26- Los mineros del Amazonas | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS

Viaje en balsa de troncos por el río Madre de Dios, Perú. Pablo Rey y Mauro Zunino

(viene de Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 4: Encallamos

Cuando uno va a bailar tiene que bailar. Uno no puede salir de noche y negarse a saltar a la pista porque la pareja que te toca no tiene ojos azules. Si uno va a bailar, baila, aunque sea con la más fea.

 ¿Terminaste de filmar? –pregunta Mauro. –Creo que ya no tengo sangre. Se la llevaron los mosquitos.

 Sí, ya está –digo guardando la cámara dentro de tres bolsas.

Anna, con miedo a las boas y los caimanes, se mete lentamente en el agua bajando los escalones de los árboles sumergidos. La corriente empuja, hay que agarrarse para no ser arrastrados por el río. Me enrollo al brazo la cuerda que mantiene el remo en la balsa y me meto en el agua buscando a tientas con los pies una rama donde pararme. Me afirmo y comienzo a tirar de la cuerda para enderezar la balsa mientras Anna intenta hundir el pedazo de madera que nos detiene en el centro del río. Pero es inútil, apenas se mueve, la corriente es fuerte.

 Joder, que no pasa nada –suelta Anna.

– Paciencia, de a poco –le digo. –Voy a pasar al otro lado para tirar desde la punta del tronco.

Tres niños observan sorprendidos desde la orilla. No gritan. La novedad no es el riesgo ni el peligro del río, son los tres gringos solos, allí, sin guía. Después de diez minutos conseguimos enderezar la balsa, que se escurre entre los árboles muertos como una ramita arrastrada por el agua del bordillo de una calle.

Al poco rato llegamos a Boca Manu, el pueblo más importante, la mitad del viaje. Un grupo de locales nos ve atracar y, sin observar nuestra piel, ya sabe que somos extranjeros: nos acercamos en diagonal a la orilla y lentamente la corriente del río nos hace girar como un trompo hasta que tocamos tierra marcha atrás. No es la mejor manera, pero funciona.

 ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Cuánto costó la balsa? –pregunta una mujer.

 Pablo –me susurra Anna, –son las mismas preguntas que nos hacen sobre la furgo…

 La compramos en Shintuya y queremos venderla en Colorado –responde Mauro. O cambiarla por algunas botellas de cerveza.

 ¿Y creen que alguien la va a comprar? –dice riendo a carcajadas de nuestra ingenuidad.

Tiene razón… ¿Quién va a comprar una balsa, cualquier cosa que flote, llamada Titanic?

 ¿Han pescado? –pregunta un hombre.

 No… mojarritas… Nosotros sólo alimentamos a los peces…

 Pero si sólo tienen que tirar el anzuelo, ¡y pican solos!

 Eso hicimos, ¡pero nada!

 ¡Pero hay peces de veinte kilos!

 De esos no queremos, gracias… ¡A no ser que vayan río abajo!

Ahora comienza el tramo más lento y pesado del viaje. El río se ensancha y aumenta el caudal, pero va más despacio. Hay que remar. Remar durante curvas y curvas eternas, porque en la selva los ríos forman círculos casi perfectos que uno recorre durante una hora hasta casi tocar nuevamente el inicio de la curva. El problema es que todas son iguales. Giran y giran para un lado y para el otro, rodeadas de árboles verdes y frondosos por un lado y de playas de piedras grises por el otro. Avanzas, pero en distancia real, no has adelantado casi nada

Buscando un sitio dónde acampar

Cosa rara, cómo cortan leña los uruguayos

Siguiendo las huellas de un otorongo (un jaguar) durante, bueno, la larga distancia de 5 metros

Cuando vivía en la ciudad solía pensar que los mejores sitios para ir de vacaciones eran aquellos de donde era más difícil volver. No era una cuestión de distancia ni de comodidad, sino de aislamiento. Hay rincones de los Pirineos desde donde necesitas cuatro días para volver a Barcelona. Imagínate volver desde el sur del Desierto Libio, desde la Península Antártica, desde un barco en medio del océano o desde un pueblo cualquiera al oeste de China. O quizás, desde un río de la Amazonia peruana, desde el Madre de Dios por ejemplo, a varios días en balsa de la primera huella mala de tierra.

Avanzamos. Desde el río los paisajes se ven diferentes. Junto a la balsa pasa la base hundida de un árbol con forma de cola de avión, timón recto, aletas desplegadas. Una flecha plateada salta en el agua dejándonos con cara de hambre. Una tortuga, lenta, es la última en escapar de nuestros ojos. Cada brazo que se abre es una incógnita. ¿Será el correcto? ¿Será una cocha? ¿Habrá menos palizadas por aquí o por allá?

Las aves, ocultas por el follaje espeso, cantan burlándose de nuestras limitaciones. Si pudiéramos volar las descubriríamos, si tuviéramos ojos más precisos las veríamos, si trepáramos como monos las ahuyentaríamos. Íamos, hay demasiados condicionales en nuestras vidas. Pero no volamos ni tenemos vista de jaguar ni brazos que trepan hasta la copa de los árboles. Somos humanos y, como mucho, imaginamos.

