31- La Ruta de las Mil Curvas | PERÚ

La vuelta al Mundo en 10 Años - @viajeros4x4x4.com

Las personas pueden tener la mejor voluntad del mundo, pero eso no evita que las diferencias geográficas y culturales nos lleven, aunque sean inocentes, a mandarlos a la mierda.

 Policía pelotudo… cabrón¿cómo puede decir que la ruta está bien?

Cualquier extraterrestre que aterrice en este camino del planeta Tierra puede llegar a dos conclusiones equivocadas: uno, los humanos acaban de sufrir una lluvia maligna de meteoritos; dos, los humanos son muy avanzados y se transportan con máquinas volantes, ya que no les importa el estado de las carreteras.

‘No se preocupe, la ruta está buena… ¡Aún no comenzó la temporada de las lluvias!’ Cambias de valle, cruzas una frontera y la tabla de valores es otra. Y eso depende de la situación económica, de la educación familiar y hasta del espejo en el que te miras cada mañana mientras te lavas la cara. El policía simpático y tranquilo que vive en el Callejón de Huaylas está convencido que el camino que lleva al otro lado de la Cordillera Blanca es bueno mientras no llueva. Y también tiene razón, aunque no quiero imaginar esto dentro de dos meses, en diciembre, cuando empiece a llover y nevar de verdad.

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Hace unos días decidimos recorrer la Ruta de las Mil Curvas. Esta mañana ya no estaba muy convencido.

En el mapa el camino promete, son unos trescientos kilómetros alrededor del Huascarán, la segunda o tercera montaña más alta de América, y cruza dos pasos que rozan los 4.900 metros de altura. El inconveniente son las referencias, ¿quién quiere lidiar con una novia loca o subir, subir y subir por un camino de tierra epiléptico sabiendo que te estás quedando sin aire? El soroche, ese abotargamiento de los sentidos que convierte el interior de tu cráneo en la caja de resonancia de una pandilla de bateristas desquiciados, ya es un viejo conocido. El problema es que cada vez que me lo encuentro, me da una paliza.

Pero, la Ruta de las Mil Curvas. Olvidando el mareo, el nombre promete.

Apenas abandonamos el asfalto en Carhuaz, comprendo por qué. La ruta es sinuosa, muy sinuosa, quizás demasiado sinuosa. Es sinuosa hacia los lados y, aunque asciende constantemente, los baches hacen que también sea sinuosa hacia arriba y hacia abajo. Las curvas cerradas se abren paso esquivando árboles, casas sencillas de adobe y campos prolijos sembrados de papa, olluco, maíz y quinua. Un niño desnudo, moreno y sonriente lleva un cubo de agua a su casa. Dos burros se apartan lentamente, con desidia. Una cuadrilla mixta intenta arreglar el camino, o torturarlo un poquito más. Entre ellos hay una mujer que lleva el casco anaranjado sobre su  sombrero tradicional blanco. Una niña sorprendida abre sus ojos grandes y redondos como dos bolas de vidrio, como los ojos enormes de una niña en un manga japonés.

Cuando entramos a la Quebrada Ulta el camino se estira para correr junto a un arroyo, pero los baches siguen en su sitio. Hoy debemos llegar hasta Chacas atravesando el Paso Olímpico, a 4.890 metros de altura. Dormir en la altura no es una opción. Observo los mapas e intento adivinar el inicio de los senderos que atraviesan la cordillera. El Callejón de Huaylas y la Patagonia son las regiones mejor preparadas de Sudamérica para el turismo de montaña.

Mantener la velocidad por debajo de los diez kilómetros por hora es indiferente, nuestro 4×4 igual se sacude maltratado. La suspensión chilla, la carrocería se queja, otra vez hay que avanzar por uno de los Peores Caminos del Mundo. Las piedras grandes, pequeñas y medianas se intercalan con cráteres empecinados en ponernos a prueba. Avanzamos con cuidado, pero si estuviéramos en Estados Unidos la Mitsu podría iniciar el primer pleito de un vehículo contra sus dueños por maltratos. Pero nos quiere, y aguanta los sacudones como nosotros, con paciencia, sin perder un tornillo.

 Tantas sacudidas… ¡me duelen hasta las tetas! –se queja Anna.

 Pues agárralas, o te quedarán a la altura de la cintura…

Si nos dejamos ir por las ventanas el mundo se transforma en un paraíso hermoso. Los baches se convierten en lagos enormes encerrados por montañas verdes, sin árboles, que superan los seis mil metros de altura. Allí arriba los glaciares se derriten entre las nubes y seguirán llamándose permanentes mientras el cambio climático no diga lo contrario. Aquí abajo, promesas de bistecks de ternera caminan sin prisa entre piedras de varias toneladas, abandonadas al azar por gigantes que se sientan a provocar derrumbes en la cornisa del cielo.

Por encima de los tres mil quinientos metros el cielo se vuelve de un azul intenso. La falta de oxígeno quita un filtro, las nubes se acercan y el sol no broncea, quema. El viejo soroche golpea a la puerta. Cruzamos frente a la casa del guardaparques, levantada para evitar la caza ilegal de venados aunque ya no se vea ninguno, y seguimos ascendiendo por el valle. A medida que avanzamos aumentan los hilos de agua que caen corriendo desde las cimas dándose unas hostias impresionantes contra el suelo. Las gotas son hormigas blancas, ordenadas y obedientes, que no se separan del camino trazado por la gravedad. Anna asoma la cabeza por la ventana y mira hacia abajo.

