14- Por el mal camino. Rutas por la costa de Perú.

Kilómetro 154.503, sur del Perú.

Junto a la ruta que une Ilo y Mollendo, junto a los escasos parches verdes que prometen esperanza en un mundo tan hostil, gris e inexplicable como un desierto junto al océano, aparece otro color. Los ajíes dorados y rojos que se secan al sol crean una ilusión distinta: no es indispensable vivir en un oasis para producir. Nada es fácil, pero tampoco es imposible.

Los campesinos que aran el desierto con sus manos observan nuestro paso sin orgullo. No se dan cuenta de su proeza, todo lo que hacen es normal, aquí no hay nada extraordinario.

Houdini creaba la ilusión de cortar seres humanos en dos y volverlos a juntar sin hilo y aguja. Armstrong daba saltitos de canguro entre los cráteres blancos de un sitio que la televisión identificó como la Luna. Aquí nadie es noticia, pero todos saben cómo exprimir la arena para obtener ensaladas, ajíes e hidratos de carbono.

Dos cruces consagradas al Señor de Locumba señalan el sitio donde un vehículo, por ejemplo una furgoneta, perdió el camino. Siempre es una advertencia, un recuerdo contundente que me lleva a levantar el pie del acelerador. A su lado hay una animita, una capilla en miniatura llena de flores de plástico, charcos sólidos de cera derretida y otra virgen con otro niño en los brazos.

En uno de sus lados está pintado un consuelo: ‘TODA ADVERSIDAD LLEVA LA SEMILLA DE UN BENEFICIO EQUIVALENTE O TODAVIA MAYOR’. Fue construida por la familia de las víctimas para que sus espíritus tengan donde guarecerse del frío de la noche.

Allí, donde la desolación se convierte en desesperanza, dos hombres cuarteados empujan una recua de mulas hacia ninguna parte. Uno levanta la mano y se lleva un vaso invisible a la boca. Al frenar el polvo nos adelanta y el moreno con las mejillas abrasadas a pesar de su sombrero de paja deshilachado encuentra el rostro de Anna en la ventana. Sed, tienen sed, las torrenteras están cubiertas de arena y el agua que cubre la mayor parte del horizonte es un espejismo, el océano es otro desierto insoportable, una burla.

La arena triunfa y los campesinos retroceden. Aquí sólo se puede plantar cactus. La ruta de tierra provoca en la furgoneta espasmos de Parkinson. Despacio, no vale la pena avanzar a cincuenta kilómetros por hora para llegar una hora antes a un sitio similar a este. La desolación es hermosa, en todo el día sólo hemos visto dos camionetas destartaladas, nada más. Somos los últimos supervivientes de la especie.

A veces, para encontrar la pureza sólo queda tomar el mal camino.

Antes del anochecer nos desviamos por una huella que desciende hasta una cala habitada por huesos de casas, montones de ladrillos de adobe y vidrios gruesos de botellas antiguas. Más allá hay un cementerio abandonado, decenas de cruces de madera cubiertas de moho. Un tsunami real o económico arrasó con todo. Aquí ganó el desierto.

– Rey, ¿seguro que quieres dormir junto a un cementerio? –pregunta Anna, insegura. –Me trae mala espina.

(continúa en Por el Mal Camino: Fantasmas)

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