08- Adiós Argentina

El cartel clavado en la tierra dice USHUAIA 5121 km.

A doscientos metros se abre el perfil de La Quiaca, la otra punta de la tira de asado que sostiene la espalda de Argentina. Quizá exagere si aseguro que este país tiene una columna vertebral. No muy lejos termina la ruta 40, la puerta trasera, el callejón por donde espiar la realidad de otro país que, curiosamente, también se llama Argentina.

A ver si me explico: para muchos extranjeros el prototipo del argentino se dibuja a partir de los porteños que conoce. Una persona mundana increíblemente amable, aunque un poco crecida, una pizca prepotente y absolutamente convencida de que, a pesar de todo, Dios está de su lado. Por lo tanto, siempre tiene razón. Hace cuatro años, cuando cruzamos desde África, aún pesaba sobre mi conciencia el recuerdo de un país corrompido donde la mayoría se había acostumbrado a convivir con la peste. Nadie era capaz de sacar la basura.

Desde entonces nos perdimos lejos de la capital, entre Ushuaia y La Quiaca y, con los kilómetros, descubrí que quizás deberíamos crear dos países: Argentina y Buenos Aires. Porque en Argentina, la gente emociona.

 

Luego del contacto vendiendo libros en Salta nos desviamos a Tucumán para aceptar una invitación a un asado y con la panza llena volvimos a buscar la ruta 40 a través de la selva. Y a cada paso nos reencontramos con Argentina, ese país hospitalario donde la gente es amable, curiosa y tranquila, donde stress es una palabra extranjera, inglesa, y la única pretensión es la amistad. Suena bonito, ¿no?

Y en medio de la nada, que es donde suelen estar los observatorios, sufrimos una diarrea de aceite. Aquí la nada es una sucesión de montes de vegetación escasa, tierra gris y unos cuantos cactus que emergen de la tierra como dedos medios desafiando a su contrincante, el cielo.

         ¿Qué pasó? –pregunta Felix-vestido-de-explorador.

         Se rompió esta tuerca… va en el bulbo del medidor de presión de aceite…

         Esa acá no la vas a encontrar… Pero vení, subite a mi auto y vamos al pueblo a ver que pasa. Amaicha está a veinte kilómetros, no hay mucho pero quien sabe… quizás tenés suerte…

         Pero está atardeciendo, ¿no tenés que abrir el observatorio para los turistas?

         Que se quede ella –dice señalando a Anna. –Y si viene alguien volvemos enseguida.

La tuerca la soldaron, anulamos el medidor de presión de aceite, por la noche vimos las estrellas y a la mañana siguiente volvimos a la 40.

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La ruta 40 es nuestra tira de asado. Hay muchos kilómetros duros, de hueso fuerte y calamina persistente que sin avisar se convierten en asfalto dulce y más allá en un camino de ripio estrecho con bancales de arena. La 40 es la aventura argentina, la huella planeada para unir pueblos de frontera desde el nivel del mar a los cuatro mil metros de altura. Con ella atravesamos las mesetas de la Patagonia, la precordillera cuyana y buena parte del norte reseco, uniendo retazos distintos durante los últimos cuatro años.

Ella nos llevó a Belén, provincia de Catamarca, donde decidimos hacer un asado. Es domingo, día de elecciones y al carnicero ya no le queda carne a la vista.

         ¿Y cómo nos despedimos de Argentina si no podemos poner un buen pedazo de carne al fuego y abrir una botella de vino? Vamos hacia Chile…

         Bueeeno… –susurra el carnicero moreno a regañadientes, apretando los labios. Le sería más fácil vendernos a su hija. –Esperen que se vayan estos y vemos qué podemos hacer.

A los diez minutos abre el congelador y saca medio costillar. Tenemos vino, carbón y carne, hay parrillas en un área de picnic a unos kilómetros del centro, pero no tenemos furgoneta. De nuevo nos quedamos sin batería, debe haber vuelto a fallar el alternador que hace menos de un mes arreglamos en Bolivia. ¡Que viva Bolivia!

         ¿Algún problema? –pregunta un taxista. En ese momento dos pasajeros abren las puertas de su coche.

         No quiere arrancar. No tenemos batería.

         Esperá que lo arrimo y te doy chispa. ¿Les importa esperar un momento? –pregunta a sus pasajeros sin esperar una respuesta, que se bajan a mirar.

