208- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4 - Around the World in 10 Years

Esta es la segunda parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

Lee la 1ª parte en 3 Gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos

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En Sudamérica los carnívoros son silenciosos

Aventura es comenzar algo sin saber dónde vas a terminar. Hoy quiero matar la noche, no sé dónde, no sé cómo, no sé con quién, hasta que la primera luz me deje ciego. Es empezar a escribir caóticamente sin saber qué quieres decir, hasta que las palabras comienzan a encajar. Aventura es adrenalina y una pequeña dosis de miedo, es iniciar senderos nuevos, distintos, propios. Es salir a la naturaleza sin estar completamente preparado. Es renunciar a tu trabajo para iniciar una nueva vida. Aventura es la duda, es abandonar la seguridad, es nacer sin habértelo propuesto, pero dispuesto a que el camino a la muerte haya valido la pena.

A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Las nubes cubren los montes que se levantan sobre la orilla izquierda, de tierra oscura y piedras blancas, pero estamos a mediados de la época seca. Agosto es un buen mes para lanzarse a los ríos de la Amazonia. No, no debería llover. Empujamos el R.M.S. Titanic II al agua y partimos. Que sea lo que Dios quiera.

El primer descubrimiento es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que se mueve al mismo tiempo, pero en otra dirección. ‘Ustedes son unos inconscientes. Con lo que le costó al hombre enviar un todo terreno a Marte y ustedes se van de viaje como si todavía estuvieran en la edad de piedra’ repite una voz interna, familiar. Es el pequeño demonio sedentario que nunca se cansa de meterse en mis asuntos.

Poco a poco nos acomodamos y nos dejamos llevar por la corriente. De vez en cuando damos alguna palada espontánea con los remos para enderezar el rumbo o ganar confianza. Nadie habla, después de los primeros momentos de emoción el silencio es exagerado. Como si hubiéramos entrado en una iglesia antigua, en el templo original y común de todos los hombres.

A los lados, árboles de hojas verdes, amarillas y rojo sangre esconden el resto del mundo tras una muralla de vegetación. Después de la primera línea no se ve nada, solo se oyen las voces de la selva que crecen, varían y se repiten. Son monos aulladores, son pájaros de colores intensos que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. Sin duda, nos estamos metiendo en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el río se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, centro e izquierda. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles; no es tan fácil ponerse de acuerdo.

Entonces el primer rápido se adelanta y se convierte en el grito de un animal salvaje corriendo hacia nosotros. ¿Por dónde lo tomamos? La ruta transparente revela el fondo que se mueve a toda velocidad a pocos centímetros de nuestros pies. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda. Las piedras se suceden en una granizada violenta, horizontal. Evitamos ramas, troncos que sobresalen del agua, remolinos traicioneros, burbujas y espuma envenenada. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. El agua choca contra la proa despareja del Titanic, se repele y estalla. Anna y yo remamos delante, empapados, forzando los brazos para quebrar la corriente. Mauro, instalado detrás, empuja la tangana contra el suelo fugaz intentando enderezar la balsa, que insiste en ofrecer su mejilla. Cantos rodados del tamaño de cráneos sumergidos rozan la madera liviana. La tangana se quiebra, pero estamos fuera.

Entonces me pongo en pie para celebrar, resbalo sobre los troncos mojados y caigo al agua. Todavía no vimos caimanes. Quizás éste sea el momento.

A media tarde, cuatro horas después de partir, nos detenemos junto a la desembocadura de un arroyo seco. Y después de amarrar la balsa en la orilla y armar el campamento lo suficientemente alto como para evitar una crecida repentina, busco ramas para hacer un fuego. No hace frío, pero un café caliente ayuda a secar el alma, húmeda bajo la ropa empapada por el río. Empieza un ritual que durará diez días.

