¿Quién no soñó con dar la vuelta al mundo? | REVISTA VIVA

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Hace unos meses, y a través de la amigaza Cristina Herdoiza, la revista Viva de Ecuador nos pidió un artículo sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años. Salió publicado en junio de 2008. 

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¿Quién no soñó alguna vez con dar la vuelta al mundo? Dicho de otra manera ¿quién no deseó alguna vez comenzar una nueva vida, más cercana a los sueños y menos a la realidad?

Parece inevitable, hay que trabajar, hay que tomar cada mañana el bus a la misma hora. O conducir en medio de un atasco, escuchando siempre la misma radio, con la misma cara de rutina. Hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el agua, los pañales, la escuela de los hijos, la hipoteca o el alquiler. Es posible que durante la semana entres a la oficina con la primera luz del día y, cuando vuelvas a salir, observes con indiferencia que se está poniendo el sol.

Sentada a mi lado, Anna se revuelve escéptica. Después de nueve meses haciendo dibujos en el aire, no está segura que esto sea la ruta. Gira la cabeza, me mira, sonríe y se muerde los labios. Luego se estira y observa los árboles que pasan por encima de la furgoneta, mientras los olores de las rutas estrechas entran filosos por la ventana. Está inquieta. Todavía es posible que esto sea otro sueño y que, en cualquier momento, volvamos a despertar.

– Pellízcame.

Pero no, no es un sueño, duele. Estamos en la ruta. Cambiamos nuestra casa de cemento por una casa con ruedas de cinco metros cuadrados, la seguridad de un trabajo estable por una vida más inestable, pero más intensa. Uno sólo puede arrepentirse de lo que no hizo, jamás de lo que intentó aunque no haya funcionado.

– ¿La Vuelta al Mundo? ¿Cómo? ¿Con qué dinero? ¿Hacia dónde? ¿Cuándo? ¿Con qué te golpeaste la cabeza? –a medida que avanzamos recuerdo el rostro confuso de Anna como si fuera ahora.

– ¿Por qué no? Juntamos los ahorros de los dos, alquilamos el apartamento para pagar la hipoteca, compramos una furgoneta usada pero en buen estado para vivir dentro y buscamos algo de trabajo para hacer por el camino. Sí, es una locura, pero será una locura por lo inusual, no por lo imposible.

A la media hora dijo que sí. Entonces ya le había contado mis descubrimientos frente a un mapa: que era posible cruzar el sur de Europa hasta Oriente Próximo y bajar África de norte a sur; que después podríamos atravesar el Océano Atlántico hasta Sudamérica en un barco, llegar al último extremo de Alaska y volver a Barcelona a través de la autopista Siberia-Finisterre. La autopista no existía, pero eso no se lo dije.

Todos tienen un sueño, y todos los sueños son válidos: algunos quieren una casa, otros una familia, terminar los estudios o empezarlos, cambiar de sexo, tener unos pechos más grandes, ir a vivir a otro país o buscar una nueva pareja. ¿Por qué no intentarlo? ¿Cuándo, si no es ahora? Yo quería viajar, volver a sorprenderme, encarar un nuevo desafío sin miedo a lo que pudiera suceder, alcanzar mi límite y cruzarlo. Sentirme vivo y que mis sueños no fueran sólo sueños.

‘La vida es todo aquello que nos pasa mientras hacemos planes’decía un papel arrugado que llevaba en el bolsillo. La frase era de un tipo de boca muy grande llamado John Lennon, a quien habían matado de un tiro una inesperada tarde soleada. Se acabó, a mitad del espectáculo le bajaron el telón.

Partimos, y sin darnos cuenta los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Atravesamos el orden de Francia y Suiza, las calles inundadas de Venecia, el caos inimaginable de Nápoles y cruzamos en ferry a Grecia a través del mar Adriático.

El primer enemigo del viajero es el miedo. Hay miedo a que te roben, miedo a que te asalten, a que te disparen, a que nadie te dispare a ti pero a que el disparo llegue hasta ti; miedo a desaparecer, miedo a la desilusión y al veneno en la sangre; miedo a no volver a tener un buen trabajo, a enfermar de malaria, a no ser comprendido; a los policías que se inventan cargos en tu contra, a los fanáticos religiosos, a los accidentes y a chocar con un camión de Coca Cola en algún rincón perdido de África. De todas las muertes posibles, esa sería la más estúpida.

Pero no se puede viajar con miedo, hay que confiar. Cruzamos Estambul, visitamos las casas trogloditas de Capadocia, volvemos al Mar Negro y penetramos en el Kurdistán, primer territorio en guerra, hasta la frontera entre Turquía e Irán. Hay que confiar, dejarse llevar a veces por desconocidos a lugares físicos o mentales adonde nunca llegaríamos solos. Confiar. Sólo dejando que otros lleven el timón se pueden descubrir sitios que no sospechábamos que existían. La confianza y la curiosidad abren puertas y permiten compartir comidas Babilónicas junto al río Eufrates en Siria; o el café espeso con cardamomo servido en pequeños pocillos bajo una tienda beduina perdida en el desierto; o almorzar a la puesta de sol durante Ramadán con trabajadores sudaneses en las playas del Sinaí. Confiar.