Argentina y Buenos Aires, Buenos Aires y Argentina. La ciudad pretenciosa y el interior inundado, la velocidad y la calma. ¿Cuántos países entran en uno?

Aquí tenemos la Patagonia independiente, los caciques árabes en el noroeste, el ADN inca en la Puna, los mapuches desposeídos por la propiedad privada, los guaraníes integrados en la Mesopotamia y las tribus desaparecidas de Tierra del Fuego. Hay colonias alemanas y galesas, pueblos suizos, tintorerías japonesas, almacenes chinos que antes eran españoles, próceres con apellidos catalanes, franceses y hasta ingleses. Algo de sangre africana de esclavos olvidados, judíos y nazis escapados de la Segunda Guerra Mundial y árabes que llegaron con las hambrunas de 1910 en Oriente Próximo.

Y mamma mía, ¡cuidado que llegan los italianos! Ellos fueron los auténticos conquistadores de Argentina. ¿Cuántos países caben en uno?

En una hora comenzará a hacerse de noche. Estamos a dos mil quinientos metros de altura camino de la frontera con Chile y nos vamos de Argentina.

Nos vamos de Argentina.

Buscamos un sitio apartado donde pasar la noche, quizás entre esos árboles achaparrados, a veinte metros del río. Ordenamos nuestra vida, preparamos la cama, cambiamos los bidones de agua de sitio, cenamos algo sencillo, el estómago cruje, pero no es de hambre. Miro hacia el fondo del valle que remontamos, es apenas verde, y siento el viento que sube desde Argentina para despedirnos. Y con él están todos, todos.

Roberto y Susana, Agus, Diego, Lu, Valeria, Andrea y Camila; Daniel y Fla, Jóse, Vicky y sus pequeños demonios dálmatas; Flora, Ariel y su nueva princesa; los gendarmes de prefectura del puesto Moat en Tierra del Fuego; el Jorge reencontrado; Ana y Rodolfo, Flor y Julieta; Herman, Cande, Pampa y Tehue, los viajeros con el coche más inesperado; Marcos y Adrián y su mano desinteresada en Los Cardales; la familia del coche dado vuelta en la Patagonia; Ramiro, Alejandro y el gordo, los amigos perdidos; Popotitos y los amigos encontrados en Iruya; María José, Luis, las niñas y la vida que vuelve a comenzar; Gabi; Gus; Daniel, que nos cambió herramientas por un libro en Santa Fe; Maxi que se acaba de casar; Javi libre; Graciela, Raúl y sus hijos sobreprotegidos; Leonor y el pobre Armando; Vicente enfermo; el portero Juan que me guarda las botellas; Guille, Marta, Horacio, Gabi y Sebas…; Diego Cosentino y la gente del FITAC; Rubén Morzilli y la del ACA; Juan Bezmalinovich y la pata de capón en la estancia El Escorial en Santa Cruz; Nicolás y su familia en Tucumán; Lalo, Ariel y sus familias en Salta; Eduardo que nos regaló el cd en Salta; Martha y el brasileño Heidimar en Salta, estuvo linda Salta; el policía que nos quiso coimear en Corrientes; Sebastián, Federico, Cacho y Graciela, desaparecidos; el formoseño rico que le hubiera gustado ser blanco; Ceci Mosconi, Ceci Camou, Teresa, Gustavo Martínez, Luis, Fernando y Lidia; el Ramiro que nos ayudó a hacer la web, las y los Caravatti; los inseparables Pitu, Sombra, Chirola y Juan Bautista junto al fantasma de mi hermano; Mónica y su familia de Yavi; Gonzalo Berro; el eléctrico Balmaceda en Belén; los policías de La Rioja que piden alguna colaboración para el puesto; los mecánicos vecinos de casa de mis viejos; Osvaldo Bergoglio y la bolsa; María y Juan de Las Termas de Río Hondo; un par de dentistas, algunos vendedores de botellas de San Telmo, mucha gente levantando la mano al vernos pasar, unos cuantos camiones que hacen luces y los 4×4 que saludan con la bocina. Y curiosos, rostros sin nombre, compradores de libros, amigos…

Todos llegan con el viento del atardecer por la pendiente del valle y nos abrazan, todos están aquí, ahora, todos se acercan a darnos fuerza, esa curiosa energía invisible que a veces uno no comprende, a despedirse porque nos vamos de Argentina. Y no sabemos cuándo vamos a volver.




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