180- La ruta hacia el Ártico 5: Y aquí termina América…

End of the Dalton Highway

La Dalton es la última ruta de América del norte. La que se estira más que ninguna otra hacia el océano Ártico, hacia el norte más lejano.

Comienza a un poco más de 100 kilómetros al norte de Fairbanks, Alaska, después del desvío que lleva al pueblo de Livengood (Buena Vida), y se extiende sobre taiga, montes cubiertos de bosques de abetos, y tundra llana e infinita por unas 414 millas.

Busco la calculadora y multiplico por 1,61. Son 666 kilómetros de grava y asfalto hasta los pozos de petróleo de Prudhoe Bay.

Sin duda, más de un personaje de la ruta diría que el número 666 no es casualidad. Que es una señal de Dios, una señal que identifica al petróleo con el demonio, un aviso divino que anuncia que la Dalton es una ruta maldita.

Alejaos, oh pecadores.

Como contaba en la historia anterior, las primeras 175 millas (282 kilómetros) te dejan en la parada de Coldfoot (Pies Fríos) después de cruzar el puente inclinado sobre el río Yukón y la línea imaginaria del Círculo Ártico. (Ver La ruta hacia el Ártico 4: La Dalton Highway)

Hace frío, llueve. Es un verano normal.

A partir de aquí y hasta llegar a Deadhorse/Prudhoe Bay se acabaron las gasolineras. Se acabaron los moteles levantados con viejos contenedores pintados y los restaurantes con café-cama-comida donde perder el tiempo y unos dólares en souvenirs absurdos. Se acabaron las bolitas de caca de alce plastificada.

No hay más rodajas de cuernos de los renos de Santa Claus.

Adiós a los pelos de mamut que podrían ser pendejos de oso.

Después de Coldfoot solo queda Wiseman, el único pueblo auténtico de la Dalton. Una reliquia fundada en 1908 durante una de las tantas carreras por el oro que se dieron en Alaska y Yukón hace poco más de cien años. Pero Wiseman todavía permanece vivo, silencioso y aislado, quieto, detenido en el tiempo, congelado como un Walt Disney ártico. Tiene un pequeño aeródromo de tierra, una avioneta y treinta casas de madera decoradas con astas de alces. Una capilla cristiana que permanece abierta las veinticuatro horas y jardines llenos de motores, coches, máquinas mineras y tractores antiguos convertidos en macetas de verano.

Wiseman es la última pausa relativamente civilizada en este peregrinaje personal hacia los extremos. Después solo quedan unas pocas estaciones de bombeo del oleoducto que acompaña los 384 kilómetros de ruta que restan hasta el Ártico. Algún ciclista temerario; más motociclistas; un par de caravanas pequeñas conducidas por jubilados intrépidos; pocos 4×4; y muchos camiones brutos.

Camiones de casi veinte metros de largo y nueve ejes que arrastran cerca de cuarenta ruedas. Eso es grande y te aseguro que impresiona. Sobre todo cuando te cruzas con ese que avanza a toda velocidad descendiendo sin miedo una colina, un Charles Bronson que dispara piedras que atraviesan parabrisas.

Es parte de la naturaleza salvaje del norte. Hace treinta años estos camioneros barbudos conducían motos Harley Davidson por las rutas polvorientas del sur de Estados Unidos al mejor estilo Easy Rider. Avanzaban sin destino, solo por el placer de hacer kilómetros en contra del viento. Solo por estar en el camino.

Solo por estar en el camino.

Hoy, el espíritu marginal de la ruta está en el norte, uniendo pozos de petróleo desterrados con la vida confortable de las ciudades. Manejando sobre carreteras larguísimas y aisladas en verano. Y más lejos, sobre los ríos helados en invierno. Ellos, los barbudos que se sientan al volante, son auténticos Hulk del norte: asesinos de la ruta con licencia o humanos tremendamente hospitalarios si tienes una avería en este territorio de montañas y arroyos sin nombre.

A ellos les pasó.

Saben que es duro, que no hay señal en el teléfono, que aquí es más barato abandonar el vehículo que llamar a una grúa.

Que es cuestión de vida o muerte.

