101- Las costas colombianas están vigiladas por Estados Unidos | VIAJES EN BARCO.

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(Viene de Perreando con la policía antidrogas colombiana)

De repente, una sirena enloquecida estalla en medio del mar. El limbo es un sitio húmedo y sin fronteras visibles llamado océano. Sólo un momento antes el mundo era un lugar demasiado aburrido, demasiado alejado para que algo pudiera enturbiar el cabeceo suave del Intrepide, sus raquíticos siete nudos por hora. Entonces se escucha un fantasma gritando desde todos lados o de adentro tuyo con una voz metálica de emergencia.

Es de noche, es inesperado, y sólo por eso activa los resortes de tu cuerpo y te dispara desde el puente hasta la cubierta. El capitán se levanta con cautela de su trono acolchado de Neptuno. Simeón no se mueve, sabe que su sitio está al timón hasta que se hunda el barco.

Entonces se escucha la segunda sorpresa, que llega de la radio.

– Atención buque. Aquí los guardacostas norteamericanos.

La noche es una boca con los dientes esparcidos en el cielo.

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El sol quema lentamente, calienta como una hornalla encendida y lleva tu cerebro al punto de ebullición. Esta es la temperatura diaria, cuarenta grados sudados y sin brisa, igual que en tierra firme. De noche no refresca, sólo oscurece, mi colchón caliente de ácaros vivos se ocupa de mantener alta la temperatura.

La realidad pide un aire acondicionado portátil. El Caribe es una olla más, otro plato de Toribio, el negrazo encargado de la cocina.

En el Intrepide la comida es abundante. Las horas están marcadas por el cocinero, auténtico mandamás de todo barco después del capitán: si la comida es mala, está mal preparada o se repite mucho, aumenta la probabilidad de problemas. Algo tiene que variar en la vida de los marineros en el mar, en esta rutina igual, idéntica, de días pegajosos y repetidos, de horizontes planos y despejados.

Desayuno a las siete: café dulce con patas de cerdo, arroz y puré de maíz. Almuerzo a las once: pescado frito con arroz, yuca hervida y un vaso de jugo de frutas. Cena a las cuatro de la tarde: caldo de verduras con carne y arroz.

Escobar, por ejemplo, lleva a bordo desde el 4 de enero, once meses navegando entre Colombia y Panamá sin ver a su familia, que vive en Cartagena. Demasiado lejos para un fin de semana. Contreras, abuelo que espera el resultado de un juicio para jubilarse con la indemnización, ya está de vuelta de todo. Basilio, ayudante de máquinas, se saca una paga extra jugando a las cartas cuando llegamos a Colón. Simeón, que con el barco anclado se echa una siestecita diaria junto al timón, frente al rosario musulmán y al Corán en árabe que permanece abierto y adherido a un mueble con silicona. Y el capitán Alberto, moreno de pelo blanco, cejas negras y shorts, tranquilo como debe ser un capitán, y siempre listo para una noche loca en Buenos Aires.

El único sobresalto había sido una pequeña tormenta espontánea, provocada por el calor y el aburrimiento. Sus olas provocaron que el morro de la furgo, atravesada en la cubierta del barco, enfilara un poco más directamente hacia el fondo del océano.

Luego paz y rutinas, siestas narcóticas provocadas por los efectos secundarios de las pastillas de Mareol, que evitan los mareos pero te dejan aturdido como si hubieras recibido un golpe en el medio de la cara. Hasta que una sirena enloquecida, fuera de lugar, estalla en medio del mar y una voz agringada comienza a hablar por la radio del buque.

– Atención buque. Aquí los guardacostas norteamericanos.

El capitán se queda mirando un segundo la luz blanca que se balancea lejos o cerca, a estribor. Luego se acerca a la radio y responde con calma.

– Aquí el buque de carga Intrepide. Adelante.

– Buenas noches. ¿De dónde partieron y adónde se dirigen?

– Partimos de Puerto Nuevo, capitanía de Puerto Bolívar, en Colombia, nos dirigimos a Colón, Panamá.

– ¿Dónde?

– Partimos de la capitanía de Puerto Bolívar, en la Guajira, Colombia, nos dirigimos al puerto de Cristóbal, en Colón, Panamá.

Silencio. La noche es una boca con todos los dientes destrozados y esparcidos en el cielo.

– ¿Qué carga llevan a bordo?

– Un vehículo usado.

– ¿Marca y modelo?

El capitán me mira. Susurro Mitsubishi, Mitsubishi L300.

– Mitsubishi L300.

– ¿Tripulación?

– Siete colombianos y dos españoles.

– ¿Españoles? ¿De dónde?

De Barcelona y Buenos Aires vuelvo a apuntar.

– De Barcelona, repito, de Barcelona.

– Un momento, mantenga su posición.

– Okey.

Silencio.

Afuera sólo se distingue una luz delgada que se mece a merced de las olas. El farol de la esquina en una calle oscura, la más negra del universo. Alguien jugando a ser Dios y Diablo al mismo tiempo, según convenga.

– Llevo años recorriendo el Caribe y es la primera vez que me pasa –dice el capitán Alberto. –Ahora deben estar llamando a Puerto Bolívar para confirmar los datos que les dimos. Ahí están, son ellos, los guardacostas yankis –dice asomándose por una puerta de la cabina.

Nueve años atrás nos sorprendía ver militares rusos custodiando las fronteras de Armenia, junto a la ciudad abandonada de Ani. Alguien más vendió su alma.

A pesar de la calma aparente y la seguridad armada de las rutas, algo debe estar muy jodido en Colombia para que sus costas estén custodiadas por los yankis.

(Continúa en Apostando con los marineros de Babel) 

 

Encuentra todas las fotografías de este ‘crucero’ por el Caribe en De Colombia a Panamá en un buque de carga de bandera boliviana.

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One Comment on “101- Las costas colombianas están vigiladas por Estados Unidos | VIAJES EN BARCO.”

  1. Gracias por estos textos.
    Escribir es como bucear en lo más interno y auténtico de las cosas, sacarles la médula, saborearla, y descubrir que en ella hay pura magia, la que desprende la vida sin límites, la que se vive con autenticidad de corazón.
    Gracias de nuevo,
    Ahimsa

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