Al atardecer comienza a llover. Nos refugiamos dentro de la tienda, hace calor. ¿No estábamos en la época seca? ¿Crecerá el río? Estamos cerca del Ecuador y el día se reparte equitativamente entre luces y sombras, aunque las noches, llenas de relámpagos y voces en otros idiomas, parecen más largas.

Recuerdo África. Sí, de noche extraño el ronquido de los hipopótamos. Faltan los rugidos de los leones acorralando una cría de elefante que berrea desesperada junto a su madre. Faltan las risas histéricas de las hienas. En Sudamérica los carnívoros son silenciosos.

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El último refugio de los incas

Media hora antes del amanecer suena el despertador natural de la selva. Los pájaros presienten la salida del sol y comienzan a piar y cantar en un coro que crece y se multiplica. Los monos se desperezan a los gritos. Pronto, la naturaleza entra en ebullición, CU-CU, A-AH, y llega a su éxtasis cuando los primeros rayos de luz pálida atraviesan las ramas.

Salgo de la tienda y estiro los brazos. Anoche llovió, pero el río continúa en su sitio. No hay plásticos a la vista. Junto a mis pies hay huellas frescas de gato. Otorongo, tigre, jaguar, da igual como lo llamen: son huellas de un carnívoro grande.

A partir de las diez de la mañana el sol pega fuerte y los insectos se multiplican buscando su desayuno. Hay una mosquita blanca casi invisible que siente una debilidad casi fetichista por la piel de los brazos de Anna. También hay mosquitos y jejenes, pequeños dráculas chupadores de sangre, los espantas pero nunca se dan por vencido. En medio de una calma del río aparece una araña caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. En la orilla un tapir gordo y perezoso, perfecto para un asado, atraviesa un cañaveral y se esconde tras la primera línea de vegetación. La selva es una muralla formidable.

Por más que el río corra sobre nuevos rápidos, el avance es lento. Un peque-peque, una canoa larga con tres pasajeros y algo de carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. Acaba de dejar la orilla derecha, donde los barriles de petróleo vacíos se acumulan como una señal de vida.

En algún lugar situado una hora después está Shipitiari, una aldea nativa donde todavía hablan machiguenga. Permanece escondida en el interior de la selva, el único sitio donde se pueden mantener las tradiciones. Allí está la casa de Noemí, una pequeña salvaje de siete años que conocimos en Salvación. Es una niña hermosa e hiperactiva de dientes desparejos, capaz de trepar árboles y personas por el frente y descender por el otro lado cabeza abajo, sin caerse. Sus compañeros de escuela dicen que su padre, el chamán de la aldea, le dio sangre de oso cuando era pequeña. Y que ella heredó su fuerza.

Un poco más adentro está el Manu, uno de los parques nacionales más impresionantes de Sudamérica. Es un paraíso denso y primitivo creado en 1973 que protege dieciséis ecosistemas distintos, declarado Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biósfera. Allí, sepultada bajo montañas de vegetación, aguarda la ciudad dorada de Paititi. El último refugio de los incas continúa esquivando arqueólogos y buscadores de tesoros, perdido en algún lugar de ésta selva impenetrable.

Tres gringos atrapados en el medio del río

Cuarto día de río. El cuerpo, acribillado de ronchas, picaduras rojas y pequeños arañazos, resiste emocionado. En este momento no cambiaría este cansancio por nada del mundo a pesar de que algún tipo de insecto invisible se instaló en mis testículos. No puedo dejar de rascarme. Este regreso a la naturaleza me está convirtiendo en un chimpancé.

El nombre de nuestra nave está casi borrado. Titanic se desdibuja, la madera absorbe agua pero continúa flotando, anónima, como si la suerte hubiera vuelto a echar las cartas y los augurios ahora fueran optimistas. Recuerdo la seguridad de nuestra casa con ruedas. Recuerdo, sobre todo, la sensación de viajar seco. En una balsa te mojas más que conduciendo una moto durante un huracán en Florida.

A la izquierda se abre un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua transparente del Alto Madre de Dios se confunde y se mezcla con el trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte cargado de sedimentos.

