24- Empieza la aventura | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS

Botes en el río Alto Madre de Dios, Perú, selva amazónica.

(viene de Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 2: El Equipo)

Perú, kilómetro 157.000 de la Vuelta al Mundo

Aventura es comenzar algo sin saber dónde vas a terminar. Hoy quiero matar la noche, seguir, no sé adónde, no sé cómo, no sé con quién, hasta que la primera luz me deje ciego. Es empezar a escribir caóticamente sin saber qué quieres decir. Aventura es adrenalina y miedo, es iniciar senderos nuevos, propios, distintos. Es salir a la naturaleza sin estar preparado, es no saber si hoy o mañana vas a renunciar a tu trabajo para iniciar una nueva vida. Aventura es la duda, es abandonar la seguridad, es nacer sin habértelo propuesto, pero dispuestos a que el camino a la muerte haya valido la pena.

A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Empujamos nuestro Titanic al río y, partimos. Al otro lado del Alto Madre de Dios las nubes comienzan a cubrir los montes. En las riberas de arena oscura y piedras blancas, el silencio es exagerado. Estamos en la época seca y el agua del centro del cauce avanza acelerada. Los cantos de los pájaros son notas aisladas de un coro permitido, oficial, que quiebra el silencio religioso y avanza en los oídos, crece, varía y se repite en gorjeos y trinos distintos. El machete africano viaja clavado en su vaina de madera. La fuerza del río, las capas amarillas y verdes y rojo sangre de los árboles más altos se imponen en este fin del mundo.

         Ustedes son unos inconscientes –repite una voz interna, familiar.

         Sí… no… quizás… no sé… somos conscientes que asumimos riesgos, que no sabemos llevar una balsa y vamos a aprender, que no conocemos esta selva, que no llevamos guía. Pero, ¿sabes qué? Da igual.

Cinco minutos después de partir encallamos en una palizada de ramas.

Varados en la orilla

Rápidos desde la balsa!

Increíble, la planta sensible

Preparando la cena en medio de la selva

El aprendizaje inútil comienza. Ya me dirás para qué nos servirá aprender a conducir una balsa. Avanzamos por el camino de agua mientras el murmullo del primer rápido se acerca y se convierte en el grito suave e insistente de un animal salvaje que corre hacia nosotros. ¿Por dónde lo tomamos? Buscamos ramas, puntas de troncos que sobresalgan del agua, remolinos de piedras, burbujas y espuma envenenada. El río decide y nos empuja hacia la orilla erizada de pacas, cañas gordas y astilladas que defienden la selva de los intrusos.

Mauro, instalado detrás, empuja la tangana contra el suelo escondido bajo el agua intentando hacer girar la balsa. Anna y yo remamos delante, forzando los brazos dormidos para quebrar la corriente. La balsa no reacciona como un coche, es un tanque lento y pesado moviéndose sobre un río de gelatina. El agua choca contra la punta despareja de los troncos y nos empapa. ¡Vamos! ¡Vamos que salimos! La tangana se quiebra, pero ya estamos fuera del primer rápido. Entonces me pongo en pie para celebrar, resbalo sobre los troncos y caigo chapoteando como un gato al agua.

         ¡Con el sombrero mojado pareces Laura Ingalls! –ríe Anna cuando asomo la cabeza.

A medida que avanzamos el río se divide en distintos cauces y adivinar el bueno no siempre es sencillo. ¿Por dónde vamos? Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, izquierda y centro. Si el agua es muy baja, tendremos que arrastrar la balsa sobre las piedras. Si tomamos el primer desvío, la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla. Un guacamayo rojo y azul se recorta chillando contra el verde de los árboles. A la derecha aparece una pequeña plantación de bananos, una mancha en la selva gigantesca. Los colonos reclaman un nuevo territorio matando árboles y lianas con hachas, machetes y fuego.

A media tarde nos detenemos en la desembocadura de un arroyo seco y, mientras Anna y Mauro arman la tienda un par de metros sobre el cauce del Alto Madre de Dios, yo aseguro la balsa en la orilla y comienzo a hacer un fuego. Hay que calentar agua para el mate y secar el alma, empapada después de un día distinto, dentro de una lavadora. Hoy avanzamos doce kilómetros en cuatro horas. Las llamas levantan, no se ven demasiadas aves, sólo garzas y un martín pescador que flota en el aire buscando comida. Entonces Mauro no aguanta más su sonrisa.

         Ehhh… ¿se acuerdan que les dije que no trajeran la tienda porque tenía una grande, para cuatro?

        

         Me parece que esa tienda la tiene mi hermana. La que traje es para dos…

Mauro contando que la carpa no es para cuatro personas…

Al atardecer comienza a llover. Nos refugiamos dentro de la tienda y comienza una noche nueva, larga, incómoda, somos tres en un sitio para dos, intercalados cabeza-pies-cabeza. Tampoco tenemos colchones, también los olvidamos. Dormimos sobre el suelo duro e irregular y hace calor. ¿Cuánto lloverá? ¿Crecerá el río? ¿Renacerá el arroyo durante la noche? La ropa tendida afuera mañana estará más mojada. Encima, a la media hora descubrimos que Mauro, profunda y felizmente dormido, ronca. Eso no estaba especificado en el contrato de amistad firmado antes de partir.

En Perú las noches son largas. Estamos cerca del Ecuador y el día se reparte equitativamente entre luces y sombras. Los grillos llenan la oscuridad nueva de voces en otros idiomas. Los minutos pasan lentos y aparecen luces fuera de la tienda. Los animales no usan linternas.

Son relámpagos.

Para que una experiencia sea aventura también debe llegar el momento de la duda. ¿Qué hago aquí pudiendo estar en Río? ¿Por qué sufrimos días sin ducha, comidas rutinarias y picaduras de insectos pudiendo bailar con una caipirinha en la mano? ¿Por qué arriesgar la vida en un rápido, en una palizada o en una selva?

La respuesta llega detrás, atadita, y recita para vivir más intensamente. No es la respuesta a la pregunta de cada uno, no, no es la respuesta universal. Es nuestra respuesta. El día que uno acepta su destino comienza a envejecer, comienza a morir.

Amanece. Ya es hora de volver a la balsa. A nuestro Titanic.

(continúa en Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 4: Encallamos) 

5 Comments on “24- Empieza la aventura | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS”

  1. Metidos tres en una carpa para dos,mojados,en el suelo y con un compañero
    que ronca….
    Creo que prefiero la balsa…jajaja
    Espero la continuación de la aventura….

  2. Chicos, esta experiencia es super interesante.
    Están linkeados y plis, viajen por mi, que tengo las nalgas atornilladas a la silla de la compu!!!

  3. Y por que no le pusisteis Mitchubichi? Por lo que leo, parece que la balsa se porta mejor que la furgo!!! Salu2 desde por ahí.

  4. Pablo y Ana!!!, ya extrañaba tener noticias de ustedes, y ahora que los leo, que alucinantes son las cosas que viven ustedes!…. espero verlos en Lima!, avisen en cuanto lleguen!! Un abrazo a los dos!, Miriam.

  5. ¿Pero quién coño os ha engañado con lo de la canoa? Dejar a Mitchu desamparado y sustituirlo por un transporte fluvial de cuatro troncos, haciendo trios en una tienda para dos y pasando el día remojados como náufragos… No lo entiendo yo pensaba que ya teníais bastante aventura pegada a la suela de los pies…
    Sobre todo, sobre todo cuando lleguéis al final del río no queméis la nave como hizo Hernán Cortés y os de por fundar una misión budista…
    abrazos desde la realidad.

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