204- Cásate conmigo 1. Historias de amor en el Egipto tradicional

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Poco ha cambiado en Abu Sir desde la época de los faraones.

El pueblo sigue siendo un laberinto de callejuelas retorcidas y pa­redes de adobe gastadas. Las casas están habitadas por mujeres gruesas, niños hiperactivos y hombres con bigote que llevan ves­tidos largos, como sus tatarabuelos. Todos sueñan con poseer una camioneta-taxi que viaje a la ciudad cargada de gente, pero en la vida real se conforman con un burro. Sí, hay algunos teléfonos, bastantes televisores y muchos radiocasetes que hacen de las calles un remix de oraciones a Allah y música pop egipcia, pero sólo es el maquillaje que oculta el curso tradicional del Nilo.

Los niños crecen pactando las horas de escuela con las horas de trabajo. Arrean los animales, acomodan cajas y vocean en los mercados. En las tardes libres persiguen balones en los campos baldíos del desierto o gambetean las lápidas del cementerio donde cada viernes se reúnen las familias para almorzar con sus muertos. También tienen juguetes de colores, armas para matar sionistas in­visibles y coches que sólo podría conducir una cucaracha, pero cuando suben a los montes pelados de las afueras de Abu Sir se divierten levantando una bolsa de plástico atada a la punta de un palo. Y si el viento ayuda, tenemos una nueva bandera de libertad.

Las mujeres enseñan el rostro, los tobillos y las manos mientras caminan con cubos de agua en equilibrio delicado sobre su cabeza. O mientras cargan enormes atados de pastos recién segados para los animales que hoy se quedaron en casa; o la ropa limpia, o las alfombras que acaban de lavar en la orilla del canal. Sus vestidos rojos, azules o púrpuras contrastan con los muros blancos cubiertos de dibujos naïf. Hay aviones, barcos, autobuses y re­presentaciones de la Kaaba, el sitio más sagrado del Islam. Son los hogares de quienes han cumplido con el hajj, la peregrinación anual a La Meca.

Al anochecer las calles se tiñen lentamente de amarillo, iluminadas por las bombillas desnudas de los comer­cios que permanecen abiertos hasta que el vendedor se queda dor­mido. En los techos se suceden maullidos y cacareos desesperados, los gatos compiten con los gallos por la propiedad de las gallinas. A esa hora todos los televisores se concentran en las desdichas de Mansur, el protago­nista de la telenovela de moda en la televisión egipcia. Los comerciantes confían en la honestidad de los vecinos y se centran en la pantalla. Las mujeres se encuen­tran en las casas y los hombres dejan de jugar ruidosas partidas de dominó para atender el episodio del día. ¿Podrá Mansur vencer sus malos instintos y comportarse como un hom­bre decente? ¿Dejará de meterse en problemas y de engañar a sus amigos? ¿Podrá encarrilar su vida y llevar la felicidad a su familia como un buen musulmán?

Aparte del ayuno por Ramadán y las andanzas de Mansur, en Abu Sir nada parece demasiado importante. Las pirámides de la Quinta Dinastía que se levantan en el horizonte han visto nacer, llorar, reír y morir a muchas generaciones. Vieron a Samir con veinticinco años diri­girse a una fiesta con el monólogo aprendido para pedir a Fregha, cásate conmigo. Habían conversado poco, los hombres y las mu­jeres no se mezclan a no ser que sean de la misma familia, pero lo que veían les gustaba. Él era un buen musulmán, practicaba karate y tenía músculos de acero. Ella era bonita, tenía una sonrisa pícara y reía mucho. Él dijo todo lo que esperaba de ella y que, a diferen­cia de otros hombres, quería tener una sola mujer. Ella volvió a reír y aceptó.

Unos días más tarde el padre de Samir golpeó la puerta de la familia de Fregha. Tenía algo muy importante que arreglar con el hombre de la casa. Se sentaron frente a frente separados por una mesa baja. Bebieron té, comieron pasteles cubiertos de almíbar, hablaron orgullosos de sus vidas y sus negocios, fumaron narguile y arreglaron la dote que Samir debía pagar por la boda. Ella era una chica respetuosa, bien educada, y sabía hacer muchas cosas. Pero había amor de por medio, así que el padre de ella pidió una dote razonable.

Meses después se casaron. Ella pronto quedó embarazada y tuvie­ron un varón, una auténtica bendición de Allah. Samir compró una casa antigua en el centro del laberinto estrecho de Abu Sir y con el tiempo dejaron de criar gallinas y alimentar gatos. El gallo terminó en la olla.

(Extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años)

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