203- En balsa por el río Madre de Dios (historia para la revista Altaïr)

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UN EMOCIONANTE DESCENSO FLUVIAL POR LA AMAZONIA PERUANA

Ocho días llenos de esfuerzo y maravillas llevan al autor hasta el asentamiento minero de Colorado, tras superar rápidos, troncos sumergidos, caimanes y otras trampas.

La aventura solo es aventura cuando no estás preparado para lo que puede ocurrir. Suele comenzar como una sugerencia insensata, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los archivos del cerebro o una sugerencia despreocupada y remota recogida al vuelo por algún inconsciente que andaba cerca. En este caso, ese inconsciente era un cooperante uruguayo de paso por Cusco llamado Mauro.

– ¿Y si…?

– ¿Por qué no?

– Dale.

Terminamos encargando una balsa en Shintuya, una comunidad nativa en la frontera del Parque Nacional Manu, en Perú. Sí, una balsa como las de Tarzán, de seis troncos de un árbol blanco y liviano llamado topa, unidos con clavos de una madera dura y negra llamada chonta. (los mismos troncos que usó Orellana para descender el Amazonas). La idea era tan sencilla que parecía posible: bajar el río Alto Madre de Dios hasta el asentamiento minero de Colorado, unos ciento cincuenta kilómetros en línea recta sin contar meandros, rápidos, troncos sumergidos o pirañas.

Había dos motivos: el primero era porque se nos había ocurrido. El segundo era porque si realmente queríamos conocer la selva amazónica, Anna y yo debíamos aparcar la furgoneta 4×4 con matrícula de Barcelona que se había convertido en nuestra casa durante los últimos 8 años de vuelta al mundo y comenzar a viajar por una ruta de agua.

Nunca una idea había sido tan realidad con sus posibilidades de fracaso, por eso a la balsa le pusimos nombre: Titanic.

OTRO FIN DEL MUNDO

Lo primero que descubrimos en el río es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que también se mueve. Luego comenzamos a mirar a los lados. Árboles de hojas verdes, amarillas y rojas esconden pájaros de colores que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. El agua verde pero transparente revela el fondo a pocos centímetros y lo vuelve a esconder. Estamos en mitad de la época seca, lejos de todo, en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el Alto Madre de Dios se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, izquierda y centro. Parece una imitación de la política. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles.

Entonces el primer rápido se adelanta convertido en el grito insistente de un animal salvaje. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda, dos troncos intentan separarse, el agua se repele y estalla. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. Los remos se mantienen quietos junto al machete clavado y el cuerpo resiste acribillado por nuevas picaduras rojas. Parece que por aquí nadie alimenta a los insectos. Cuando salimos me pongo en pie para celebrar pero resbalo sobre los troncos y caigo chapoteando al agua como un gato despatarrado. Todavía no vimos caimanes.

EL PAITITI ERA VERDE

Todos los días traen sorpresas. Un tapir gordo y perezoso atraviesa un cañaveral y se esconde en la selva. Una araña llega a la balsa caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. Hay garzas apalancadas sobre los juncos, plantas que se cierran al tacto de mis dedos y las huellas de un otorongo, un jaguar, que amanecen junto a la tienda. Un peque-peque, una canoa larga llena de pasajeros y carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. A la derecha aparece una plantación de bananos, una mancha organizada en el caos natural de la selva. Los colonos reclaman otro territorio.

Ya pasamos los asentamientos de Itahuania y Bonanza y las aldeas nativas de Shipitiari y Diamante. Detrás de la orilla izquierda está el Parque Nacional Manu, un paraíso con dieciséis ecosistemas declarado Patrimonio de la Humanidad. En algún lugar, aquí cerca, descansa el Paititi, la última ciudad escondida de los incas.

Al cuarto día llegamos al trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte. Más adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera entre calles de tierra vacías de motores, almacenes bien dotados de licor y calma, mucha calma. A partir de allí el río se ensancha y discurre lento, hay que remar para superar meandros interminables. Cruzamos un bosque de árboles hundidos que se estiran como los brazos de un ahogado. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, pasa sobre nuestra cabeza. Una tortuga es la última en escapar.

Al octavo día de viaje sabemos que nos acercamos a Colorado cuando aparecen los primeros buscadores de oro. Sus cintas transportadoras ancladas en la orilla avanzan con un murmullo permanente. Llevan la camiseta de un partido político que reúne a los caucheros, madereros, mineros y agricultores de la selva, ansiosos por la tala, la minería y la agricultura. Observo la tierra removida, la transformación del paraíso en infierno contaminado y me dan ganas de volver a remar contracorriente, río arriba.

A TENER EN CUENTA

COSTE DE LA BALSA: 25 euros.

ARMADOR: Leoncio, en la comunidad de Shintuya.

COMO LLEGAR: en bus desde la ciudad de Cusco hasta Atalaya, vía Paucartambo. Después, en camioneta hasta Shintuya.

COMO SALIR: desde Colorado, en camión, lancha y camioneta sucesivamente.

EQUIPO: son necesarios un par de remos y alguna tangana (rama larga y resistente) para impulsar la balsa. Un machete y una reserva de alimentos no perecederos, aunque en las aldeas se encuentra algún almacén de artículos básicos. Es fácil conseguir leña para hervir agua para beber. Bloqueador solar.

DIFICULTADES: evitar los troncos hundidos y las orillas erizadas de cañas afiladas. Los insectos invisibles de la selva son capaces de picar en lugares donde nunca antes te había picado un insecto.

CUANDO IR: julio y agosto es época seca, los ríos están bajos y hay playas donde acampar.

UN LIBRO DE REFERENCIA: “El Río” de Wade Davis, ed. Pre-textos y “Río de América” de Luis Pancorbo, ed. Laertes.

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