En los países árabes la curiosidad se satisface conversando con los viajeros que llegan desde lejos. Para quien no ha salido del desierto, el mundo es como se ve en la televisión: una sucesión de escenas melodramáticas en casas de telenovela mezcladas con la emoción de una serie de policías en Miami, donde se ven unas cuantas chicas en bikini. En el intermedio, alguien hablará de los millones que cobra en Europa un futbolista nacido en Guinea Conakry y de una máquina a la que hablas y te hace caso. Desde el desierto es otro planeta, Star Trek por lo menos.

Por eso, cuando abandonas los sitios turísticos como Petra en Jordania o las pirámides junto al Nilo y te internas en el Sahara de los oasis o en los pueblos perdidos de Sudán, es lógico recibir la hospitalidad desinteresada de quienes sólo quieren oír historias del mundo de donde vienes: ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? ¿Eres de los que se hacen la señal de la cruz? ¿Cómo es tu casa? ¿Tienes fotos? ¿De qué trabajas? ¿Cuánto ganas? ¿Tu familia es muy grande? ¿Tus padres están vivos? ¿Cuánto te costó la furgoneta?

Viajar es un sueño que a veces se convierte en una pesadilla. Tuvimos problemas, sí, nos siguieron, asaltaron, dispararon y robaron, tuvimos que pelear, huir de una manada de elefantes enojados y rescatar nuestra furgoneta, nuestra casa rota del medio de un par de desiertos. En Etiopía, luego de visitar las iglesias subterráneas de Lalibela, nos persiguieron dos hombres armados en una moto asegurando que habíamos matado una vaca y teníamos que pagarla. En Kenia tuvimos que hacer ochocientos cincuenta kilómetros de ida para encontrar un mecánico y otros tantos de vuelta para llevarlo hasta nuestra casa. En Zimbabwe nos persiguió una manada de elefantes porque estaban con sus crías y nos habíamos acercado demasiado. ¿Qué sería de las historias si no hubiera dificultades en el camino? Sin duda, serían terriblemente aburridas.

Con los kilómetros vividos y el tiempo recorrido nuestros ojos comenzaron a descubrir ventanas abiertas en paredes cerradas. No se puede dejó de ser una respuesta válida y fue reemplazado por un Nada es imposible optimista. Y sin darnos cuenta la vuelta al mundo dejó de ser un viaje para convertirse en una manera de vivir.

Rodeamos el lago Victoria por Uganda y Tanzania y llegamos a Mozambique. De allí cruzamos a Zimbabwe y finalmente, dos años después de partir, la ruta nos dejó en Ciudad del Cabo. A pocos kilómetros está el Cabo de Buena Esperanza, donde terminan todos los caminos de África.

El que busca casi siempre encuentra. Teníamos poco dinero y necesitábamos cruzar a Sudamérica. Entonces nuestro camino se cruzó con el del director de una empresa pesquera española que estaba enviando tres barcos a Argentina. Un mes más tarde desembarcamos al inicio de la Patagonia.

Desde entonces nos detuvimos varias veces a trabajar en el camino y conocimos personas increíbles en lugares inesperados. Escribimos un libro, fuimos camareros, vendedores ambulantes de historias, editamos postales, desenterramos objetos antiguos y aprendimos que siempre, cuando necesitas una mano, aparece un ángel de carne y hueso.

En el camino recorrimos casi toda Sudamérica, desde Ushuaia a Belem, en la desembocadura del río Amazonas. Se nos congeló el motor en el Altiplano boliviano y tuvimos que pelear en la costa de Brasil: si te ponen un cuchillo en el cuello y no te dicen lo que quieren, puedes esperar lo peor. Lo que ellos no esperaban eran nuestras ganas de vivir, y la fuerza de mis dientes para morder en los brazos armados.

Miro hacia atrás y no puedo evitar una sonrisa llena de orgullo. Nuestro hogar es una casa de gitanos, un refugio de vagabundos, una caravana nómada y solitaria aparcada bajo el farol de una calle anónima. Tenemos un trastero en el techo, armarios en el dormitorio y un baño tan grande como el campo. Las ventanas cambian casi todos los días de paisaje. Y tienen cortinas. La biblioteca es una cesta detrás del asiento del copiloto, el agua potable surge por los grifos de bidones de plástico de veinte litros y la cocina es una hornalla pequeña sobre una bombona también pequeña de butano. Todo, en cinco metros cuadrados. Esto sí es un auténtico micropiso.

Ahora, ocho años después de iniciar el viaje, recuerdo todo lo que dejamos atrás y mi corazón vuelve a latir con fuerza. Lo único que extraño es el momento mágico, inolvidable, histórico, en que tomé la decisión de cambiar de vida. Esa revolución en el estómago, ese miedo a lo desconocido mezclado con una declaración de independencia, el instante en que le pregunté a Anna: ¿Quieres venir a dar la vuelta al mundo conmigo?

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