129- La corrupción de la policía en Nicaragua 2: encuentro con el Chapulín Colorado

Al servicio de la comunidad.

Cada cuerpo de policía tiene su propia frase, su propio lema, ese que representa alguno de los motivos que intenta dar sentido a la existencia de unas fuerzas uniformadas que caminan a tu lado por la calle. Frases que buscan bajar el calibre de esa tensión inevitable hasta hacerla invisible, hasta que sea normal. Hasta que sea bien recibida. Todo por la patria, frases construidas para pronunciar sacando pecho.

No sé cuál será el eslogan de la policía de Nicaragua, pero después de haber cruzado el país debe ser algo así Suelta la pasta.

Nunca, en los diez años que llevamos recorriendo las rutas del mundo, nos sentimos tan acosados ni tuvimos tantos encuentros cuerpo a cuerpo con la policía como en Nicaragua. Sí, tuvimos roces en Argentina, Perú, Venezuela, Zimbabue, Egipto, Tanzania y Guyana. Es inevitable, todas las profesiones tienen sus ovejas negras aunque, vamos, estos tipos van armados.

Esto ocurrió en Managua. Yo, por principios, estoy en contra de las coimas.

Ya llevábamos diez días dando vueltas por los alrededores de la ciudad mientras esperábamos que la imprenta nos entregara la cuarta edición del libro Historias en Asia y África. Por suerte teníamos amigos y los atardeceres se prolongaban con caipirinhas, pisco sour y charlas interminables en su jardín amurallado y asegurado con alarma y alambre de púas.

Durante el día intentábamos pasear, hacer algo en una ciudad donde no hay mucho que hacer. Y ese era el error, un vehículo extranjero es una carnada irresistible, un bombón tierno para un policía corrupto; un complemento salarial en un país donde los policías pueden ganar menos que un vendedor callejero de hamburguesas.

Pero nosotros insistíamos, salíamos cada día a la calle, aprovechábamos ese mientras tanto para arreglar algo de la furgo. Salíamos esperando el encuentro, el pitazo, el brazo azul rígido y forzado señalando el costado de la avenida. Había que entrenarse para el momento en que nos tocaran los auténticos polis malos, los más famosos de Latinoamérica: los policías del Distrito Federal de México.

Aunque esto todavía es Managua y estamos a instantes de separarnos de Réjean y su familia, los amigos canadienses, perdón, de Québec. Ç’est pas le même chose.

Entonces nos detenemos detrás de una fila de diez vehículos en la intersección con una avenida importante, a la altura donde los carriles ya quedan separados por una línea contínua. No hay carteles que indiquen a dónde se va por la derecha y a dónde se va por la izquierda, aunque el GPS implantado en mi cabeza identifica el cruce y saco el brazo por la ventana para avisar a Réjean que debe girar hacia la derecha. Su vehículo se sale de la fila, atraviesa la línea continua y cambia de carril.

A veinte metros hay un policía estratégicamente situado que los detiene. Yo paro la furgoneta en un sitio prohibido, atropello una aglomeración de líneas continuas amarillas, y me bajo a ver qué sucede. Me acerco. Hace un par de semanas Réjean pagó una coima de 10 dólares para que no le retuvieran el carnet de conducir por pisar una línea blanca cuando giraba en una rotonda.

Cuando llego, el policía ya tiene el carnet de conducir de Réjean en la mano. Y Réjean habla, explica con calma, sugiere, sonríe. Réjean es un tipo tranquilo. El policía escucha pero le da igual, no le hace caso. Tiene un rehén y no parece dispuesto a soltarlo. No puedes volver a tu país sin carnet de conducir, gringo.

En estas ocasiones no me puedo aguantar, me agarra una incontinencia verborrágica masiva, intensa, y me meto en la conversación.

– Este señor pisó la línea continua y eso es una infracción –dice el policía.

– Sí, entiendo, pero este señor es turista, no conoce la ciudad. Viene a visitar su país, se llevará una mala impresión. Giró con cuidado, no molestó al tráfico, no pasó nada. Además no hay carteles que indiquen que hacia la derecha se va a León y hacia la izquierda a Managua. Si los hubiera sería más fácil y mi amigo no hubiera tenido que pisar la línea continua, ¿no le parece?

– Sí.

– Pero no hay.