–         ¡Áaar-boool! –grita Mauro de repente, de pie en la popa, devolviéndonos a la realidad.

Y remamos, remamos duro intentando vencer a la corriente que nos lleva hacia los brazos abiertos de un árbol hundido y muerto. Hacia nuestro Moby Dick de la selva. No hay fondo, y el golpe es fuerte. Nuestro Titanic se inclina, tiene ganas de darse vuelta y arrojarnos al río. Encallamos contra un arrecife de madera y no tenemos bote salvavidas. Bueno, sí, estamos en el bote salvavidas.

Mauro clava la tangana en el agua buscando un apoyo para estabilizar la balsa. Anna salta sobre el árbol hundido y con medio cuerpo bajo el agua sostiene la balsa para que no vuelque. Yo me pongo en pie, enciendo la cámara de video y comienzo a filmar. Me quieren matar.

Treinta segundos después, cuando Anna amenaza con ahogarme si salimos de esa, busco el machete africano comprado en Uganda que nos acompaña a todos lados y corto una de las ramas. Pero el río no nos suelta, seguimos atrapados. Agarro una cuerda que llevamos atada a la balsa y salto al agua. Me afirmo sobre otra rama y comienzo a tirar de la cuerda para enderezar la balsa. Anna empuja el pedazo de madera que nos detiene en el centro del río.

Tres niños observan sorprendidos desde la orilla. La novedad no es el riesgo ni el peligro del río, son los tres gringos solos, allí, sin guía. Porque por más que hayamos nacido en Europa o Sudamérica somos blancos, somos gringos. Diez minutos más tarde conseguimos liberar la balsa, que se escurre entre los árboles muertos como una ramita arrastrada por el agua.

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Los mineros, el Salvaje Oeste y una cerveza

Adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera levantadas sobre calles de tierra vacías, un par de almacenes con comida, aguardiente capaz de arrancar motores y calma, mucha calma. La calma de aquellos pueblos aislados donde no hay mucho que hacer más que acostarte en una hamaca y dejar pasar las horas observando la danza, el suave volar de las moscas.

Aquí comienza el tramo más pesado del viaje. El río se ensancha y aumenta el caudal, pero va más despacio. Hay que remar durante meandros eternos, círculos casi perfectos que terminan varios kilómetros después a cien metros del inicio de la curva. El tiempo se estira, pero en distancia real no has avanzado nada.

A simple vista la selva amazónica parece espesa y vacía, pero todos los días traen sorpresas. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, cruza el cielo sobre nuestra cabeza. Un martín pescador pasa a toda velocidad buscando comida. Hay garzas apalancadas sobre los juncos y plantas que se cierran al tacto de mis dedos. Una tortuga nos adelanta. Junto a la balsa queda la base hundida de un árbol con forma de cola de avión, timón recto, alas desplegadas, como si Jimmy Angel también se hubiera estrellado aquí.

Día ocho. Hoy vimos los primeros buscadores de oro en la orilla del río. Tenían dragas, bombas de agua y cintas transportadoras. Ni siquiera percibieron nuestro paso. Al atardecer acampamos bajo un árbol gigantesco, mientras el río avanza como un mercenario silencioso.

Día nueve. Durante los últimos días estuvimos bebiendo el agua deliciosa pero turbia del río Madre de Dios. Cuando la hervimos adopta un sorprendente sabor a humo. Pero a partir de ahora deberemos buscar agua en otro lado: estamos entrando a la zona minera de Colorado y los equipos comienzan a ocupar largas extensiones de orilla desnuda. Pequeñas canoas y botes viajan a lo largo del río llevando provisiones y trabajadores. Queríamos descubrir algo de la vida en la selva amazónica y durante los últimos días vimos como el paraíso que nos rodeaba se fue transformando en un infierno contaminado.

