123- Diego Rivera, ese rebelde gordo, chingón y con voz de pito | CULTURAS Y TRADICIONES

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No podía ser. Dios había vuelto a perder una pieza del rompecabezas y había rellenado el ADN de ese tipo con lo que tenía a mano. Andá a saber qué caja habría revuelto, pero un hombre flaco y menudo quedaría mudo. Esa voz que explicaba la historia del mural ‘Carnaval de la Vida Mexicana’ en la audioguía del Palacio de Bellas Artes no podía salir de la boca de Diego Rivera.

Era imposible.

Diego Rivera era un elefante sobre dos patas que se había casado con la mujer más frágil del mundo, Frida Kahlo, y esa voz revolcona y aguda subía y bajaba como en las viejas películas de Pancho Villa. El tipo viajaba en el tiempo y aparecía en el año 2010 para meterse en mis oídos con un tono Chespirito que destruía la lógica. Contaba algo bien sencillo y humano: había pintado ese mural sobre varios bastidores porque sospechaba que no le iba a gustar al gran dueño del gran hotel que se lo había encargado.

Y tenía razón, había demasiada crítica social: un militar con cara de cerdo, una nueva bandera nazi-inglesa-norteamericana, un periodista con cara de burro, un obispo sonriente, un hombre de paja.

Yo pinto lo que quiero traduzco frente al cuadro mientras cambio la palabra pintar por la palabra escribir. Quizás por eso me guste tanto Diego Rivera, al final todo es una cuestión de actitud.

Lo único que Diego tenía claro era que no quería que volvieran a destruir su mural como había pasado en Nueva York, cuando mister Rockefeller había mandado demoler ‘El hombre en el cruce de caminos’ porque reproducía la imagen de Lenin. Demasiado comunismo en el corazón del capitalismo.

Diego Rivera, ese rebelde gordo, chingón y con voz de pito, se convirtió en el máximo exponente del movimiento pictórico más importante de México: el muralismo. Su objetivo era educar, llevar el arte a las masas, a la gente que camina por la calle. Que la pintura no fuera sólo una expresión artística de salón. Sus murales (y los de Orozco, Siqueiros y Rufino Tamayo) no están sólo en el ombligo de México, sino también en otras ciudades grandes y pequeñas del país.

No hay duda, Diego Rivera era un provocador. La pintura de Frida no está mal, ese dolor expresado en lienzos, su uniceja y esos bigotazos de mujer también eran una actitud política en una sociedad machista que no parece haber cambiado demasiado en los últimos 70 años.

Pero mientras Frida se ha revalorizado con la reafirmación de la mujer a fines del siglo veinte, Diego ha quedado donde estaba. Como sus murales, esparcidos por edificios públicos de todo México.

Y esa es una de las cosas que más me gustan: esos murales no se pueden vender, no pueden entrar en el circuito del comercio del arte. Están a la vista de todos, los marchantes deberían comprar el edificio entero. Y eso, eso ya no es negocio.

 

Algunos sitios donde ver murales de Diego Rivera en México DF:

  • Museo Mural Diego Rivera, en un extremo de la Alameda. Entrada 15 pesos, poco más de un dólar.
  • Palacio de Bellas Artes, al otro extremo de la Alameda. Entrada 35 pesos, poco menos de 3 dólares.
  • Palacio de Gobierno, plaza del Zócalo. Entrada gratuita.
  • SEP, Secretaría de Educación Pública, a 300 metros de la plaza del Zócalo. Hay más de 100 murales de Diego Rivera. Entrada gratuita.

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