15 años después todavía seguimos en la ruta.

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52- A las Islas Galápagos, como sea.

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(Viene de Promesa: Me corto el pelo) 

No.

No sé.

No se puede.

No se puede pasar. Ni hacer. Ni mencionar. ¿No lo sabías? Todos los que lo intentaron están muertos. Por lo menos espiritualmente. Su moral se encontró con un burócrata y quedó hecha pedazos. El NO fue tan rotundo que todos sus planes se cayeron. Se estrellaron contra una palabra de dos letras, de sólo dos miserables letras. NO.

¿Cuántas palabras de dos letras conoces? Pocas, no hay muchas en el diccionario. La mayoría son abreviaturas.

– Ustedes tienen el carnet del marino pero, ¿hicieron los cursos de actualización de la marina mercante? ¿Están homologados para trabajar en Ecuador en un buque de carga? –pregunta el veterano teniente de la Armada ecuatoriana destinado a servir en tierra firme.

La batería de cargas de profundidad salen de su boca con una calma rabiosa. Parece la reserva de cicuta de un policía daltónico que no puede trabajar en la calle, o de un biólogo que sólo rellena encuestas en la puerta de un parque nacional. A usted, ¿por qué le gustan las tortugas?

– Amigo, nosotros sólo queremos viajar a las islas Galápagos, no ponernos al timón del barco. El carnet del marino debería servir de ayuda para que sea más fácil decir que sí.

– Déjeme ver… –dice mientras busca un cuadernillo. –Aquí, el artículo 16, dice que para embarcar en un buque de carga bajo la bandera de Ecuador usted tiene que estar anotado en el registro de la Marina Mercante de Ecuador. Y tener todos los cursos al día. A ver, y el artículo 17 dice que debe tener residencia en nuestro país.

– Pero tenemos un barco que nos lleva, el Paola. Ya está hablado, el armador nos ha invitado.

No. No se puede. Nadie lo hizo, nadie lo hace. Es mucho más fácil decir NO que decir sí. El teniente ni siquiera sabe hacer política, derivar, alargar los plazos hasta que la situación se resuelva sola. Hasta que nos cansemos y nos vayamos de una puta vez. No. Todos sabemos que los formularios pueden ser devorados accidentalmente por las ratas antes de ser procesados. A veces ocurre. (No sabes la cantidad de juicios que han terminado con la muerte del acusado por causas naturales) Es el riesgo que corres cuando pides algo distinto a un clip.

El olvido es una rata, el fondo del cajón es otra rata.

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En ese momento, principios de agosto, ya llevábamos un mes buscando rutas alternativas.

– Lo siento, pero todavía no tengo respuesta de Quito a su pedido de dos plazas en un vuelo logístico –afirma el Capitán Icaro, otras armas, otro uniforme, otra oficina.

– Los aviones están en mantenimiento. No hay vuelos de la Fuerza Aérea a las islas hasta que terminen de revisarlos –afirma veinte días más tarde. –Tampoco sé cuándo estarán listos, quizás en quince días, quizás en un mes.

– No tengo noticias de su pedido. ¿Por qué no prueban con esta otra persona? Quizás él los pueda ayudar –cierra treinta días más tarde, después de muchos correos, llamadas y visitas de madrugada, a horas insólitas en que sólo los militares, los sonámbulos y los panaderos están levantados.

Porque aunque diga NO sin decir NO, el Capitán Icaro igual cae simpático. Hasta nos podríamos tomar unas cervezas juntos. Podría haber sido un buen político de pasillos, pero decidió cortarse el pelo al ras. Yo me salvo.

Había prometido ponerme en las manos del peluquero jefe de todos los ejércitos si la Fuerza Aérea del Ecuador nos ayudaba con el viaje a las islas Galápagos. O si la Armada nos remolcaba en una patera atada a un barco de guerra. Hablando claro: había prometido satisfacer los deseos reprimidos de un militar convertido en peluquero por descarte.

Un hippie menos. Y sin pegar un tiro.

– El comandante dice que en ésta época del año los aviones de la Armada parten siempre llenos con personal de reemplazo. Lo siento.

No es necesario hurgar en un cajón para encontrar la excusa apropiada, siempre hay alguna a mano. Es demasiado joven, es demasiado viejo, no tiene la estatura, le falta este formulario que debe solicitar en su país de origen. Falta un sello, el jefe no está, falta una firma, tu libro no entra en las políticas de la editorial, yo no tengo poder para decidir, está ocupado, todavía no tengo una respuesta, no sé cómo se hace, vuelva cuando todos los planetas estén alineados con Saturno. No, no, NO y, por las dudas, tampoco.

Pero uno insiste, la única alternativa es la derrota.

– El Galápagos es un barco nuevo. Lo acaba de comprar el presidente Correa. Está destinado sólo a carga, no lleva pasajeros. Usted entenderá, no es nuestra función llevar pasajeros –afirma el director de la flamante compañía estatal de transporte de carga.

No, no entiendo. Debo tener un problema grave de comunicación. Yo creo que hablo castellano, pero en realidad debo hablar un dialecto cercano al mongol. En realidad, mi abuelo no era gallego, era de una región separatista de Siberia Oriental. De Yakutia, Chukot o Koriak, por ejemplo. Por eso no entienden estas ganas, esta inquietud, esta curiosidad que nos llevó tan lejos.

Hasta que una mañana, un mes después de comenzar a buscar un camino alternativo, un mes seguido estrellándonos contra el abuso de la palabra NO, (que alguien funde una Asociación Pro Uso de la Palabra Sí, por favor) descubrimos que el patrón de un barco de carga llamado Paola habla un idioma parecido.

– Yo los llevo a Galápagos, no hay problema. Pero necesito una autorización de embarque de la Marina Mercante.

Es la autorización que el teniente intermediario nos niega porque es más fácil estar en contra que estar a favor. Porque es más fácil decir NO, es más fácil rendirse, es más fácil no hacer nada, que decir lo vamos a intentar.

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(Continúa en A las Islas Galápagos en un barco de carga)

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