68- Caminando por la selva de Guyana.

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Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

(viene de Hasta el final del último camino)

El río Potaro baja calmo, ancho y negro, rodeado por paredes de árboles que apuntan al cielo. Es una garganta sin piedras, un cañón verde y espeso, el único claro en medio de la selva. El río Potaro es una de las autopistas que comunican los pueblos interiores de Guyana, el país de muchas aguas.

Su corazón, un músculo blanco y elástico de 226 metros de alto y 60 metros de ancho, bombea con fuerza hacia el Océano Atlántico desde el centro del pequeño país. No es un salto de agua más, es una catarata gigantesca escondida por la vegetación enmarañada de árboles, lianas, arbustos y plantas. Un monstruo atronador que quita el aliento, que provoca hiperventilación.

En algún lugar hacia el norte, está Kaieteur.

Tony Melville es un amerindio mitad Patamuna y mitad Carib. Mide un metro setenta, es moreno, tiene unos cuarenta y cinco años y el pelo crespo. Nació en un poblado cercano a las cataratas Kaieteur. ‘Antes ese era nuestro territorio, ahora es del Parque Nacional’, explica con naturalidad. Entre octubre y diciembre, meses secos, se interna en la selva para criar músculo buscando oro y diamantes con un detector de metales. Casi todos los días se encuentra algo, unos gramos amarillos, unos carats transparentes. El resto del tiempo guía turistas indefensos a través de la selva. Dos alemanes, dos finlandeses, nosotros.

– Aquí, sí, hay anacondas y pumas y jaguares. Y son peligrosos. Pero sobre todo hay que tener cuidado donde pisas. Si pateas una serpiente se va a enojar, tú también te enojarías si alguien te patea.

Habla pausado y sabe cómo mantener tu atención.

– Por la mañana, cuando se levanten, no olviden sacudir las botas y los pantalones. Están en la casa de serpientes, arañas, escorpiones y otros insectos raros.

Tony es el jefe y nadie lo discute. Aparte de conocer los senderos, de saber sobre árboles, plantas y animales, es quien nos tiene que sacar de aquí.

Aquí, es la selva. Senderos delgados cubiertos de hojas muertas, descompuestas por la humedad. Tierra rica, pero podrida. Caminos oscuros empapados en agua e insectos, atravesados por troncos que se deshacen en pedazos vegetales, en termitas hambrientas. Es la belleza de uno de los últimos rincones vírgenes del planeta.

Bajo los árboles comienza a llover diez minutos más tarde que en el río. Los niños de los poblados Patamuna, Arawak, Wai-Wai, Makushi, Carib, juegan con arcos y flechas. La rama en la que te sostienes puede estar erizada de espinas. O ser fría como una Bush Master, una serpiente tan venenosa como tu vecina.

Sí, esa, ya sabes de cuál hablamos.

En las noches sin luna, las orillas del río Potaro son líneas irregulares que cortan el cielo con el trazo más negro que te puedas imaginar. El ruido del motor sólo es interrumpido por la lluvia torrencial, que comienza a dar la razón al negro Noé. Entonces intentas cubrirte con algo, evitar sentir la humedad en tus calzoncillos, en esas braguitas tan monas que te llevaste a la selva por si aparecía Tarzán.

Una hora más tarde llegas a Amatuk, una isla de arena y rocas en medio del río. Te instalas en una hamaca bajo un techo de madera y plástico y recuerdas los privilegios de la civilización mientras las tormentas se intercalan con períodos de silencio y calma extrema. Ni siquiera el aire se atreve a moverse entre las hamacas tensas, gordas como el estómago de una boa que acaba de cenar. Alguien cambia de posición y el poste que nos sostiene a todos, vibra. Anna estira el pie y me balancea.

– Che… ¿Estás dormido?

No. No puedo.

El fuego muere cerca. Los murciélagos vampiro no se acercan a la luz. O eso es lo que dice Tony, nuestro gurú salvaje.

Sólo en la oscuridad absoluta se atreven a arrojarse sobre tus pulgares para chuparte la sangre. Tu sangre, que mana con calma y suavidad, sin el obstáculo de las plaquetas, y sólo se coagula como un guante bermellón cuando te cubre la mano y llega a tu muñeca.

Al día siguiente llegamos a las explotaciones de diamantes abandonadas.

Allí comienza una falsa llanura blanca salpicada de colinas pálidas levantadas por una excavadora. Sin árboles. Con esqueletos de casas de madera dibujados por un niño pequeño, pocos hierros retorcidos, barriles de petróleo oxidados y algunos cadáveres de plástico. La erosión de la tierra removida enseña pequeños picachos afilados. Lagunas de agua estancada. Criaderos de mosquitos hambrientos.

Es la tierra abandonada después del paso del hombre.

Luego, el sendero vuelve a perderse, se rebela, se encadena en una maraña de piedras, lianas y troncos revueltos. Eres parte del primer grupo después de varios meses y hay que abrir camino con el machete. Es el caos, la auténtica selva, el dominio de los animales más silenciosos del reino. La pantera negra, la serpiente coral, el águila harpía. Todos, nombres de luchadores mexicanos, carnívoros.

