207- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 1ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4 - Around the World in 10 Years

Esta es la primera parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

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La aventura solo es aventura cuando no estás preparado para todo lo que puede ocurrir. Suele comenzar como una insinuación, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los archivos de la memoria o una sugerencia despreocupada y remota recogida al vuelo por algún inconsciente que andaba cerca.

– ¿Y si…?

– ¿Por qué no?

– Dale.

Es uno de los instantes más importantes de un viaje: cuando los sueños dejan de ser una nebulosa absurda y se convierten en un plan. Cuando te das cuenta que tienes un cómplice, que esa aventura que guardabas escondida como tu pornografía particular es un deseo compartido. Es el minuto cero del viaje, todavía no saliste de casa y ya estás en problemas, cualquier insinuación de retirada te etiquetaría en la categoría gallina de ciudad.

El objetivo da igual: perderte en los desiertos del México real más allá de la colonia norteamericana de Baja California, lanzarte en paracaídas con esquíes sobre el cráter de un volcán nevado (si está en erupción, mejor) o llegar en moto o cuatro por cuatro hasta el final de la Dempster, la Dalton o la ruta Panamericana. Hasta donde se encuentre tu fin del mundo, en Tierra del Fuego, África o la Luna.

En nuestro caso, ese desafío inconsciente que a veces sale de este sitio insensato de tu cuerpo llamado boca, se había convertido en un plan descabellado. En realidad, a primera vista la idea era tan sencilla que parecía posible: había que llegar hasta el final del último camino en la selva amazónica peruana con nuestra máquina capaz de atravesar continentes (a.k.a. La Cucaracha), y seguir adelante en una balsa de troncos.

Sí, una balsa como las del viejo Tarzán en sus aventuras por África. Como las que descendieron los ríos en la carrera del oro de Alaska y Yukón. Habían pasado casi 470 años desde que el primer hombre blanco, el explorador español Francisco de Orellana, recorriera el río Amazonas desde la cima de los Andes hasta el océano Atlántico. Y nosotros seguíamos despreciando la fibra de vidrio.

Sin duda, hubiera sido más seguro hacer el viaje en kayak o canoa. Incluso hubiera estado bien conseguir un mapa decente y detallado, no esa fotocopia de mapa turístico doblado en cuatro para que entrara en el bolsillo del pantalón. Podríamos haberlo pospuesto hasta que tuviéramos el equipo adecuado. Era una excusa aceptable, de ave de corral, aunque aceptable.

Pero era ahora o nunca y, de vez en cuando, hay que cometer alguna locura. ¿De qué otra manera se podía llamar un viaje en una balsa de troncos, sin guía, por un río que no conoces de una selva lejana, infestada de caimanes y anacondas, sin teléfono satelital ni posibilidad de rescate por una ruta lateral, armado con un machete africano y una navaja suiza?

Había dos motivos importantes para lanzarnos al río: el primero era porque se nos había ocurrido. El segundo era porque si realmente queríamos conocer la selva amazónica, Anna y yo debíamos aparcar nuestra furgoneta Mitsubishi L300 4×4 de 1991 con matrícula española, llamémosle hogar durante los últimos once años de viaje alrededor del mundo, y tomar una ruta de agua.

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Treinta dólares, el precio de la aventura

Ya llevábamos cinco meses recorriendo Perú, uno de los países más interesantes de Sudamérica. Habíamos explorado extensivamente los dos mil kilómetros de desiertos costeros y sobrevolado en avioneta los dibujos gigantes de las Líneas de Nasca. Habíamos caminado hasta los pies de Machu Picchu sobre las vías del tren y cruzado varias veces los Andes sobre rutas capaces de quitarte el aliento a más de 5000 metros de altura (16.500 pies). Pero fue en Cusco, antigua capital del imperio inca, donde nos cruzamos con Mauro, un cooperante uruguayo que trabajaba casi gratis para que los niños de la selva pudiesen ir a la escuela.

Nos invitó a visitarle en Salvación, un pueblo de unos quinientos habitantes en el estado de Madre de Dios. Sobre el mapa no era lejos, trescientos kilómetros siguiendo una línea que se hacía cada vez más delgada hasta desaparecer. Sobre el terreno eran doce horas de camino tortuoso poblado de combis y camiones conducidos por kamikazes que creían en la vida eterna.