El mismo Colorado es un recuerdo de los pueblos del Salvaje Oeste, enclavado en el fondo de una selva sudamericana. Tiene calles sin asfaltar, casas de madera cruda, negocios de compra/venta de oro las 24 horas del día, polvo levantado por los acelerones de los tuk tuks, puestos de Inka Cola y el mordisco de la prostitución que se asoma cuando se pone el sol. Hombres y mujeres llevan la camiseta gratuita del partido político que une a los mineros, caucheros, madereros y granjeros. Gente que solo quiere extraer los recursos de la selva y dejar poco más que basura tóxica y deforestación.

Después de encontrar un hostal buscamos un bar para brindar con unas cervezas heladas. Hablamos acerca de los caminos que hay que tomar para que los sueños se vuelvan realidad. Acerca de la gente que quiere vivir aventuras pero tiene miedo de asumir riesgos. Quince días atrás no sabíamos que esta historia estaba escrita en nuestro destino. ¿Un viaje en balsa por un río del Amazonas? Sí, claro.

Ahora debemos encontrar una ruta para salir de Colorado. La Cucaracha Libre, nuestra casa 4×4, debe estar ansiosa por reemprender el camino hacia el norte por la ruta Panamericana hacia Deadhorse, Alaska. Aquí no hay buses ni taxis, la única forma de salir parece ser una larga combinación de camión-bote-camioneta que finalmente nos acerque hasta un autobús.

–          O -digo antes de tomar un trago de cerveza helada -podríamos volver al río Madre de Dios y comenzar a remar en contra de la corriente. Yo, el mono blanco, con mis amigos y los jejenes chupadores de sangre…

Entonces Anna apoya su botella de cerveza helada sobre la barra y entrecierra los ojos. Me lee, sabe que estoy a punto de comenzar a pensar en voz alta de nuevo.

–          ¿Y si…?

 

6 Comments on “208- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL”

  1. Me encantó el relato. Coincido con Antonio en que aventura es todo lo que no está planificado. Los guías de paracaidismo se tiran al vacío todos los días y no por eso deja de ser una aventura para un oficinista que lo hace por primera vez. Lo más lindo de viajar es sorprenderse a cada instante.

    Los leo siempre. Los invito a que pasen por mi blog.

  2. hola compadritos, espero esten bien y exelente relato, como dicen puras buenas aventuras…….
    al camilo ( que nombresitio para empezar) bueno creo que por eso esta enojado con la vida ajajajaj, es el clasica persona que todo le molesta y critica pero nunca hacen nada,,, me recuerda a los chilangos de aca nunca les ganas una a los pende…………….

    saludos y esperamos mas relatos, gracias

  3. Hola Camilo,
    comprendo tu punto de vista aunque, la verdad, es que solo los niños y los pobres entre los pobres se deben mover por los ríos del departamento peruano de Madre de Dios en una balsa de troncos. Y digo se “deben mover”, porque creo que solo vimos otra balsa de troncos además de la nuestra. Tanto los nativos como los colonos viajan de una aldea a otra en peque peques (canoas), algunas de las cuales incluso tienen motor.
    Si buscas entre las fotos, encontrarás el montón de canoas junto a la orilla del pueblo de Boca Manu y verás que solo hay una balsa de troncos… la nuestra.

    Saludos y gracias por participar.

  4. Camilo lo que para muy pocos es algo cotidiano (indigenas y colonos), para las demas personas de este mundo es una aventura. Todo lo que no puedes planificar de antemano, y lo dejas a juicio del destino, es una aventura.

  5. Pura basura, nada de aventura; eso es lo que hacen los indígenas y colonos de la selva todos los días.

  6. Gracias Pablo, Anna, Mauro… por compartir tan bello, sensitivo y rico relato-experiencia. Estas cosas acercan a la tierra-Tierra, a la sensibilidad, a la pura sensación-oportunidad de estar vivos y a la necesidad de exprimir la naranja existencial al máximo para que desparrame su magia por doquier.
    Gracias.
    Bella literatura.

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