– Yo lo vi que pisó la línea. Y eso es una infracción. Voy a tener que hacerle una multa… –y espera, puntos suspensivos.

El policía no hace la multa. Espera una sugerencia, espera una invitación, espera el tris-tras que hacen los billetes cuando se mueven dentro de un bolsillo, espera que Marte colisione con Júpiter, que Réjean sea Santa Claus disfrazado de persona normal, que le pague la parte del sueldo que debería abonarle el estado.

– Amigo, por favor, escuche un poquito. ¿Puede entender que no hay carteles indicativos, que por eso se cambió de carril?

– Sí, pero da igual. Yo me puse en un sitio desde donde veo perfectamente a todos los que pisan la línea blanca. Lo que pasa es que ustedes no contaban con mi astucia.

– No me diga que usted es el Chapulín Colorado. -lo suelto. O se me escapa.

Para quienes no lo sepan el Chapulín Colorado es uno de los mayores superhéroes que ha dado la televisión mexicana. Toda Latinoamérica creció siguiendo las aventuras de este personaje bonachón, algo corto y un poco tartamudo, vestido con una malla roja de cuerpo entero, un corazón amarillo en el pecho y dos antenas en la cabeza. Y el policía acaba de decir la frase histórica del Chapulín Colorado: no contaban con mi astucia.

El policía me mira confundido. Réjean me putea un poco en francés, se da cuenta que a esta altura va a ser más difícil coimear al policía y volver rápido a la ruta. Sus niñas vuelven a preguntarle a Nathalie, su compañera, por qué la policía detiene tanto a su padre en Nicaragua. ¿Papá es un delincuente?

– ¡Increíble! –digo en voz alta, haciendo partícipe de la conversación a un barrendero que se acerca sacudiendo la escoba como si no hubiera otros bordillos en el mundo. –¿Usted sabía que este hombre es el Chapulín Colorado disfrazado de policía?

La furgo sigue mal aparcada pero parece que el policía no se da cuenta. Le digo a Anna que estacione más adelante. Al otro lado de la avenida un guardia de seguridad le pregunta si está con el gringo que está discutiendo con el policía.

– Usted no puede ser el Chapulín Colorado –continúo –porque el Chapulín Colorado solo hace cosas buenas. Si usted fuera el Chapulín Colorado dejaría a mi amigo seguir adelante e iniciaría una cruzada en Managua para que pongan los carteles que faltan… ¿Usted es o no es el Chapulín Colorado?

– Deme la multa –dice Réjean. –Dónde hay un banco. Y no se vaya, que ahora vuelvo para que me devuelva mi carnet de conducir.

– No te preocupes, no dejaré que se vaya –le digo a Réjean. –¿Sabe?, lo voy a hacer famoso. Le voy a hacer unas fotos, las voy a colgar en internet con su número de placa y voy a contar cómo usted multó a un turista por estar perdido.

– Usted a mí no me saca fotos.

– Nicaragua es un país libre, ¿no? –y comienzo a sacarle fotos. –Debería darle vergüenza. Los policías de este país deberían tratar a los extranjeros como invitados, y no pararnos con cualquier tontería para intentar sacarnos dinero. Y encima después viene dice no contaban con mi astucia… Usted no es el auténtico Chapulín Colorado.

¿Con qué cara te levantas al día siguiente, te pones el uniforme, clavas tu placa sobre tu corazón, y te diriges a la misma esquina donde un extranjero, ayer mismo, te llamó Chapulín Colorado?

– ¿Me permite su identificación? –continúo.

– ¿Por qué? –responde el policía.

– Tengo derecho a pedírsela. A identificarle.

– No. No se la voy a mostrar. Mis datos están todos en la multa

Cuando vuelve Réjean apunto todos sus datos: policía Yader Gutiérrez, placa de la policía nicaragüense número 0355. Luego, Réjean recupera su permiso de conducir.

– Me debes 20 dólares –me dice.

– En realidad te debería 10, pero te daré los veinte cuando nos volvamos a encontrar en Québec. Será uno de esos billetes falsos que tengo por ahí, cabrón. Cuídate, y no pises las líneas blancas.

– Y tu cierra la boca.

La gente en Nicaragua es especialmente buena y amable. Sencilla. Amistosa. No entiendo cómo pudieron tener una guerra civil. Debieron estar realmente cansados. Pero sus policías son los más corruptos que encontramos en todo el viaje.

 

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