183- La ruta hacia el Ártico 8: Bienvenido a Deadhorse, bienvenido a Prudhoe Bay

Cartel de Deadhorse, bienvenido al norte de Alaska, final de la Dalton Highway, y de la ruta Panamericana en América del Norte

Es la una del mediodía del 25 de julio y la temperatura en Deadhorse, Alaska, final de la última ruta en el norte de Norteamérica, es de 4 grados centígrados. Lo dicen los termómetros.

Es verano en la línea del paralelo 70 norte.

Sigue nublado, como ayer y antes de ayer y como casi todos los días que recuerdo en el estado número cuarenta y nueve de Estados Unidos. Hace frío, frío del tipo maldito que se te inyecta en los huesos con hambre y se agarra desesperado pidiendo atención.

Aunque el guardia de seguridad del portón que cierra el camino hacia el norte va en camisa oficial de manga corta. No desentona, casi todos los que trabajan en este pueblo industrial levantado al filo de la orilla del Océano Ártico van en manga corta. Sí, es verano, en Deadhorse hace un frío de los mil demonios pero es verano. Y hay que vivir como en verano.

El guardia es un gordo fortachón llamado Randy, simpático a pesar de que me dice que no puedo sacar las fotos que ya saqué.

–          Todos los edificios que hay por aquí son de compañías que brindan servicios al campo petrolero de Prudhoe Bay, que pertenece a BP. Supongo que ya sabes que no puedes pasar con tu vehículo a través de la puerta.

Asiento en silencio.

–          Lo siento, son las reglas –afirma sin perder la sonrisa.

–          ¿Era igual antes de los ataques terroristas del 2001?

–          Sí, las normas son las mismas desde antes del 2001. Si te interesa llegar hasta el Océano Ártico puedes tomar el tour. Cuesta cuarenta y cinco dólares y tienes que registrarte con veinticuatro horas de anticipación para que seguridad nacional pueda investigarte. Pero la verdad, no lo recomiendo. Te llevarán por las instalaciones petrolíferas y después de un rato te enseñarán el mar. Y si quieres puedes mojar el pie en el Ártico. Nada más. Si solo quieres ver el mar, hazlo. Está a solo diez kilómetros…

Más allá de la disyuntiva personal de si es indispensable gastar ese dinero para meter el pie en agua fría, lo que encontramos en Deadhorse es casi angustiante. Deadhorse es un sitio práctico y feo, dedicado a producir dinero en una de las regiones más inhóspitas del mundo. Todos los edificios son metálicos e impersonales. Las grúas se mezclan con los camiones cisterna y las máquinas perforadoras y las camionetas todo terreno con los contenedores.

Deadhorse es uno de esos pueblos que uno quisiera que fueran distintos. Que tuvieran algo memorable, algo que te ayudara a recordarlo con satisfacción, más allá de los 100.000 kilómetros de ruta que te llevaron hasta aquí. Por lo menos, que los edificios fueran iglús gigantes, que el tipo vestido de guardia de seguridad en realidad fuera un oso blanco o hubiera barra libre de combustible.

Pero no, Deadhorse es feo y se encuentra aislado en una región que permanece con temperaturas bajo cero más de la mitad del año. Hay que pagar bien para atraer a la gente a este agujero helado. El acuerdo no es malo. Los empleados trabajan dos semanas y tienen dos semanas libres. Suficiente para tomar un taxi, que aquí tienen alas, y volar a Fairbanks o Anchorage, donde casi todos tienen un hogar cuando dejan Deadhorse.

Pienso: dos semanas y un buen sueldo dan para volar a China y volver. O a la Patagonia, o a Europa, o a África, o a donde quiera que sueñes, diez días, una vez al mes. Si te gusta viajar, no está tan mal trabajar aquí.

Luego vamos a la oficina de correos, de donde nos enviamos un par de postales a nosotros mismos. A Barcelona. Junto a la ventanilla hay una colección de fotos Polaroid, de cuando hace unos años retrataban a los viajeros con ruedas que llegaban de lejos.

–          ¿Qué hace la gente para entretenerse en invierno, además de ver la televisión y dormir como marmotas? –le pregunto a una de las dos mujeres que atienden el puesto, que se ríen.

–          En invierno, aunque no lo parezca, hay muchos más caminos que en verano. El hielo y la nieve pavimentan ríos y senderos que puedes recorrer con raquetas y motos de nieve. Puedes viajar por los bosques con trineos tirados por perros que nunca se rompen, o pescar en agujeros en el hielo, o dedicarte a la caza con rifle o a la caza tradicional con arco y flecha… siempre hay cosas por hacer. Y si no hay, te las inventas. Aquí nadie se aburre.

Tiene razón. Entonces recuerdo que una de las aficiones del invierno es apostar en primavera sobre el día y la hora en que se romperá la capa de hielo que cubre el río Yukón. En un pueblo llamado Chicken tiran cañonazos cargados de ropa interior. En la costa puedes cazar salmones con arpón. Lo hice, es fácil.

Mientras tanto la vida sigue normal en el norte del mundo, donde ese apocalipsis llamado calentamiento global parece más bien una bendición. Entonces los inviernos serán menos duros y largos. Menos blancos. Y la vida más amable, en este rincón helado del planeta Tierra.

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