18- Cambio de Vida

Pablo Rey, Anna Callau y La Cucaracha

Perú, kilómetro 155.976 de la vuelta al mundo.

La vida es un accidente extraordinario. Una superproducción sencilla producto del caos. Un suceso maravilloso y excepcional tan común que ocurre casi sin que nos demos cuenta.

Algo tiene que estar mal para que la vida se haya devaluado de esta manera. Sobre todo cuando se convierte en una rutina y se disfraza en algo tan cotidiano como tomar cada mañana el bus, a la misma hora, para ir a la oficina. Es inevitable, hay que trabajar, hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el agua, los pañales, la escuela de los hijos, la hipoteca o el alquiler. Es posible que durante la semana entres a la oficina con la primera luz del día y, cuando vuelves a salir, observes con indiferencia que se está poniendo el sol.

Era 1999 y se acercaba el fin del milenio según los cálculos del matemático de un papa que había vivido demasiado tiempo atrás. Y eso parecía revolucionar las hormonas del planeta. Pocos profetas, videntes y tiradores de cartas pronosticaban el fin del mundo ya que no era redituable. Podías estar a favor o en contra de la importancia de los años que terminan en números redondos, pero todos estaban de acuerdo en desatar la fiesta más grande de la historia. A nosotros la fiesta nos daba igual.

Yo, Pablo, había trabajado en una de las mejores agencias de publicidad de España, Casadevall Pedreño PRG, y estaba apostando por un nuevo proyecto, El Sindicato, con el que pretendíamos hacer algo más que publicidad. La creatividad es una explosión en la cabeza que, con mucho trabajo, podría extenderse a otros campos como la creación de contenidos y productos. El límite estaba en el cielo.

Anna trabajaba en las oficinas de una promotora de conciertos. Asistir a recitales de Lou Reed, los Red Hot Chili Peppers, Maceo Parker, Iggy Pop, Molotov, grupos desconocidos y abuelitos rockeros era un aliciente para el fin de semana. Su sangre de mujer práctica triunfó desde el principio: las cosas son como son, está lo que está y lo que no hay, no hay. O por lo menos aún. Y si aparece, ya veremos. Su filosofía era vivir cada día, uno por uno. Vivía la vida fácil de la ciudad, la misma que me esperaba a la salida del trabajo.

Porque, ¿qué experiencia puede competir con tomar cafés, cervezas y rones con los amigos en el bar de la esquina? En la ciudad puedes ir a bailar, al cine y al teatro, acostarte en la playa, darte un baño de espuma, ver a la familia y pasar el fin de semana en la montaña o en un centro comercial. Puedes vivir la vidas de famosos y farsantes, huir de compras, correr detrás de algún tipo de pelota y sentir la seguridad de un trabajo estable. Y cuando todo te aburra, puedes navegar por internet o buscar algún programa en los cientos de canales de cable.

No, la vida urbana no es una mala vida: allí es fácil olvidar la posibilidad de una vida distinta, lejos del ruido y el stress.

Pero a veces la vida que aparenta ser perfecta tampoco funciona. Durante meses, cada noche, la almohada preguntaba: ¿eres feliz? Podemos engañarla una vez, pero no siempre. Yo tenía el futuro asegurado, la publicidad pagaba bien y era bueno, pero veía algún jefe gordo regodeándose con un puro en la contemplación de su barriga y me preguntaba si ese era el futuro. Una vida aparentemente feliz, satisfecha de rutinas, segura y escrita antes de haberla descubierto. Cada amanecer debería ser una sorpresa, me repetía día sí día quizás también, no ésta cara de hastío dormido y entregado que se refleja en el espejo.

¿Cómo se cambia de vida? ¿Publicas un anuncio tipo Canjeo buena vida cómoda y reluciente, en buen estado y con pocos roces, por vida inquieta y más emocionante? ¿Desapareces? ¿Compras el primer billete de avión disponible? ¿Cómo dejamos de ser nosotros y nos convertimos en algo mejor? ¿Cómo, cómo se cambia de vida?

En medio de una de esas marejadas de dudas viajé solo al sur de África, a Johannesburgo, donde nadie me esperaba. Quería sorprenderme, necesitaba sorprenderme. El primer día conocí un suizo que, en otro idioma, me mostró lo que había hecho. Parecía sencillo: durante el último año había cruzado África en un viejo Land Rover que no costaría más de dos mil euros. Ahora buscaba alguien con quien compartir los gastos. Era una vida tan cercana a los sueños y tan lejana a la realidad que, cuando volví a Barcelona y me reencontré con Anna, no pude más que decirle:

         No te traje ningún regalo de África, sólo una propuesta… ¿quieres venir a dar la vuelta al mundo conmigo?