Pero ahora nada es tan grave. Estamos en verano, una de las tres estaciones que se suceden durante quince semanas frenéticas entre junio, julio y agosto. Esto se llama primavera-verano-otoño a toda velocidad, la época donde la tierra se convierte en un enorme tapiz verde, violeta y amarillo cubierto plantas y flores que aprovechan para tomar un poco de ese sol que ahora ilumina las 24 horas del día.

Porque la noche no se pone nunca. Y el cuerpo se da cuenta de ello. Por eso alarga los días y tu ritmo biológico cambia, se estira y pasa a tener veintiséis horas. Y de repente te das cuenta que terminas de conducir a las dos de la madrugada, con el sol de medianoche en el horizonte.

Que poco a poco los abetos se volvieron más delgados y los montes que escoltan la ruta se convirtieron en montañas, en la cadena de Brooks. Y cuando observas un mapa recuerdas que estás avanzando entre parques nacionales. A la izquierda está Gates of the Arctic, a la derecha el Refugio de Vida Salvaje del Ártico. Detrás, los refugios de Kanuti y de Yukon Flats, donde los únicos que tienen derecho a cazar son los inuit y los colonos que viven todo el año más allá de los límites de la ruta, en tierra feroz, tierra de nadie.

Esa es, también, una vida más salvaje.

Cuando cruzas el paso Atigun y dejas atrás el último árbol ya no hay vuelta atrás. Delante queda la inmensidad plana de la tundra. Y si te tocan días de lluvia y nubes intentarás estirar el brazo para tocar el cielo porque la atmósfera se estrecha en los polos, las nubes descienden y sientes que te aplastan.

Entonces, el paisaje solo es apto para fotos panorámicas, siempre te sobra espacio arriba y abajo.

Luego del paso la temperatura desciende demasiado rápido y eso se nota. La capa de permafrost, suelo congelado, que se encuentra a pocos centímetros de la superficie y se extiende hasta los 600 metros de profundidad, actúa como un refrigerador intenso.

Por eso, y porque el Polo Norte está a menos de mil quinientos kilómetros, aquí hace frío incluso a fines de julio, pleno verano septentrional. El único que parece que no se entera es el mosquito, pájaro oficial de Alaska, que siguen revoloteando a tu alrededor en nubes densas, como si estuvieran abrigados con chaqueta de cuero.

Y sin darnos cuenta que estábamos llegando al final de la última ruta de América, aparece una torre en el horizonte. Y más edificios construidos con contenedores pintados. Y estacionamientos para vehículos pesados. Grúas con ruedas tipo oruga. Gigantescos galpones con chimenea montados sobre esquíes.

Y un cartel que dice Happy Horse.

Pero no, Happy Horse no existe. Esto es Deadhorse, y se nota.

Por fin, después de 4 años, 6 meses y 25 días desde que abandonamos Buenos Aires, llegamos al extremo norte de América.

8 Comments on “180- La ruta hacia el Ártico 5: Y aquí termina América…”

  1. Desde que vi ‘Los amantes del círculo polar’ siempre he tenido curiosidad por estar en una zona del mundo donde no se ponga el sol, aunque estoy convencido que cuando has vivido allí durante una temporada larga la percepción debe de ser bastante menos bucólica. ¿Me equivoco?

    Por cierto, me encantaron la crónica y las primeras fotos de esta zona inhóspita, y estoy ya ansioso por leer la segunda parte de ‘La vuelta al mundo en ¿xxx? años’. ¿Para cuándo en el mercado? ¿Tenéis previsto venir por BCN en breve? Tenemos un par de camisetas para vosotros! 😉

  2. me encanto leer esto,!
    lo relatan tan bien que me pierdo y me traslado hasta alla.
    les dejos un besito y un grande abrazo hasta alaska!..
    Isabella.

  3. Hola compadritos, nada mas de imaginarme esos caminos con tantas llanuras y bosques se omiciona uno, Pablito ponte a trabajar mejor y pon las fotos, no seas malo y nos tengas a qui en espera chingaos!!!

  4. Felicitaciones!
    Ansioso espero las fotos.

    Y cada vez más cerca de empezar mi viaje. Ustedes son un buen engranaje del motor que me motiva todos los días..

    Saludos

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