104- Playa de Sámara. El riesgo es que te quieras quedar | COSTA RICA

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Otra vez la hemos vuelto a embarrar. Se me mezclaron los papeles, cayó agua sobre la tinta, fumar yerba mate te hace sentir en la India. Perdimos el norte y nos quedamos en el centro. El riesgo es que te quieras quedar era el slogan de Colombia.

(¿Te acuerdas de Colombia? ¿De ese calor terrible y sofocante en la costa del Caribe? A pesar de Bracons y Cartagena y el aire fresco de las montañas y Villa de Leyva, a pesar del acento cariñoso y los desiertos absorbentes de la Guajira, no, no me hubiera quedado. Ese tufo a paramilitares que se reparten el país hacía que me doliera la mejilla. Y eso que nosotros no poníamos la jeta)

Pero, otra vez, la hemos vuelto a embarrar. No es la primera vez que nos pasa pero esta vez el agujero es más profundo, tampoco podemos salir. Porque la cabeza y el cuerpo no se ponen de acuerdo mientras vuelve a amanecer y la voluntad de partir queda enterrada en la arena de una playa casi vacía. Y el riesgo de naufragar en tierra firme, de volver a enviar todos los planes al armario de la furgoneta se convierte en algo demasiado real para jugar aleatoriamente con palabras etéreas y bonitas.

–          Esto es un puto paraíso. ¿Te das cuenta?

Playa de Sámara, Guanacaste, Costa Rica. Nueve grados cincuenta y dos siete noventa y siete minutos norte, ochenta y cinco grados, treinta y uno ocho treinta y siete minutos oeste. Hemisferio norte. Centroamérica.

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A las cinco y veintidós de la mañana, un sol rojo se levanta por detrás de los montes que se derrumban hacia el Pacífico más pacífico. La costa, erizada de palmeras, abre sus ventanas para dejar ver dos o tres bultos marrones, casas que alguien construyó en un lugar increíble. Debajo está el agua, rocas que resistirán otros miles de años el embate de las olas, una playa enorme que se deja ver cuando desciende la marea, y la isla de Chora, un coscorrón empinado que mantiene su bosque virgen intacto.

Luego la línea se sumerge y cierra la bahía vestida con un arrecife de rocas oscuras y algunos corales redondos como lunas sumergidas, picoteadas por los astronautas del fondo del mar. Cuando vuelve a tocar la orilla, a mi derecha, la costa se llama Cangrejal, aunque hace tiempo que los cangrejos desaparecieron en la olla. De Cangrejal hasta mis pies, hasta el camping Aloha, hay quinientos metros de playa y palmeras y una tropilla de caballos que a veces galopa por la orilla y un arroyo de agua dulce que esconde un pequeño cocodrilo.

Ya llevamos tres semanas aquí, en Sámara, Costa Rica, veintiún días calmos, voladores, embriagadores, entre monos aulladores que imitan a los humanos y se recuestan a remolonear colgados de una palmera.

Y estorninos azules casi negros, que cantan y carraspean como radios de viejo.

Dentro, en algún lugar de la rejilla del pueblo, pululan artesanos, rasta man, surfers y expatriados argentinos y españoles y catalanes y colombianos y canadienses y norteamericanos y franceses y alemanes y suizos, que vendieron su alma de ciudad por un lote en el paraíso.

Aquí se hacen cursos espontáneos de lo que se proponga: pulseras de hilo, tallado en madera de coco, preparación de ñoquis caseros, de caipirinhas de ron, de boomerang, de pesca con arpón, de parapente y de yoga. Se enseña a abrir cocos con machete. Se pasan noches vomitivas de San Pedro peruano. Se comparten películas sobre la arena, con música de olas. Se aprende a dejar pasar el tiempo. Volvemos a romper las predicciones de Nostradamus.

–          ¿Planes? Yo ya no hago planes. Dejo que las cosas ocurran –dice José, y se inclina frente a un altar con forma de parrilla, mientras Sebastián promete que su paramotor nos hará volar más que un cigarrillo de yerba mate.

Después de tres semanas con los pies enterrados en la arena, el problema es volver a despegar.

PD: Buenos recuerdos para Richard, que vende propiedades en Sámara; para Sebas, José y Franco, parte de la comunidad pizzera argentina e imbatibles en fútbol sala; para Olga y Carlos, catalana y colombiano, artesanos entrañables; para Tsunami Zulema, viajera argentina jubilada que recorre las Americas en su 4×4 con su perro llamado Pelé; y especialmente para la familia quebecoise, Nathalie, Réjean, Eve y Charlotte. Sin todos ellos, Sámara hubiera sido sólo otro lugar bonito.

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5 Comments on “104- Playa de Sámara. El riesgo es que te quieras quedar | COSTA RICA”

  1. bueno soy pescador con alpon pero mi specialidad es en el rio pero ahora me he facinado en el mar pero le tengo mucho miedo ..la jente me asusta mucho diciendome k es peligrigoso .k los tiburones y cuando estoy en el mar lo pienso mucho.bueno solo quiero saver k debo de hacer y k no …siempre pesco antes del rompe hola o sea k no me voy tan lejo bueno eso pienso yo

  2. Buenisimo! Para alli vamos y con gust. Correremos el riesgo de querer quedarnos. Por ahora estamos en San Miguel de Allende y aqui queremos quedarnos… Que riesgoso es descubrir! Pero que placentero, no?
    Besos a uds!

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