179- La ruta hacia el Ártico 4: la Dalton highway

Las distancias son en millas…

Hace poco hubo un momento en que me sentí descorazonado. Fue hace unas semanas, cuando faltaban menos de dos mil kilómetros para alcanzar el extremo norte de Norteamérica.

Me sentí absurdo en esta manía de llegar hasta el final de la última ruta, siempre un poco más allá, siempre con ganas de ver lo que hay al final de la próxima curva. Absurdo, sí, tonto, como si un vendedor ambulante de lociones mágicas me hubiera embaucado para que desenterrara tesoros donde acaba un arco iris.

Porque, ¿qué mérito tiene llegar al extremo de una ruta, por más que esté lejos geográficamente, si en el camino te vas encontrando con una fila inacabable de abuelos en moto que están volviendo de ese mismo lugar?

Abuelos, sí, tiernos abuelos disfrazados de Ángeles del Infierno. Abuelos vestidos con la gorra, el banderín y la cazadora de cuero negro Harley Davidson. El uniforme completo. Ropa completamente legítima, cara y brillante, sin el tono mate que le da el uso auténtico y continuado. Ropa comprada en las tiendas oficiales.

Abuelos que en lugar de conducir un descapotable se compran una Harley.

Y cabalgan hacia el horizonte, hacia Deadhorse, caballo muerto, el pueblo donde deberían morir las viejas motocicletas.

Deadhorse, al final de la autopista Dalton, es la meta de la última gran aventura americana. Por más que la ciática, el reuma y la artritis se confabulen en contra, siempre hay algún abuelete de Michigan, digamos, o de Wisconsin, o de Arizona, dispuesto a la última gran aventura de su vida.

Un viaje por ruta hasta el confín de América.

Aclaremos una cosa: América como seudónimo de Estados Unidos, claro. Porque aquí, eso de ir hacia el sur… son muy pocos los dispuestos a ir más allá de Florida o California, a cruzar la frontera hacia el otro lado del río Grande y entrar a México.

Latinoamérica asusta un poco en este lado desarrollado del mundo.

Pero esa es otra historia. Ahora este es el lugar, este es el sitio. La Dalton Highway, uno de los embudos viajeros del continente americano, donde te encuentras con ciclistas como el andaluz Salva Rodríguez, (www.unviajedecuento.weebly.com) que lleva casi seis años pedaleando a través del globo. O Juan, Juan a secas, un asturiano que tardó un año y medio desde que partió del sur del continente, donde el tsunami de Chile le arrancó la bicicleta en la playa.

Quizás esta sea una de las pocas rutas de Estados Unidos donde las enormes casas rodantes no se atreven a llegar y todo lo que ves son camiones cargados con repuestos gigantes y todo terrenos y motos llenas de barro. Sí, la Dalton Highway. Aleluya.

Los estadounidenses tienen la costumbre de poner nombres grandiosos a cosas normales, pero por más que la llamen highway la Dalton no es una autopista. Es una pista de tierra con parches de asfalto ondulado construida exclusivamente para que las torres de extracción de petróleo de Prudhoe Bay nunca paren de producir. Pura ecuación económica.

Porque por aquí se puede conducir durante todo el año, incluso en los peores meses del invierno, cuando la noche dura veinticuatro horas y la temperatura baja a cuarenta grados bajo cero. Eso es desafío. Eso es aventura. Eso tiene que ser duro.

La Dalton fue extendida a lo largo del territorio salvaje del norte de Alaska a principios de la década de 1970, y recién se abrió al uso público en 1994. Digamos que a pesar de la hospitalidad camionera, esa hospitalidad espontánea que surge en los lugares aislados, es un mal sitio para tener una avería.

Básicamente, porque en medio de esos ochocientos kilómetros que hay entre Fairbanks y Deadhorse no vive casi nadie. Técnicamente, solo hay tres paradas donde recargar combustible: en Deadhorse, en el río Yukón y en Coldfoot, dígase PiesFríos en cristiano. Y poco más. Algún taller mecánico de precios astronómicos; alguna posada construida con contenedores acoplados; un par de puestos de información donde el empleado habla despacio para que no le abandones; y un puñado de locos solitarios o aventureros o contratados dispuestos a vivir en un sitio que en invierno te recordará la Luna: blanca, fría y vacía, como ausente.

Junto a la Dalton corre la serpiente de acero de Alaska. Un oleoducto de 1400 kilómetros que atraviesa la península de norte a sur transportando el petróleo extraído en el océano Ártico, alimento principal de la economía del estado número 49 de Estados Unidos. Y no hay caminos secundarios. Esta es la única franja de tierra ligeramente domesticada del norte auténtico de Estados Unidos. Alrededor quedan las montañas, los bosques y los animales salvajes, que evitan el contacto con el hombre.

El primer gran hito de la ruta es el cruce del río Yukón en la milla 56, por un puente inclinado que desciende desde un monte hasta la orilla contraria. Allí solo hay comida, un hotel chato armado con contenedores, combustible a precios de rutas lejanas y una casilla de información turística. Y lanchas, que llegan arrastradas por camionetas hasta la orilla. Porque los ríos son las grandes autopistas de Alaska. Líquidas en verano, heladas en invierno, es la superficie ideal para buscar sitios aislados para acampar, pescar y cazar río abajo, o río arriba. Hasta donde dé el tanque de combustible.

Allí nos encontramos con Chris, un alemán que lleva años bajando el río Yukón en kayak durante el verano (www.long-expeditions.de). Sus historias de zozobras y encuentros con osos y la hospitalidad de los campamentos inuit que en verano se dedican a pescar y ahumar salmón sacuden las ganas de recuperar aquel viejo sueño: bajar el río Yukón desde Whitehorse hasta la desembocadura en el estrecho de Bering. Un viaje de unos dos mil kilómetros que lleva tres meses… ¿Y si volviera costeando?

El siguiente hito es la línea imaginaria del Círculo Polar Ártico, en la milla 115. Solo hay paneles informativos, pero cuando te detienes y observas el mapa te das cuenta que el desafío no está en la Dalton, esa ruta plana, casi sin baches. El desafío está en la cabeza, en la resistencia, en la curiosidad insana, en esas mismas ganas absurdas de llegar lo más lejos posible, hasta donde se acaben las rutas.

Por eso, antes de llegar a Coldfoot en la milla 175, con su restaurante, su hotel, su gasolinera y su centro de información del Ártico, empezó a ocurrir. Fue natural, comencé a conducir más despacio de lo normal. Sesenta, setenta, ochenta kilómetros por hora máximo. Como si no quisiera llegar, como si no quisiera que esta parte del viaje acabe jamás.

Todavía quedaba la mitad de la Dalton, pero América se estaba acabando.

6 Comments on “179- La ruta hacia el Ártico 4: la Dalton highway”

  1. Después de América… Eurasia!!
    pero aún queremos estar un tiempo más por acá, entre Canadá y Estados Unidos, antes de tomar un barco a Japón y un ferry a Corea y otro ferry a Vladivostok…

  2. Cada día mejor, Pablo. Ánimos. ¿Qué es lo importante? Ser (estar) cada día más rico por dentro. El viaje es la excusa para llenarse, para ser un oso asaltando colmenas y poniéndose hasta el gorro de rica miel.

  3. Muy buena aventura y una excelente narración. Extraño que cuando creemos encontrar el final, conseguir objetivos, aparecen las preguntas más que las respuestas, no?

    Saludos y estarían bien si pueden colgar algunas fotos.

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