Aquella era tierra de colonos en lucha permanente por conquistar un nuevo territorio salvaje para la vida civilizada. Colonos ansiosos por conseguir una parcela de tierra para sacar madera, para cultivar maíz, para criar algo de ganado, para buscar oro. En el camino quedaba la naturaleza convertida en cadáver y las tribus que vivían allí diezmadas por el alcohol y las costumbres importadas.

La idea surgió la segunda tarde, mientras observábamos el río Alto Madre de Dios que fluía rápido, como una autopista al corazón de Sudamérica. Su destino final era el océano Atlántico, con escalas intermedias en Bolivia y Brasil donde se convertía en el río Madeira, uno de los afluentes más importantes del Amazonas. Pero no pretendíamos llegar tan lejos. El viaje en balsa podría terminar a diez días, en el pueblo minero de Colorado, de donde salía la primera ruta. Eran unos doscientos kilómetros en línea recta, sin contar curvas del río, accidentes o pirañas.

– Mauro, ¿alguna vez manejaste una balsa? Imagino que tendrás permiso de conducir… –la pregunta era importante. Alguien debería saber dónde están el volante y los frenos, porque yo no los veo.

– Sí, manejé una en la cocha.

Las cochas son lagos alargados rodeados de selva, brazos abandonados por ríos que cambian de curso después de una temporada de lluvias intensa. Pero en la cocha no hay velocidad, no hay piedras ni árboles sumergidos. Una cocha es un sitio perfecto para una vida contemplativa. Y eso no es lo que teníamos en mente.

Dos días después llegamos a Shintuya, una aldea poblada por nativos de la tribu Harakmbut, final del último camino en esa zona del estado de Madre de Dios. Está a cuarenta kilómetros de Salvación, dos horas de viaje por una ruta que nadie pintó en los mapas. Tiene unas cincuenta casas construidas con ramas y ladrillos de adobe, una misión cristiana, un bar y dos almacenes que venden arroz, aceite, galletas y poco más.

Allí vive Leoncio, el armador oficial de balsas del pueblo, que nos pide veinticuatro horas y cien soles por el trabajo. Treinta dólares, ese era el precio de la aventura. La balsa estará armada con troncos de un árbol de madera blanca y liviana llamado topa, unidos con clavos de chonta, otro árbol de madera negra y dura. El diseño (pendiente de patentar) incluye una pequeña mesita de cañas en el centro como portaequipajes y dos tanganas de cinco metros de largo, dos árboles delgados que servirán para avanzar empujando el fondo del río. Añadimos dos remos rescatados de un viejo kayak inútil y ya está. Una balsa es una balsa, no puedes elegir el color ni los acabados ni la tapicería, tan sólo el pedazo de madera cruda que te va a servir de asiento.

Al día siguiente tenemos una balsa nueva, cero kilómetro, de 4 metros de largo por 80 centímetros de ancho, aparcada en un arroyo cercano. Mientras cargamos el equipaje (una tienda de campaña, sacos de dormir, comida para diez días, una botella de ron, poca ropa, la olla de la abuela de Anna, un racimo de unos treinta plátanos y litros de spray anti mosquitos) se acercan algunos vecinos a curiosear. Señalan, comentan en voz baja y mueven la cabeza para uno y otro lado. Parece que se están despidiendo para siempre.

– Bueno… si no vuelven en un mes heredo la camioneta, ¿no? –pregunta el cura.

– Esta balsa no está bien, deberían atar los troncos con alambre. Si nunca manejaron una balsa se van a dar muchos golpes –afirma Miguel, encargado de vigilar, a veces, la tala de árboles.

– Tienen que asegurar mejor el portaequipajes, las tiras de corteza se aflojan cuando se secan –comenta Gerardo, su colega en Shintuya.

– ¿Y no sería bueno ponerle un tronquito más? –pregunta Laia, cooperante de Barcelona.

– Gracias, gracias a todos por sus palabras de apoyo y el optimismo. No es un barco pero flota. ¿Qué nombre le ponemos? –pregunto, mientras Mauro y Anna dejan de acumular provisiones sobre la arena.

Silencio. Todos miran con escepticismo y pena nuestro próximo medio de transporte. El cura, el guardaparques, su ayudante, los niños descalzos. Cambiamos un cuatro por cuatro por una balsa de troncos y los caminos de tierra por los caminos de agua. De repente, Anna comienza a reír.

– ¿Qué les parece si la llamamos Titanic?

Nunca un proyecto fue tan realista con sus posibilidades de fracaso.

(continúa en 3 Gringros, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte)

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