48- África comienza en Sudán (Historia para la revista SoloAuto4x4)

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(Artículo para la Revista SoloAuto4x4, publicado en el número del mes de abril de 2008)

El puerto de Wadi Halfa es una pendiente suave de desierto duro y pedregoso. Nada más. No hay muelle, ni grúa, ni oficinas de administración ni otros barcos en condiciones de navegar sobre el agua que se mece en paz. Cualquier lugar es bueno para encallar. En tierra solo se distinguen unos pocos cobertizos de paja rodeados de curiosos y militares de Sudán que observan las maniobras del capitán Dahab entre dos cascos oxidados.

Ya llevamos seis meses en la ruta, seis meses desde que abandonamos Barcelona con la intención de llegar al sur de África. El camino había sido relativamente sencillo, sólo nos habían robado una vez y cada día aprendíamos un poco más de árabe. Con Anna nos acostumbramos a vivir en un espacio pequeño y, a pesar de compartir las 24 horas del día, cada semana, aún no nos hemos matado.

Finalmente la proa del pontón se clava en la orilla de un nuevo país, Sudán. Inmediatamente dos militares trepan para revisar nuestro 4×4, aunque se fijan más en nuestros pasaportes. Les importa especialmente saber si hemos rozado suelo israelí. Un tercer hombre vestido de civil, o sea con galabiya, trae la lista con los impuestos que debemos pagar: derechos de aduana, permiso de circulación de personas y permiso para sacar fotografías, aparte del visado que ya pagamos dos países atras, en Jordania.

El sol de Wadi Halfa, implacable en invierno, calienta las sombras hasta quemarlas. Los niños juegan en el mercado con mazorcas de maíz, neumáticos viejos o haciendo correr coches fabricados con latas de tomates. Los hombres, casi todos vestidos de blanco, exhiben sus mejores sonrisas y se saludan dándose un golpe suave en el pecho con la mano abierta como anunciando ‘ey estoy aquí’. Luego se abrazan y se besan en ambas mejillas. Pero son las mujeres, con el rostro descubierto y vestidas con tobes de colores en lugar del negro o azul habituales en Egipto, quienes anuncian un cambio de cultura. Esto es África. Egipto era Arabia.

Llenamos todos los tanques con ciento cuarenta litros de diesel y, dos días más tarde, desaparecemos en el Sahara nubio tras una nube de polvo. La ruta que acompaña la orilla del Nilo es un espejo de la desolación. Después de los primeros kilómetros el camino de tierra se transforma en una sucesión de baches destroza-carrocerías y serruchos afloja-tornillos. Hasta los burros tienen que pasarlo mal recorriendo estos senderos.

No hay casas, no hay chozas, no hay nada, sólo campos de rocas negras y arena gris. No hay nadie, en todo el día sólo nos cruzamos con un camión destartalado cargado de gente con el rostro tan cubierto como la momia de Ramsés. El Nilo, que se prende fuego con la última luz que llega del oeste, es el testigo de la transformación del viaje. Esto deja de ser turismo.

A medida que avanzamos hacia el sur las distancias entre los pueblos se acortan. Pasamos Sonki, Kosha y Abri, con sus casas rectangulares vertebradas como una culebra delgada que acompaña al Nilo. Las fachadas, marrones o blancas, están decoradas con formas geométricas de colores. Un grupo de hombres jóvenes fuma un narguile frente a una puerta. Ninguno habla inglés, pero después de cambiar algunas sonrisas y palabras en árabe, sacamos nuestra pipa y nos sentamos a su lado. Están arreglando el hogar de una pareja que se casa dentro de un mes.

-Por tradición, todo aquel que llega y golpea a la puerta es recibido, alimentado y cobijado durante el tiempo que desee quedarse -invita Hassan, el único que habla algo de inglés. -¿Sabes que los lingüistas siguen hurgando en el pasado en busca de la palabra ‘gracias’, que no existe en el idioma nubio?

Asiento y vuelvo a sonreír. ¿Cómo le das las gracias a alguien que no quiere recibirlas? Sudán, uno de los supuestos enemigos de la paz y la convivencia, nos recibe con los brazos abiertos.

A la mañana siguiente, mientras organizamos nuestra casa para partir, descubro trazos árabes sobre la suciedad del vidrio trasero.

– Son los nombres de algunos niños del pueblo, Ashefé, Hamara, Gasim, Tarik, Salim –explica Hassan. –Ellos no pueden viajar, pero sus nombres sí pueden hacerlo.

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Al quinto día en Sudán llegamos a Dóngola y volvemos a convertirnos en la atracción del mercado. La gente vuelve a rodearnos para observar lo que hacemos con curiosidad. Algunos rostros parecen decir pobrecitos… son blancos, y con este sol… Tienen razón, el calor aprieta, hace meses que no debe pasar una nube por el cielo. Nosotros debemos decidir si continuamos junto al Nilo o atravesamos el desierto hasta Karima.

Nilo. Cruzamos el río en una barcaza y después de cincuenta kilómetros de asfalto con una raya pintada cada treinta metros, el camino se hunde en la arena. Bastantes kilómetros más adelante surge otra hermosa franja asfaltada interrumpida por una barrera. Hay que pagar peaje, pero no tenemos suficientes dinares sudaneses.

– ¿Aceptan dólares? -pregunto.

– No.

El hombre me observa unos segundos desde el interior de su caseta, suspira, y finalmente mueve la mano con impaciencia. Nunca existimos. A los dos kilómetros termina el asfalto y vuelve la arena. ¿El peaje era un espejismo?

Hacia el sur, hacia Debba, el camino se divide en huellas malas que se separan y multiplican, casi todas corren paralelas. Los que dibujaron la ruta asfaltada del mapa Michelin nunca estuvieron por aquí. En medio del campo estéril encontramos una parada de camioneros, un oasis perdido de tres tenderetes de paja donde beber té con sombra. Los motores de los camiones se enfrían a ralentí mientras los conductores ajustan la carga de frutas, dátiles y bidones de plástico vacíos.

– ¿Adónde van? -preguntan desde una camioneta.

– a Jartum -responde Anna. -Pero no estamos seguros qué camino tomar.

-Si quieren pueden seguirnos -responde con amabilidad.

Cuatro días más tarde llego a Jartum. Pero llego solo. Anna y la furgo siguen en el desierto. Perdimos la tapa del filtro de aire y el motor se llenó de arena. Se detuvo frente a una mezquita, junto a la casa de otro Mohammed que, al vernos en problemas, nos abrió sus puertas. Ahora hay que buscar un camión y volver a rescatarles, pero esa es otra historia.

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