El tema importante es: ¿dónde te encontrarás en el momento del ataque?. Indefenso dentro de la hamaca, inclinado en el baño, caminando por un sendero, con un rifle cargado, con una navaja suiza, con alguien más débil a tu lado que sirva de cebo.

Cuando encontramos el sendero, Tony corta árboles jóvenes, los pela y empieza a repartirlos.

Les servirán de bastón. Cruzaremos torrentes de piedras resbalosas y, aunque nos sacaremos las botas para caminar con calcetines, es mejor avanzar con cuidado. Esta madera se llama Muro… Ese árbol, que crece allí, es el Green Heart, una de las maderas más caras que existen.

Camina unos pasos y corta una liana, que comienza a sangrar un líquido transparente.

– Esta es la Cuffa. Dentro tiene agua buena, se puede beber. Esas semillas rojas que hay por el suelo son de Wallaba, y dan buena suerte. Aquel árbol es Yari Yari, su madera es muy flexible, la gente sólo los corta cuando quiere hacer una caña de pesca.

Hay Leopard Wood, que sirve para hacer arcos y flechas. Y montones de árboles desconocidos, siempre de nombre inglés, como Purple Beat, Crabwood y Silver Valley.

Cuando llega la segunda noche dormimos en Waratuk, en la puerta del parque nacional de Kaieteur.

A la mañana siguiente volvemos a subir por el fondo de la garganta del río Potaro en un bote a motor, comandados por el capitán Rudolph, y rodeados de árboles majestuosos y paredes verticales de roca prehistórica. Falsos tepuyes. Bromelias gigantes que crecen colgadas de las ramas. De algún lugar de la espesura surgen los gritos rítmicos de los monos araña. Primos lejanos del mono que mordió la mano de Anna en Ecuador. Parecen pájaros chillones.

Desembarcamos junto a un sendero, que lleva hasta Tukai, campamento de la tercera noche. Las raíces de los árboles cortan la tierra cubierta de hojas caducas, verdes, marrones y luego negras. Las botas, que llevan dos días sin secarse completamente, salpican en charcos poco profundos de lodo, o resbalan sobre piedras cubiertas de musgo verde. La caminata no es agotadora, lo que mata es la humedad. Cuando te acercas al punto del cansancio, siempre llegas a una cascada, a un arroyo fresco con agua recién salida de un comercial de televisión.

Al anochecer, el capitán Rudolph y su hijo salen a pescar. Nadie como él para evitar los obstáculos sumergidos del Potaro. Llevan el bote, una linterna potente para iluminar el agua y un machete. Cuando algún pez se acerca atraído por la luz, se encuentra inesperadamente partido en dos. Y flota unos segundos antes de ir a parar al fondo de la barca. Antes de ir a parar a la sartén. Media hora más tarde solo quedan espinas en un plato.

Después de cenar Tony cuenta historias a la luz de una lámpara de kerosén. Está acostumbrado a los grupos extraños. Gente demasiado civilizada con ganas de volver a los orígenes, en medio de la selva. Gente con ganas de llegar a algún extremo. Entonces decide ponernos a prueba.

 Por aquí, lo más desagradable son unos mosquitos gigantes que no pican. No, no pican. Sólo esparcen sus huevos mientras vuelan. Si caen sobre tu piel provocan mucho escozor. Entonces te rascas y sin darte cuenta introduces los huevos bajo la piel, donde comienzan a crecer. Y se convierten en larvas que se devoran entre sí hasta que queda sólo una, la más fuerte, que comienza a alimentarse de tu carne.

Tony se detiene y vuelve a observarnos. Todos aguardamos en silencio a que continúe. Las historias de sangre y carroña son atractivas, sobre todo cuando son reales.

– Y la larva, que se transforma en un gusano, forma un túnel. Y se acostumbra, y amplia su casa bajo tu piel. Se siente cómodo. Y cálido. Bien abrigado y alimentado. El gusano es un compañero fiel que te acompaña mientras crece y te hace cosquillas, muchas cosquillas. En el brazo, en el hombro, en el pecho, la pierna o la cabeza.

Hace rato que las chicas pusieron cara de asco. Los finlandeses sonríen divertidos y encienden otro cigarrillo, el segundo paquete del día. La pareja de Alemania, bancarios, hacen preguntas numéricas: cuánto tarda en crecer, cuan grande llega a ser, qué beneficio obtienes tú en esa relación. Yo me deleito con el asco que puedo provocar en una historia.

– La única manera de echarlo –continúa Tony –es asfixiándolo. Pones una tira de cinta adhesiva sobre el agujero de tu piel y, cuando el gusano sale a respirar, se queda pegado.

Kaieteur es un Dios griego. Un trueno con rayo, un personaje mitológico escondido en Sudamérica. Perdido voluntariamente, que es la mejor manera de perderse.

Kaieteur, es un gigante blanco que se exilió hace mucho tiempo y colocó el letrero no molestar en la puerta de su selva.

Kaieteur es ElDorado, el último tesoro escondido de Sudamérica.

(continúa en Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur)

GRACIAS A RAINFOREST TOURS POR SU APOYO DURANTE NUESTRA VISITA A GUYANA.

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