15- Por el mal camino 2: fantasmas

(Viene de Por el Mal Camino)

– Rey, ¿seguro que quieres dormir junto a un cementerio? –pregunta Anna, insegura a pesar de la soledad de la playa. –Me trae mala espina.

– ¿Por qué? ¿Crees en los fantasmas?

– No, pero me da mala espina.

En Perú anochece rápido. La cercanía al ecuador inhibe los atardeceres memorables, el sol se estrella contra el horizonte y la luz desaparece en poco más de quince minutos. También anochece temprano. A las seis ya no se distingue la silueta del lobo marino sin ojos que se descompone junto a la playa de canto rodado. Sólo quedan las olas que mueren en la orilla y resucitan detrás, en el acantilado.

Tenemos dos oídos, la vida es estéreo.

Con las primeras estrellas abrimos una palta o un aguacate, empapamos dos panes en aceite de oliva, un poco de sal y cenamos. La vida en la ruta es sencilla, cabe en una furgoneta. Desplegamos el colchón y preparamos los cepillos de dientes. No hace frío, sólo insiste el viento que barre la tierra persiguiendo al sol y se va cuando se queda la oscuridad. Entonces, cuando retorna el equilibrio, aparece un halo de luz blanca en el horizonte.

No viene del cementerio encajonado junto a un acantilado, de allí sólo pueden acercarse los fantasmas. Estamos en el desierto, ¿quién quiere recorrer esta huella mala por la noche? ¿Para qué? El resplandor se acerca, ilumina una porción de la noche. Insiste.

Pueden ser bandidos, amantes, perdidos, extraterrestres o fantasmas. Quizás haya otro valle poblado por hombres humildes, con superpoderes para cultivar la arena. No nos gustan las visitas nocturnas, y menos en callejones naturales sin salida.

Los focos de un coche se recortan a doscientos metros. Subimos a la furgoneta y enciendo el motor.

– Pablo, si queríamos pasar desapercibidos ya la hemos cagado –dice Anna. –Estás pisando el freno.

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Inmediatamente las luces se detienen, iluminando las rocas y el aire cargado de humedad. Los segundos se acumulan, caen uno encima del otro sin interrumpir el silencio. ¿Qué vienen a hacer al cementerio? ¿Sabrían que estamos aquí?

– Es posible que, si son humanos y no sabían que estamos aquí, también se estén preguntando por nuestras luces rojas –continúa Anna. –Ellos también pueden tener miedo, pensar que somos bandidos, amantes, perdidos, extraterrestres o fantasmas.

Las luces iluminan la bruma, el vapor provocado por olas que repiten su verso sin modificar una sílaba. Nada cambia. La espera es tensa. Buscamos los dos aerosoles de pimienta, el palo de golf y el machete para pelar cocos de Ruanda. Las bengalas están a mano. Busco sombras acercándose, ramas crujiendo, una tos disimulada. Pero no distingo nada y no se qué es peor.

Entonces las luces dan media vuelta y comienzan a alejarse.

A las dos y media de la mañana algo anormal comienza a despertarme. Un sentido distinto que se activó al inicio del viaje se mantiene alerta mientras el cuerpo descansa y me sacude cuando las voces que deberían seguir de largo se detienen o algo roza la carrocería de la furgoneta. No duermo profundamente, pero duermo más horas, supongo que todo se compensa. Ring, sin abrir los ojos escucho y ring, hay bolsas de plástico que se mueven.

Deseo que sea otro zorro curioso o un perro hambriento o quizás un gato, como aquel que saltó sobre el techo de la furgoneta a mitad de una noche en Siria buscando la basura del día que guardábamos en el techo.

Pero no, el origen del ruido está dentro de la furgoneta.

Recuerdo los focos acercándose, el cementerio con sus cruces cubiertas de moho, un turco gritando Messieur!, dos brasileros acariciando mi cuello con un cuchillo de pescador y tanteo la alfombra. ¿Dónde dejé el spray de pimienta? Una bolsa de plástico vuelve a sacudirse.

Vaya nochecita.

– Anna, despierta… despierta… –susurro. –Hay algo, pero no está fuera de la furgoneta. Está dentro…

(Continúa en Por el mal camino 3: Fiesta de ratones en la furgoneta)




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