En Balsa por el Mundo Perdido (Revista Viajeros, Perú)

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Historia sobre el viaje en una balsa de troncos que realizamos durante 8 días inolvidables, por el río Alto Madre de Dios. Apareció en el número de octubre de 2008 en la Revista Viajeros, de Perú.

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EN BALSA POR EL MUNDO PERDIDO

Seguimos acompañando a Pablo y Anna en su viaje alucinante alrededor del mundo. Diez años de aventuras y amistades para siempre. Ellos empezaron su recorrido en el 2000, en Barcelona, y llevan ocho años -recién cumplidos en Ecuador- conociendo todas las geografías y razas que pueblan la Tierra. Los conocimos en Lima y los vamos a acompañar a casa. El siguiente es un relato que narra las peripecias de dos nautas locos por el Alto Madre de Dios, tierra de ensueños y pesadillas (mineras)

La aventura sólo es aventura cuando no estás preparado para todo lo que puede ocurrir. A veces comienza como una sugerencia insensata, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los armarios del cerebro o la posibilidad remota sugerida despreocupadamente, pero recogida al vuelo por algún otro inconsciente que andaba cerca.

–     ¿Y si…?

–     ¿Por qué no?

–     Dale.

Así llegamos a Shintuya, una comunidad nativa de unos doscientos habitantes en la frontera del Parque Nacional Manu, en Madre de Dios, a pocos kilómetros del final de una mala huella de tierra. Mauro, cooperante uruguayo, nos espera con un mate tendido.

–     Qué… ¿vamo?

La idea es bajar el río Alto Madre de Dios hasta el asentamiento minero de Colorado. Unos ciento cincuenta kilómetros en línea recta, sin contar los meandros, los rápidos, las palizadas, las pirañas o los caprichos del río. Hasta allí, todo normal. La nave, la clásica balsa de las aventuras de Tarzán en la selva: seis troncos de un árbol blanco y liviano llamado topa, unidos con clavos de una madera dura y negra llamada chonta.

–    ¿Qué nombre le ponemos? No es un barco pero flota, de alguna manera hay que bautizarla… –pregunto.

Silencio. Leoncio, el hombre que construyó la patera, sonríe con inocencia mientras la observamos con escepticismo. Flota, sí, pero toda la madera flota.

Nunca descendimos un río sin un guía. Nunca dirigimos una balsa. Nunca enfrentamos un rápido en algo así. De repente Anna comienza a reír.

–    ¿Y si la llamamos Titanic?

Nunca un proyecto fue tan realista con sus posibilidades de fracaso.

NAVEGANDO EL ALTO MADRE DE DIOS

A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Empujamos nuestro Titanic al río y nos dejamos arrastrar por la corriente. Al otro lado del Alto Madre de Dios las nubes comienzan a cubrir los montes. En las riberas, árboles de hojas verdes, amarillas y rojas esconden pájaros que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos más o menos afinados. El machete viaja clavado en su vaina de madera, junto al racimo de plátanos verdes. Estamos a mitad de la época seca y el agua en el centro del cauce avanza acelerada. Este es otro fin del mundo.

Detrás, Mauro empuja la tangana contra el suelo escondido bajo el agua. Anna y yo remamos delante, intentando coordinar los movimientos para avanzar en línea recta. No es fácil, la balsa no reacciona como un carro, es un tanque lento y pesado patinando sobre un río de gelatina.

A la derecha aparece una pequeña plantación de bananos, una mancha organizada en el caos natural de la selva. Los colonos reclaman un nuevo territorio sometiendo la vegetación con hachas, machetes y fuego. Un peque-peque, una canoa larga cargada con pasajeros y bultos, progresa contracorriente con el motor revolucionado. Su guía es uno de los pocos domadores del río.

A medida que avanzamos el Alto Madre de Dios se divide en distintos cauces y adivinar el bueno no siempre es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, izquierda y centro. Si tomamos el primer desvío, la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras. El último desvío quizás termine en una cocha sin salida.

Una pandilla de cotorras se ríe volando entre los árboles.

LOS RÁPIDOS

El murmullo del primer rápido se adelanta y se convierte en el grito insistente de un animal salvaje que corre hacia nosotros. El agua transparente, verde pero transparente, revela el fondo a diez centímetros. Rocódromos sumergidos rozan la madera liviana, piedra contra corcho, el destino contra los sueños. Todo es nuevo.

Entonces pasa un ángel de colores, rojo verde azul amarillo, ya estamos bailando, la taquicardia orgullosa se eleva sobre las aristas de las piedras envenenadas y nos lanzamos a los rápidos que se acercan al Titanic. Si aceptas que ya estás hundido, ¿qué más te puede pasar?

         ¡Agárrense!

La balsa se sacude desnuda, dos troncos intentan separarse, el agua se repele y estalla. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. Los remos se mantienen atados y el cuerpo resiste acribillado por picaduras rojas y pequeños arañazos. La tangana se quiebra. Cuando salimos me pongo en pie para celebrar, pero resbalo sobre los troncos húmedos y caigo chapoteando al agua como un gato despatarrado.

         ¡Con el sombrero mojado pareces Laura Ingalls! –ríe Anna cuando asomo la cabeza.

UN MUNDO PERDIDO

Todos los días traen sorpresas. Un tapir grande y gordo sale del río, atraviesa un cañaveral y se esconde en la selva. Una araña llega a la balsa caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. Hay garzas apalancadas sobre una palizada traidora, un martín pescador en busca del desayuno y las huellas de un otorongo que amanecen junto a la carpa. Y picadas, picadas en lugares donde nunca había llegado un insecto. Parezco un mono.

Ya pasamos los asentamientos colonos de Itahuania y Bonanza y las comunidades nativas de Shipitiari y Diamante. Detrás de la orilla izquierda comienza el Parque Nacional del Manu, un paraíso con dieciséis ecosistemas declarado Patrimonio de la Humanidad. Sobre la derecha descansa la leyenda del Paititi, uno de los tantos Dorados escondidos de los últimos incas.

Al cuarto día llegamos a un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua clara del Alto Madre de Dios se confunde con el trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte. Algo más adelante están las barrancas de Boca Manu, la mitad del viaje. Esta es la auténtica frontera, casas de madera entre calles de tierra vacías de motores, almacenes bien dotados de licor y alimentos y calma, mucha calma.

LA MINA ESCONDIDA

A partir de entonces el río se ensancha y avanza con lentitud, hay que remar para superar meandros interminables. Algunos lodges rompen la virginidad aparente de la selva. Pasamos entre un bosque de árboles hundidos, sus ramas se estiran y sobresalen como los brazos de un ahogado. Una flecha plateada salta en el agua dejándonos con cara de hambre. Una tortuga, lenta, es la última en escapar de los ojos.

Sabemos que nos acercamos a Colorado cuando aparecen los primeros buscadores de oro. Sus cintas transportadoras ancladas en la orilla avanzan con un murmullo permanente. Nos acercamos pero los mineros nos ignoran, saben que estamos allí pero no quieren vernos. Todos llevan la camiseta de un partido político que reúne a los caucheros, madereros, mineros y agricultores de la selva.

Observo la tierra removida, el paraíso convertido en infierno contaminado. Madre de Dios, ¿qué te están haciendo?

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