Lugares para conocer antes de morir: las Pirámides de Egipto

Caballos frente a las pirámides de Giza, Gizeh, El Cairo, Egipto

Las autoridades egipcias solicitaron no participar en la elección de las Siete Maravillas del Mundo durante 2007. Tienen razón, las Pirámides son algo excepcional.

‘A medida que nos incorporamos al tráfico caótico de El Cairo crece la sensación, curiosa e implacable, de que a nadie le importa nada. Bicicletas, dromedarios, peatones, carros tirados por burros y vendedores ambulantes sobreviven al atropello sobre el mismo trozo de asfalto. Todos los camiones, coches y autobuses exhiben alguna cicatriz, son animales de pelea, todos machos. Hay una camioneta con el eje roto abandonada en el centro de una avenida, un furgón a punto de caer en uno de los canales del Nilo y otra ambulancia, esta vez con las sirenas desesperadas, aguardando que dos conductores terminen de desentrañar el sentido de la vida.

Los minibuses circulan por las avenidas a su propio ritmo. Vocean su destino y clavan los frenos delante de cualquier persona que levante una mano, aunque solo sea para espantar una mosca. Luego se incorporan a ciegas al vals demencial de la calle provocando un coro agudo de bocinas y alaridos salvajes. Si tienen que girar a la derecha, voltean aunque estén en el último carril de la izquierda.

Los camiones, cochambrosos y prepotentes, dejan claro en un instante de terror quién es el amo. Los semáforos no funcionan o no sirven para nada; en cada esquina hay uno, dos o cuatro policías que se encargan de complicar el tráfico más o mucho más, según sus habilidades. Al rato, y con los nervios a punto de convertirse en espaguetis fritos, le cedo a Anna el dudoso privilegio de conducir en esta exageración de Nápoles. Buscamos un camping que queda, no podía ser de otra manera, al otro lado de la ciudad.

La mitología viajera se ha cebado con El Cairo y en los corrillos que se forman en el rincón de un bar para planificar un viaje por África siempre surgen los peligros de la calle. Historias de todo terrenos extranjeros que en dos minutos se quedan sin ruedas, apoyados sobre muletas de ladrillos. De ventanas rotas o desarmadas prolijamente, furgonetas con cerraduras forzadas e interiores vaciados por un torbellino de brazos. Bolsos rajados con cuchillas de cirujano que cortarían un pelo a lo largo. Trabajo de profesionales, de gente que sabe lo que hace. Una buena razón para dejarnos arrastrar por las mareas de El Cairo con precaución.

Sobre las aceras la gente se mueve con calma, choca pero no se detiene, en un roce constante y sinuoso que repele hombres y mujeres. La ropa se deforma y se acaricia en una cadencia inconsciente, alguien levanta un brazo, las galabiyas tienen alas. El aire de Giza, enrarecido por una nube gris de contaminación, apenas permite entrever el espectáculo que aguarda al final de la avenida de las Pirámides. Triángulos, triángulos gigantescos.’

Extracto de ‘El Libro de la Independencia’.

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