 Pablo, detente, tenemos una rueda pinchada.

 ¿Aquí? Nooo… aquí no… ¿Cómo te diste cuenta? No sentí nada.

 Por el ruido. Tú estabas hablando y de repente cambió el sonido de los neumáticos sobre la tierra.

Busco un sitio sin baches y decidimos intentar repararlo, a cuatro mil metros de altura. En Kenia tuvimos once pinchazos en un día, espectacular. En Perú conseguimos el record del pinchazo a mayor altura del viaje.

Como siempre, Anna afloja las tuercas del neumático mientras instalo el gato. Sacamos la rueda, volvemos a inflarla con el compresor que nos regalaron en Sudáfrica y le tiramos agua de una charca estancada para buscar el agujero. Lo agrandamos con un destornillador y, con un aplicador especial para neumáticos sin cámara, le metemos por el agujero una tira de caucho pegajosa y marrón que parece una lombriz gorda. Recortamos las puntas que sobresalen, discutimos un rato, hinchamos el neumático hasta su presión habitual, sacamos unas fotos, Anna ajusta las tuercas, mira ese glaciar y quince minutos más tarde seguimos adelante, como si no hubiera pasado nada

La Ruta de las Mil Curvas y los Cien Mil Baches continúa con su hermoso sadismo hacia el fondo del valle, prometiendo destruir algunas neuronas más antes de la próxima curva. Yogur, sí, yogur de cerebro nos quedará dentro del cráneo.

Y lo que la ruta promete, la ruta lo cumple. Por eso la rueda izquierda se mete en otra charca y un ruido metálico entra por la ventana. Freno y desciendo rápido, no, que no haya sido nada, aunque los crack y los crash suelen significar algo rutinariamente malo. Observo el suelo, alguien tiró una botella de vidrio por una ventanilla y quedó sumergida bajo el agua. Y nosotros, la Mitsu, Anna y yo, la pisamos. Después de la rotura de la barra de torsión estoy un poco susceptible, sí.

Cruzamos un puente endeble de madera vieja sobre el arroyo, dejamos atrás un camión que baja empecinado hacia Carhuaz y comenzamos a subir por la ladera en un zigzag que se repite indefinidamente. A medida que ascendemos el humo del escape se hace más negro y el cielo más intenso. Los blancos se separan y la cima sur del Huascarán, la más alta, se observa mejor. No está más cerca, pero el aire es más puro.

A los lados del camino comienza a acumularse nieve y las charcas sobre la huella de tierra se convierten en charcas sobre una huella de barro. Un patinazo y solo nos detendremos quinientos metros más abajo. Entre unas piedras aparece una virgen cubierta con un manto blanco de nieve. Tras una curva se despeja una grieta extraña en la montaña. Es el antiguo túnel, que se derrumbó y dejó abierto el paso alcielo. Subimos, seguimos subiendo, estamos tan arriba que por aquí cerca deben estar los ángeles. Espero que sean de los buenos, más educados que los pájaros y, ahora que estamos tan arriba,tan lejos de todo, no nos caguen encima.

DATOS PRÁCTICOS

La ruta, de aproximadamente 300 kilómetros, comienza en Carhuaz, cruza la Cordillera Blanca hasta Chacas-San Luis-Yanama y de allí vuelve a cruzar la Cordillera Blanca hasta Yungay. Es todo tierra, adornada con una increíble cantidad de baches.

Se consigue alojamiento y combustible en casi todos los pueblos, aunque recomendamos partir con el depósito lleno antes de encarar los pasos de montaña. Y avanzar despacio, una avería sencilla en una ciudad puede ser un calvario cuando estás lejos de todo.

5 Comments on “31- La Ruta de las Mil Curvas | PERÚ”

  1. Hola chicos!!

    Me han hecho recordar el día que hice esa ruta!!…A pesar de las mil curvas…es increible!!!, pocas veces de toca el cielo de esa manera. Exitos!! esten donde esten!! 😉

  2. de verdad que la carretera es mala, pero esta proxima la construcción de una carretera asfaltada, para poder apreciar esta fantastica ruta con unos paisajes de ensueño
    saludos
    Arturo

  3. Chicos, gracias por el video de la Cordillera Blanca, ustedes han soportado ese camino hecho mierda, pero nos han regalado unas vistas maravillosas que nos transportan por un momento hacia esos nevados. Gracias por hacer el viaje por nosotros!!!!!!!! Un abrazo fuerte a los dos, se les extraña!!…Escribannn
    Miriam P.S.

  4. Hola chicos..después de esta ruta..
    las demás les parecerán una pista de aterrizaje…
    Les mando un abrazo desde la hoy calurosa Buenos Aires…
    La semana que viene estaré en la serra gaúcha….

  5. Realmente fantástico chicos y mil gracias por compartir sus vivencias en los más recónditos lugares de la tierra. Bravíssimo!!!
    Teresita y Hugo

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