22- El Titanic del Amazonas | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS

El Titanic, la balsa de La Vuelta al Mundo en 10 Años, Madre de Dios, Perú, Manu, viaje en balsa

Perú, kilómetro 157.000 de la Vuelta al Mundo.

         Bueno… si no vuelven en un mes heredo la camioneta, ¿no? –pregunta el cura de Shintuya, fin de los caminos en la selva e inicio de una nueva aventura, que nos presta su jardín para estacionar nuestra casa.

         Esta balsa no está bien. A estos troncos les falta terminar –afirma Miguel, encargado de vigilar, a veces, la tala indiscriminada de árboles.

         Aparte de la chonta, deberían atar las topas con alambre o con una cuerda, para que no se separen. Si nunca manejaron una balsa se van a dar más de un golpe con las piedras del río o con las palizadas –comenta Gerardo, su colega en Shintuya.

         Tienes que asegurar el portaequipajes, las tiras de corteza se aflojan cuando se secan –añade un curioso.

         ¿Y no sería bueno ponerle un tronquito más? –pregunta Laia, una cooperante de Barcelona.

         Chicos –digo a Mauro y Anna, que acumulan provisiones sobre la arena y observan escépticos la catarata de objeciones –se me acaba de ocurrir otro nombre para la balsa… ¿Qué les parece ES LO QUE HAY?

Mientras todos ríen Anna comienza a escribir el nuevo nombre en la bandera blanca que atamos a un palo para que el río no se ensañe con nosotros.

La locura es una enfermedad que a veces se expande rápido. Comienza como una sugerencia, cuatro palabras entre dos comas, un folio que se cae de los armarios del cerebro o la posibilidad remota sugerida despreocupadamente pero recogida al vuelo por algún otro inconsciente que andaba cerca.

         ¿Y si…?

         ¿Por qué no?

         Dale.

Entonces los sueños dejan de ser volátiles y las palabras se convierten en una balsa de seis metros de largo y seis troncos de una madera blanca y muy liviana llamada topa, unida con clavos de otra madera dura y negra llamada chonta. Podríamos haber comprado un bote, pero la aventura hubiera sido más racional. Y en esta vida hay que perseguir los imposibles, las locuras. ¿De qué otra manera se podría llamar a un viaje sin guía, por un río desconocido, en la selva, alejados de todos los caminos y en una balsa de troncos?

         Mauro, ¿alguna vez manejaste una balsa?

         Sí, acá, en la cocha.

Las cochas son lagos alargados rodeados de selva, brazos abandonados por los ríos que cambian de curso después de una temporada de lluvias especialmente intensa. Pero, en la cocha no hay rápidos ni árboles hundidos desesperados por respirar justo cuando uno está pasando por encima. No hay corriente, no hay velocidad, no hay piedras. Mientras ceba otro mate, lo observo intentando medir su demencia: es otro uruguayo tranquilo que camina abrazado al termo, está en la mitad de los veintitantos, cree en las utopías y trabaja como voluntario en Chaskawasy Manu.

         ¿Y hay caimanes? ¿Y boas? –pregunta Anna, realista.

         Sí, están en las zonas calmas, en los pozos de agua –explica Walter, un guía nativo de la comunidad Harakmbut, en Shintuya. Recuerdo la foto de una boa con la forma de un cuerpo humano inmóvil, haciendo la digestión a la sombra.

         También hay otorongos –agrega Wilson, un estudiante de turismo llegado de Puno que se vuelve loco por sumarse al viaje.

         ¿Otorongos? –pregunto.

         Si, son tigres, que tienen el cuello tan ancho como los hombros y manchas por todo el cuerpo.

         Ahh, jaguares.

         Hace unos meses un guía que llevaba unos turistas por la reserva se topó con uno que se estaba comiendo a un hombre –explica Walter. –El muerto era de la sierra y lo habían contratado para desmalezar los caminos. Hacía días que había desaparecido y muchos creyeron que habría vuelto a su pueblo por el fin de semana. Aparentemente se metió en el área de un otorongo con crías. Y no hay animal más peligroso que un otorongo con crías.

