97- El viajero de la silla de ruedas | VIAJEROS

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4

Imagina que avanzas por la ruta a 90 kilómetros por hora, escuchando algo tipo Red Hot Chilli Peppers, La Cabra Mecánica o la Bersuit Bergaravat. Cantas a grito pelado y sin complejos, sabes que quien está a tu lado ya te escuchó desafinar en situaciones mucho más comprometidas. A través de la ventana se sucede la vida normal del mundo, los pajaritos cantan, la gente se levanta y crees que lo que estás haciendo es algo excepcional. Que la felicidad es tomar este volante y pisar el acelerador. Y sentir el viento que entra a través de la ventana baja y te despeina. Dubidu-du-du.

Entonces ves un punto que se destaca junto a la línea del arcén, que no existe. Algo que rueda y avanza levantando una bandera colombiana que flamea al viento. Primero no descifras lo que ves. Luego no comprendes. Finalmente, aceptas la última verdad: el que no viaja es porque no quiere.

Delante de la furgoneta, un hombre joven empuja las ruedas de su silla, colina arriba, con las manos desnudas. Avanza y se detiene, avanza y se detiene, medio metro cada vez. La pendiente es pronunciada pero no importa. Tampoco importan los autobuses que adelantan a toda velocidad, haciendo sonar una bocina de barco que se escucha en toda la región como una amenaza. Ni los taxis, eternos buscadores de camorra, insultantes por su actitud de chulo raquítico, en sus cochecitos de juguete de bajo consumo. Nada de lo que hay afuera importa. Sólo importa lo que hay dentro.

Realmente, no importa nada. Nada.

Luis Javier es colombiano. Tiene 29 años y desde los 18 vive sentado. Explica que sus banderas reivindican la libertad de los soldados secuestrados por la FARC y a los niños que trabajan desde que aprenden a hablar. Pero esas son excusas.

No lo dice, pero su mayor reivindicación es otra. Quizás no lo sabe, pero su actitud, al lanzarse a recorrer las rutas en una silla de ruedas, habla de libertad.

Se acabaron las lamentaciones y la época en que el mundo, la sociedad, eran los responsables de la infelicidad, de los sueños rotos. Se acabó el esperar desde atrás de una ventana. Se acabó el llorar la realidad de uno como una desgracia inevitable. Se acabó el echarle la culpa de todo a las crisis. Se acabó.

Luis Javier Galvis Hernández vive en una silla de ruedas. Igual se fue a la ruta y en tres meses atravesó las montañas de Colombia desde Ipiales hasta Cúcuta, donde las autoridades fronterizas venezolanas le prohibieron el paso. Quizás, su bandera colombiana era demasiado grande. Probó en la frontera de Maicao pero tampoco tuvo suerte. Lo encontramos cerca de Cartagena, a casi 500 kilómetros de Venezuela, con menos de cinco euros en el bolsillo.

No sabía dónde iba a dormir. Ni de dónde iba a sacar el dinero para comer. No importaba, porque todos los días ocurría un milagro para seguir adelante.

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