvidando aquel otro motivo que me había llevado a España y me había integrado en la vida cotidiana como si la normalidad fuera ese sueño de vivir solamente los fines de semana. Por eso también era necesario volver a lo básico, a lo importante. Descartar los accesorios, las muletas de la urbanidad respetable, y volver a vivir en el mundo real, con los pies en la tierra. Hacer algo nuevo.

En realidad, todo lo que quería era volver a empezar. Volver a sentir la intensidad de la vida insegura, volver a comenzar algo importante que no sabes cómo ni dónde termina. En síntesis, volver a arriesgar.

Al principio el mundo era un sitio vacío, lleno de curiosidad. Así debería comenzar el Génesis.

Podría haber sido Asia, Latinoamérica u Oceanía, pero África siempre había sido un sueño. Un suspiro que llegaba y se desvanecía en el aire con cada documental que terminaba en la televisión, con cada visita regular para consolar a los prisioneros inocentes del zoológico. África estaba en las historias de Tarzán que habían habitado mi imaginación en Buenos Aires. África estaba en las calles de Barcelona que comenzaban a poblarse de inmigrantes de piel oscura atraídos por la promesa de un futuro mejor.

–          ¿Para qué quieres ir a África si todos los que vivimos allí queremos venir aquí? –me preguntó una vez un vecino de Mauritania con quien compartía escalera.

África estaba en todos lados. En el verde de los árboles, en los paisajes abiertos, en las revistas de viajes y en mis sueños de libertad. África es verde. Pero al principio, nuestro principio, África siempre fue amarillo. Amarillo hepatitis, amarillo cadáver con algunos días a cuestas.

–          Si quieren pueden seguirnos…

Si quieren… Era lógico seguir las huellas de ese hombre gordo y amable montado en una camioneta roja que cortaba las dunas a cincuenta metros de distancia. Ellos conocían el camino que se alejaba de las palmeras del Nilo. Lo que no sabíamos era que nos estábamos deslizando despacio entre los brazos traicioneros del desierto.

Porque el Sahara puede ser un compañero, pero nunca será un amigo. No es un valle húmedo y generoso ni una orilla cansada de peces y mariscos. En los desiertos americanos puedes encontrar algunos cactus comestibles que incluso almacenan agua. Pero en este territorio enorme donde a veces crecen arbustos raquíticos que apenas consiguen aguantar con vida, la única forma de sobrevivir es seguir el curso del Nilo o avanzar de oasis en oasis con la fe desquiciada de un recién converso. Fe en el guía que supones sabrá encontrar el sendero correcto entre las arenas despiadadas. Fe en algún Dios, se llame como se llame, capaz de orientarte en este infierno de calor, en este mundo sediento y tacaño, codicioso del agua escasa que almacena tu cuerpo.

Aquí, ahora, la huella inventada sobre la arena nos arroja una y otra vez a un claro de cantos rodados donde los neumáticos se aferran a cada piedra para acelerar lo suficiente y atravesar el siguiente monte de arena. Subimos y bajamos pequeños médanos haciendo slalom, es divertido cuando sabes que todo está bien, que todo funciona. Los neumáticos se hunden y cuando el mundo parece detenerse el caucho roza algo duro y vuelve a saltar hacia delante. Es la muerte y la gloria de la resurrección, el motor se revoluciona, el viaje continúa.

De repente, en la cima de otro médano el motor comienza a perder potencia. No es una tumba de arena que nos estaba esperando, no nos hundimos. El motor se agota, se cansa, se apaga. Nos detenemos.

Es peor, el motor no quiere arrancar.

 Extracto del libro ‘Por el Mal Camino’, de la serie de libros de viaje La Vuelta al Mundo en 10 Años.

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