         Y… –duda Anna.

A mi lado está Noemí, una pequeña salvaje de siete años, encantadora e hiperactiva, que saca un peine para piojos y se cepilla el pelo. Ay no. Me mira y se ríe enseñando los dientes desparejos. Es una niña hermosa, capaz de trepar árboles y personas por el frente y descender cabeza abajo por la espalda sin caerse. Dicen que su padre, un chamán en la comunidad de Shipitiari, le dio de beber sangre de oso cuando era pequeña. Y que ella heredó su fuerza.

         ¿Y Noemí? ¿Algún animal salvaje?

Sobre la mesa continúa la conversación ante la mirada sorprendida de Walter.

         ¿Y si ponemos una vela? –sugiere Mauro.

         Con una vela podrían hacer esquí acuático sobre dos caimanes. Y si atrapan una boa ya tienen cuerda –se divierte Wilson.

         ¿Necesitaremos hacer un ancla para detenernos antes de los rápidos? –pregunto, ingenuo. –Quizás la podemos armar con una bolsa de piedras… ¡y ponerle una cuerda corta así cuando la tiramos la balsa se levanta y se hunde!

         ¡Qué desastre! Ya nos veo a los tres en medio del río, pasándonos la botella de ron y cantando ‘se va el caimán’ –dice Anna.

         O ahí viene el caimán… –cierra Mauro, tranquilo, como siempre.

La aventura sólo es aventura cuando no estás preparado para todo. En este caso, todo es lo mismo que nada. Hace cuatro días llegamos a Villa Salvación, un pequeño pueblo de colonos perdido en la frontera del Parque Nacional de Manu, Perú. Divagando con Mauro surgió la idea de bajar el río Madre de Dios en una balsa de troncos, desde Shintuya hasta Puerto Maldonado. Cuando enfrentamos el mapa decidimos intentarlo hasta Colorado, un pueblo minero a mitad de camino, unos ciento cincuenta kilómetros en línea recta, sin contar los meandros del río. Dos días, cuarenta kilómetros y una rama clavada en el radiador de la furgoneta después, localizamos en Shintuya a un hombre dispuesto a construir la balsa por cien soles, veinticinco euros. A la mañana siguiente la balsa está lista, o más o menos lista, y los amigos y unos cuantos espontáneos que dudan volver a vernos se acercan a opinar. Siempre hay fallas o detalles mejorables en los proyectos, pero si uno pretende estar preparado para todo, nunca comienza nada. Esto, nuestra balsa, es lo que hay.

         Y qué nombre le ponemos? Flota, no es un barco pero flota, de alguna manera tenemos que llamarla… –pregunto.

Silencio. Todos miran con escepticismo a nuestro próximo medio de transporte. De repente, Walter comienza a partirse de risa.

         ¿Qué les parece Titanic? –sugiere.

Nunca un proyecto fue tan realista con sus posibilidades de fracaso.

Descubriendo la balsa

Atando el portaequipajes con corteza

Eligiendo el modelo de asiento

Llevando la balsa al río Alto Madre de Dios

Botando la balsa, falta la botella de champagne

Primeros pasos en el río

Es lo que hay

¿Y si la cambiamos por una de éstas?

Se ve… se ve… chiquita…

(continúa en Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 2: El Equipo)

6 Comments on “22- El Titanic del Amazonas | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS”

  1. Muyyy groso che! justo estaba buscando a alguno que lo haya hecho porque yo tambien quiero hacer un viajecito en balsa desde puerto iguazu a rosario por el parana. saludos

  2. Amigos… ustedes están… locos!!! Pero sí que son locos lindos!!
    Mucha fuerza y a seguir remando!!!
    Javi

  3. Hola aventureros! no paran de sorprenderme con sus historias….la verdad que su voluntad, actitud y esfuerzo q le dedican a sus experiencias y sus historias es envidiableee (sanamente).

    Me alegro q anden bien, muy interesante la historia de la balsa….sigan enviandome sus novedades, ya que son una fuente de inspiracion.

    saludos!

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