A medida que nos alejamos de Boca Manu desaparecen los peque peques con motor y carga de turistas sonrosados que destrozan la virginidad aparente de la selva. Casi todos viajan tiesos, arropados por un chaleco salvavidas, demasiado duros para responder espontáneamente a esos tres náufragos inesperados que reman sobre una balsa de seis troncos. Algunos sacan fotos y filman sin darse tiempo a pensar en lo que está sucediendo. Es el ritmo del tour, y el tour es el ritmo de la ciudad. Cuando se sorprenden, ya estamos lejos.

          Che, ¿y si les hacemos algún baile tradicional? ¿Y si nos ponemos a bailar cualquier cosa y después pasamos la gorra? –sugiero.

          Yo podría hacer algún instrumento tradicional con una lata de leche vacía… –dice Mauro.

Al final de cada día estamos cansados. Después de horas de remar y apostar buscando una corriente más rápida, nos equivocamos. Esquivo la rama de un árbol hundido que va directa hacia Anna, que la sostiene con los brazos y la empuja contra el portaequipajes, que se dobla hacia un lado. Mañana, antes de zarpar, habrá que desarmar las varillas y volverlas a asegurar.

En el campamento el fuego se eleva rojo, pero sólo ilumina y evapora la ropa mojada. El pescado que comimos en la cena venía enlatado. Los brazos, cansados, siguen moviéndose a pesar de que lo único que desean es caer, dejarse estar, no seguir ni el ritmo de los pasos, descansar muertos junto al cuerpo que se seca frente a las llamas.

Se hace de noche. Alimentamos el fuego con todas las ramas que encontramos en esta playa abandonada. Hoy vimos a los primeros buscadores de oro en la orilla del río. Tenían cintas transportadoras para las piedras y ni siquiera percibieron nuestro paso. Nos repartimos las últimas bananitas del racimo de Leoncio mientras acabamos la botella de ron, escuchando los gritos de la selva y el murmullo del río que avanza como un mercenario silencioso. Hace días que bebemos deliciosa agua turbia hervida, con sabor a humo.

Tengo ganas de estar en la balsa, esto es impresionante. Pero ante todo, hoy tengo ganas de llegar. Pero eso toca mañana, día de la cerveza fría en un pueblo minero. Hoy es el séptimo día del Titanic en el río y los insectos jamás habían llegado tan lejos: tengo picadas hasta en los huevos. ¡Qué estúpida es ésta felicidad!

Y al amanecer del octavo día…

Cerveza fría, cerveza fría!!

Llegamos!!!

Arriando la bandera

4 Comments on “26- Los mineros del Amazonas | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS”

  1. Dear Ana, dear Pablo,
    it is to bad, that I do not understand a word in spanish… but nice, to see you now in the videos. I remeber our good time while travelling together in Namibia…
    If there is anyone around, who likes to translate the homepage for me in german, I would appreciate it!
    I wish you a good trip. Hope to hear from you soon.
    János – esteban juan fabricante des coches!!!

  2. hola pablo,
    espero te llegue este mensaje,
    me llamo salva, un granaino viajando en bici por estos mundos, y en livingstonia, malawi, me encontre con una pareja francoinglesa que habia comprado tu libro en el cusco,
    te escribo por dos cosas, primero porque le di tu direccion a un catalan, carles, que quiere pasar el ruvuma en 4×4, y segundo porque leyendo tu alma, eres de los que escriben asi, con trasparencia, me encontre a mi mismo, en ocasiones casi con las mismas palabras,
    la bestial rotura del dique de todo aquello que almacenamos en el viaje y que estalla en cape town, la experimente tambien con una intensidad que me hace temblar aun, y bueno, muchos pensamientos acerca de lo que significa viajar y lo que hemos dejado atras, aunque yo, hermano, he dejado una excelente vida en andalucia y mucha gente que me quiere, y volvere con certeza, no tengo duda que mi itaca esta en el mediterraneo,
    en fin, ando ahora en pemba, mozambique, tras mas de 20 meses en africa y ya con cierta mirada puesta en como cruzo a asia, pues conozco bien medio este y estoy por pillar un barco a mumbay desde mombasa para darme un cambio de 180 grados,
    atras quedan el dengue, las diarreas, las sonrisas de bienvenida, el barro del congo, los buracos de angola… que te voy a contar,
    oye, que nos encontramos en algun lugar de este mundo, ya veras,
    un abrazo
    salva

  3. Pablo…
    Con lo alérgica a las picaduras que soy,ya estaría internada….
    Balsa ambulancia necesitaría….jajaja
    Menos mal que a través de uds. viajo por allí sin los mosquitos zumbando….
    Espero que hayas disfrutado mucho tu cumpleaños…

  4. Pero que tipo más feo el de la foto….jajajajaja
    Este es un viaje de cuento de hadas, el viaje de la Bella y la Bestia….jijiji
    Precioso el relato, cuidende de las alimañas y avisen cuando esten camino de Colombia, que los estarán esperando por esos lares.
    Un abrazo para ti, Barbudo Egocéntrico y un beso para la Dulce Anita….jijiji.

    Saludos Balsisticos.

    Pipo Zaro
    Snarks

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