34- PERÚ Desconocido: El Cañón del Pato.

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         No se pueden perder el Cañón del Pato. El camino no es bueno, pero vale la pena.

Conan, productor del programa de televisión Perú Aventura, había combinado las palabras mágicas. Un sitio que no aparece en las guías turísticas, bonito y complicado. ¿Qué puede ser más tentador?

Después de recorrer la Ruta de las Mil Curvas (y los Cien Mil Baches) nuestro cerebro había tomado la consistencia del yogur. Era inevitable, los pasos a cuatro mil ochocientos metros alrededor del Huascarán y las pistas bombardeadas habían mareado y sacudido nuestras neuronas contra las paredes hastiadas del cráneo. K.O. técnico, nadie tira la toalla, pero hasta Mohammed Alí en sus momentos lúcidos hubiera aceptado que el camino había sido una buena paliza.

Por eso, porque nunca es suficiente, porque no hay nada tan rabiosamente bonito como perderte donde nadie te ha llamado, retomamos la ruta por el Callejón de Huaylas hacia los desiertos del norte. La china Mari, los Albrizzio, el amigo Benjamín Franklin, todos aseguraron que las playas de aguas templadas, ese lugar mítico que veníamos persiguiendo desde la Patagonia, estaban cerca. Sólo hay que doblar el Cabo Blanco, el sitio donde la corriente helada de Humboldt abandona la costa a la lógica. Lo extraño es que a seis grados al sur del Ecuador, el agua del océano sólo sea apta para pingüinos.

Pero todavía falta, dentro de la Mitsu suena Creedence y el camino de tierra se estrecha hasta dejar un solo carril. El cielo se transforma en una línea delgada e irregular, empequeñece hasta provocar angustia y finalmente desaparece en un agujero negro. Comienzan los túneles del Cañón del Pato.

Los caminos más interesantes son aquellos que nadie recorre. Hay menos tráfico, menos casas, más sitios donde dormir en medio de la nada y más sorpresas. El vacío puede ser tan interesante como la multitud de un mercado caótico. Te dejas guiar por el instinto y nada puede ser tan tentador como una duda, como la posibilidad de encontrar algo equivocando el camino.

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A la salida del primer túnel aparece un puente colgante. Al otro lado hay un par de parcelas arrebatadas a la pendiente. El segundo túnel tiene un desvío cerrado por un cúmulo de tierra. Aparcamos la Mitsu y caminamos tanteando el suelo hacia la luz blanca. Al otro lado del río aparece la central eléctrica inutilizada por el terremoto de 1970, el mismo que convirtió a Yungay, a sólo cuarenta kilómetros al sur, en la Pompeya del siglo XX: el alud de piedra y barro que llegó después del temblor cubrió el pueblo colonial y enterró vivos a más de 20.000 de habitantes. Casi toda la población pereció durante un minuto tumultuoso. La masacre sólo dejó a la vista las copas de cuatro palmeras que parecen enanas y un par de coches convertidos en chatarra turística. Porque para entrar al cementerio, al sitio de la catástrofe, también hay que pagar entrada. Todo tiene morbo.

Observo el cañón, la naturaleza apacible e impresionante de las paredes verticales, e imagino una montaña de muertos, ¿a qué altura llegará una pila de 20.000 cadáveres? Entonces el suelo comienza a vibrar nuevamente, un murmullo oscuro y grave se abre paso a través de la roca. Observo a Anna, también está desconcertada. Espero un temblor, guijarros rodando ladera abajo, piedras abandonando el techo del túnel, el triunfo de la gravedad. Pero no, al fondo, junto a la Mitsu, se arrastra la silueta de un camión viejo y fumador que se aleja tosiendo con asma.

Los más de cuarenta túneles del Cañón del Pato terminan cuando las paredes se separan en un pueblo minero. El camino cruza aldeas cubiertas de polvo y calamina, evita desvíos aún más inciertos y nos acuna bajo unos árboles a diez metros de la ruta. Nos detenemos junto a un cartel que promueve la TRUCHICULTURA y decido iniciar una lista de palabras que a veces echo de menos: extrañar, trucho, boludo, lavandina, calefón, pibe, plata, guita, alcaucil, pool, colectivo, bondi, fiaca, flipar…

Dejamos atrás el pueblo de Suchiman (Perú es uno de los países con más inmigrantes japoneses del mundo) y horas más tarde llegamos al Océano Pacífico.

         Todavía está fría –dice Anna desde la orilla.

Remera, pullover, kiosco, durazno, viejita, che, ñata, fainá, choclo, canilla, chaucha, los kilómetros pasan y el desierto continúa. Hacia el sur está mi diccionario original,  chimichurri, mantecol, alfajor, chinchulín, provoleta, milanesa, tira de asado, cuatro mil kilómetros hasta la próxima empanada de carne cortada a cuchillo. Lo extraño es que sea para el otro lado. También parece que se acerca el mediodía, con sólo pensar en algunas palabras mis dientes comienzan a moverse automáticamente. Si no tengo hambre, me la invento.

A la entrada de Trujillo nos detenemos frente al puesto sencillo de un soldador. A unos metros comienza una rotonda, queremos ir a Huanchaco, en la costa, pero los carteles sólo anuncian el camino hacia el centro de la ciudad y a Chiclayo. El hombre deja de sacar chispas a un pedazo de fierro y nos indica el desvío de la izquierda con una sonrisa. La gente del Perú suele ser terriblemente amable. Vuelvo a arrancar, cubrimos los cuatro metros que nos separan de la esquina y escuchamos el sonido agudo de un silbato.

(continúa en Policías y Ladrones)

3 Comments on “34- PERÚ Desconocido: El Cañón del Pato.”

  1. Pollera…

    Desde que llegue a este sitio de ustedes hace unos dias atras, no he parado de leerlos.Me deben un par de ojos! Que viaje,por Dios! Los felicito por atreverse a seguir sus sueños. Un abrazo!

  2. Espero conocer vuestra primera mano de Ecuador que me interesa a partir del viaje de Humbolt. Parece que hay lluvias y que el Tungurahua escupe fuego, aunque en un continente pasa al mismp tiempo de todo. Saludos.

  3. Hola Pablo, encantada, soy amiga de Vale tu hermana (trabajamos juntas en ML). La verdad que me re enganché con la historia de uds y me estaban llegando los e-mails pero ahora no llegan más, pasó algo?. Bueno, besos y suerte en el viaje! Quiero saber por donde andan ahora y qué pasó con el poli de Perú 😉

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