187- La represión en Siria.

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Se me pone la piel de gallina cuando leo en el periódico que en Siria ya debe haber unos 3000 muertos por la represión en contra de la gente que reclama una mayor participación popular en la política. Siria sigue siendo una dictadura familiar.

Está claro, la familia Al Assad en el gobierno desde 1970 no quiere dejar el poder. Sus aliados no quieren perder sus privilegios, los servicios de inteligencia siguen teniendo oídos tras cada pared, el ejército todavía se mantiene fiel. ¿Hasta cuándo?

Estos son extractos de ‘El Libro de la Independencia’, que hablan de temores, deseos, confesiones y complicidades de los sirios cuando pasamos por allí. Conocimos terratenientes que estaban del lado del poder y civiles que estaban hartos de mantener la boca cerrada.

Ojalá sirva para que no nos olvidemos que allí la gente sigue muriendo por su libertad.

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‘Lo que más llama la atención en Alepo es la adoración particular y exhibicionista hacia la familia al-Assad, en el gobierno desde 1970. Hay carteles con la foto del presidente en los puestos del zoco, en los comercios y edificios públicos, en las casas y las columnas del alumbrado. Muchos vehículos tienen los cristales cubiertos de pegatinas con el rostro del fallecido Hafez al-Assad en el pecho de un águila imperial. Casi siempre aparece rodeado de sus hijos, el actual presidente Bachir al-Assad y su hermano fallecido Basil, con gafas de policía y la misma pose de Rambo. Sus imágenes enmarcadas en cenefas y luces de colores se multiplican hasta en los parachoques soldados de los minibuses de pasajeros.

Es la omnipresente gráfica del poder, el gesto que reafirma la fidelidad de la segunda ciudad del país al gobernante de la capital. La confirmación del culto a la Santísima Trinidad. El Padre que está en el paraíso, el Hijo que está en el gobierno, y el Espíritu Santo, el primogénito adorado que debía ser presidente, pero murió en un accidente de tráfico.

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Sentado a nuestro lado está Ahmed. Es dueño de uno de los pocos locales de internet tolerados por el gobierno en Damasco y se ofrece a guiarnos por los pasajes de la ciudad. Quiere volver a tener la sensación de estar en otro lugar, hablar otro idioma y olvidar que las paredes también son confidentes del Servicio de Información del Estado. Detesta que lo consideren árabe, le gustaría ser hitita o arameo y no se calla, es un manual impreso en pólvora y resentimiento. Ha vivido diecisiete años entre Europa y Estados Unidos, donde se casó con una norteamericana. Decidió regresar a Siria cuando su padre enfermó, pero a ella le negaron el visado. A él le dijeron que para casarse con una extranjera tendría que haber pedido permiso al Estado. Quiere ir a verla, es su esposa, pero no le autorizan a salir del país.

– Permiso, permiso, permiso. Después de tres años de separación estamos tramitando el divorcio –explica furioso.

Mientras caminamos se desahoga, supone que puede hablar sin miedo. De su boca escapan todos los demonios. Sólo se tranquiliza cuando cruzamos una pequeña puerta que se abre bajo una antigua estrella de David grabada en la piedra y nos fundimos con un grupo de gente que conversa en un patio abierto.

Una estrella de David en Damasco…

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La visita de Tío Policía no es casual, nuestro anfitrión le avisó que tenía dos extranjeros en su casa. Que se acercara a cenar. Que nos dio alojamiento como buen musulmán y que, como buen sirio, informa a las autoridades de cualquier hecho anormal. Nosotros somos algo anormal.

Que él conseguiría nuestros pasaportes. Que nunca se sabe después de lo que pasó con los espías israelíes atrapados en Damasco. Que por Aushariya no pasan extranjeros y quizá entramos ilegalmente al país. Que él es un buen ciudadano que colabora con el gobierno del excelentísimo presidente Bachir al-Assad, hijo del amado Hafez al-Assad, que Allah lo tenga en su gloria. Y que, como abogado, respeta las leyes de su país y desea el orden. Que no hay problema, él conseguirá nuestros pasaportes.

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Antes del mediodía comienzan a llegar más hombres. Un coronel canoso que muy pronto será ascendido trae de Damasco al primogénito, el hijo militar de Mansur.

– Son cuatrocientos cincuenta y cinco kilómetros y hemos llegado en poco más de dos horas. Con mi nuevo Mercedes Benz alcanzamos los doscientos treinta kilómetros por hora –asegura el coronel disfrutando sus palabras, antes de recostarse lascivo sobre los almohadones que nos rodean en el jardín, frente al río Éufrates.

Otro amigo de la familia llega desde Mambj, a cuarenta kilómetros. Es el encargado de la custodia y distribución del agua en la región, un trabajo importante cuando vives en el desierto. Tiene unos cincuenta años y lleva el cabello teñido de negro juventud. Su cara apunta hacia abajo, parece afilada por una gran nariz y una sonrisa constante, sin muelas.

A mi lado se sienta un hombre mayor, apostaría la furgoneta a que está relacionado con los servicios de inteligencia. Durante un buen rato nos observa mudo, sin distraer sus ojos atentos enmarcados en cejas finas pero abultadas. Debe estar leyendo nuestro cerebro. Los espías israelíes comparten tics que no tienen los europeos. Por ejemplo, a veces se les escapa un shalom, o tienen el pelo aplastado en la nuca, la marca del kipá sobre la coronilla. Yo me limito a sonreír. Finalmente se presenta como un viejo profesor de inglés que vive en Alepo. Por supuesto.

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Extractos de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros de viaje La Vuelta al Mundo en 10 Años.

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