Media hora más tarde, Anna respondió sí.

Ruta buena

Ruta mala

La vida normal, de compras durante el viaje 

El plan era tomar unas vacaciones largas, dar la vuelta al mundo en 4 años. Y volver, volver a la vida anterior, a la comodidad, al trabajo estable y a todo lo que ya no soportaba. Soñar y despertar. Pero las cosas casi nunca salen como uno las planea.

Apenas habíamos comenzado a recorrer el Asia cercana, Turquía, Siria, el mundo se sacaba la corbata y se preocupaba por la salud de su camello. La historia no se centraba en guerras mundiales con armas atómicas o genocidios raciales, sino en guerras de religión alrededor de restos arqueológicos con miles de años de erosión. Hermosas piedras gastadas. Los almacenes no presentaban carne empaquetada y aséptica como una bolsa de espaguetis, sino cabezas despellejadas de carneros con los ojos idos en su sitio. Y la gente, la gente se acercaba para preguntar con una especie de camisón llamado galabiya y un pañuelo en la cabeza acerca de tu familia.

No hablaban de bolsa ni de beneficios económicos ni enloquecían por el precio de la vivienda. Hablaban raro, eso sí, algunos tenían ganas de venderte algo, pero si te negabas te invitaban a un té. Otros nos invitaban a su casa, aunque fuéramos desconocidos, o precisamente porque éramos desconocidos y tendríamos algo nuevo que contar. Y cuando llegaba la hora de partir insistían en continuar compartiendo lo que poseían, mucho o poco, compartían lo que poseían, no lo que sobraba.

Eso ocurrió unos meses después de partir, a fines del año 2000. Desde entonces recorrimos Medio Oriente, África de norte a sur y buena parte de Sudamérica, incluyendo la improbable ruta Transamazónica. Nos persiguieron elefantes y hombres armados, nos asaltaron y robaron, peleamos por nuestra vida en la costa de Brasil y nos quedamos sin motor en medio del Sahara de Sudán, en el lago Turkana en Kenia y el Altiplano en Bolivia. Cruzamos el océano Atlántico en un barquito de pesca, convivimos en la casa de nuevos amigos de distintos países y llegamos a los extremos de cada uno de los continentes que pisamos.

Rutas argentinas

Hoy, 7 años más tarde, creemos haber superado el ecuador del viaje. En el camino nos hemos despojado de muchas cosas necesarias. Ya no sabemos muy bien cómo funciona un teléfono móvil, cada vez que agarramos uno lo sentimos frío. Hemos aprendido a usar las herramientas y las manos. Aunque a veces la echamos en falta, hemos dejado atrás la comodidad de vivir en una casa. Hemos derribado muchos prejuicios y aprendido a confiar en los desconocidos. Hemos sumado amigos en cuatro continentes y despertado en algunos las ganas de viajar. Hemos visto la muerte de cerca y aprendido a disfrutar de las cosas más sencillas. Hemos descubierto que no hay vuelta atrás. Hemos despertado y comprobado que hay otra manera de vivir la vida. No hay que comprar todo lo que te venden. Hemos empezado a cumplir nuestro sueño.

Hace poco, mientras vendíamos nuestro libro en la calle, nos preguntaron si pertenecíamos a alguna religión.

Este viaje es una historia conseguida a corazón y voluntad. No tenemos patrocinadores, ni somos herederos. Sólo queremos demostrar que cualquier sueño es realizable, basta con tenerlo, sacrificar lo necesario durante un tiempo más o menos largo y luchar hasta el final.

Nuestra vida se ha simplificado tanto que, cuando volvemos a Barcelona o Buenos Aires, la primera sensación es que el mundo está atravesando una crisis de locura. Ansiedad. Stress. Poder. Acumulación. Yo, Pablo, sólo amontono botellas viejas y antiguas. Ya tengo unas mil quinientas distintas, los amigos y la familia con armarios y altillos ocupados lo saben.

Cada uno tiene un sueño y ninguno es imposible. Unos sueñan con tener una casa propia, otros con formar una familia, tener hijos, un pene o unas tetas más grandes, abrir un negocio o independizarse o acabar una carrera. Nunca es demasiado tarde.

Nuestro sueño es viajar, dar la vuelta al mundo, comprender. ¿Cuál es el tuyo?

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